30.12.22

La ley trans o salvar a los niños de sus retrógrados padres

Esta no será una segunda ley del sí es sí.

Esta ley no es un error evidente, avisado, de consecuencias nefastas, previstas y previsibles, que acabará teniendo aunque sea lo sea mínimo coste político para sus autores y que deberá finalmente enmendarse para volver a la senda de la cordura.

Aquí no hay vuelta posible.

Porque todos los defectos morales y procedimentales que podamos encontrar esta ley son perfectamente excusables. Porque una ley que, como dicen, amplía derechos y libertades es una ley que por definición no puede estar equivocada. 

No puede estarlo porque sus intenciones y sus pretensiones no pueden ser explicitados ni cuantificadas ni pueden por lo tanto sus resultados compararse con la realidad. No puede estarlo, además, porque todos los efectos negativos de la ley recaen sobre los propios transexuales y su libre voluntad. Todo posible arrepentimiento, por ejemplo, sería culpa de sus propias decisiones o en el peor de los casos de la retrógrada influencia de su familia o de su entorno social.

Es una ley que, por eso, se parece mucho a la ley de la eutanasia, tanto en la bondad de sus intenciones como en el relativo horror de sus consecuencias. También la ley de la eutanasia es un éxito indudable si nos fijamos en la alegría con la que sube el número de solicitantes. Y sólo para algunas viejas conciencias cristianas parece ser un espantoso fracaso cuando normaliza la eutanasia de adolescentes deprimidos o de viejos que no quieren ser una carga o de pobres que no quieren morir pero a los que es mejor y por dignidad no seguir compadeciendo con limosnas.

La ley trans tampoco permite el error, y por el mismo motivo. Porque es una ley basada en el rechazo explícito a cualquier árbitro fundamental. Es una ley sin metafísica, sin ciencia y sin consenso.

Sin metafísica por ser una ley que pretende superar, dejar atrás para siempre, los viejos prejuicios religiosos. Sin ciencia, porque se justifica por un dualismo que, fuese cristiano o cartesiano, es simplemente injustificable para el cientifismo moderno. Y sin más consenso social que el que la convicción del dogmático impone sobre la duda razonable del cobarde. 

Su único fundamento es la voluntad del legislador que funda derecho y su única justificación es la voluntad del menor que funda realidad. Pero con ello olvida y a conciencia que estas dos voluntades no son fácilmente compatibles. 

Es algo que vemos constantemente en todos y cada uno de los debates que nos plantea el feminismo gubernamental, donde la libre voluntad de la mujer es ley o es mera palabrería según coincida en cada momento con las convicciones ideológicas o los intereses propagandísticos del Gobierno.

También esta ley, como la ley de la eutanasia, tendrá sus excesos. También aquí veremos transicionar a jóvenes dubitativos o a adolescentes acomplejados por su cuerpo y por su entorno. Pero tampoco aquí sabremos cómo ponerle freno legal porque simplemente no sabemos qué fundamento oponer a la libre voluntad de los individuos.

Por eso, dejar a los menores a merced de su libre voluntad es tanto como dejarlos a merced de las modas ideológicas y del poder político, que las dicta o la sigue, según el poder y el momento, pero que es siempre incapaz de resistirse a ella por presunta virtud democrática.

Hasta las Derry Girls saben que ningún adolescente quiere ser auténtico en solitario. Y que es por eso por lo que el fenómeno del contagio trans no es muy distinto al de la moda skater o del juego del diábolo que nos asaltaron en mi juventud, pero es mucho más trágico porque no puede abandonarse en un altillo y porque sus consecuencias son para toda la vida.

La función del adulto, del padre, que esta ley no sólo desprecia sino que penaliza, es la de frenar la libre voluntad del hijo. Echarle un pulso a la pandilla, a la sociedad y las peores de las veces incluso al Gobierno, en defensa del interés a largo plazo del menor. Todo intento de proteger a los niños de sus retrógrados padres los acaba dejando solos frente al enorme poder del Gobierno de turno o de los vaivenes ideológicos de las modas sociales.


22.12.22

Rufián no los dejará tirados, porque no puede

Es sabido que nada le gusta más al independentismo que tener razón. Que más que el poder o la libertad o la inmersión lingüística, lo que de verdad le pone es “cargarse de razones”. Y es normal, por lo tanto, que su primera y unitaria reacción a la crisis actual haya sido salir en tromba a decir que nos habían avisado.

