16.9.22

¿La ANC? Populistas a mucha honra

Los líderes independentistas acabarán haciendo suyas todas las críticas que han recibido, incluso las justas. Hay quien a eso le llama madurar, y seguramente tenga razón. Y razón tendrá también quien crea que ese madurar tiene algo de renuncia, algo de desilusión y algo de hacer pasar el fracaso por aprendizaje de la complejidad. Que también, claro. 

Si siguen madurando, los procesistas acabaran aceptando hasta eso que dijo José María Aznar y que entonces sólo quisieron ver como amenaza o como boutade: que antes se partirá Cataluña que España.

Y serán los de ERC, mientras tratan de asegurar la unidad de la España de izquierdas y se lamentan por la división del independentismo. Porque, si puede dividirse el independentismo, ¿por qué no podría dividirse Cataluña? Es más, ¿no es la división del independentismo ya, en sí misma, una división de Cataluña? 

De momento, lo que seguro que se ha dividido es esa "sociedad civil" independentista que formaban Òmnium y la ANC. Y se ha dividido exactamente por dónde dictó Xavier Antich: los de la ANC son populistas y ellos, pues no. Si alguna vez fue diagnóstico, el populismo ya es sólo acusación de las élites cuestionadas y acomplejadas en su papel.

Así que lo mismo dará que le llamen populista como que le llamen populacho, porque la cuestión clave es que, en este nuevo reparto de cargos y cargas, la ANC es populista porque Òmnium es repositorio de élites. Y lo saben.

Sabe Antich, el filósofo hermano, que la ANC es populista porque en Òmnium mandan los que fueron y son y quieren seguir siendo alguien. Manda una lista unitaria que incluye, como en los buenos tiempos del procés, a gente dirigente de todos los partidos políticos y sensibilidades relevantes, desde convergentes hasta cuperos, pasando por periodistas supuestamente serios y periodistas supuestamente graciosos. 

En Òmnium manda la élite política y toda la élite cultural y mediática que han sido capaces de encumbrar. Y es todo tan plural y tan abierto y abarca tanto que lo que queda fuera de sus dominios por fuerza tiene que parecerles poquita gente y poquita cosa. 

Lo que queda fuera del enorme paraguas del sistema es populacho y es emocional y despreciable. Es, en realidad, la pobre gente que se creyó sus mentiras, sus promesas y sus proclamas y que, a diferencia de ellos, todavía no ha encontrado ni la necesidad ni el beneficio ni la excusa de renunciar a ellas. 

Es la gente a la que le basta seguir siendo nacionalista y nacionalista como ha sido siempre y a quien no le importa quedar como los tontos del pueblo porque nunca tuvieron necesidad de presumir de listos.

No son, los habrán visto, gente seria. Son gente incluso un poco infantil, como decía con razón el expresidente Artur Mas. Pero son sólo tan infantiles como lo eran entonces, cuando se les pedía que creyesen en promesas como la independencia en 18 meses y en planes astutísimos, nunca revelados para no dar pistas a los adversarios (y para no dar sustos ni vergüenzas a los propios). 

Son populistas y son infantiles y lo son a mucha honra. Porque las cosas siempre han sido más complejas de lo que les prometieron y si es natural aunque lamentable que las élites mediáticas, culturales y políticas dirigentes jugasen a la simplificación y a la exageración, también es normal que la fe del populacho sea algo más fuerte y persistente que las apetencias o intereses de las élites.

De lo que en realidad se acusa a la ANC es de no madurar al ritmo que marcan las élites. Pero al menos un populacho que no baile al ritmo que marcan sus dirigentes es siempre, al menos, un correctivo y un freno al cinismo y a los tejemanejes de los mandamases. 

Así que serán populistas, pero a mucha honra. Porque, a pesar de la canción y de los tempos, que el populacho no baile al son de las élites es condición necesaria, aunque por desgracia no suficiente, de la libertad.

11.9.22

¿La última diada? Nada que lamentar

El president Aragonès no va a la mani de la Asamblea porque ERC no puede compartir el manifiesto.

Es un manifiesto que considera las mesas de diálogo con el Gobierno español y las trifulcas internas en el independentismo. Y Esquerra no puede compartirlo porque Mesa y trifulcas son los dos ejes básicos de su política y el camino hacia una hegemonía política que debería durar lustros.

Esquerra no comparte el manifiesto porque el manifiesto está escrito en su contra. Pero todo el mundo sabe que los manifiestos importan más bien poco, que no los lee nunca nadie y que nadie medio normal podría compartirlos. Siendo muy generosos, casi nunca.

Si Aragonès no va a la mani y ERC manda una "escasa" representación es, simplemente, porque ahora se lo pueden permitir.

Porque Esquerra ya no tiene ninguna necesidad ni ningún incentivo en hacer ver que estas manifestaciones sirven para algo o que ellos se someten a la voluntad del pueblo. O, mejor dicho, porque ya no tiene ninguna necesidad ni ningún interés en seguir fingiendo que esas manifestaciones y esas asociaciones representan al pueblo. Porque ahora mandan ellos. Y, al menos aquí, quien manda elige al pueblo y a sus legítimos representantes.

Esquerra no va a la mani porque sabe, porque siempre supo, que la unidad independentista es necesaria. Ni siquiera importante. La unidad, está dicho por aquí, es sólo la trampa de los poderosos para acallar y someter a los discrepantes. Quien manda decide quién es el que crispa y rompe la unidad y pone en peligro el procés e impide "ensanchar la base". Y ahora mandan ellos.

Esta Diada y estas ausencias rompen la ficción de unidad,. Pero la unidad no existió ni siquiera en los momentos álgidos del procés, donde ni las listas unitarias y los peligros compartidos pudieron disimular las luchas y los repartos partidistas en las entidades soberanistas de la supuesta sociedad civil. Y diría yo que en ese reparto y en esas guerras la Asamblea Nacional Catalana ni es ni fue nunca de Esquerra.

Ahora que manda, Esquerra ya no tiene que someterse a los dictados de la sociedad "civil" ex-convergente. Y la Diada puede volver a ser lo que era antes, aunque con los papeles más o menos invertidos.

Ahora con Esquerra vendiendo seny desde el poder y con los ex-convergentes vendiendo rauxa desde quién sabe dónde. Ahora la Diada puede volver a ser un desfile de distintos partidos, asociaciones, grupos, grupúsculos y, como se dice ahora, distintas sensibilidades. Y acusándose unos a otros de traidores, pragmáticos, maximalistas, vendidos, comprados, tontos del pueblo y demás, en nombre del sueño, siempre compartido, de la futura independencia de Cataluña.

Para completar el retorno a esta vieja y presunta normalidad, Ciudadanos ha vuelto a instalarse en el discurso quejoso y a lamentar que la Diada ya no es de todos, como si lo hubiese sido alguna vez o pudiese llegar a serlo. Y, en lugar de asumir, con resignación o con orgullo (ellos sabrán) que en esta fecha tan señalada ellos, simplemente, no tienen nada que lamentar. Que tampoco ellos tienen nada que lamentar.

Porque es como si ya todo el mundo compartiese el sueño socialista de una pax catalana donde todo se parece mucho a lo que había antes. Pero como un poco más de izquierdas y un poco más dependiente del PSOE. Todo tiene un cierto aire de resignado retorno al status quo ante procés. Pero nunca se vuelve al mismo Brideshead y me temo que aquí todos vuelven un poco más viejos y un poco más cínicos pero no exactamente más sabios, ni más maduros, ni más razonables.

La Diada ya no volverá a ser como la habíamos conocido. Pero si la Diada ha muerto, nadie tendrá nada que lamentar.

8.9.22

Los fantasmas de la unidad

Sin darnos siquiera tiempo a sospechar que fuese obra de un loco o de un master en Comunicación Política empachado de House of Cards (la inglesa, pelotudos), enseguida salió Pablo Echenique a explicarnos que el presunto intento de magnicidio contra Cristina Kirchner era culpa de la crispación y de la división.

La división crispada, que es el nuevo fantasma que recorre Occidente entero ahora que populistas ya somos todos y que al neoliberalismo se lo están comiendo entre los chinos y la inflación.

Fueron la crispación y la división, que se dan ahora en todas las sociedades que gobiernan, y que no se daban antes, cuando eran oposición al sistema, y que suponen una terrible amenaza para la democracia y para la libertad y para el poder del pueblo, que es el suyo. 

Porque división es el nombre que los gobiernos dan a la pluralidad que cuestiona su ideología y que amenaza su poder.

Y la división es tan grave, tan extrema y tan global, que incluso el presidente de los Estados Unidos tuvo que preparar un acto para denunciar, con toda la solemnidad que la ocasión requiere, lo peligrosa que para la democracia es la oposición.

Era una escenografía oscura, de rojos y negros, y si no fuese Joe Biden un hombre tan mayor, tan preocupado, y también un poquito senil, que susurra como susurran la nueva izquierda y la vieja vejez, daría toda la impresión de ser parodia u homenaje a cualquier líder fascista, real o ficticio.

Biden dejó claro que los "MAGA republicans" son una terrible amenaza para la libertad, no sólo en América, sino en el mundo entero. Y lo hizo mientras su partido invierte millones de dólares para asegurarse de que los más extremistas de estos trumpistas ganan las primarias republicanas. 

Pero la situación es tan grave y el peligro tan extremo que el mismísimo presidente Pere Aragonès ha anunciado que ni él ni su partido asistirán este año a la manifestación de la Diada. No irán y punto, porque se ve que también el independentismo está dividido, por culpa de la ANC y demás gente que sigue prometiendo y diciendo ahora, ¡en pleno 2022!, lo que él y los suyos decían y prometían hace cuatro días y un par o tres de indultos. 

Y porque resulta, también, que ahora Aragonès y los suyos ya no tienen que fingir que el procés es de abajo arriba. Ahora que gobiernan ya no tienen que fingirse simples siervos del pueblo soberan(ista) ni tienen que hacer ver que las manifestaciones multitudinarias imponen mandatos populares o, simplemente, que sirven para algo.

Ahora que mandan ellos y ahora que el tiempo y el cansancio y el cinismo y el Gobierno central y todo lo demás les va a favor, ahora resulta que lo más preocupante es el unilateralismo de sus socios de Gobierno y las entidades que crearon a tal efecto y la extrema derecha nacionalista que crece silenciosa y agazapada en las sombras de su mismísima Generalitat. 

Si no fuesen todos demócratas de intachables credenciales se diría que lo que pretenden es alimentar la división que tanto lamentan para asegurarse de que nunca nadie mínimamente decente se olvide de votarlos a ellos ni se atreva, por la cuenta que nos trae, a cuestionar sus políticas o sus promesas.

Se trata de alimentar a la bestia, porque nadie nunca en estas derivas autoritarias ha pretendido en realidad acabar con la oposición ni todas estas cosas que decíamos cuando les llamábamos populistas. Porque un poder absoluto implicaría una responsabilidad absoluta. Y responsabilidad es justo lo que no se quiere. De lo que se trata, por lo tanto, es de tener una oposición desprestigiada, tan temida como impotente.

Las constantes apelaciones a la unidad, y más en estos momentos de emergencias de lo más variopintas, ahora que winter is coming, son sólo un arma para tener controlada a la oposición y, se diría, se sospecha, se insinúa incluso en algunas ciénagas digitales, que a la población.

You might very well think that, but I couldn’t possibly comment.

31.8.22

Pavel Nedved y la educación sexual de nuestras ministras

He visto a Pavel Nedved bailando con unas señoras sin camiseta y me ha sorprendido que en la prensa deportiva titularan como escándalo lo que en la prensa internacional ya nos habían enseñado a respetar como el derecho de las mujeres, o al menos de las jóvenes, a un poco de fiesta.

Me temo que nadie bailará por Nedved y por sus amigas como bailaron por Sanna Marin y las suyas, creyendo que sus tiktoks desafiaban a alguien, creyéndose valientes afganas por un ratito. Por aquel entonces llegaron antes los bailes en su defensa que los supuestos e insoportables ataques que estaba sufriendo. Cuando salieron las fotos de sus amigas besándose sin camiseta en lo que parecía ser la residencia oficial ya estaba todo bailado y no cabía ya ni la sospecha de que un discurso como el de Tokisha y unas fiestas que ni las de Johnson pudiesen tener nada de problemático.

