6.6.24

La enamorada es Begoña Gómez, y el juez lo sabe

Yo no sé si existe esa ley no escrita. Esa extraña convención según la cual los jueces no imputan a políticos en periodo electoral para no interferir en el resultado. Tampoco sé, sinceramente, si es bueno que exista o no lo es. Lo que sé es que Begoña Gómez no se dedica a la política, no forma parte del Gobierno y no debería, por lo tanto, beneficiarse de esa extraña prórroga electoralista. Y que el juez es el único que parece recordarlo. El único que no ha caído en la trampa de Sánchez y que ha decretado este olvido interesado para poder convertir el caso en propaganda electoral.

El juez es el único ingenuo que estos días trata a Begoña Gómez como a una ciudadana cualquiera, con todos sus deberes pero también con todos sus derechos. Porque la lógica de Sánchez, la lógica de convertir a su mujer en el tema central de la campaña electoral, atenta no sólo contra la separación de poderes, sino contra el derecho de su mujer a defenderse con todas las de la ley y ante un tribunal de justicia. Sólo ahí podrá explicarse y podrá defenderse.

Sólo ahí sus palabras serán suyas y sólo ahí sus intereses serán los que cuenten. Aquí fuera, en el mundo del cesarismo y de los juicios mediáticos en el que nos tiene instalados Sánchez, las únicas palabras y los únicos intereses que cuentan son los de su marido.

Porque Sánchez sabe que es consustancial a la lógica de su cesarismo, y a la del caso que nos ocupa, que su nombre y su futuro no puedan desligarse de los de su mujer. Y algo todavía peor y mucho más duro de soportar para un hombre enamorado: que el futuro de su mujer no puede desligarse del suyo propio y del de su Gobierno.

De ahí que el Gobierno le exija al juez un poquito de porfavor que estamos en campaña, como si también el juez estuviese obligado a olvidar que Begoña es una ciudadana con todas las de la ley y no un instrumento del Gobierno o un mero peón al que usar y sacrificar en esta particular lucha que han emprendido Sánchez y los suyos contra la extrema derecha; es decir, contra la separación de poderes.

El Gobierno y Sánchez, el presunto enamorado, pretenden que todo el mundo, incluso el juez, traten a Begoña como a una más de la pandilla.

De ahí que Sánchez, el presunto enamorado, haya arrastrado a su mujer a los mítines para ponerla en primera fila ante la máquina del fango que amenaza con destruirla. Y de ahí que su mujer, presunta enamorada también, se lo haya dejado hacer.

Porque este es el sentido y la terrible consecuencia del viejo dicho cesarista de que la mujer no sólo tiene que ser honrada sino parecerlo. La mujer del César ya no cuenta como individuo, con sus vicios y virtudes y con sus responsabilidades e intereses, porque ya no hay individuos, sólo bandos. Todo es político y todo lo político tiene que ser reducido a lucha partidista para la consecución y acomulación del poder. Porque instalarse en esa lógica y, sobre todo, instalar a los demás en esa lógica, es la única manera de nunca tener que dar explicaciones ni asumir responsabilidades.

Sánchez ha arrastrado a su mujer, y con ella a toda la sociedad española, a las que tanto quiere, a un escenario pantanoso del que es imposible salir limpio porque en él es imposible defenderse. En este escenario en el que la justicia y los jueces ya no tienen, ni siquiera presuntamente, más razón que el tuitero de turno, uno siempre será culpable e inocente según a quién le pregunte, y preservar la honorabilidad es ya una tarea imposible.

La lucha contra la separación de poderes es inevitablemente una lucha por sustituir las responsabilidades individuales por las lealtades personales y grupales. De ahí que Sánchez dedique mucho más espacio en sus cartas a hablar de sus emociones que a negar las acusaciones contra su querida esposa.

El otro día, en esa máquina del fango antiguamente llamada Twitter, alguien de cuyo nombre no logro enterarme le recomendaba a Begoña que no se fíase de un hombre enamorado y en contacto con sus emociones. Porque las únicas emociones con las que estos sensibles aliados están en contacto son las suyas.

Este alguien parecía saber de lo que hablaba. Y el juez también.

26.5.24

Desde el río hasta el mar, dos Estados y un genocidio

Tomada la decisión de reconocer el Estado palestino, ahora toca racionalizarla.

