12.5.22

Polémico penalti en el CNI

"No es una destitución, es una sustitución". El mensaje de Margarita Robles, la todavía ministra Robles, no es un mensaje, es un mantra. Se trata de repetir las cosas no para que queden, sino para que pasen. "Haz que pase", ¿recuerdan?, es el lema de la legislatura.

Aquí, en este Gobierno, en este país, ya es como si todo fuese periodismo deportivo. Como si ya sólo se tratase de lanzar el mensaje al que la gente afín, la gente de bien, la gente que podría dudar pero no debería, pueda agarrarse. Una excusa, no tanto para creer como para olvidar. 

"Polémico penalti" es el titular único de la prensa afín. Porque siempre habrá alguien que le haya gritado a la tele, alguien a quien le haya molestado la justicia arbitral, porque siempre algún ángulo permitirá hacer ver que se cree que no hubo contacto o que no fue suficiente.

Porque si sólo te fijas en esa foto borrosa que colgó el más fiel tuitero, y olvidas todas las demás, y no vuelves a ver la jugada en movimiento, enseguida te olvidas de que también los tuyos hacen falta, pero ya nunca más de que los equipos de Guardiola también pierden tiempo, que las amarillas que no le sacan a Casemiro eran siempre dudosas o que la afición del Atlético de Madrid es la mejor del mundo.

La principal función del periodismo deportivo y de su variante pretenciosa, la ComPol, es darle al aficionado motivos para dudar de lo obvio, de lo que ha visto con sus propios ojos. Se trata, simplemente, de darle excusas para dudar del relato del adversario, de fomentar la sospecha, que es la primera forma de la fe que existe. 

Porque, en realidad, ¿qué diferencia hay entre destitución y sustitución? ¿Quién conocía hasta hace nada a la señora Paz Esteban y qué más dará quien esté al mando del CNI mientras cace ratones? ¿Qué más dará en realidad que la ministra sea Robles o la siguiente? Lo importante es otra cosa. Que ahora no recuerdo exactamente, ya me perdonarán, pero que siempre es otra cosa. 

Como lo de la ministra Nadia Calviño, la más seria del Gobierno, que se apartó muy decidida de un photocall en el que ella era la única mujer. Se ve que lo había anunciado y lo ha cumplido.

Porque el Gobierno cumple. Con lo que le da la gana, como todos, pero cumple, y eso es lo que debería de quedar. Que el Gobierno cumple. En su caso, con los gestos más inútiles, con la esperanza y, diría yo, con la creciente seguridad, de que de las cosas importantosas al final se encargarán otros. Los técnicos del norte civilizado.

Que mientras Calviño se encarga de hacer el feminismo, Ursula von der Leyen nos hace la economía. O su discurso, al menos. Que vamos bien, dice. Que el Gobierno cumple y que Pedro Sánchez está haciendo los deberes. Plagiando, como es costumbre, por un lado el Plan E de José Luis Rodríguez Zapatero y por el otro la reforma laboral de Mariano Rajoy. 

Europa está muy contenta con nuestro presidente, con nuestra economía y con nuestra resiliencia, que se ve que el palabro ha llegado ya hasta los presupuestos comunitarios y el reparto de bienes, favores y prebendas.

Y nuestra resiliencia consiste en ir adaptando nuestra discusión pública al vacío de los mantras gubernamentales mientras dejamos que las decisiones importantes las tomen los que se supone que saben. 

Consiste en ir vaciando la política de contenido y centrando la discusión en el análisis técnico, táctico y técnico-táctico de las jugadas del Gobierno, de las trampitas que le pone al adversario, y de los enfados y las malas miradas y peores palabras que sus socios se lanzan entre ellos. Tapándose la boca, como se hace ahora, para que nadie sepa exactamente qué se dice, pero todo el mundo puede interpretarlo como mejor le convenga. 

Decía G. K. Chesterton el otro día que "lo que está mal con nuestra civilización puede resumirse en una palabra: irrealidad. Nuestro mayor peligro es el de olvidar todos los hechos, buenos y malos, en una neblina de fraseología pretenciosa".

Digamos nosotros que más bien en una neblina de bullshit, cinismo y una sucesión incesante de mentiras tan descaradas que nadie tiene tiempo de creérselas ni la necesidad de desmentirlas.

A pesar de todo, y por mucho que le pese a Margarita Robles, a Pedro Sánchez, a Ursula von der Leyen o a nosotros mismos (por la cuenta que nos trae), los hechos siempre se reservan la última palabra. 

Y no suele ser bonita.

5.5.22

Roe vs Infantino

Salían ayer unas pobres niñitas americanas en el telediario. Sollozaban y protestaban y presumían ante las cámaras. “He gritado”. “He llorado”. Son jóvenes y son monas y están preocupadas, y eso siempre es una buena noticia.

También estaba muy preocupada el otro día la consejera catalana de lo feminista, que salió a decir que "no estamos garantizando lo suficiente el derecho al aborto". En un país (o lo que sea Cataluña) donde el 25% de los embarazos acaban en aborto.

Le deben parecer pocos, y es normal. Es lo de Louis CK en su especial 2017 de Netflix, donde se burla de los que creen que el aborto debería ser legal y poco frecuente. No trataré de explicar el chiste, búsquenlo, porque ya se entiende por dónde va, hurgando en la herida.