Con ese extraño paternalismo del derrotado que ya habíamos visto en otros movimientos moralmente superiores a sus carceleros, como el feminismo y el black lives matter, donde se presume que si el hombre blanco es violento y opresor es porque el pobrecillo no ha aprendido todavía a relacionarse con sus sentimientos.

Os advertimos, dicen, que suspender la democracia en Cataluña tendría consecuencias y que los próximos en sufrirlas seríais vosotros. La diferencia, ha querido puntualizar Rufián, es que nosotros no os dejaremos tirados porque antes que independentistas somos demócratas.

En realidad, ni una cosa ni la otra. En realidad, ni tenían razón entonces ni la tienen ahora. Y se ahorrarían muchos ridículos muy peligrosos para todos si fuesen capaces de decirse la verdad y reconocer, de una vez por todas, y ahora en serio, que para hacer la independencia tenían que romper con la democracia española. Como reconocen sin rubor y con toda la razón del mundo cuando están contentos y crecidos que no es posible hacer una tortilla sin romper algún huevo.

Y por eso, en lugar de salir como perritos falderos del Gobierno, deberían haber salido en tromba pero al lado de Inés Arrimadas, a reivindicar su superioridad moral y a afearle a los socialistas catalanes y en particular a ese pobre hombre Zaragoza que el 6 y 7 de octubre hiciesen en el Parlamento catalán lo mismo que ahora critican en el Congreso de los Diputados. Sabiendo, además, que si ahora condenan como golpe de Estado lo que antes se hacían en nombre de la democracia es porque en realidad ni les interesa el Estado ni les interesa la democracia, sino que ya sólo les interesa el poder. 

Que la reacción del independentismo haya sido de apoyo incondicional al Gobierno y a sus planes demuestra hasta qué punto es preocupante la desaparición de un nacionalismo ideológicamente centrado que sirva de equilibrio parlamentario y por lo tanto, y aunque sea por defecto, a la estabilidad del Estado.

Que el nacionalismo sea ahora tan dependiente de Sánchez y de la izquierda española como Sánchez y la izquierda española lo son del independentismo deja al Parlamento, quizás por mucho tiempo, sin esa extraña geometría variable que modera por miedo o por necesidad los excesos del entusiasmo ideológico.

Especialmente cuando los únicos que tienen principios e ideología en el Gobierno y en la bancada correcta del Parlamento los tienen digamos que bolivarianos, enamorados de las crisis y convencidos de que cada una de ellas es la penúltima oportunidad para perpetuarse en el poder.

Si el independentismo no ha podido salir al lado de Arrimadas no es solo por ideología sino por necesidad. A la fuerza ahorcan y la democracia española necesita tener siempre un nacionalista al que la oposición pueda sobornar. Si Rufián puede salir ahora a presumir de demócrata es sólo porque es, literalmente, insobornable. Porque nadie puede ahora, todavía, y quizás nunca más, hacer cambiar de principios ni de alianzas al nacionalismo catalán.

La absoluta y perfecta coordinación del nacionalismo y el Gobierno es, además, el perfecto corolario a la mendacidad de Sánchez.

Sánchez y sus socios no pueden, ni por fuerza ni por conveniencia y ni siquiera por error, separar sus caminos, sus principios y sus ambiciones. Hasta el punto tragicómico de que si Sánchez sale a decir que no habrá nunca ni un referéndum ni una consulta ni nada parecido en Cataluña, Rufián y los suyos ni tienen que romper sus pactos y ententes ni tienen siquiera que responder. Pueden limitarse a sonreír.

Todo el mundo sabe que pueden seguir confiando en Sánchez porque Sánchez es un hombre sin palabra.

16.12.22

Quien bien te quiere te hará llorar

Hace unos días, en un encuentro con jóvenes estudiantes de periodismo, Ada Colau hizo llorar a una chica. La pobre le había preguntado si "la ropa más formal (que ahora lleva quien antes vestía con camisetas reivindicativas) refleja a lo mejor una moderación de ideas o una maduración política". "Entiendo la intención de la pregunta, respondió la alcaldesa, pero a mí me sabe mal que una mujer me pregunte sobre mi forma de vestir y no responderé. Me visto como me da la gana".