No es necesario entrar ahora en el carácter frívolo y electoralista de la decisión. En todas las decisiones políticas, el momento lo es todo. Y en esta decisión pesan tanto, y para mayor vergüenza, las particulares necesidades, cálculos y equilibrios del presidente Sánchez como la situación en Gaza. 

El proceso de racionalización es aquí, como siempre, un proceso de simplificación y limpieza en el que los extremos desempeñan un papel fundamental.

Yolanda Díaz es imprescindible, no sé si para explicar la decisión tomada, como decía Ayuso, pero sí para venderla ante la opinión pública. Porque su delirante antisemitismo desplaza la centralidad que tanto busca el demócrata, hacia situarla justo donde está Sánchez. Es decir, en el mero reconocimiento del Estado palestino, pero sin genocidio ninguno.

Este reconocimiento, lo dice el mismísimo presidente y con razón, es imprescindible para solucionar el conflicto que nos ocupa. "El reconocimiento de Palestina es un paso necesario para discutir e implementar la solución de los dos Estados".

Y aquí todo el mundo cree que los dos Estados son la única solución posible porque nadie tiene ni la más remota idea de cómo solucionar el conflicto. 

Por eso la solución de los dos Estados es la solución central, centrista, moderada, equidistante y razonable. Porque es, sencillamente, la única solución que hay sobre la mesa de nuestras redacciones. Y la solución de dos Estados pasa, evidentemente, por reconocer que hay dos Estados. 

El enorme y paradójico problema actual, que tanto ha ayudado a esclarecer Yolanda Díaz, es que en este momento es imposible reconocer el Estado palestino sin acabar gritando, aunque sea flojito y con la dulce voz y la pedagogía de una profe de parvulitos, que desde el río hasta el mar, Palestina será libre. 

Porque el Estado palestino, a diferencia de, por ejemplo, el kosovar, es un Estado que tiene muy mal reconocer porque, simplemente, no existe como tal. No existe como unidad legal y administrativa y no existe como manchita de colores en un mapamundi.

Y esto obliga a quien asegure reconocer su existencia y soberanía, porque eso es lo que significa el "reconocimiento de Palestina", a crear él mismo, y aunque sólo sea sobre el papel o el discurso, el Estado palestino. A actuar como un vulgar colonialista de los de antes e imponer unas fronteras a los palestinos. 

Cualquier alternativa a esta imposición, cualquier reconocimiento que no comience y se base en definir las fronteras del que debería ser el Estado palestino, no es el paso previo y necesario a la implementación de los dos Estados, sino todo lo contrario. Es la opción genocida con la que sueña Hamás. La de un Estado palestino, libre y libérrimo, desde el río y hasta el mar.

12.5.24

¿Cuándo se es lo suficientemente maduro para votar?

La ministra Sira Rego anda estos días poniendo sobre la mesa, como dicen ahora, el debate sobre el voto a los 16 años. Y es un debate que se presume muy conveniente para la izquierda, porque hace días que vemos a politólogos y periodistas analizando muy serios, y siempre en nombre de la ciencia y la objetividad, la propuesta de Rego y comparándola con "los países de nuestro entorno".

Se empieza a hablar ya de normalizar el voto a los 16, porque aquí las cosas o se normalizan o se armonizan. Y no cabiendo aquí armonización ninguna, porque países de nuestro entorno, democracias consolidadas, que permiten el voto a los 16 todavía hay pocas, se aspira por lo tanto a la normalización. Es decir, a que nos vayamos acostumbrando a pensar en esta posibilidad como en la única opción verdaderamente democrática.

Pero lo fundamental de este derecho es la relación de coherencia que tenga con los otros derechos y con la edad a la que puedan ejercerse libremente. Y es por eso absurdo recordar que la edad de voto es una mera convención. Porque también lo son la edad de fumar, la de jubilación o la del consentimiento sexual. Y todas ellas son absolutamente necesarias, porque se diría que estas cosas no admiten desregularización ni entre los libertarios argentinos.

Y de ahí que lo fundamental sea la armonía. Que todas estas convenciones responden a un criterio más o menos único y más o menos compartido sobre a partir de qué edad exigimos y esperamos alguna cosa de nuestros conciudadanos. Y de nosotros mismos.