Preferimos bailar en defensa de lo obvio y desafiando a nadie porque somos una civilización en retirada. Y no sólo en el frente ruso.

También en la ley feminista del día y en su defensa de la educación sexual, que se supone que ahora no existe o que existe, pero a la que hay que proteger del porno y de los colegas, que se ve que nos dicen cosas que no son.

Y es curioso, porque la educación sexual que se necesita es precisamente la que no puede competir con el porno y que tampoco está amenazada por él. La educación sexual que se necesita es la que puede darse y que al menos a mí me dieron en la clase de biología, sustituta seria del cuento de las abejas, y de la que uno sale con unas bases teóricas sobre las partes del cuerpo y sus usos y sobre los peligros de embarazos no deseados y enfermedades indeseables.

Y el porno ni explica ni desmiente nada de eso. Del mismo modo que las películas de Disney no desmienten las miserias del amor ni los momentos que nunca salen en las canciones.

Me parecía incomprensible la convicción de que el porno es competencia de la clase de biología hasta que vi el otro día a una de estas educadoras sexuales que se supone que pasan por los colegios cargadas de plátanos y preservativos explicando que quizás sí que algunos ejercicios de los que se proponen eran contraproducentes porque incomodan a los alumnos. Que los ejercicios en los que se les pide implicación en cosas como simular relaciones sexuales como en las bodas cutres generan, porque la naturaleza es más sabia que nuestros pedagogos, el lógico rechazo entre los adolescentes.

Es en ese terreno, el de la práctica, el de la gimnasia sexual, en el que el porno es competencia y, diría yo, preferible. El terreno en el que el porno no sustituye a la clase de biología sino a las más clásicas lecciones prácticas que, en épocas y sociedades pretéritas, ofrecían a los adolescentes la pederastia o la prostitución.

Es en ese terreno, en el que los adultos se proponen enseñar como colegas lo que sólo podrían enseñar como amantes, donde se ven tanto las faltas como los excesos de una educación sexual. Por esa manía de proteger a los jóvenes frente a las incomodidades de lo desconocido, que pretende enseñarles lo que no debería para que no salgan al mundo con tantos miedos y tantas dudas.

Un argumento, por cierto, muy recurrente en esa pornografía que tanto temen. Y que, en nombre de un paternalismo obsceno, que precisamente porque juega con los límites del tabú e incluso de la legalidad, nos recuerda, a nosotros y a nuestras primerísimas ministras, que hay cosas que es mejor tener que aprender solitos. Y que hay cosas que es mejor no enseñar.

24.8.22

Cuando un 'presunto culpable' pide la eutanasia antes de ir a juicio

Si el pistolero que disparó contra sus compañeros hubiese sido culpable, el debate no debería ser tan problemático. A los culpables se les encierra y se les sacan los cordones de los zapatos y se les saca el cinturón precisamente para que no se maten antes de cumplir sentencia. Porque sabemos muy bien, en contra de lo que decía la magistrada, que no siempre ni ante todo prevalece el derecho a la muerte digna.

A no ser, claro está, que muerte digna sólo sea la que autorice la magistrada.

Se les quitan los cordones y el cinturón porque se cree, claro, que el suicidio es una opción. Que habrá delincuentes que prefieran morir antes que vivir presos y culpables. Que hasta estos extremos llega y tiene que llegar el poder disuasorio de la cárcel, que es una de sus principales funciones junto con el castigo y la reinserción. Y que este poder es, de hecho, el fondo de uno de los más crueles argumentos en contra de la pena de muerte. El de que la muerte no siempre es suficiente pena, que la cárcel es peor.

Si fuese culpable no debería ser tan problemático porque ya sabemos que a los culpables no se les reconoce el derecho al suicidio, asistido o no. Porque se considera que no pueden elegir su sentencia.

El problema que tenemos aquí es que este hombre era, todavía, un presunto inocente. Y que esa condición pesa y tiene que pesar. Que esa condición es, para nosotros los civilizados, sagrada.

Si hubiese sido condenado, si hubiese sido declarado culpable, entonces podríamos haber contemplado una muerte digna. Podríamos haber entendido que también para nosotros una vida en esas condiciones de impedimento, presidio y culpabilidad no sería, simplemente, digna de ser vivida.

Pero el pistolero no llegó a solicitar nuestra compasión ni a pedir perdón. No nos ha dado ni tiempo de ser humanitarios. Hace menos de un año que disparó y hace pocos meses que pidió ser eutanasiado. Y no es un tema menor porque en este caso, tanto por la práctica de la justicia como por la práctica de la eutanasia, time is of the essence. Aunque en sentidos opuestos.

Que la justicia sea lenta, no por prudente y garantista, sino por dejadez o desborde, la hace menos justa. Que la eutanasia sea lenta, en cambio, no la hace menos compasiva o humanitaria, sino más. De ahí la insistencia en que la persistencia en el deseo de morir sea fundamental, por ejemplo. Y que precisamente por eso se considere distinta al suicidio, incluso asistido, que podría ser el impulso de un tremendo que pasa por un mal trance o una mala época.

Pero esta persistencia en el deseo de morir era aquí tan dudosa que la juez rechazó la petición de quedar en libertad a la espera de juicio por considerar que había riesgo de fuga. Y alguien que quiere huir es alguien que quiere vivir en libertad.

Y quizás este sea el problema de fondo, que es de tempos tanto como de principios. Si el juicio hubiese llegado antes que la eutanasia, quizás nos habríamos ahorrado este debate. Pero las cosas han ido al revés porque parecería que ya sólo pueden ir al revés. Que cada vez somos más rápidos (¿y menos garantistas, por lo tanto?) concediendo "muertes dignas" y más lentos celebrando juicios justos.

Que la muerte llegue antes que la justicia podría tomarse como una de esas miserias intrínsecas a la condición humana que lamentan los profetas. Pero que seamos más rápidos ejecutando que juzgando dice algo de nuestra sociedad, y no sé si muy bueno.

17.8.22

Selectos ignorantes, perfectos islamófobos

Si los islamistas hacen sus cosillas para dar ejemplo, para mandar un mensaje a Occidente, podemos afirmar y afirmamos que han fracasado. Podemos celebrar con orgullo y alegría que aquí su propaganda terrorista no funciona porque, simplemente, no nos da la gana de darnos por enterados.

Así en ese antológico titular que informaba que Se desconoce qué motivó al presunto agresor de Salman Rushdie y que casi coincide en el tiempo con el aniversario del atentado en Las Ramblas, donde unos jóvenes musulmanes mataron y murieron y "sobre los que siempre tendremos la duda de si realmente querían morir matando, como hicieron" (Marina Garcés, metafísica).

Porque los hechos, es evidente, no hablan nunca por sí solos y se necesita un poco de voluntad para entender su verdadera naturaleza y significado. Así, es normal que todavía hoy cueste entender a esos jóvenes de Ripoll que, según sus amigos, reían y salían y bailaban y se emborrachan y siempre saludaban, hasta que un día dejaron de hacerlo.

Es normal que cueste entender a esos jóvenes islamistas, en Ripoll, en Siria o en Nueva York, porque la doble condición de joven e islamista es propensa a un tremendismo y a una volatilidad que a las mentes adultas tiene que parecernos incomprensibles.

De ahí que fracasemos una y otra vez en darles la solución, digamos existencial, que creemos que tanto necesitan. Ese sentido de la existencia que les aleje del fanatismo y de este ir dando tumbos entre eros y thanatos y les acerque a la placidez de los Netflix del sábado noche. Porque estas son cosas que parece ser que, si no las hace el tiempo, no las sabe hacer nadie.

Y si el fracaso es de Occidente, como dicen, y si resulta que la culpa es nuestra, como insinúan, entonces habrá que decir que, si no hemos sabido enseñarles a vivir, al menos no hemos sido nosotros quienes les hemos enseñado a matar y a morir. Nosotros vivimos tan tranquilamente sabiendo que lo normal es no saber vivir y que el fanatismo es incomprensible.

Por eso, mucho más fácil de entender que el fanatismo de los islamistas y el sentido de la existencia humana son las ignorancias selectivas de nuestros adultos. Las excusatio non petitas de Garcés y del diario, que parecerían simple cobardía (¡islamófoba!), pero que son también algo más.

Si los que tanto saben y entienden sobre todo lo demás son los que aquí más tontos se declaran es porque con este conocimiento no sabrían qué hacer. Ya decía Nietzsche que la voluntad de conocimiento es voluntad de poder.

Y es por eso por lo que con todo lo demás, con todo lo atribuible al cambio climático y al heteropatriarcado (es decir, al capitalismo), saben exactamente lo que pasa. Saben lo que quieren hacer, saben lo que quieren destruir. Con todo este conocimiento saben exactamente cómo vivir y saben exactamente cómo medrar.

Pero con el terrorismo islamista no entienden nada porque no sabrían qué hacer. O no se atreverían.

De ahí que lo más perverso de esta ignorancia tan selectiva, de esta búsqueda de las razones profundísimas, pero sólo en algunos casos, no es tanto la excusa que regalan sino la solución que buscan.

Porque lo que ellos buscan son soluciones de verdad, no parches como poner más policía o vigilar mejor a los imanes radicales o cosas por el estilo. Todo eso son medianías liberales, basadas en la terrible convicción de que el precio de la libertad es la eterna vigilancia. Y ellos no están dispuestos a pagar el precio de vivir siempre en la incertidumbre y el miedo.

No están dispuestos a soportar la idea de que nuestra humana condición no tenga solución y de que mientras haya hombres habrá zumbados y tendrá que haber, por lo tanto, policía, y tendrá que haber, por lo tanto, escritores amenazados por el fanatismo de los unos y abandonados por la cobardísima ignorancia de los otros.

Lo que buscan nuestros selectos ignorantes es una corrección definitiva de nuestra cultura, es decir, de nuestra naturaleza, y estarían dispuestos a sacrificarlo todo por la esperanza, por la mera promesa en realidad, de que esta vez sí la humanidad vivirá, de una vez por todas, en paz.

15.8.22

T de titánica

Tienen gracia las bromas sobre la enorme cantidad de hielo que gastó Rosalía en el videoclip de Despechá porque todo lo que había de decirse sobre el asunto está dicho en la E de expansiva y en Saoko: Cuando los cubito’ de hielo ya no es agua / ahora es hielo, se congela, uh, no.

Y tienen gracia porque la verdad que asoma tras esas bromas es el mismo miedo al advenimiento de un mundo sin hielos en las gasolineras ni luces en los escenarios; el miedo a la distopía tecnológica que ella de algún modo parece combatir en toda su obra. No por sumisión al discurso ecologista y demás, claro, sino por la superación del miedo apuntando hacia un futuro al mismo tiempo plenamente tecnológico y alegre, con una aparente inocencia casi infantil. Ta-ra-ra-ta-tá-ra (en la ola de Corea).

Es algo que se vio bien en el concierto en Barcelona y, supongo, en muchos más. 

Se anunció que algo estaba a punto de pasar cuando la pantalla, la enorme pantalla que constituía prácticamente todo el escenario, se puso a escribir sola. Y cuando las luces empezaron un crescendo de parpadeos no apto para epilépticos ni para almas sensibles como la mía y cuando el ruido fue creciendo hasta llegar al borde de lo insoportable. 

Tanta luz y tanto ruido y tanta gente gritando sólo podían anunciar la llegada de un dios o de un tirano, pero lo que emergió por un lado del escenario fueron unos seres que gateaban como bebés enormes o como bestias, vestidos de negro con máscaras blancas, luminosas, que recordaban a las de los malos de Star Wars pero que daban mucho más miedo.

Todo eso parecía anunciar el advenimiento de la distopía tecnológica hasta que de entre esa masa de cuerpos, presuntamente humanos, emergió Rosalía vestida de rojo, y quitándose la máscara le pidió al público, y un poco a sí misma, para qué engañarnos, las mismas explicaciones que estaba a punto de pedirle yo: Chica, ¿qué dices?.