Después del acto, y pasado ya el disgusto, la chica quiso explicarse y aclarar que la pregunta estaba hecha con todo el respeto y con la más normal de las admiraciones. Pero es que no sólo es un grave error deontológico (tanto el primer llanto como el posterior lloriqueo), sino que era innecesario. Colau sabía perfectamente que la pregunta estaba hecha con la mejor de las intenciones y por eso se negó a responderla. 

Porque la pregunta era pertinente y porque la respuesta era evidente. Y es que sí. Que Colau ha cambiado de ropa y ha cambiado de ideología. O, mejor dicho, que Colau ha cambiado de ropa y ha empezado a vestirse como creen sus asesores que debe vestirse una pijaprogre barcelonesa, porque ha abandonado la ideología revolucionaria que la llevó al poder para abrazar el decadentismo socialdemócrata que la mantendrá en él.

Colau es, por mucho que le pese, por mucho que le moleste que se lo recuerden, una dirigente socialdemócrata más. Por eso conserva el puesto, por eso ostenta el poder de no responder las preguntas incómodas, y por eso tiene todavía y contra toda lógica aparente posibilidades de volver a ganarle unas elecciones a Trias y de perpetuarse en el cargo.

Si Colau no responde es porque la verdad duele y es más fea que sus antiguos disfraces. Pero es, sobre todo, porque la lucha del poderoso es evitar que se la recuerden.

Pero la pregunta estaba hecha desde ese ambiente periodístico que establecieron las fuerzas del cambio en el cual las discusiones interesantes ya no eran sobre impuestos, ni sistema de pensiones, ni política internacional, ni ninguna de esas marcianadas de señoros en corbata. Sino sobre las camisetas de Colau, la coleta de Iglesias, las zapatillas o babuchas de los demás revolucionarios y demás. Donde todo era político y debía ser politizado hasta que llegaron al poder y todo fue machismo que debía ser silenciado. 

Eso es todo lo que ha pasado. Que el mismo discurso que desde la oposición servía para cuestionar sirve ahora, desde el poder, para acallar. Y estas preguntas tan pertinentes y bienintencionadas que antes sólo hacían los periodistas valientes ahora, simplemente, ya no tocan. Que aquí, como en ese anuncio de los padres maltratadores, ya no hay nada que ver.

Nada que ver y nada que decir porque a ver quién se atreve. Y esa es la desgracia de Colau y de un anuncio que parece tan extemporáneo que cuesta imaginar que haya en España cinco padres dispuestos a mirar a cámara y decirnos a nosotros, pobres buenazos, que ellos hacen llorar a sus hijos porque les da la gana.

Como hicieron con la ley del 'sí es sí', justificada por el atávico machismo en el que se suponía que vivía todavía la sociedad española, tienen ahora que inventarse una sociedad de padres violentos para presumir de bondad, modernidad y agenda legislativa.

Es como si estos lechuzos siempre llegasen tarde a los grandes cambios sociales, justo a tiempo para estampar su firma al final de la historia y asegurarse de que nadie más moderno pueda añadir ni una triste nota al pie de página. Todos sus discursos moralistas y sus indignados aspavientos son inútiles para sancionar al opositor, que ya ven, pero sirven para recordarle al buenazo que no se tolerará ni una insinuación de enmienda.

Se trata ya, y esta es en realidad nuestra esperanza, porque suele ser el preludio de la caída, de un "prietas las filas". De que cualquier pequeña duda es alta traición.

Es justo y necesario decir que, al finalizar el acto, Colau se acercó a consolar a la afectada periodista. Lo dejaron claro las dos y lo dejan claro las crónicas. Lo que no consta, ni en claro ni en oscuro, es que Colau aprovechase ese último abrazo de osito para responder a la bienintencionada pregunta.

Y no consta porque al final, como al principio, de lo que se trataba era de politizar el dolor. Preferiblemente, el dolor ajeno.

9.12.22

Al loro, que dice 'The Economist' que no estamos tan mal

Lo dice The Economist y lo entiende perfectamente Pedro Sánchez. No estamos tan mal como dicen, entre gritos y pitos, los españolitos. Tenemos sol y tenemos playa y tenemos esa alegría de vivir mediterránea y no deberíamos permitir que la crispación política nos haga olvidar lo que de verdad importa.