La cuestión no es si a los 16 es lo suficientemente maduro para votar. No es que el derecho se reconozca en función de la madurez o la responsabilidad. Es que se reconoce el derecho para poder exigir a partir de entonces responsabilidad y madurez. Uno tiene que tener el derecho de hacer cosas antes de tener la capacidad de hacerlas muy bien. La responsabilidad no es la causa ni es el precio de la libertad, sino el premio.

¿Quién es lo suficientemente maduro para votar? ¿Quién lo es para drogarse con moderación? ¿Y quién para ser padre?

Nadie es nunca lo suficientemente maduro para nada importante. De ahí que la cuestión sea la justa correspondencia entre derechos como el derecho a voto, a beber y fumar, a abortar, a cambiar de sexo, a tener un perro, etcétera.

Hay por ejemplo una relación lógica entre poder votar y poder emanciparse y poder formar una familia. Una relación que aceptan los húngaros, que reconocen el derecho a voto a los menores casados, y que en España, donde el derecho a cambiar de sexo o abortar es anterior al derecho al voto y que pronto podría ser anterior al derecho al cigarrillo, nos parece de chiste.

Pero es una relación que responde a un principio comprensivo y coherente según el cual uno debería tener derecho a decidir sobre la vida de los demás antes de poder hacerlo sobre la propia. Uno no puede decidir quién gobierna a los demás, que es lo que se decide siempre con el voto, antes de ser capaz de gobernarse a sí mismo. Por eso, por mucho que la madurez y la edad sean una convención, sea cuál sea la edad de voto no puede ser nunca inferior a la edad para beber, para conducir y para un largo y problemático etcétera.

Lo que vemos aquí, cuando se separan estas cuestiones que sólo se entienden juntas, es una tendencia de izquierda. Pero no sólo de la izquierda, sino sistémica, a tratar a los jóvenes como adultos, a los que no cabe corregir, censurar y ni siquiera cuestionar en sus decisiones personales más significativas, mientras se trata cada vez más a los adultos como menores necesitados de guía, reeducación, protección y cuidados.

Esto no es una mera incoherencia, sino el fundamento de un nuevo equilibrio, de un nuevo orden. Un orden en el que la edad de voto puede rebajarse mientras la edad de encontrar un trabajo estable, emanciparse, formar una familia o comprarse un piso no para de dilatarse hasta, cada vez más a menudo, no llegar nunca.

La edad de voto y la vida adulta no dejan de alejarse y eso solo puede tener una consecuencia lógica: que el voto sea cada vez infantil, independientemente de leyes y convenciones. Y menos digno, por lo tanto, de ser tratado como algo serio y respetable. Hay que asumir que todo voto es inmaduro e irracional, culpa de TikTok, Putin y demás complots internacionales, y tratarlo como tal.

Esa parece ser la lógica de los tiempos. Y esta escisión es, evidentemente, una amenaza mucho más grave para la democracia liberal que cualquier político de la extrema derecha (y me atrevería a decir incluso que de la extrema izquierda). Esto explica el creciente desprecio por las libertades entre los jóvenes y no tan jóvenes que por todo Occidente van anunciando las encuestas.

Y el surgimiento de una retórica sentimentaloide y tan a menudo libérrima con los jóvenes y paternalista con los adultos, pero siempre con un creciente desprecio a cualquier idea, signo o posibilidad de la responsabilidad individual. Fundamento de un nuevo orden, por lo tanto, cada vez menos libre.

30.4.24

La línea que dibuja Sánchez y que nos separa del fascismo

Si se queda es que no estamos tan mal. La excusa era tan burda, tan ridícula, que todos temíamos que escondiese algo mucho peor.

Algunos especulaban con que Pedro Sánchez no fuese en realidad un cínico y no estuviese simplemente riéndose de nosotros, sino que algo grave le estuviese pasando. Que fuese, por ejemplo y de verdad, un hombre profundamente enamorado, incapaz como un pobre adolescente de afrontar los retos de la presidencia con la serenidad debida.

Otros, un poco más románticos, llegaron a temer la mano negra del mismísimo Benjamin Netanyahu y los menos veíamos el anuncio de la crisis final, del abandono de la caridad europea y de cualquier posibilidad de alcanzar, a nuestra ya indeterminada edad, una cierta estabilidad económica y tranquilidad vital.

Que se quede es un alivio porque quiere decir que no estamos tan mal. Que todavía podemos estar mucho peor.