El público, educado, gritó Saoko, que dicen que significa energía, movimiento, y que sirvió para que los petrificados, que éramos yo y un niño detrás de mí pero que deberíamos haber sido todos, nos sobrepusiéramos al terror y para dar comienzo a un concierto que se movería entre el rojo y el negro, es decir; entre el sexo y la muerte, entre lo obsceno y lo macabro. Pero con un toque cute, que se diría es inevitable en ella, y que la llevaría a sonrojarse y sonreírse cada vez que el público dijese Z de zorra, o la pusiera por encima de esas putas.

Rosalía empieza el concierto dejando claro que del miedo se sale hacia arriba, hacia el futuro, si prefieren, y no de vuelta hacia una supuesta pureza perdida. De ahí que ella misma sea igual de cantaora con un chándal de Versace que vestíita de bailaora. 

El optimismo hace el futuro es un optimismo tecnológico muy particular que se ve también en el salto que hay entre El mal querer y Motomami, que se supondría el salto entre el mundo de la tradición y el del futuro pero en el que, al fin, las motos japonesas se comportan como caballos andaluces; que se levantan sobre las patas traseras, giran sobre su eje; arrancan y frenan en seco. Como ella misma.

También ahí, despechá sobre las bolsas de hielo se ve que su cuerpo no está diseñado para el posado y la pasarela sino para el baile y el hentai. Una mujer que en catalán llamamos “de cuixa forta”, que pisa fuerte porque sabe dónde pisa y que ya por eso yo diría que es anti-trágica. Es, al menos, anti-edípica, por el de los pies hinchados, que no sabe quién es porque no sabe dónde pisa. O al revés.

Ella sabe bien lo que hace y sabe bien que tampoco ella podría hacer otra cosa. Y aunque no tenga dinero, no tenga a nadie / Yo voy a seguir cantando, porque me nace. Pero que ella nació para ser millonaria y que tiene gracia que en Barcelona la M no sea de Motomami sino de Milionària, en ese gesto empoderador tan daliniano de ganar y gastar y que tanto choca con la tradicional avara povertà dei catalani.

El dinero es una presencia constante en su obra como lo son todos los intentos del hombre por intentar superar la decadencia propia de nuestros asuntos, y se diría que de nuestra época, buscando la trascendencia. Dinero, decíamos. Y sexo, y fama… y amor, y Dios, y arte.

Que sabemos que la fama es mala amante y una condena, pero dime otra que te pague la cena. Y sabemos que sólo Dios salva pero tanto ella como su abuela que lo primero es Dios; ni la familia ni chingarte. Y que lo que dios te dio te lo quitará. Y lo que pasó ya no pasará. Y que sabemos que el amor con amor se paga, pero el amor que más dura no es el que no acaba sino el que no se olvida y que mientras espera una ilusión de amor lo que se oye de fondo, casi indistinguible de un latido, es una voz que repite Kiss me through the phone / While I lick you just like licorice.

Pero el que sabe sabe / Que si estoy en esto es para romper / Y si me rompo con esto, pues me romperé / ¿Y qué?. Que de eso trata el arte porque de eso trata la vida. Que ser una popstar nunca te dura, que aquí el mejor artista es Dios y que nuestra más alta tarea es la de keep it cute.

Por eso tenía que acabar el concierto con CUUUUuuuuuute, que más que una canción es un mandato.

11.8.22

Hagámonos dignos de nuestros perros

Cuenta Enric González en sus Historias de Londres que, al llegar a la ciudad, su mujer y él decidieron adoptar un perro (por hacer lo correcto) y que la perrera les mandó un inspector para evaluar si su casa se adaptaba a las necesidades del animal. El inspector consideró que una casa perfectamente adecuada para que vivieran en ella dos humanos adultos no era suficiente para un perro y les denegó la adopción.

Enric y su mujer se tuvieron que conformar con un gato, y el perro en cuestión, con la perrera municipal.

Sobre gatos yo no opino y la perrera de Londres no la conozco. Pero la imagen que tengo yo de las perreras municipales y la insistente propaganda del “no compres, adopta” me hacen sospechar que el celo protector del Estado para con los más débiles es mucho más eficaz aumentando el poder arbitrario de aquel que la protección de estos últimos.

Es un peligro muy presente en esta nueva ley sobre el asunto animal de Ione Belarra.

Se dice que una de las aportaciones de la nueva ley sería el que los padres (y madres, cabe imaginar) separados que maltratasen un animal perderían la custodia de sus hijos. Es algo enormemente problemático, como todo lo que tenga que ver con la intervención del Estado en las relaciones entre padres e hijos, especialmente si es para impedirlas.

Feminismo, animalismo, Estado del bienestar. Todo trabaja por el debilitamiento de la espontaneidad y la presunción de bondad de las relaciones afectivas.

Es verdad que con ello se apunta a una intuición moral profunda y arraigada incluso en el pensamiento de los más reacios a reconocer derechos o incluso sentimientos a los animales. Porque incluso, entre ellos, el maltrato animal es condenable porque alguien capaz de maltratar a un animal se supone más probablemente capaz de maltratar a un ser humano.

Pero lo que hace esta ley, y lo que hacen nuestros tiempos, es profundizar en la inversión de la jerarquía de las cosas, donde antes lo importante era evitar el sufrimiento de los humanos en general y de los niños en particular.

En la actual transvaloración econihilista de los valores, donde el bienestar del perro es prioritario respecto al del hombre, se deja en muy mala posición a todas aquellas personas que cuando menos pueden cuidar de un perro es justo cuando más lo necesitan. Mayores, enfermos, pobres, deprimidos: gentes a quienes el perro cuida, y no al revés.

La nuestra es una sociedad cada vez más envejecida y solitaria, donde cada vez hay más gente necesitada de animales de compañía. Poner cada vez más dificultades económicas y legales a la vida con nuestros peludos y babosos amigos deja cada vez más aspectos fundamentales para lo que ahora llamamos “bienestar” en manos de la arbitrariedad del Estado, del juez o del inspector de turno de la perrera municipal.

Mientras no lleguen para generalizarse los perros robot, todavía sin derechos (y que dure), la inversión de las jerarquías y la problematización constante de nuestra vida afectiva condena a la soledad a cada vez más personas que necesitan del cuidado de los animales más de lo que necesitan la caridad y las promesas del Estado del “bienestar”.

7.8.22

Sólo puede ganar Putin

No, claro que no sería un cambio justo. No podría serlo. 

Porque no es lo mismo una jugadora de baloncesto que un “mercader de la muerte”. Y porque no es lo mismo una condena rusa por llevar un poco de aceite de cannabis en la maleta que una condena estadounidense por tráfico de armas.

Pero es que iguales sólo lo somos ante Dios y un poco ante la ley. En su ausencia, en sus afueras, y especialmente en una guerra como esta, más o menos templada, somos, a lo sumo, intercambiables. Y aquí manda el mercado, no la justicia.

Y en el mercado el intercambio es posible porque las cosas son distintas en valor y en naturaleza. Y por eso, porque las valoramos distinto, podemos cambiar una cosa por otra y salir todos ganando y tan contentos. Podemos preferir un iPhone que los 1000€ que cuesta. O a Brittney Griner en casa que a un maldito asesino ruso entre rejas.

Porque aquí fuera, en el terreno del realismo político y de la guerra de propaganda, los hombres tienen precio y valen tanto como representan.

Por eso no son lo mismo y por eso son intercambiables una jugadora de baloncesto estadounidense, negra y lesbiana, para más inri, y un “mercader de la muerte”. E iba a decir que ni hecho aposta. Pero es que con Putin nunca se sabe y seguramente esté hecho aposta. 

Porque ha tenido que ser ella la condenada para que a Biden y a buena parte de la opinión pública, americana y diría que occidental, se le haga insoportable la injusticia de su situación y relativo el heroico principio de no negociar con terroristas.

A nosotros nos parece intolerable ver o incluso imaginar a Griner en una prisión rusa por viajar con un poquito de aceite de cannabis. Y Putin finge intolerable que los demás países se defiendan de él y de sus sicarios. Porque cada régimen se define por los ídolos que encumbra. Y no hace falta decir mucho más.

Pero es en esa discrepancia y en esa teatralización de las diferencias políticas, culturales e incluso civilizatorias que hace ahora el régimen ruso, donde se entiende el intercambio y su perversa lógica propagandística.

El intercambio de prisioneros nos remite a una lógica de guerra, que es donde halla su sentido, y especialmente a su fin, porque en realidad es allí se asume que todos han hecho más o menos lo que debían, que era lo mismo, y que lo han hecho más o menos por los mismos motivos aunque con distintas excusas, nacionales o ideológicas. 

Pero esto ahora es imposible de asumir. Y es imposible, por lo tanto, asumir la justicia de ningún intercambio con el gobierno de Putin. Para empezar, porque cualquier condenado en Rusia debe ser considerado inocente hasta que se demuestre lo contrario. Y por eso, toda apariencia de igualdad entre los presos, que es una apariencia de igualdad entre los regímenes, es una victoria de Putin y de su propaganda de guerra.

También por eso suele decirse que no hay que negociar con terroristas y secuestradores. Que no hay que pagar rescates para no incentivar secuestros y que toda negociación con ellos que no les sea en realidad una trampa mortal es ya una cesión, y por lo tanto una derrota. Por eso se repite que no se negocia con terroristas incluso cuando se negocia a escondidas. Y por eso esta negociación, tan pública y tan cruda. Y por eso este cambio de política de la administración Biden, se ve y tiene que verse como una señal de debilidad. Y, por lo tanto, como una derrota. 

Es una debilidad comprensible, porque es la debilidad fundamental, existencial, del Estado moderno, que justifica su existencia y sus impuestos y decretos leyes en el principio de protección. Al menos, de la vida de los ciudadanos. Pero es una debilidad que nuestros enemigos no pueden dejar de aprovechar siempre que pueden.

Se ve bien claro aquí, cuando se intenta el cálculo de cuántos inocentes justificarían la liberación de un culpable de los peores. Porque en el fondo de nuestro sistema garantista y de su presunción de inocencia está la convicción de que más vale un culpable suelto que un inocente preso. Y, sin embargo… ¿cuántos inocentes nuestros vale un culpable de Putin? 

Sabemos que este uno por uno no sería suficiente. Que no está bien intercambiar una inocente americana por un culpable ruso. Y tampoco tres inocentes. Ni mil. Que no es cuestión de cantidad sino de calidad. Y de la calidad, en el fondo, de la propaganda. De lo útiles que sean unos y otros y su liberación para ganar una guerra que nosotros, con Estados Unidos, en principio, no estamos luchando. 

Este es, por lo tanto, un intercambio en el que Putin saldrá mejor pagado y una batalla que sólo él puede ganar. Entre tantas otras cosas, porque él es el único que puede hacer los cálculos en limpio. Porque soltar inocentes es siempre más barato que soltar culpables y porque comerciar con la vida y la libertad de los hombres y de sus ciudadanos es lo suyo. Es su política, son sus principios y es su estrategia (y su conveniencia). 

Putin ganará esta batalla, simplemente, porque no puede perderla. Es el tipo de lujo asiático que los autócratas pueden permitirse y los demócratas no.


4.8.22

Irene Montero da permiso a las gordas para existir

Lo malo es la campaña, el escándalo es lo lógico. Una vez has creado el Ministerio de Igualdad, tendrás que usarlo. Y tendrás que usarlo para promover la igualdad de género allí donde no se dé, que es más allá de la ley democrática, y que es por lo tanto en el terreno de los usos, costumbres y deseos.

Y una vez te hayas atrevido a decirle a la gente, a ciudadanos presuntamente libres y adultos, qué cuerpos deberían encontrar deseables, entonces ya es, por de Quincey, cuestión de tiempo que te atrevas a robar fotos o a usar Photoshop para "normalizar" los cuerpos normalísimos que estabas promoviendo.

Porque todos los cuerpos son igualmente deseables, pero unos lo son más que los otros. Y es conocido que esta es una ley ineludible, no sólo del deseo sexual de los humanos, sino del deseo de dominación de los Gobiernos.

La campaña obliga a la selección, y del mismo modo que no incluyeron a supermodelos, que ni necesitan ayuda ni aspiran a normalidad ninguna, tampoco incluyeron la prótesis de la chica. Porque algún criterio habrá que tener y algún límite habrá que poner si vamos a tener que convivir todos juntos, en paz y tan guapos y deseables.