La crispación es lo peor y ya hay estudios, seguro que hay estudios, que advierten de que el clima político puede afectar seriamente a la salud mental. Los problemas existen, claro, pero no son problemas tan gordos mientras no podamos hacer ver que son responsabilidad exclusiva de Pedro Sánchez. Hasta entonces, todo tiene solución.

Y la situación de las instituciones, de la economía o de Cataluña no deberían preocuparnos hasta que The Economist, Sánchez y nuestros socios europeos nos digan lo contrario.

Qué más dará el drama este de los jueces si puede ser reducido a otra lucha partidista más. Y qué más dará que no hayamos recuperado los niveles económicos prepandemia y necesitemos todavía mascarillas en metros y autobuses para recordarnos que vivimos tiempos excepcionales y que la culpa es del virus y no del Gobierno. Y qué más dará que ERC gobierne en Cataluña y un poquito también en Madrid mientras sea garantía de que en Barcelona no queme ni un triste container desde ya hace casi cinco años.

Qué más dará nada de eso mientras Sánchez no tenga que asumir la culpa ni pagar el precio de las posibles soluciones. Qué más dará, sobre todo, mientras no nos convirtamos, otra vez, en un problema para Europa.

Por eso hay que insistir en que la crispación es lo peor. Peor que la inflación, que el paro juvenil, que el sistema de pensiones, que lo de los jueces y peor que lo de desayunar con Bildu. Y por eso hay que armonizar mucho y cada vez más. Por lo que fue y por lo que pueda ser.

Hay que armonizar delitos y tipos penales, como habrá que armonizar más pronto que tarde fiscalidades y pensiones. Pero no se trata de armonizar haciendo que las penas, los tipos y las definiciones se parezcan más a las de “nuestros socios europeos” y sus legislaciones. Porque Europa tampoco es, todavía, precisamente armónica en estas cuestiones.

No se trata de armonizar con Europa, sino de armonizarnos por Europa y para Europa. Nuestra concordia y nuestra armonía están y tienen que estar al servicio de la causa europea; del soberano naciente.

Y de ahí que preocuparse por la defensa del orden constitucional y la soberanía nacional tenga ya algo de anacrónico, de nostálgico, de reaccionario… de derechas.

Porque los enemigos ya no pueden nada contra el orden constitucional. No pueden los separatistas, que pasados los 18 meses de rigor revolucionario revolución están ahí negociando enmiendas para poner piscinas municipales en Santa Coloma. Y no pueden tampoco los marroquíes, ni sus policías, ni sus inmigrantes, ni sus espías, ni sus diplomáticos, ni sus espías, ni su selección, ni sus expatriados.

No hay que preocuparse, decimos, porque nuestra soberanía y nuestro orden constitucional están ya en manos de nuestros más mejores amigos.

Soberano es hoy quien controla el grifo de la deuda pública, que son nuestros socios europeos, y aquí no hay que preocuparse porque no hay ningún partido, ni de Gobierno, ni de oposición, ni del peligrosísimo populismo, que haya entendido que la soberanía nacional debe defenderse y que eso sólo puede hacerse con una enorme austeridad fiscal.

Como tampoco hay que preocuparse por lo que puedan hacer sus enemigos contra la Constitución cuando, si mal no recuerdo, el mayor atentado en su contra fue el Estado de alarma. Decretado por el Gobierno, con la colaboración necesaria de la oposición y de la práctica totalidad del autoproclamado constitucionalismo. Un ataque que demostró, además, la impotencia del Tribunal Constitucional para hacer cumplir la Constitución cuando toca. Es decir, cuando limita los poderes y frena las urgencias del gobierno y de la mayoría de la sociedad.

En esta situación, como bien dicen, no hay de qué preocuparse más que de no preocupar a Europa. El sol y las vistas no nos las quitará nadie, y los problemas de un pueblo soberano y de un régimen constitucional ya me dirán quién los quiere. Al loro, pues, que no estamos tan mal.

5.12.22

Pedro Sánchez, un lugar para la historia

Aveces pasa que la desfachatez de Sánchez, su impúdica inmodestia, se muestra como el exhibicionismo propio del adolescente que trata de ocultar una profunda inseguridad en el futuro y su lugar en él.