Sánchez sigue siendo el que era y todo sigue igual, pero un poquito peor. Esta pantomima no ha sido nada más, pero tampoco nada menos, que un punto y aparte en nuestra ya larga decadencia hacia el autoritarismo y la pobreza.

Sánchez afirma que se queda por aclamación popular. Una aclamación popular que incluso antes de que la ratificase Tezanos ya sabíamos que era falsa. Porque siempre lo es. Y que sirve para lo mismo que todo lo demás. Para profundizar en esta deriva autoritaria de quien quiere reducir la democracia a un plebiscito diario sobre su persona y para amedrentar a los jueces, la prensa y la oposición.

Una aclamación popular que en la realidad alternativa a los hechos alternativos consistió en convocar a cuatro militantes delante de Ferraz para salvar la democracia a ritmo de Rigoberta Bandini. Las imágenes de María Jesús Montero y Patxi López, bailando y gritando emocionados, quedan ya para la memoria histórica.

Es cierto, que vistas desde fuera, estas exhibiciones de histeria colectiva son siempre ridículas. Pero el fin justifica cualquier ridículo. Y que sea tan ridículo no lo hace menos peligroso, sino más.

Porque de lo que están haciendo, de lo que les ha hecho Sánchez a los suyos y de lo que estas pobres gentes se han dejado hacer, uno no vuelve como si nada.

Y si la historia y los antiguos tuiteros de Podemos nos enseñado algo es que alguien capaz de hacerse eso a sí mismo, alguien capaz de renunciar al más mínimo pudor y apariencia de dignidad, alguien capaz de convertirse en una parodia de sí mismo, es también capaz de hacerle cualquier cosa a los demás.

Nos lo había enseñado Nietzsche. De la moral de esclavo surge siempre el resentimiento y todas sus terribles consecuencias.

Es una amenaza que estos días se ha hecho presente desde múltiples focos del más patético sectarismo.

Desde el mundo de la cultura, sobre el que no hay sorpresa ni nada que añadir. Todo lo que había que decir ya lo dijo Juan Carlos Ortega en un capítulo de su pódcast para la historia titulado Los premios Velázquez del cine. Y lo único que nos queda es constatar, una vez más, que la realidad siempre supera a la ficción.

Son esos periodistas e intelectuales afines, tan finos analistas del populismo, de la deriva autoritaria y de los peligros de la democracia plebiscitaria cuando el procés y que ahora no ven la viga en el ojo propio porque esta vez sí que va en serio y esta vez sí que se hace desde el poder y con posibilidades de triunfar.

Que estas comparaciones que no hacen ellos le sirvan al menos de recordatorio a la derecha para evitar refugiarse en ese triste y fracasado mantra consolador del independentismo cuando decía y repetía que "Europa no lo permitirá".

Lo que le ha hecho Sánchez a su queridísimo partido, a sus militantes y a las pobres gentes que cargan con el féretro del PSOE, queda ya para la historia del caudillismo español. Lo mató porque era suyo, en una práctica que antes escandalizaba a feministas, pero que ahora ya ni eso.

Lo que se hayan dejado hacer el feminismo y las feministas, usadas aquí como la más lamentable excusa para sus jugadas maestras, es cosa suya. Y lo que hace con Begoña Gómez, aún más. Supongo que a ratos quererse es usarse. Pero lo que nos hace a nosotros en nombre del feminismo y de Begoña sí que merece comentario.

Porque de ahí sale la conclusión sensata y moderada que todo buen demócrata debe aceptar y que se supone que tiene que marcar ahora la línea de lo aceptable y lo fascista e indecente. Es decir, la excusa con la que pretenden hacernos tragar con todo lo demás y lo que venga.

Es trampa y es mentira que Begoña esté fuera de todo debate público. Que la familia no se toque, como si este nuevo pacto democrático fuese en realidad un pacto entre clanes mafiosos. No es sólo que sea hipócrita por todo lo que han dicho y seguirán diciendo de la familia de Feijóo, Ayuso y cuantos sea necesario desacreditar.

Es que una cosa sería que Begoña robase cremas en el súper o tuviese un problema de adicción al gelocatil. Exigir esa ejemplaridad a la mujer del césar no es cosa nuestra, sino del césar. Es cesarismo, no democracia.

Pero cuando la mujer del césar trafica con influencias no lo hace nunca por cuenta propia. No es, ni puede ser, un vicio privado que haya que respetar en nombre de la higiene democrática y el respeto a la vida personal de los políticos y demás blablás.