Y es que estas campañas no promocionan nada más que la hipocresía de los afines, según la cual ahora toca hacer ver que nuestras playas son como las de Los vigilantes de la playa. Se trata de hacernos fingir que no hay gordas en nuestras playas y que si las hubiera serían las gordas más desables del mundo. Como pasaba, por cierto, según Vladímir Putin, con las putas en Rusia.

Y por eso lo interesante de la polémica no son las críticas de los descreídos, sino las defensas de la gente honesta, que es la peor.

La de una presunta gorda, por ejemplo, que decía que claro que ella ya iba a la playa y que faltaría más y que esto es un país libre y demás, pero que ahora ella y sus semejantes lo harían sabiendo que cuentan con el apoyo del Ministerio.

Hay gente que busca constantemente que le den permiso para existir. Y que siempre encuentra a alguien encantado de dárselo.

Esa es la gente que mejor entiende estas situaciones que a los demás nos parecen, simplemente, entre ridículas y delictivas. Y que salta a la primera a mostrar su apoyo a la valentía de la ministra y de todos sus minions porque sabe bien que aquí de lo que se trata es de cohesionar la secta.

Y para eso, ante las dudas y las encuestas, hay que ir subiendo la apuesta en una espiral del ridículo que no sirve, lógicamente, para convencer a nadie. Pero sí para mantener cautivos a los propios.

A los propios les encanta que les den permiso para existir y les encanta formar parte del grupo de los buenos. Aunque sea en calidad de tonto útil. Porque cada día que pasa, cada nuevo sapo que se traga, es más difícil romper con la secta sin romper también con uno mismo.

Por eso no es justo decir que las campañas son maniobras de distracción para que no hablemos del gas o del paro o así en general de la que se nos viene encima. Ni es justo para con la fe y el esfuerzo que le ponen las promotoras y su ministra, ni es justo para con el seguidismo de los demás.

Estas campañas son mucho más y mucho peor que cortinas de humo. Son advertencias y una suerte de prueba de estrés para seguidores y seguidistas. Les muestran bien el precio a pagar para poder seguir siendo de los buenos, con todo lo bueno que eso comporta cuando los buenos mandan, y nos muestran bien a nosotros hasta dónde están dispuestos a desplazar el centro del sectarismo y la normalidad.

Y así, una vez aceptado fingir que no hay gordas en nuestras playas y que todos los cuerpos son normales e igualmente deseables, les será mucho más fácil dar los siguientes pasos. Y a nosotros entenderlos.

Entender, por ejemplo, que cuando el Gobierno decreta que la inflación es culpa de Putin, la televisión tendrá que explicar lo divertido y lo barato que sale veranear de sandía y camping, como en el tardofranquismo.

Y que cuando el Gobierno llama a remar todos juntos y a pasar calor en verano y frío en invierno, el periódico que ayer editorializaba contra el austericidio tendrá que vendernos ahora la virtud y la necesidad progresista y de izquierdas de la nueva cultura de la austeridad.

28.7.22

A Borràs la querrán muerta, pero cobrando la pensión

Hay defensas que son peores que una condena. Que insistan en que José Antonio Griñán "no se ha quedado nada", por ejemplo, es una falsedad que, aunque a él puede salvarle el honor o el ego, pervierte todo el sistema ideológico y político del PSOE andaluz. Porque el subsidio es compraventa de votos y lealtades. Y de eso, y no sólo de pan, vivieron Manuel Chaves, Griñán y el PSOE, andaluz y no tanto, todos estos años.

Esto de no quedarse nada a excepción del poder y de todo lo demás es en sí mismo una parodia tanto del socialista generoso como del andaluz subsidiado como de la socialdemocracia redistributiva toda ella.

Es lógico que ante la magnitud de la tragedia, ante la profundidad de la corrupción de quienes "no se han quedado nada" y las terribles consecuencias morales, electorales y laborales de tantos, se agarren como un clavo ardiendo a sus mejores intenciones, a lo triste que está y al siempre saludaba.

Y si la corrupción andaluza desmonta y ridiculiza las esencias del socialismo andaluz, la presunta corrupción de Laura Borràs hace lo mismo con las de la política catalana en general y de JuntsxCat en particular. Incluso, digo, en su condición de presunta. 

Porque la política catalana ha quedado reducida a dos cosas y una excusa: la defensa de la lengua y la cultura, y la conservación y reparto de cargos y prebendas excusándose en la independencia y la lucha contra la represión española. Excusa según la cual en Cataluña el poder no se ejerce, sino que sólo se sufre.

El juicio a Borràs, se diría que independientemente de la sentencia, pone en duda todo el montaje porque la corrupción es, en sí misma, power signaling, por decirlo en un palabro técnico. Y porque uno sólo puede fraccionar contratos cuando tiene pasta que repartir y poder para decidir.

Y esto, ahora, es ya motivo de vergüenza para las fuerzas derrotadas y cautivas del independentismo de verdad que sacan toda su legitimidad y todo su descaro retórico de su condición de víctimas represaliadas. 

Que se hiciese en nombre de la cultura catalana, desde la Institució de les Lletres Catalanes, sería el primero de los chistes. Pero no el más malo, porque al fin cada uno se corrompe desde el poder que tiene.

Y porque, en Cataluña, el poder es ya una vergüenza más grande que la corrupción.

Pero a Borràs le encanta el poder. Algunos pensaron que lo suyo era sólo voluntad de cámara, de salir siempre en la foto y ocupando todo el centro. Pero tras esta frívola tendencia a colarse hasta en los selfis de los japoneses se esconde, parece, una voluntad de poder que es cada vez más incómoda para propios y extraños.

Borràs no encuentra defensa ni aliados porque ya tanto sus virtudes como sus defectos desnudan a su partido, a su Gobierno, a su Parlamento y a su cargo.

Tanto su presunta corrupción como su voluntad de poder desnudan a un partido centrado en disimular que no quiere el poder porque no quiere la responsabilidad de tener que estar a la altura de sus vacuas proclamas. Y a un sistema centrado en la gestión, que no necesita de la corrupción porque ya tiene un control casi absoluto de las cuentas, las instituciones, los silencios y los favores.  

"Los que me quieren muerta, me tendrán que matar y ensuciarse las manos", ha declarado Borràs, cesarista. Estas palabras son algo insólito en el oasis catalán postsentencia.

Por eso, a falta de brutos que se atrevan, los partidos se han puesto a hacer lo que tan bien saben, que es negociar que la todavía presidenta del Parlament pueda llegar a cobrar, la pobre, la pensión de jubilación que corresponde a tan honorífico cargo. 

Sería la gran broma final, si tuviera gracia. Y si todo este paripé pudiese tener fin.

21.7.22

La tragedia de Anna Gabriel

Vuelve Anna Gabriel, a quien algunos siguen considerando la más radical de las líderes del procés. Con buena parte de razón. Pero la radicalidad de Gabriel, como la radicalidad de la CUP, sólo sirve para iluminar la realidad. La normalidad.

Al fin, lo extremo es siempre una oportunidad, y a menudo una excusa, para justificar o excusar la normalidad. En Cataluña, claro, donde la culpa del procés no la tienen, pobretes, los jóvenes radicales de Arran, sino los antiguamente encorbatados convergentes, los empresarios del seny y la moderación y el periodismo analítico, serio y reflexivo.

Gabriel nunca pretendió ser como ellos. Y tampoco lo fue en el momento decisivo, cuando tantos fueron a la cárcel y otros tantos al exilio de Bruselas. Ella no podía ir a la cárcel, porque no le correspondía, y no podía ir a Bruselas, porque sería ya el colmo del cupero el convertirse en profesional de la política institucional justo en el exilio.

Para hacerlo épico, que es de lo que se trataría, Gabriel podría haber ido a Venezuela o a Cuba. Pero ella se fue a Suiza, el centro excéntrico de Europa, supongo que por aquello de que al enemigo sólo se le derrota desde dentro y los suizos estaban muy necesitados de un poquito de activismo sindical.

Gabriel no es como aquellos cobardes que huían de la cárcel. Huir de la cárcel es lo normal. Es lo comprensible. Y es lo que hace que, en realidad, el sistema funcione. El miedo a la cárcel es el último de los poderes del Estado y un enorme peligro.

Y la que podría ser, o haber sido, una de las más peligrosas consecuencias del procés es que hubiese, realmente, una generación de políticos y de activistas que hubiesen perdido el miedo a la cárcel. Que la convirtiesen incluso, como dicen y como pretenden sin mucho éxito, en ritual de paso. En martirio necesario. En credencial, incluso, como en otros movimientos “de liberación nacional” que ahora, perdidamente impúdicos, reivindican como afines.

Gabriel tenía que ser de estas últimas. Porque Gabriel era una valiente, sacrificada por su país y por su causa, que huía sin miedo y sin necesidad, solamente para dejar claro que en esta España tan normal, tan democrática y europea, alguien como ella simplemente no podía seguir viviendo.

Se fue para poner en evidencia al aparato represor del Estado español. Para avergonzarlo ante el mundo libre y también, diría yo, aunque no me consta que lo dijese ella, ante todos aquellos rendidos y colaboracionistas que están ahora viviendo, la mar de bien y la mar de cómodos, de la política autonómica y del pasteleo de dineros y cargos con el Gobierno español.

Y ahora vuelve, dicen, gracias a oscuras negociaciones y pasteleos de esos mismos rendidos y colaboracionistas. Negociaciones de las que ni siquiera el periodismo procesista conoce los detalles. Pero que, insinúa, le garantizan la libertad y le prometen el indulto.

La CUP celebra esta vuelta como una victoria de la resistencia. Otra más. Pero su insistencia en que ahora vuelve porque por fin se ha aclarado que su acusación no implica privación de libertad da la medida exacta de la situación del independentismo. Del más radical y del menos.

Todo lo que hizo dependía, precisamente, de que su acusación no implicase cárcel y de que su exilio fuese voluntario, heroico, activista, resistencialista y antisistema, y no cobardica e institucional, con sede oficial y demás lujos, como el de sus antiguos compañeros de lucha.

Todo se basaba en que, siendo ella la más radical de todos, no podía ser menos que los demás. Gabriel, simplemente, no podía presentarse ante sus compañeros de batalla como una mujer liberada previo pago de una multa que se supone que nadie de su condición, digamos que alternativa, debería poder (ni aceptar) pagar.

Y ahora que vuelve la más radical de las líderes del procés, los periódicos procesistas le guardan una esquinita en la home para recordar a sus lectores que su vuelta es una buena noticia y que la unidad antirrepresiva implica dar apoyo a todos los represaliados.

Sin peros y sin preguntas. Por si hacía falta aclararlo.

14.7.22

Y Rufián tuvo razón...

Gabriel Rufián tocó hueso y es natural que a Pedro Sánchez le doliese. Sus tres balas cuestionan de raíz el giro a la izquierda con el que pretendía y consiguió acallar a podemitas y yolandistas, y que hoy tanto celebran los afines.  

Y ponen además sobre la mesa la naturaleza, terrible, caída, del proyecto que este Gobierno, y esta inercia de años que llevamos, tienen para España. Es algo parecido al viejo tópico del país de camareros (ahora con contrato fijo discontinuo) para satisfacer las necesidades veraniegas y jubiletas de los ricos del norte. Pero no sólo. 

España no es sólo un país de sol y playa. Sino que es, también por eso, un país de frontera con el sur que viene y al que alguien tendrá que mantener a su lado, que es el otro lado, de la civilización y el progreso. 

Sánchez gira a la izquierda, pero nadie desde el Gobierno había hablado con tanta convicción de las mafias de inmigrantes y con tanta frialdad de los muertos en la frontera. Sánchez gira a la izquierda, pero también para reencontrarse en el oeste con el amigo americano, al que no hace tanto despreciaba, y al que ahora entrega encantado parte de nuestro Presupuesto y de nuestra política exterior.