Aunque raro, por lo exagerado del caso, es un sentimiento muy normal y hasta comprensible a ciertas edades y en ciertos cargos. Y es importante que poco a poco se vaya encontrando, si no la virtud, si no la modestia y el buen juicio, sí al menos la seguridad y el temple que nos permite, poco a poco, ir dejando de parecer una ridícula caricatura llena de granos para empezar a parecernos al viejo elegante que querríamos ser.

Es normal que Sánchez tenga sus dudas e inseguridades sobre el futuro de su cargo y el valor de su obra y de su legado. Y es normal, por esa guapérrima incontinencia que lo caracteriza y que tanto incentiva nuestra efebocracia, que sea incapaz de disimularlas. Pero si de algo debería estar seguro cualquier presidente, hasta el punto de poder llevarlo en silencio, es de que tiene un lugar reservado en la historia.

Lo que no se sabe nunca es ni cómo ni cuándo ni ciento volando ni ayer ni mañana. Y es normal que se lo pregunte (incluso retóricamente, quien no sabría hacerlo de otro modo) porque en eso se lo juega todo. 

Esta angustia es la íntima miseria del poderoso moderno y es normal que también a nuestro Pedro le asalte sin remedio ni disimulo. Como normal es que toda ilusión nos parezca a nosotros, tristes y derrotados espectadores de sus miserias, como un falso y ridículo consuelo. 

Es posible que sus seguidores conserven el poder de escribir la crónica de nuestros tiempos y que lo encumbren, con el tiempo, como Pedro I el exhumador. Es posible, digo, porque yo tampoco tengo ni idea de cómo pasará Sánchez a la historia. Porque me fío tan poco de su juicio como del mío. 

Por eso fallan siempre estas pretensiones orwellianas de ir editando el pasado para asegurarse de pasar a la historia limpio y sin tachones como se pretende ahora con estas particulares ediciones de los insultos que se permiten en el hemiciclo o se publican en el diario de sesiones. 

Los pulcros de hoy corren el gravísimo peligro de que en un futuro no muy lejano los cronistas consideren que llamarle a alguien fascista sea mucho peor o mucho más ridículo que llamarle a alguien filoetarra. Y que sean ellos mismos, por lo tanto, quienes pasen a la historia como los de la polarización y la violencia política. Que sea precisamente su celo de editor, su transparente y vergonzante pretensión de explicarle a la historia cómo debería recordarles, lo que acabe blanqueando a la derechona y ensombreciendo su legado. 

Es muy propio y muy normal, decía, que el progresista se preocupe muy mucho de quedar bien con el futuro. Pero deberían andarse con cuidado. Porque si algo tiene el futuro es que es muy suyo y muy poco nuestro. Quizás les convenga, pues, ser un poco más modestos para aceptar como adultos que el futuro no siempre les dará la razón y un poco más orgullosos para entender que, muy probablemente, también la historia se equivocará cuando los juzgue. 

Lo que viene siendo madurar, supongo.


24.11.22

¿Es Pedro Sánchez el Joker?

Pedro Sánchez parecía el Joker. Y estas cosas, como nos enseñaron los spin doctors de la nueva política, rara vez son casuales. Ese traje color berenjena y esas risotadas que de tan exageradas, de tan obscenas, incomodan más a quien las ve que a quien las finge. Eso tenía que estar preparado porque de eso trataba precisamente ese debate: de incomodar a la oposición política y mediática.

Y porque de eso trata también este Gobierno. De exagerar tanto la felicidad que todos los demás parezcamos tristes hombrecillos, amargados por vicio.

Se ve incluso en el empeño en seguir siendo, a pesar de gobernar, la auténtica oposición al sistema. A ese sistema mediático y económico que conspira en las sombras para arrebatarle el poder que legítimamente le ha concedido el pueblo. Ser Gobierno y oposición al mismo tiempo es un privilegio raro que deja, además, sin trabajo ni sentido, empequeñecida y como apocada, a la oposición.

Hay además, es cierto, un cierto nihilismo en Pedro Sánchez. Una aparente satisfacción en ver arder el mundo a su alrededor. Nunca ha parecido más presidente que durante la pandemia y las reuniones internacionales por la guerra en Ucrania.

Pero el suyo es un nihilismo jovial, frívolo, juvenil incluso, que la derecha nunca entenderá porque se basa en esa fe auténtica en el futuro, en que el tiempo corre siempre a su favor y le dará la razón que caracteriza al verdadero izquierdista.