¿Con qué influencias podría traficar su mujer si no con las del césar?

Las únicas influencias que se le conocen, y con las que podría traficar, son precisamente las que derivan de su condición de esposa de un presidente enamorado. Sólo con la influencia de Pedro Sánchez y de los suyos podría traficar Begoña.

Y esas hay que fiscalizarlas. Y mucho.

Sánchez se queda y dibuja sobre el fango la línea que no hemos de cruzar. Esa línea que separa a su esposa (y a él y a todos los suyos) de todo tipo de escrutinio público es una amenaza que hay que tomarse muy en serio.

Es una amenaza contra los jueces, que quedan ya señalados y desprestigiados hagan lo que hagan, por serviles o por fascistas, y es una amenaza contra los medios, especialmente los afines. Y es una amenaza, en definitiva, contra la democracia.

Ya veremos qué agenda legislativa pondrán a la altura de tan alta causa. Pero de momento debería bastarnos para tirarnos de los pelos escuchar a Yolanda Díaz, la antifascista, decir que nuestra vida ya es muy complicada y que ella trabaja incansablemente porque no tengamos, encima, que preocuparnos de la política.

18.4.24

Bloqueadores de la razón moderna

Reino Unido ha tomado la sensata decisión de vetar los bloqueadores de la pubertad y de dejar, por tanto, de prescribirlos como "tratamiento de rutina" para preadolescentes que quieren cambiar de sexo.

Es un motivo de celebración comprensible entre todos aquellos que llevan años alarmados y alarmándonos por los terribles efectos que estos tratamientos y su frívola administración tendrían en miles de niños, destinados a una vida de arrepentimiento y disfuncionalidades de esas que ahora llaman sexoafectivas.

Pero celebrarlo como el triunfo de la ciencia es, como mínimo, un overstatement. El informe de la doctora Hilary Cass para el NHS no es ningún novedoso descubrimiento científico, sino simplemente un reconocimiento del desconocimiento sobre el tema y los efectos a largo plazo de los bloqueadores y una llamada a la prudencia.

Y somos tan ignorantes sobre la cuestión y tan necesitados de prudencia hoy como cuando se aprobaron estos tratamientos.

Todo lo que parece haber descubierto la ciencia en este tiempo es que, oh sorpresa, los bloqueadores de la pubertad funcionan y que, aquí el escándalo, se estaban usando sin un conocimiento suficiente y adecuado sobre sus efectos a largo plazo.

Pero que funcionen demasiado mal o demasiado bien, como sucede, porque se administran demasiado a menudo, es algo que la ciencia, la pobre, no puede juzgar solita. Es algo que tendría que juzgar la moral pública, y que, en tiempos como los que corren, parece que sólo pueden juzgar las modas ideológicas pasajeras.

Modas como las que llevaron a la prescripción entusiasmada de los bloqueadores "en defensa de los derechos LGTBI". Y modas que llevan ahora, con la misma evidencia científica, pero con algo menos de entusiasmo y un poco más cansados de tanta absurda y agresiva propaganda ideológica, a prohibirlos.

La prudencia vuelve ahora para vengarse de todos aquellos que pretendieron sustituirla por la ciencia. Y para recordarnos que el hombre moderno no cree en realidad en la ciencia porque en la ciencia propiamente no puede creerse.

No sólo porque la ciencia sea una investigación racional y todos esos blablablás, sino porque, como evidencian casos como este, el problema de la ciencia como sustituta de la fe y de la prudencia es que no puede realmente orientarnos respecto a las cuestiones fundamentales sobre la buena vida.

La ciencia puede decir, lógicamente, que si quieres tener una vida sexual más o menos funcional deberías evitar los bloqueadores de pubertad, del mismo modo que la ciencia puede decirte que si quieres tener un hígado sano debes abstenerte de desayunar con vodka o que si no quieres estar gordo como un ceporro no deberías sobrevivir con una dieta de donetes y pizzas congeladas.

Eso son cosas que la ciencia puede decir con seguridad suficiente y aunque joda.

Pero la ciencia no puede decir nunca por qué deberíamos querer tener una vida sexual medianamente funcional o por qué deberíamos querer estar buenorros o incluso vivos. No fue la ciencia quien recomendó el uso rutinario de los bloqueadores de la pubertad. Fueron unos científicos y unos políticos encegados por sus buenas intenciones y su mala ideología.