O sea, que sí, que gira hacia la izquierda, pero también y al mismo tiempo hacia la derecha más extrema. Con la creciente desesperación de sus socios e indiferencia de sus súbditos, Sánchez se ha ido afianzando en este nuevo centrismo occidental, con una moral y una fiscalidad de izquierdas sustentadas en un autoritarismo dícese que de derechas. El mismo autoritarismo que le permitió encerrar a los ciudadanos y a los diputados en contra de la Constitución y salvarse de la acusación de populista, porque era todo muy serio, muy grave y muy técnico. 

Porque Sánchez es de izquierdas y muy mucho, pero es también un poco de todo. Es, sobre todo, un técnico y un socio fiable de Europa. Un buen súbdito. Un hombre sereno y obediente, que cumple con Europa y que comparte, además y sin matices, la plena confianza en una Unión que es garantía de progreso. De progresismo. Un hombre que actúa sin alarmismos ni catastrofismos.

No hay medida, por ideológica que sea, por radical que sea, que Sánchez no justifique en el fondo por criterios puramente tecnocráticos que, por falsos y falaces que sean, tienen la enorme virtud de deslegitimar el debate y reducir al discrepante a exaltado ignorante. Desde la pandemia hasta la economía pasando por la ley trans y la ley de memoria histórica. Tras cada una de estas medidas hay un experto a sueldo explicando, muy sereno, que no podría ser de otro modo. 

Y es el mismo centrismo que le permite gravar a la banca como Mario Draghi, y no como Boris Johnson, ante la estupefacción de quienes esperaban algo así como un poco de responsabilidad fiscal.

Que su fiscalidad sea de izquierdas e irresponsable es una sorpresa digamos que muy relativa. En este país y desde hace años, decir fiscalidad de izquierdas es redundante. Y supongo que es necesario que lo sepamos nosotros, pero iluso pretender advertir a Sánchez de que los impuestos a la banca y a las eléctricas los pagaremos los clientes, que somos todos y sin remedio.

Lo sabe, claro que lo sabe. Y sabe perfectamente que estos son los impuestos que nos serán más fáciles de tragar precisamente porque se supone que los pagan los ricos y no nosotros. Sánchez sabe perfectamente que la alternativa a estos impuestos tan populares, tan populistas, son otros impuestos mucho más impopulares o son recortes y reformas, totalmente inasumibles hasta que son inevitables. Y que nadie en su sano juicio se presentará a las elecciones prometiendo recortes allí donde los recortes son necesarios. ¿En pensiones? ¿En Sanidad? ¿En Educación?

De ahí las risas de Sánchez por las becas. ¿Se van a quejar ustedes, los de las "becas para ricos"? ¿Se va a quejar de verdad alguien en este país, donde toda la Educación superior está pensada, y cada vez más, como una beca, como un Erasmus, como unos años sabáticos pagados para las clases medias y altas?

Si incluso Isabel Díaz Ayuso quiso justificar esas polémicas becas diciendo que así habría más, cuando la gracia liberal es que haya cada vez menos. Que el Gobierno y el Presupuesto sean cada vez más pequeñitos. No por vicio ideológico, sino por falta de necesitados. 

Pero a ver quién dice esto. 

Es evidente que Sánchez no aspira a sacarnos de esta crisis. Porque Sánchez, como buen izquierdista, resuelve los problemas por elevación. Todo es culpa de alguien más poderoso, más lejano, más de los de arriba. Y el precio de la sandía es culpa de Rusia y las balas de Rufián, de las mafias internacionales. 

Sánchez quiere creer que la crisis es culpa de Vladímir Putin y la salvación es cosa de Europa. Que también de esta saldremos juntos y saldremos más fuertes. Que quiere decir que ya nos sacará alguien y esperemos que más o menos enteros. Y que las reformas (sólo) vendrán cuando y como lo decidan y lo impongan sin discusión y sin remedio los oscuros técnicos europeos.

Lo que hace Sánchez cada vez que nos equipara con Europa, y es constante, es recordarnos, sin fatalismo, sin alarmismo, que en este país las decisiones fundamentales sobre la economía española tampoco las tomaría Alberto Núñez Feijóo. Que lo único bueno que pretende tener el PP también lo tiene él, y que, por lo tanto, y al fin y al cabo, tanto monta, monta tanto.

7.7.22

Asaltando el Capitolio

Pensaba que no dejaban entrar comunistas en Estados Unidos y después pensé que no sé si Irene Montero y sus acólitas son o no comunistas. ¿Qué es un comunista, ahora y aquí? En España, en su Gobierno.

Nuestras seudo comparten con los viejos totalitarios una especie de fascinación fetichista por los frutos de la libertad. Los selfies en Times Square, digamos, tienen algo de perversión ideológica, de desviación diría yo, de la vieja ortodoxia según la cual el capital es el mal y esa plaza sería algo así como Mordor. 

A diferencia de otras fotos históricas en la sede del mal, como aquella de Adolf Hitler en la Torre Eiffel, por poner un ejemplo simpático, esta foto no era la celebración de una conquista, sino la conquista de la celebración.

Cuando uno llega a Times Square llega a algo. Algo ha conseguido. Algo ha conquistado, incluso. Es un viaje largo y pesado que la mayoría hacemos contadas veces en la vida o ninguna. y que siempre es especial por lo de las pelis y canciones y demás. Es el Empire State of Mind. La franca, por Sinatra, sensación de que si has llegado hasta allí puedes llegar donde quieras. 

Todo propaganda capitalista, claro, pero que funciona y ya ven cómo. 

Y quizás sea este el gran logro del capitalismo del que tanto se lamentan los supuestos revolucionarios. Esa capacidad para integrar la disidencia, la alternativa real y demás. Que obliga a quien pase por Times Square, aunque sea en misión laboral, aunque sea porque ha ido a salvar a la mujer de las garras de la explotación económica del neoliberalismo global, a comportarse como un turista más. 

Los selfies de nuestras más revolucionarias en Washington y Nueva York recuerda a los selfies que se tomaban los asaltantes del Capitolio al llegar a la Rotonda de las estatuas. Habían ido a derribar el sistema, pero se encontraron con todo dispuesto, con el caminito marcado por esas cuerdas de terciopelo con pies dorados. Todo muy bonito, todo muy pensado, todo muy preparado para convertir al asaltante en visitante y al revolucionario en un simple turista.

Porque, ¿quién querría hacer la revolución pudiendo hacer turismo de calidad, del caro que sale gratis porque pagan otros, por Nueva York?

Pero si la izquierda se presta al juego no es sólo por necesidad. La izquierda que flirtea con el comunismo lo hace encantada, porque está convencida de que Times Square sería lo mismo, pero mejor, si gobernase el sector izquierdista del Partido Demócrata, con Alexandria Ocasio-Cortez o Bernie Sanders o quien sea a la cabeza en lugar de Joe Biden.

La izquierda de verdad sueña con un Times Square sin pobres ni miradas lascivas, y sin contaminación, y con tenderetes de hummus y grillos rebozados y kombuchas de todos los colores en lugar de hot-dogs y coca-colas.

Tiene sueños más bien modestos, digamos, porque la izquierda de verdad cree que el comunismo es como el capitalismo, pero gobernando ellos. Con un mayor control de las cosas, que con un poco más de poder en sus manos y no en las otras, podríamos tener todo lo bueno del capitalismo sin nada de lo malo. 

Por eso no tiene problema con la contaminación del Falcon, que es menor y menos preocupante si se usa para hacer la igualdad de género, que hay que hacerla y no se hace sola, y por eso han ido a las Américas. Y por eso no tiene ningún problema con el gasto público si se gasta bien, porque el dinero público no es de nadie, chiqui. Es decir, es suyo. Que por eso son los legítimos representantes del pueblo.

De ahí que toda la discusión sea si es o no es legítimo, si es moral o es machista, reírse de sus selfies en las redes. Porque para ellas, el comunismo ya no es aquello tan pesado y tan viejuno del control de los medios de producción. Ahora y aquí, el comunismo es el control de la producción de memes.

30.6.22

Contra la división, contra la Constitución

Cuando en un debate como este unos lamentan la prohibición y otros la división, ya se sabe quién ganará. Los tiempos van a favor del aborto y de su legalización, y la sentencia que anula Roe vs. Wade es sólo una de las muchas piedras en el camino del llamado progreso.

Lo que sí parece poner en juego, ya no la sentencia, sino estos mismos tiempos, es el futuro del régimen constitucional. Y no sólo en Estados Unidos, sino en Occidente entero.

Lo que está en cuestión es el propio sentido y función de la Constitución, donde las viejas leyes y morales ponen límite y trabas a los nuevos principios y eventuales mayorías y apetencias. Y que se parece mucho más a lo que entienden estos jueces tan parodiados, originalistas y contextualistas (como si formasen parte de una oscura secta), que a todos aquellos que leen la sentencia no por su adecuación a la Constitución o por su rigor justificativo, sino por su conveniencia histórica o política.

Al fin, por aquello de la separación de poderes, la función de los jueces, y de estos en particular, no es hacer leyes sino hacerlas cumplir. Y Roe vs. Wade era una lectura forzada de la Constitución que se había excedido en las funciones del Supremo, quitando el poder de legislar a los legisladores, a los Estados. Que en una república federal, que no es una nación de naciones pero casi, es garantía de pluralidad y de libertad.

Incluso, como dicen, de la libertad de votar con los pies, que ya es decir.

Que estos días se hable más de acabar con el Supremo que de enmendar la Constitución da buena cuenta de que el problema está en el bando progresista, que mira ahora el futuro con recelo y que ha dejado de soñar con la desaparición de los conservadores, superados por la historia, y con la llegada, finalmente, del reino de la libertad.

En este debate, los progresistas ven bien que tan difícil es consensuar una ley sobre el aborto con los republicanos como hacerlo entre ellos. Que tampoco ellos tienen una moral propia y que el famoso consenso, que siempre busca quien confía en ser consensuador y no consensuado, es casi imposible de lograr siquiera entre los demócratas que creen que debería poder abortarse hasta la última contradicción y quienes defienden una ley de plazos mucho más parecida a la nuestra.

Porque parece que a una y a otra ley no las separen unas semanas de embarazo, sino una civilización.

El consenso necesario, el consenso que ya ni se busca entre unos y otros, entre quienes rozan el infanticidio y quienes coquetean con la prohibición, es un consenso que no se construye con lemas como el de "mi cuerpo es mío" o "mi cuerpo, mi decisión". Un lema y un principio liberal-cristiano en sus fundamentos y, por lo tanto, insostenible en la nueva democracia posliberal y poscristiana.

Y por eso su cuerpo es sólo suyo en el caso del aborto, pero no en el embarazo subrogado o en la prostitución. Porque ese cuerpo que ya no es de Dios deberá ser ahora del Estado. 

Es sabido que la diferencia fundamental entre tener una sociedad plural y una sociedad dividida es en qué lado te encuentres del poder. Pero es bueno recordar que, en todo caso, en una democracia liberal, con sus poderes tan repartidos, tan divididos, es posible estar en el poder y en la oposición al mismo tiempo. Incluso sin ser de Podemos. Y que una nación dividida contra sí misma no puede permanecer.

23.6.22

Plus Oltra

Se va Mónica Oltra con la cabeza muy alta y los dientes apretados. Apretados porque esto, dice, y como ya casi todo, es un triunfo de la extrema derecha. Y con la cabeza bien alta, porque no mintió.

Al menos en esto tiene razón. Oltra ha dimitido cuando dijo que lo haría en su célebre discurso, tan recordado pero tan poco comprendido, contra Francisco Camps:

"Desde la política y desde la moralidad", empezaba Oltra, haciendo suya la clásica separación maquiavélica que tan buenos ratos le está dando a la nueva política. "El día que me vea imputada, vilipendiada, con todas las mentiras, siendo la risa de toda España y apareciendo más en los humoristas que en las noticias, ese día me iré a casa".

Ese día y no antes, cabe aclarar. Porque la imputación, que se presumía condición necesaria y suficiente en gentes como Ada Colau y que lo fue de hecho en otros menos presumidos, como Jordi Cañas, no era para Oltra condición suficiente y quién sabe si necesaria.

Y no ha sido hasta "verse convertida en la risa de toda España" (o casi) y "apareciendo más en los humoristas (sic) que en las noticias", hasta verse convertida en meme por sus bailecitos del sábado, que se ha visto obligada a irse a casa.