Todo el diagnóstico de la derecha es comprensible y real, pero todas sus preocupaciones son gratuitas. Desde la justicia hasta la decadencia de Occidente pasando por la Guardia Civil en Navarra, la rebaja de la sedición en Cataluña e incluso la ley trans.

El cortoplacismo de los Presupuestos, los trapicheos de votos y apoyos, todo ese cortoplacismo está en realidad en los miedos, manías y urgencias de sus críticos. Porque todas y cada una de esas negociaciones se hacen en nombre del futuro, y no del poder.

Sánchez no tiene, es verdad, ningún argumento para responder a las acusaciones de una derecha cada vez más preocupada, cada día más tremendista (y no sólo por estar en la oposición). Contra el pesimismo, siempre justificado, y seguro que hoy más que ayer, a Sánchez cree que le basta esa risotada tan histriónica como los antiguos bailes de Miquel Iceta.

Why so serious? ¿A qué viene tanto dramatismo?

No dramaticen, hombre. España no se rompe, la Fiscalía General del Estado nos da la razón y Europa, palmaditas en la espalda y dineros. Y con eso nos basta y nos sobra.

No hay destrucción de España por abajo, sino disolución de España por arriba, en Europa. Lo que hay es un proyecto europeo que comparte todo el mundo y que compartiría entusiasmado ese Joker socialdemócrata que encarnaba Joaquin Phoenix y que tanto éxito tuvo entre la izquierda materialista, convencida de que todos los problemas del mundo se solucionan con mayor gasto social.

Es un Joker que todo lo que puede y quiere ofrecerle al viejo mundo que arde es gasolina y política de cuidados. Más gasto, mejor sanidad, mejor educación, mejores prestaciones sociales.

Y es, sobre todo, el Joker de ese chiste final que tanta gracia les hace contarse y que no nos explican porque "no lo entenderíamos".

Es el chiste que le permite capear la única crisis auténtica que ha sufrido este Gobierno, que es la del 'sí es sí'. Porque todas las otras crisis podían ser polémicas interesadas en las que bastase con cerrar filas y repetir el catequismo. Porque en todas ellas el Gobierno se presenta como solución a problemas preexistentes y la discusión sobre sus soluciones ya son discrepancias técnicas interesadas. Menudencias.

Pero la del 'sí es sí' no es una crisis cualquiera ni una polémica más de las tantas que hemos visto pasar y desaparecer como lágrimas constitucionalistas bajo la lluvia. Sólo en la ley del 'sí es sí' se cumple a rajatabla el principio marxista de que "la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados".

Sólo aquí el Gobierno es el problema y no la solución. Y sólo desde aquí se entiende lo que de trágico tiene la risa de Sánchez y la maldita gracia del chiste que es que a los buenos se les acabe juzgando siempre por sus intenciones y nunca, jamás, por los resultados de sus acciones. Por terribles que sean.

21.11.22

Vergüenza ajena de la propia

Para ser una fiesta, una ceremonia de inauguración, hubo mucho discurso. Es como si quisieran decirnos algo. Como si creyesen que nos debían una explicación. Y se pusieron todos los protagonistas, desde los cantantes hasta el emir pasando por el presidente de la FIFA, que ya llevaba días, Morgan Freeman y un joven árabe discapacitado.

Fue un discurso de la integración, decían las noticias. Por si no habían quedado claros los guiños capacitistas. Y las banderitas y los cánticos de todos los países. Un discurso en el que todos dijeron lo mismo pero donde no podían decir nada de verdad.

Una parodia del discurso buenista occidental, con su unidad, su globalización, su pluralidad, su amor a la Tierra, su esperanza y su respeto y la unión de las naciones en este precioso juego. Y la tolerancia. En Qatar. Nos están dando lecciones de tolerancia porque estamos siendo un poco intolerantes con los qataríes y con su historia de fútbol. 

Y si este es un discurso de integración lo es, precisamente, guiño guiño, como rampas para discapacitados para hacernos más fácil dejarnos rodar hacia Qatar y su Mundial. Es a nosotros, a los buenistas occidentales, a quienes estos discursos pretendían integrar. No, claro está, a los pobres discapacitados que haya en Qatar o a sus mujeres o a sus homosexuales o a sus esclavos.  