Y no es tampoco la ciencia quien rectifica ahora sus errores. Porque la ciencia es una buena sirvienta, pero una mala maestra.

De ahí la terrible sensación de que, en los asuntos fundamentales, tanto el legislador como su pobre súbdito van dando tumbos, prostituyendo a la ciencia en nombre de la última urgencia mediática o de la última ocurrencia ideológica.

Y de ahí también que incluso un ateo militante como Dawkins se declare "cristiano cultural" para combatir el relativismo cultural y participando de esa ilusa esperanza moderna de que los valores cristianos puedan sobrevivir sin la fe que los alimenta y los dota de sentido. 

Así, ni se cree en la ciencia, ni se cree en serio en la necesidad de la prudencia, ni se cree, ni en broma, en la libertad de las niñas de doce años que quieren ser niños.

No les dejaríamos fumarse un puro ni tomarse una Coca-Cola antes de ir a la cama, pero les dejamos arruinarse la vida porque para las cosas importantes no se nos ocurre qué principio sólido podríamos invocar.

El único valor que se pretende común, el único que justifica la imposición y el sacrificio, es la salud, reducida ya a la mínima expresión de evitarse el sufrimiento. Pero este valor es para el moderno como la cerveza para Homer Simpson: el origen y la solución de todos los problemas.

Es lo que explica que todavía haya padres capaces de obligar a sus hijos a comer verdura, estudiar matemáticas o a hacer algo de deporte. Pero es también lo que explica que haya padres y médicos y psicólogos autorizando y administrando bloqueadores de la pubertad para proteger la salud mental de un pobre adolescente asqueado con su cuerpo. 

El problema de no saber en qué se cree, de no poder creer firmemente en nada, es que uno es capaz de creer en cualquier cosa, pero sólo cuando toca.


6.4.24

El respeto empieza por uno mismo, ministro Puente

A Óscar Puente no le gusta que le llamen feo, pero lo cierto es que entre todos los insultos seleccionados hay muy pocos que se refieran a su físico. Es normal, porque diría que tiene defectos mucho peores y mucho más evidentes. Y el mayor de todos es que por muchos insultos y descalificaciones que reciba, por mucho que se le falte al respeto, nunca nadie se lo faltará tanto como se lo ha faltado él mismo. 

Él fue quien aceptó dar el salto a la política nacional por la puerta del servicio y gracias a sus defectos mucho más que a sus virtudes, cuando su vulgaridad general y su escasa relevancia política hasta aquél momento tenían que servir para humillar al entonces candidato a la Presidencia del Gobierno Alberto Nuñez Feijóo. Fue una de esas jugadas maestras de Sánchez que tanto gustan a los spin-doctors progresistas, en la que se negaba a darle la réplica al aspirante Feijóo para quitarle importancia al ganador de las elecciones y a los pactos que se estaban construyendo en su contra. 

Puente fue el hombre que eligió Sánchez para demostrarnos cuán bajo había que caer para ponerse a la altura de Feijóo. Y nadie duda que cumplió a la perfección con su cometido.

Si Óscar Puente es insultado es, pues, porque ser insultado es su trabajo. Y lo sabe. Prueba de ello es que no siendo el primer político que recibe insultos y no siendo el primero que pone a sus asesores a listar insultos, medios y periodistas, Óscar Puente es muy probablemente el primer ministro que presume de ello en público confundiendo el respecto hacia su persona con el respeto a la democracia. A estas alturas ya es casi imposible saber si esta terrible y totalitaria confusión es sincera o impostada, pero lo que sigue siendo impresionante es la desfachatez con la que se enorgullece en público de lo que tantísimos otros no habrían confesado ni en privado.  