Y si lo de dimitir por imputación es ya una mala idea, dimitir por chiste es peor. La primera es una promesa populista, cesarista (por lo del césar tanto como por lo de su mujer), y que deja a los cargos electos en manos del primer juez un poco pasado de celo o demasiado politizado. Pero al menos existen ese juez y esos procedimientos. Al menos la imputación ha pasado ya un filtro y un cierto escrutinio público.

Lo que Oltra prometió y lo que Oltra ha cumplido es mucho peor. Porque los deja en manos de los humoristas, de los bufones, del primer gracioso de Twitter. Y la gracia de la gracia es que no tenga más filtro que el del chistoso ni más criterio que el de provocar la risa.

Es la pura arbitrariedad, que hace que si el humorista es bueno acabemos riéndonos hasta de lo que tengamos por más sagrado, y que arrastra con ella cualquier principio sólido o justo que en otro contexto, en el contexto de la política o el de la opinión pública, por ejemplo, deberíamos defender y defendemos a capa y espada.

Por eso estos días hemos visto a tantos de sus colegas y a tantos periolistos arrastrarse con ella por el fango, condenados a tratar de salvar su honor cuando les hubiese basta con defender sus derechos.

Alguien decía que quien no cree en Dios está condenado a creer en cualquier cosa. Pero aquí más bien parece que quien no cree en la presunción de inocencia está condenado a no creer en nada. A convertirse en un cínico capaz de reducir a chiste hasta sus principios supuestamente más fundamentales, como la violencia sexual en este caso, y cualquier causa noble, a una mera lucha sectaria por el poder.

Si creyesen en la presunción de inocencia se ahorrarían estas cosas y estos ridículos. Pero si creyesen en la presunción de inocencia no podrían presumir de ejemplaridad prometiendo que ellos sí que dimitirán cuando los imputen, ni mojar pan en cada sentencia judicial, les guste o no. Porque ellos y el discurso antisistema de la persecución ganan incluso cuando pierden. Por aquello de que si ganan, se hace justicia. Y si pierden, se demuestra la injusticia fundamental del sistema.

Renunciar a eso sería renunciar a mucho. Demasiado. Y es normal que Oltra se haya conformado con renunciar a la lucha por la justicia social, y la democracia, y todas las cosas buenas, y dejarla en manos de tuiteros, bufones y periodistas afines. Aunque entiendo que ella no vea la gravedad. Ni la diferencia.


16.6.22

¿Liberando a las prostitutas?

Lo de prohibir el porno y la prostitución no puede ser por puritanismo. Será feminismo, entonces, basado en la idea de que los hombres son bestias descontroladas y que ninguna mujer en su sano juicio se acostaría con ellos sin estar muy segura de que el amor o la ley pondrán freno a sus peores instintos.

Y para lograrlo, habrá que hacer lo que se pueda.

Es como con la pandemia. La lógica de la política gubernamental no es utilitarista, sino moralista. No se busca que funcionen las medidas, sino que no se les pueda criticar por no haber hecho "todo" lo que esté en sus manos para salvarnos.

Lo que llamamos puritanismo, y que debe de ser propio de dos o tres abuelas en toda España, es o será una triste derivada. Una consecuencia indeseada de quienes todavía ahora no pretenden nada más que culminar la liberación sexual de la mujer. Será una consecuencia indeseada. Pero será excusable, como siempre, por sus buenas intenciones. Y una excusa enormemente eficaz para empecinarse en el error.

Los efectos de estas prohibiciones, se insiste estos días, son desconocidos. Como si eso fuese algo bueno. Como si gobernasen por curiosidad y a ver qué pasa. 

Pues bien. Los efectos inversos, los que derivaron por ejemplo de la legalización de la pornografía, sí son conocidos. En Japón, el imperio de los sin sexo, la violencia sexual disminuyó significativamente, los hombres se refugiaron en el porno y las mujeres, en los bares para acariciar gatos. 

Está por ver qué nuevas cuotas de violencia sexual y aislamiento social nos pueden llegar a ofrecer sociedades que junten tanta virtud como nos prometen, sin putas y sin porno. Aunque sospecho que algo nos muestra ya la historia. 

Y de ahí que su principal argumento no sea consecuencialista. De ahí que no expliquen nunca los efectos reales que esperan conseguir en la sociedad. Y que el argumento sea siempre que las prostitutas no actúan libremente y que no lo hacen porque, puestas a elegir, elegirían otra cosa.

Todas las hipérboles y demagogias de la izquierda, y esa terrible confusión entre prostitución y trata, llegan por aquí. El llamarlas esclavas, que venden su cuerpo, que son meros objetos sexuales, incluso simples depósitos de las eyaculaciones masculinas. La deshumanización, en fin, que se sucede necesariamente cada vez que se le niega a alguien la libertad, con todo lo que eso comporta, como motor último de sus actos.

Pero las putas y las actrices porno son mujeres y las mujeres son personas (esa era la convicción radical del feminismo, decían). Y las personas son libres.

Y como libres que son, ya han elegido otra cosa. Ya han elegido entre los cursillos de costura que les ofrecen las instituciones para que puedan ganarse honradamente la vida y la prostitución. Que su decisión nos resulte más o menos chocante, más o menos incomprensible, dice algo de nosotros. Pero no de su libertad.

Las prostitutas y las actrices porno lo saben bien, porque ejercen la libertad con todo su peso y con un poco más de coste, supongo, del que paga la mayoría. Los políticos paternalistas, de esos que creen que en los pueblos mallorquines no han visto nunca una lesbiana, les prometen hambre para hoy y pan para mañana.

¡Y qué pan!

Dicen que ejercen la prostitución porque las pobres no tienen otro remedio. Y en lugar de ofrecerles alternativas, les quitan la única que supuestamente tienen. Es el viejo sueño marxista, donde libres de necesidades económicas, las prostitutas, como todos los demás, puedan dedicarse "hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar al ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos".

Conciben la libertad como indefinición y por eso entienden y protegen mucho más al prepúber que se declara no-binario que a la señora que opta por hacerse prostituta. Con la promesa de un futuro mejor, casi perfecto, en el que ya nadie ejercerá la prostitución porque ya nadie tendrá que quererlo.

Y donde a las que quieran, como decía aquel, se las obligará a ser libres. 

Olvidan, como suelen, que lo bueno es enemigo de lo mejor, y que mientras seguimos esperando el cielito lindo y chulísimo que nos prometen elección tras elección, estas decisiones sólo logran desproteger a clientes y prostitutas, deshumanizándolas, e incentivando la arbitrariedad policial.

8.6.22

Vox (dei) y el paganismo a la andaluza

Sabe a poco la polémica por el obispo de Huelva que en el Rocío pidió a los cristianos que votasen en conciencia y todo el mundo entendió que pedía el voto para Vox. 

Algo normal, y probablemente cierto, cuando lo cristiano era votar por el respeto a la vida humana desde la concepción, la familia como unión estable, el derecho de los padres a educar a sus hijos en sus propias convicciones morales y religiosas, el respeto a la dignidad de la persona o la ayuda a los más débiles de la sociedad.

Y cuando pocos cristianos deben haber tan cucos como aquel que votaba a Podemos porque Jesús expulsó a los mercaderes del templo. 

Que la Iglesia, con lo que ha sido, esté ahora pidiendo el voto para Macarena Olona, que ni es ni será, asumimos, la opción mayoritaria de los andaluces, dice mucho de nuestra época. Y es medio normal que a la politología el discurso de Olona le suene ya a vuelta al Medioevo. 

Y quizás tengan razón y esas sean, en realidad, las dos alternativas que le quedan a nuestra civilización. O la vuelta al Medioevo que ve la politología cada vez que la derecha pronuncia antiguas verdades (y que vieron todavía mejor Michel Houellebecq en Sumisión y el merengue en Saint-Denis). O el eterno progreso, que es un regreso al paganismo y a la adoración de la madre tierra y otros dioses semejantes. 

Porque vivimos quizás de la ilusión de que a la moralina cristiana de olonas y obispos la sustituya un ateísmo de corte humanista y científico y demás. Vanas ilusiones. El ateísmo es un lujo que sólo pueden permitirse algunas almas superiores, decía Friedrich Nietzsche. No las sociedades.

Las sociedades no soportan el vacío y ya vemos que el espacio que deja el discurso medieval lo va llenando con absoluta naturalidad la fe ecologista en la madre naturaleza o la feminista, en las Amber Heard o las María Sevilla de cada momento.

En este panorama, la vuelta al Medioevo es poco más que una ficción consoladora para ateos voluntariosos, porque incluso el mismísimo papa habla ya de la tierra como de "nuestra madre" y los enchufados de Vox pueden hacer y cobrar de noche los cursillos escolares en igualdad de género que condenan de día. 

Es algo que no puede suceder al revés. Y a ningún progresista se le escaparía, por ejemplo, llamarle persona al feto o poner en duda la ley del divorcio. Porque la historia y el presupuesto avanzan, implacables, en una única y misma dirección. Y los cristianos progresistas que haya en el Congreso, andaluz o el que sea, pueden votar y declamar en favor de la eutanasia y llegar a misa de 8:00 sin prisa y sin escándalo porque, en el fondo, nadie creerá que crea. Nadie creerá, ¿cómo podríamos?, que las convicciones religiosas del progresista pudiesen afectar a su agenda legislativa. 

Todo lo que podemos esperar y todo lo que a veces nos es dado son extrañas contradicciones o discusiones sobre qué es lo que nos manda el feminismo (cómo proteger mejor a las mujeres o si hay que proteger a una mujer o a otra) o sobre qué sacrificio es exactamente el que la tierra exige en cada momento. Pero estas contradicciones y discusiones son de lo más lógicas en unas creencias que no están buscando la verdad, sino el poder.

Porque eso es lo propio del paganismo, antiguo o moderno: que la moral la dicte el poder. Y no al revés, como pretendía, ya se ve que en vano, ese pobre obispo de Huelva. 

Y en eso estamos.

3.6.22

Inmersión en la hipocresía catalana

Cataluña sólo puede gobernarse desde los tribunales o desde la hipocresía. Es algo que se ve en el debate sobre la inmersión y es algo que han entendido, finalmente, hasta los líderes independentistas. Por eso están tramando un intento de retorno al pujolismo, irremediablemente condenado al fracaso.

Cuando lo del Estatut, se le oyó a Jordi Pujol decir que había sido un error, un tiro en el pie, intentar blindar legalmente la inmersión lingüística, porque lo que está en papel puede ser empapelado. 

Lo sabe el Govern, que alguna lección inconfesable ha aprendido del procés, y que ni puede blindar legalmente la inmersión ni puede saltarse a la torera la sentencia del 25%. Por eso, lo que ha hecho en la práctica es pasar la patata caliente a los centros, a sus directores y profesores, y a los tribunales, tratando de dilatar, como suelen, el proceso (en este caso judicial). Tratando de dejar cualquier ley, decreto, resolución o declaración en papel mojado.

Así también las polémicas votaciones sobre la cuestión de estos días, que son dos y que no son iguales, y en las que los socialistas pueden votar a favor y en contra de la inmersión, de la ley y de la desobediencia, y todo al mismo tiempo.

Porque lo que dicen pretender, que es la defensa de la inmersión y del consenso social, ya no es posible. En realidad, el consenso al que querrían volver siempre ha sido un consenso un poco como de chiste ruso, donde unos hacían ver que les parecía bien la inmersión y los otros hacían ver que se cumplía. Unos en nombre del progreso social y los otros de la cohesión.

Lo que se ha roto ahora no es el consenso, sino las ganas de disimular. Pero mientras unos pueden exigir claridad a la ley, los otros no pueden admitir que la inmersión no se cumple porque ni podrían imponerla ni sabrían cambiar de discurso.

Y de ahí también la tan criticada y fundamental hipocresía de los políticos que, cuando se trata de elegir colegio para sus hijos, digamos finamente que no cumplen con lo que predican. De esos defensores de la inmersión que llevan a sus hijos a colegios bi, tri o cuatrilingües. 