Es una parodia, ya digo, porque todo lo noble que podían tener todos esos principios, todos esos valores, se ve en Qatar y necesariamente reducido al bullshit. Que es, junto al dinero, y bien lo saben los qataríes, el único discurso universal. Porque la única forma de que todas estas gentes se pongan de acuerdo en un mismo discurso es que el discurso, simplemente, no quiera decir nada.

Y porque lo que tienen que explicarnos ya lo sabemos y, además, es inexplicable. Es nuestra vergüenza, si quieren ponerse así. Vergüenza ajena de la propia. Y es la mayor muestra de corrupción, que no es la (¡presunta!) corrupción económica de la FIFA sino la necesaria corrupción moral a la que se han visto obligados.

Es Infantino denunciando la doble moral de Occidente mientras declara que se siente qatarí, árabe, africano, gay, discapacitado, trabajador migrante y que por ser pelirrojo sufrió bullying de pequeño.

Que está muy bien ser autocrítico y preocuparse del bullying en los colegios. Pero quizás no en Qatar. Porque, como decía Hitchens, no es eso lo que detestan de nosotros. No es que en los colegios se haga bullying a los pelirrojos sino que se enseñe matemáticas a las niñas. Por eso, de todo lo que pudo sentirse Infantino en su vergonzoso discurso, lo único que no pudo ser es esclavo. Ni vivo ni, por supuesto, muerto. 

Llegaron al punto de sacar del armario en directo y desde el mismísimo Qatar a un jefazo de la FIFA. Para dejar claro que si él se sienta allí, “como persona gay”, a dos palmos del que (¡presuntamente!) corta a los disidentes con una motosierra, por qué no íbamos a poder sentarnos nosotros en el sofá de casa, sin motosierras pero sin mariconadas moralistas, a disfrutar del Mundial como hombres. 

Con tanta lección de sufrimiento y tolerancia me recordaron a Billy Burr cuando se quejaba de que interrumpiesen el partido para recordarnos que hay gente que se muere de cáncer. Como si no lo supiésemos. Pero es la gracia del deporte. La gracia que le veía incluso Cantona en ese extravagante discurso en el que nos recordaba que los humanos somos para los dioses como moscas para los chicos malos, que nos matan por diversión. I love football. 

La gracia de olvidarse de las mierdas del mundo por un rato. Pero no nos dejan. Llevan el fútbol a Qatar como llevaron antes Qatar al fútbol. Y no nos dejan en paz con sus discursos y con sus culpas y sus corruptelas y sus intentos de lavarse las manos y la conciencia convenciéndonos de que aquí no pasa nada.

Por eso no tiene sentido el boicot a este Mundial. A este, el que menos. Apagar la tele y cerrar los ojos es justo lo que no hay que hacer. Aquí hay que verlo todo y hay que verlo tan bien como podamos. Hay que ver lo que están haciendo ellos, lo que están haciendo en nuestro nombre y en el nombre de nuestros valores y hay que ver, incluso, lo que nos estamos dejando hacer.

Porque Qatar es algo que nos hemos dejado hacer.

De ahí que no tenga sentido el debate sobre lo que hayan gastado o de si tenían tradición futbolística o de si hace calor en noviembre o de si no tenían infraestructuras. Todo eso tiene sentido en países donde les falta algo de eso y donde la corrupción puede servir al desarrollo. Pero aquí sólo puede servir a la propaganda. Qatar tiene lo que quiere y si no tiene cerveza para los ecuatorianos ni derechos para las mujeres o para los homosexuales que no sean jefazos de la FIFA es porque no le da la gana. 

Ya es tarde para la pedagogía. Ya mandan ellos. Incluso en el fútbol, donde no se trata, obviamente, de que Qatar gane el Mundial sino de que el PSG gane la Champions. 

El problema no es Qatar, es el PSG. Es lo que une el corazón de Europa y de sus más nobles valores, la ciudad de las luces de Sarkozy y Carla Bruni con el negrísimo oro y el desierto qatarí de Al Khelaifi y Al Thani. 

El corrupto cinismo de las élites y el moralismo woke de sus infantes nos han dejado, es cierto, con pocos argumentos de autodefensa. Déjennos, al menos, gozar de la fiesta mientras dure. Que gane Messi, pues, ahora que ya juega para ellos pero que todavía lo sentimos un poco nuestro.