Puente sabe que se ganó el puesto con una humillación pública y que si lo mantiene es precisamente por su capacidad de humillarse públicamente, de convertirse por una semana y las que hagan falta en la enésima cortina de humo con la que este gobierno juega a ver quién se ahoga primero. No es el primero que se encuentra en esta situación, y lo normal sería que acabase como tantos de sus semejantes, volviéndose contra el líder que se lo vendió todo al módico precio de renunciar al más mínimo sentido del ridículo. Como han acabado, por ejemplo, tantos dizque periodistas, con el antaño adorado Pablo Iglesias o con el hasta hace nada temido Cebrián, ahora que el rey ha caído y es otro quién les paga el sueldo y les hace sentir algo menos solos y algo más importantes. La moral de esclavo lleva indefectiblemente al resentimiento, así que lo normal sería que Puente acabase un poco como Ábalos pero en serio, recuperando el orgullo y la dignidad aunque sea demasiado tarde, cuando lo abandonen a él o cuando caiga el sanchismo y empiece a ser aceptable e incluso necesaria la autocrítica. Pero no creo que haya para tanto.

El problema que tiene Puente es que el respeto es un poco como la clemencia, que cuando se pide ya es demasiado tarde. Si tanto le preocupa la salud de la democracia, lo que podría y debería hacer, y lo antes posible, además, es empezar a respetarse un poquito más a sí mismo.

30.3.24

Puigdemont tiene un problema

La pregunta fundamental no es quién gobernará Cataluña, sino qué hará Puigdemont. Si volverá o no, y para qué. 

Puigdemont ha dicho que volverá si gana. Pero nadie ve a Puigdemont volviendo para hacer el triste papel de Trias o Feijóo. Puigdemont no volverá para verse ganador en la oposición. Ni volverá para retirarse pacíficamente en Amer y dedicarse a la literatura, como Torra, ni volverá para curtirse en la oposición, como Feijóo, o como el joven aspirante a una larga carrera política que nunca ha sido.

Puigdemont entró en la política catalana con una única misión y con una única promesa, la de culminar el proceso de independencia. Y sólo esta promesa justifica, ante los suyos, su mera existencia política. Pero esta promesa es ahora mismo increíble a corto plazo e independiente de él en el largo.

A todo lo que puede aspirar Puigdemont es a dilatar su propia desaparición. 

Porque si Puigdemont no viene a hacer oposición, tampoco parece que venga a formar gobierno. Las posibilidades de una victoria tal que obligase a PSC y ERC a entregarle el poder son remotas. Y pasan, en realidad, porque su vuelta y todo su previsto efecto movilizador se produzcan antes y no después de las elecciones. 

Puigdemont no vendría, por lo tanto, ni para gobernar ni para opositar, sino para garantizar el bloqueo. Un bloqueo que, además, es doble. Por un lado, el de su propio espacio político. Por el otro, el de la política catalana en general.

Por un lado, el poder movilizador de Puigdemont y de su victimismo ya sólo sirve entre los (muy) suyos o muy indepes, que cada elección están más tentados a pasarse a la abstención. Entre ellos, el liderazgo de Puigdemont, incuestionable en un partido que no es tal, es cada vez menos convincente.

Y ahora tienen dos nuevas opciones electorales (Aliança Catalana y Alhora) netamente independentistas, pero con algo más de consistencia ideológica que Junts y con aspiraciones, y alguna opción, de entrar en el Parlament.

Por otro lado, Puigdemont aspira al bloqueo de la política catalana en general. Se trata de hacer en Cataluña lo que en gran parte ya han hecho los suyos en Madrid: dificultar en la medida de lo posible y hasta el punto del bloqueo la natural y pacífica entente entre ERC y el PSOE.

Y de imponer, de nuevo, la convicción de que en Cataluña gobernar es imposible y que estamos condenados a elegir entre la ficción de la ruptura y la ficción de la reconciliación. 

Puigdemont volvería porque ya no puede permitirse seguir viendo desde Bruselas cómo ERC y el PSOE se reparten el poder en Cataluña y cómo su plataforma se va convirtiendo en un grupúsculo de irreductibles en la oposición.

Pero el problema de Puigdemont no es decidir si volverá, sino disimular que ya ha vuelto. Ha vuelto porque al poner su nombre en la papeleta de Junts en unas elecciones autonómicas está renunciando a su autoproclamada condición de único presidente legítimo.

Hasta ahora, esta condición y la posibilidad de su retorno era la amenaza que pendía sobre la legitimidad del sistema político catalán y todos los equilibrios y negociados que se iban construyendo a sus espaldas. Todos ellos eran traición o eran provisionales, a la espera del restablecimiento del orden legítimo.

Ahora, su vuelta, incluso su mero anuncio, sólo puede servir para certificar que el pacto con el Estado es la única vía posible a la independencia y para legitimar así el cierre del procés y su propia desaparición.