Pero también de esos dirigentes llamados constitucionalistas que llevan a sus hijos a colegios catalanistas, de los que adoctrinan y tal. Ni estos eligen el colegio por la inmersión catalanista ni aquellos por saltársela. Los eligen porque tienen dinero y porque la gente con dinero que se preocupa de la educación de sus hijos no los lleva a la escuela pública.

Demostrando así, por cierto, que cuando hay libertad de elección, allí donde la hay realmente, lo que prima no es la inmersión, sino la calidad de la enseñanza. Que pudiendo elegir, muy pocos prefieren educar a sus hijos en su lengua materna y entre pobres e inmigrantes, pudiendo educarlos con la clase media o alta de los catalanets.

En la hipocresía de los dirigentes hay un reconocimiento implícito que el populismo podría señalar con razón. Es el reconocimiento de que lo que está mal en nuestra educación no es tanto la lengua vehicular o de uso o de patio, sino la calidad de la enseñanza pública. 

Que de una buena escuela, con o sin inmersión, se sale dominando tantas lenguas como se ofrezcan y de una mala, ni la materna.

Que es ahí donde se da la (in)justa correspondencia entre lengua materna y fracaso escolar: en la clase social. Y es desde ahí desde donde hay que preguntar a nuestros políticos por qué no quieren para sus hijos esa educación tan chupiguay que tratan de imponer a los demás.

26.5.22

El malestar en la cultura de la violación

Lo primero es mandarlos a la mierda. Eso es siempre lo más urgente. Y luego ya viene el pedirles explicaciones. Porque a veces corremos el riesgo de olvidar que fueron ellos, y no yo, al menos, quienes prometieron acabar con la violencia de género y con la cultura de la violación.

Esta señora delegada del Gobierno en Valencia, por ejemplo, nos pregunta a los hombres qué nos pasa, y al hacerlo nos acusa a todos del más abyecto de los crímenes, por ser el único que no admite nunca excusa ni perdón. Que nos expliquen ella y los suyos por qué aumentan los casos de violaciones grupales durante su mandato y qué están haciendo mal. 

Porque si es cierto, como dice, que aumentan los casos de violaciones grupales y lo hacen durante el mandato de un gobierno que hizo, porque lo consideró justo y urgente, porque le dio la real gana, de esta causa, feminista, pacificadora y reeducadora la principal de sus causas, alguna explicación tendrá que dar. No pedírnosla a nosotros, hombres de buena voluntad, la enormísima mayoría, que nunca jamás le pondríamos una mano encima a nadie.

Que estamos volviendo a la cultura de la violación, dice. Absurda denominación, claro. Porque no hay tal cosa. No hay pedagogía, ni elogio, ni reconocimiento de la violación. Ni siquiera subvenciones, o talleres municipales, o titulares socialdemócratas informando de que violamos mal.

Lo que hay, como ha habido siempre, es cultura contra la violación. Intento de reprimir las más violentas y bajas de las pulsiones naturales. De poner coto o de encauzar la naturaleza, si les parece que incluso aquí "reprimir" suena demasiado fuerte. Pero la naturaleza siempre vuelve a entrar por la ventana cuando los progresistas creen haberla echado por la puerta.

Es por eso por lo que la violación vuelve precisamente cuando desaparecen el poder represivo y disuasorio de la cultura y de la policía. Y ahí está la guerra de Ucrania para recordarnos la fragilidad de nuestra civilización y la impotencia de nuestros indignados soñadores frente a una naturaleza que es terrible y que siempre espera a la vuelta de la esquina.

Si se empeñan a poner el foco en la cultura, convencidos de que pueden controlarla porque pueden financiarla, entonces deberían atreverse a diferenciar o discutir sobre si hay culturas más y menos eficaces en la represión del instinto violador que encontramos en nuestra naturaleza caída. 

De ahí la vieja polémica sobre si cabe o se debe informar sobre el origen de los criminales. Que tendrá todo el sentido o ninguno, digo yo, en función de la importancia que ese origen tenga en el crimen. Como lo tendría especificar siempre el barrio, la calle, la situación en la que se dio la violación y un montón de cosas más que tan a menudo se descartan por no "culpabilizar a la víctima".

Pero el caso es que hay violaciones grupales que se convierten en escándalo nacional durante meses y otras de las que no tenemos noticia hasta que se diluyen en la estadística. Porque los números no entienden de razas ni de culturas, sólo de sexos y presupuestos.

Y como no se atreverían a discutir sobre culturas y violaciones y valores, sexo y policía, seguirán con el discurso y los talleres de nuevas masculinidades y los observatorios y demás cuentos. Y volverán, como hacen estos días, a sacar el tema del porno y la prostitución para poder seguir diciendo las mismas cosas y subvencionando las mismas políticas sin tener que rendir nunca cuenta ni de sus palabras ni de sus actos.

Convencidos, como coaches, de que "fracaso" en chino es "oportunidad".

19.5.22

De nalgas, putones y putadas

Después de ver lo de la izquierda con Chanel ya hay quien pide un manual para saber cuándo enseñar carne es libertad y cuándo prostitución. No es necesario.

Es algo que entendemos todos. Porque esto es en el fondo como la trágica diferencia entre la puta y el putón, donde la puta le dice que sí a todos, y el putón a todos menos a ti. Ahí es donde se cruza la línea que separa la libertad de enseñar teta de la esclavitud de enseñar nalga. Y no hay mucho más.

Si les parecían mejor las tetas de Rigoberta Bandini que las nalgas de Chanel es, simplemente, porque las tetas de la una llevan ya mucho tiempo manoseándolas, y el roce hace el cariño, mientras que a las nalgas de la otra han llegado tarde.

Que no es que entonces le tuvieran manía a Chanel y ahora se les haya pasado, casualidades veredes, sino que le tenían mucho cariño a Rigoberta, porque era un producto hecho a medida exacta de su Ministerio y de sus lemas pretendidamente revolucionarios.

Y porque, básicamente, esta gente no sabe estar callada. Porque los politólogos les han dicho que tienen que opinar sobre todo, y especialmente sobre las cosas del populacho (divide et impera), y cuando perdió la suya, pues tuvieron que protestar, insultar y calumniar, gritar “tongo”, proponer comisiones parlamentarias y demás. Porque eso es lo suyo y ni sabrían hacerlo distinto ni lo necesitan.

Con Chanel no tenían ningún problema. Se trataba, simplemente, de aplicar a los pedazos de carne la misma lógica que a todos los otros pedazos de sociedad con los que tratan habitualmente. Se trataba de dividir entre hunos y otros para tenernos un poco distraídos en este juego de la teatrocracia, que es la democracia pero como de verdaz.

Y de sumarse al carro ganador, que de eso van las batallas y las guerras (incluso culturales).

Porque aquí ya todo es política menos la política, que es culpa de Vladímir Putin y de la extrema derecha y una cosa indigna de ser tratada y discutida.

Es el mismo proceso macroniano de las despolitizaciones, porque, al fin, el totalitarismo era una tecnocracia. Y funciona del mismo modo en el que todo va de sexo menos el sexo, que va del poder. De ahí que hayamos pasado sin solución de continuidad y para ir aclarando las cosas de hablar de la liberación sexual a hablar del empoderamiento femenino.

Y de ahí que también en el sexo y la libertad se aplique la lógica de que libres y empoderadas son las mías y las demás son todas unas esclavas dignas de ser salvadas, aleccionadas o tratadas con condescendencia.

El problema que tienen con Chanel es el problema que tienen con el feminismo de la ola que surfeen ahora y es el problema que tienen con la libertad y con la democracia.

Es, simplemente, que la libertad de los demás es siempre misteriosa, que lo que nos mueve de verdad es siempre desconocido para los demás, y muy a menudo para nosotros mismos.

Y que el pacto fundamental, constituyente, de las democracias liberales es que aquí y entre adultos, la libertad se presupone. Que el pacto no escrito que todo lo fundamenta es el de asumir que aquí todos somos igualmente libres.

Incluso ministras y cantantes. Igualitas y clavadas en el libre uso de su voz, de sus pechos y de sus nalgas. Y que los motivos, razones e intenciones de cada cual, pues son de cada cual.

12.5.22

Polémico penalti en el CNI

"No es una destitución, es una sustitución". El mensaje de Margarita Robles, la todavía ministra Robles, no es un mensaje, es un mantra. Se trata de repetir las cosas no para que queden, sino para que pasen. "Haz que pase", ¿recuerdan?, es el lema de la legislatura.

Aquí, en este Gobierno, en este país, ya es como si todo fuese periodismo deportivo. Como si ya sólo se tratase de lanzar el mensaje al que la gente afín, la gente de bien, la gente que podría dudar pero no debería, pueda agarrarse. Una excusa, no tanto para creer como para olvidar. 

"Polémico penalti" es el titular único de la prensa afín. Porque siempre habrá alguien que le haya gritado a la tele, alguien a quien le haya molestado la justicia arbitral, porque siempre algún ángulo permitirá hacer ver que se cree que no hubo contacto o que no fue suficiente.

Porque si sólo te fijas en esa foto borrosa que colgó el más fiel tuitero, y olvidas todas las demás, y no vuelves a ver la jugada en movimiento, enseguida te olvidas de que también los tuyos hacen falta, pero ya nunca más de que los equipos de Guardiola también pierden tiempo, que las amarillas que no le sacan a Casemiro eran siempre dudosas o que la afición del Atlético de Madrid es la mejor del mundo.

La principal función del periodismo deportivo y de su variante pretenciosa, la ComPol, es darle al aficionado motivos para dudar de lo obvio, de lo que ha visto con sus propios ojos. Se trata, simplemente, de darle excusas para dudar del relato del adversario, de fomentar la sospecha, que es la primera forma de la fe que existe. 

Porque, en realidad, ¿qué diferencia hay entre destitución y sustitución? ¿Quién conocía hasta hace nada a la señora Paz Esteban y qué más dará quien esté al mando del CNI mientras cace ratones? ¿Qué más dará en realidad que la ministra sea Robles o la siguiente? Lo importante es otra cosa. Que ahora no recuerdo exactamente, ya me perdonarán, pero que siempre es otra cosa. 

Como lo de la ministra Nadia Calviño, la más seria del Gobierno, que se apartó muy decidida de un photocall en el que ella era la única mujer. Se ve que lo había anunciado y lo ha cumplido.

Porque el Gobierno cumple. Con lo que le da la gana, como todos, pero cumple, y eso es lo que debería de quedar. Que el Gobierno cumple. En su caso, con los gestos más inútiles, con la esperanza y, diría yo, con la creciente seguridad, de que de las cosas importantosas al final se encargarán otros. Los técnicos del norte civilizado.

Que mientras Calviño se encarga de hacer el feminismo, Ursula von der Leyen nos hace la economía. O su discurso, al menos. Que vamos bien, dice. Que el Gobierno cumple y que Pedro Sánchez está haciendo los deberes. Plagiando, como es costumbre, por un lado el Plan E de José Luis Rodríguez Zapatero y por el otro la reforma laboral de Mariano Rajoy. 

Europa está muy contenta con nuestro presidente, con nuestra economía y con nuestra resiliencia, que se ve que el palabro ha llegado ya hasta los presupuestos comunitarios y el reparto de bienes, favores y prebendas.

Y nuestra resiliencia consiste en ir adaptando nuestra discusión pública al vacío de los mantras gubernamentales mientras dejamos que las decisiones importantes las tomen los que se supone que saben. 

Consiste en ir vaciando la política de contenido y centrando la discusión en el análisis técnico, táctico y técnico-táctico de las jugadas del Gobierno, de las trampitas que le pone al adversario, y de los enfados y las malas miradas y peores palabras que sus socios se lanzan entre ellos. Tapándose la boca, como se hace ahora, para que nadie sepa exactamente qué se dice, pero todo el mundo puede interpretarlo como mejor le convenga. 

Decía G. K. Chesterton el otro día que "lo que está mal con nuestra civilización puede resumirse en una palabra: irrealidad. Nuestro mayor peligro es el de olvidar todos los hechos, buenos y malos, en una neblina de fraseología pretenciosa".

Digamos nosotros que más bien en una neblina de bullshit, cinismo y una sucesión incesante de mentiras tan descaradas que nadie tiene tiempo de creérselas ni la necesidad de desmentirlas.

A pesar de todo, y por mucho que le pese a Margarita Robles, a Pedro Sánchez, a Ursula von der Leyen o a nosotros mismos (por la cuenta que nos trae), los hechos siempre se reservan la última palabra. 

Y no suele ser bonita.

5.5.22

Roe vs Infantino

Salían ayer unas pobres niñitas americanas en el telediario. Sollozaban y protestaban y presumían ante las cámaras. “He gritado”. “He llorado”. Son jóvenes y son monas y están preocupadas, y eso siempre es una buena noticia.

También estaba muy preocupada el otro día la consejera catalana de lo feminista, que salió a decir que "no estamos garantizando lo suficiente el derecho al aborto". En un país (o lo que sea Cataluña) donde el 25% de los embarazos acaban en aborto.

Le deben parecer pocos, y es normal. Es lo de Louis CK en su especial 2017 de Netflix, donde se burla de los que creen que el aborto debería ser legal y poco frecuente. No trataré de explicar el chiste, búsquenlo, porque ya se entiende por dónde va, hurgando en la herida.

Y por eso se entiende bien que lo de la consejera no tiene ninguna gracia. Porque en sus preocupaciones no hay contradicción ni matiz ni drama humano, sino únicamente la firmísima y mucho me temo que absurda convicción de que el aborto es un derecho humano y que es por lo tanto indiscutible.

Y todavía más y peor. Porque por la lógica y narcisista devoción que los gobernantes le tienen a papá Estado y a los derechos que tan graciosamente nos regalan, el aborto es ahora ya no tolerable, sino digno de celebración. 

¿Por qué debería ser "poco frecuente"? Si es legal, cuanto más mejor. Como la vivienda, la libertad de expresión o el helado de coco. Si fuese malo lo prohibirían o lo cargarían de impuestos. 

Porque en realidad es sólo así, a medida que aumenta el número de abortos, como puede comprobarse que se respeta cada vez más el derecho a abortar. ¿Cómo si no? ¿Cómo íbamos a ver la libertad de las mujeres para abortar si no la ejercieran o si la ejercieran cada vez menos?

Así que legal y frecuente. Porque si un aborto es una tragedia, 20.000 son sólo una estadística.

Para nosotros, los pusilánimes de los que se burlan Louis CK y la consejera, lo del aborto es como todo lo demás: hay que aprender a convivir con el mal, pero tampoco es necesario fomentarlo. Y eso, lo del mal menor, es algo que al final siempre entienden mejor los cínicos que los revolucionarios.

Lo entendía Infantino, por ejemplo, que explicaba muy tranquilo que la FIFA no puede ser la policía del mundo. Aunque sienta a veces la tentación, eso no lo dijo, de ejercer a veces de policía moral. De hincar la rodilla contra el racismo, sacar la banderita LGTBI y cosas así. No le da para policear las calles del mundo, pero sí las conciencias. Que es más barato y más agradecido y no tiene uno que mancharse las manos ni asumir responsabilidades. 

Supongo que por eso hasta el más tontoltuiter se atreve, pero muy pocos van a Catar a liberar esclavos.

Será cínico, claro. Pero así es como se supone que se hace el progreso. Con comisiones, hipocresías, pelotitas, sangre, sudor y lágrimas. No con lloriqueos en horario de máxima audiencia.

Infantino se ha metido en un jaleo por decir bien a las claras que es mejor un mal trabajo que una buena esclavitud, y tres muertos que 6.000.

Pero tiene razón. También en Catar tres muertos son una tragedia, que él puede lamentar con la conciencia muy tranquila, y 6.000 una mera estadística, que no permite excusa y que muestra de forma inequívoca la auténtica naturaleza del régimen catarí y de sus colaboradores. 

Qué duda cabe. Mejor estas tragedias que según qué normalidades.

3.5.22

Socialistas e independentistas cabalgan juntos hacia la nada

Ya lo habían intentado Ada Colau y Yolanda Díaz por Sant Jordi, confesando compungidas, las pobres, como confiesa Julia Otero que es de izquierdas, lo intranquilas e inseguras que se sentían ahora cuando hablaban de sus cosas. Porque a lo mejor a ellas también las espiaban. Se trataba de diluir el asunto y, sobre todo y como siempre, de sumarse al carro del vencedor, que por miserias que ahora tampoco merece la pena detallar, es hoy día el carro de los perdedores; el de las víctimas. 

También Colau, con la misma claridad, lloriqueo, pausa y caradura acostumbrados, explicó el otro día el porqué de todos los movimientos de estos días: "A todos nos interesa reconducir la situación, porque la alternativa es un gobierno de la derecha y de la extrema derecha". 

Toda esta polémica está condenada a acabar siendo una excusa más para alertar del peligro de la extrema derecha. No porque haya aquí una conspiración (ni siquiera en esta teoría), sino, simplemente, porque para quien sólo tiene un martillo todo son clavos. Y el independentismo sólo tiene un martillo y lo único que puede y debe ir machacando mientras le queden fuerzas es el miedo a un gobierno de la extrema derecha y la derecha extrema. 

Por eso se ha ido especializando en sacar la patita por debajo de la celda, para irle señalando al sanchismo y a sus allegados el camino del consenso, el pacto, la reforma y demás sinónimos del Poder. Y por eso en toda esta campaña que han montado con las escuchas se han limitado a pedir dimisiones y responsabilidades políticas cuando lo que corresponde a unas escuchas ilegales no es nada menos que juicios y condenas de cárcel. Era lo mínimo y ni siquiera se atrevieron a intentarlo. 

Porque ya lo dijo Colau: están condenados a entenderse o a perder el poder. Y es más fácil entenderse cuando se está al mismo lado de la trinchera y mucho más todavía cuando se está al lado de las víctimas que de los culpables. Es la solidaridad de los deeplyconcerneados. 

También por eso el PSOE se deja arrastrar, encantado, hacia la peligrosa retórica de la podredumbre y las cloacas del Estado. Porque el único modo en que sabrán resolver este problema es haciéndole recorrer el mismo camino que a todos los demás: primero es un problema del gobierno y de sus socios; luego, un problema de Estado; y ya entonces puede empezar a ser un problema de la derecha, la extrema derecha y del franquismo enquistado en las instituciones. 

Y así, víctimas todos del mismo y podrido sistema, la única distinción política, la única diferencia relevante en realidad, será entre quienes estén por la reforma en profundidad, sin apriorismos y con la mirada larga (esas cosas dicen, sí) del corrupto régimen del 78, y quienes estén, en cambio, por la involución, el oscurantismo y demás franquistadas. Es decir, y para ponerlo bien en claro: entre las fuerzas de progreso y el fascismo.  

De ahí que hasta Bildu tenga ahora más sentido de Estado que nadie. Porque en manos de esta gente, que ha educado su sentido de la realidad política viendo House of Cards (la americana), ya todo es posible menos la grandeza. 

Un escándalo de las dimensiones que está tomando o están pretendiendo que tome no servirá para grandes actos patrióticos de aquellos que ocurren entre bambalinas y salvan a un Estado y que sólo muchos años después recupera un historiador para salvar el honor de un Presidente poco reconocido. Cabía la posibilidad de una depuración silenciosa del deep state español (si es que existe algo digno de tal nombre, que al final parece que sólo los indepes reconocen ya la grandeza del Estado español), pero ya es tarde.

Esto no dará para ninguna heroicidad ni ninguna revolución. Ni siquiera para una triste película. Porque todo eso exige de una épica, de una grandeza, a la que nuestros dirigentes ni siquiera se atreven a aspirar.

Cabe suponer, en fin, que donde no hay espacio para la grandeza tendrá que haberlo para las elecciones. 

28.4.22

El futuro de Europa será catalán o será talibán

Cataluña es un ejemplo para Europa. Pero no exactamente el que pretendería el constitucionalismo y mucho menos todavía el que pretenden los independentistas.

Cataluña es ejemplo de hasta qué punto y tiempo es posible mantener una sociedad próspera, más o menos libre y más o menos funcional, instalada en la política ficción. Instalada en aquel abismo que se abre entre nuestros actos y sus indeseables y previsibles consecuencias.

Véase el ya famoso alcalde de Caldes, el que entró en su propia finca hacha en mano para echar a los okupas. 

Los partidos de la oposición, y cabe suponer que los okupas, piden ahora su dimisión. Y debería dársela. No por entrar con un hacha, porque en su propia casa cada uno entra como quiere, sino porque su acción es su fracaso político. Porque su heroísmo contradice su política y porque con sus justificaciones demuestra que todo lo que había de digno e incluso de heroico en su conducta es, en realidad, de una tremenda hipocresía.

Ese heroísmo que le aplauden en las redes tantos catalanes, tan necesitados de hombres como el del vídeo, es en realidad su fracaso. Es el fracaso de alguien que se presentó por un partido que lleva años instalado a su propia izquierda, gobernando con ERC, votando con Podemos y la CUP y tonteando con sus discursos y legislando leyes antidesahucios un poco por contentar a la izquierda y un poco por molestar a España.

El vídeo es el fracaso político e ideológico de un hombre y un partido que han gobernado en contra de sus propios intereses y que ahora se ha dado de bruces con la sucia realidad. 

En esta lamentable situación, el alcalde debería dar ejemplo. Y el ejemplo que debería dar es el de un hombre que, asaltado por la realidad, o cambia de ideas, o cambia de partido o empieza a trabajar en serio por cambiar la mismísima realidad. Pero todo el ejemplo que puede dar es el de un hombre y un partido que han aprendido a convivir, de forma aparentemente apacible, con una realidad en la que que no existe o no se contempla relación alguna entre lo que se vota y lo que se sufre. 

Ahí queda su patética carta, en la que se explica por el miedo y no por la valentía, como testimonio de una época y un lugar en el que los políticos sólo piden perdón cuando tienen razón.

Suele confiarse en que al final la realidad nos despierte, a menudo a base de hostias, de nuestras ensoñaciones y agrandamientos. En eso confían estos días muchos pesimistas que creen que Marine Le Pen terminará por gobernar pero que será corregida por el sistema. Y en eso confiaban, de hecho y hasta hace poco, muchos optimistas que creían que bastaba relacionarla con Putin y sacar sus viejas boutades para acabar con su carrera política. Que una cosa era hablar bien de Putin para hacerse la chula y la alternativa a los debiluchos centristas en época de normalidad y otra era hacerlo en plena guerra con Ucrania.

Pero el 41% de los votantes franceses les han dicho que no se lo creen o que les da igual, y la lección catalana es que en esa indiferencia se puede vivir muy bien y muy cómodamente durante mucho tiempo. Que es fácil vivir sin que la realidad tenga nunca la última palabra porque siempre hay una instancia superior a la que recurrir y a la que responsabilizar de las desgracias que nos ocurren por nuestra mala cabeza. No hacía falta irse a la Francia de Le Pen ni venirse al Caldes del alcalde del hacha. Nos basta ver qué tipo de excusas usó Pedro Sánchez durante la pandemia y qué tipo de excusas usa ahora durante la inflación. 

Por muy aliviados que estén estos días los más europeístas de todos, lo cierto es que esta política ficción es un proyecto tan suyo como el Erasmus. Y que es ese proyecto europeo el que por su propia y doble naturaleza, de proyecto y de europeo, fomenta una irresponsabilidad creciente de los gobiernos locales o nacionales. La lógica europea es que ofrece siempre una salida por arriba y la lógica del proyecto es que nadie sepa exactamente qué se proyecta ni quién lo hace ni hacia donde pero que todo el mundo entienda y asuma que hay una dirección que es única y necesaria y que es, por lo tanto, incuestionable. 

Por eso la lógica catalana es ya la lógica europea. Les va pasando lo mismo a los Estados en Europa que a Cataluña en España. A mayor integración, más incentivos a la irresponsabilidad y más excusas para justificarla. No se trata, por lo tanto, de romper con Europa en el caso de Le Pen o con el PSOE y con España en el caso de los indepes, sino de usarlos como excusa de todos sus males. 

Quizás la alternativa sea peor. Quizás debamos acostumbrarnos a la idea de que el futuro de Europa será catalán o talibán. Y supongo que por eso decía Francesc Pujols que algún día, los catalanes, por el hecho de serlo, iremos por el mundo y lo tendremos todo pagado.