Y por eso se entiende bien que lo de la consejera no tiene ninguna gracia. Porque en sus preocupaciones no hay contradicción ni matiz ni drama humano, sino únicamente la firmísima y mucho me temo que absurda convicción de que el aborto es un derecho humano y que es por lo tanto indiscutible.

Y todavía más y peor. Porque por la lógica y narcisista devoción que los gobernantes le tienen a papá Estado y a los derechos que tan graciosamente nos regalan, el aborto es ahora ya no tolerable, sino digno de celebración. 

¿Por qué debería ser "poco frecuente"? Si es legal, cuanto más mejor. Como la vivienda, la libertad de expresión o el helado de coco. Si fuese malo lo prohibirían o lo cargarían de impuestos. 

Porque en realidad es sólo así, a medida que aumenta el número de abortos, como puede comprobarse que se respeta cada vez más el derecho a abortar. ¿Cómo si no? ¿Cómo íbamos a ver la libertad de las mujeres para abortar si no la ejercieran o si la ejercieran cada vez menos?

Así que legal y frecuente. Porque si un aborto es una tragedia, 20.000 son sólo una estadística.

Para nosotros, los pusilánimes de los que se burlan Louis CK y la consejera, lo del aborto es como todo lo demás: hay que aprender a convivir con el mal, pero tampoco es necesario fomentarlo. Y eso, lo del mal menor, es algo que al final siempre entienden mejor los cínicos que los revolucionarios.

Lo entendía Infantino, por ejemplo, que explicaba muy tranquilo que la FIFA no puede ser la policía del mundo. Aunque sienta a veces la tentación, eso no lo dijo, de ejercer a veces de policía moral. De hincar la rodilla contra el racismo, sacar la banderita LGTBI y cosas así. No le da para policear las calles del mundo, pero sí las conciencias. Que es más barato y más agradecido y no tiene uno que mancharse las manos ni asumir responsabilidades. 

Supongo que por eso hasta el más tontoltuiter se atreve, pero muy pocos van a Catar a liberar esclavos.

Será cínico, claro. Pero así es como se supone que se hace el progreso. Con comisiones, hipocresías, pelotitas, sangre, sudor y lágrimas. No con lloriqueos en horario de máxima audiencia.

Infantino se ha metido en un jaleo por decir bien a las claras que es mejor un mal trabajo que una buena esclavitud, y tres muertos que 6.000.

Pero tiene razón. También en Catar tres muertos son una tragedia, que él puede lamentar con la conciencia muy tranquila, y 6.000 una mera estadística, que no permite excusa y que muestra de forma inequívoca la auténtica naturaleza del régimen catarí y de sus colaboradores. 

Qué duda cabe. Mejor estas tragedias que según qué normalidades.

3.5.22

Socialistas e independentistas cabalgan juntos hacia la nada

Ya lo habían intentado Ada Colau y Yolanda Díaz por Sant Jordi, confesando compungidas, las pobres, como confiesa Julia Otero que es de izquierdas, lo intranquilas e inseguras que se sentían ahora cuando hablaban de sus cosas. Porque a lo mejor a ellas también las espiaban. Se trataba de diluir el asunto y, sobre todo y como siempre, de sumarse al carro del vencedor, que por miserias que ahora tampoco merece la pena detallar, es hoy día el carro de los perdedores; el de las víctimas. 

También Colau, con la misma claridad, lloriqueo, pausa y caradura acostumbrados, explicó el otro día el porqué de todos los movimientos de estos días: "A todos nos interesa reconducir la situación, porque la alternativa es un gobierno de la derecha y de la extrema derecha". 

Toda esta polémica está condenada a acabar siendo una excusa más para alertar del peligro de la extrema derecha. No porque haya aquí una conspiración (ni siquiera en esta teoría), sino, simplemente, porque para quien sólo tiene un martillo todo son clavos. Y el independentismo sólo tiene un martillo y lo único que puede y debe ir machacando mientras le queden fuerzas es el miedo a un gobierno de la extrema derecha y la derecha extrema. 

Por eso se ha ido especializando en sacar la patita por debajo de la celda, para irle señalando al sanchismo y a sus allegados el camino del consenso, el pacto, la reforma y demás sinónimos del Poder. Y por eso en toda esta campaña que han montado con las escuchas se han limitado a pedir dimisiones y responsabilidades políticas cuando lo que corresponde a unas escuchas ilegales no es nada menos que juicios y condenas de cárcel. Era lo mínimo y ni siquiera se atrevieron a intentarlo. 

Porque ya lo dijo Colau: están condenados a entenderse o a perder el poder. Y es más fácil entenderse cuando se está al mismo lado de la trinchera y mucho más todavía cuando se está al lado de las víctimas que de los culpables. Es la solidaridad de los deeplyconcerneados. 

También por eso el PSOE se deja arrastrar, encantado, hacia la peligrosa retórica de la podredumbre y las cloacas del Estado. Porque el único modo en que sabrán resolver este problema es haciéndole recorrer el mismo camino que a todos los demás: primero es un problema del gobierno y de sus socios; luego, un problema de Estado; y ya entonces puede empezar a ser un problema de la derecha, la extrema derecha y del franquismo enquistado en las instituciones. 

Y así, víctimas todos del mismo y podrido sistema, la única distinción política, la única diferencia relevante en realidad, será entre quienes estén por la reforma en profundidad, sin apriorismos y con la mirada larga (esas cosas dicen, sí) del corrupto régimen del 78, y quienes estén, en cambio, por la involución, el oscurantismo y demás franquistadas. Es decir, y para ponerlo bien en claro: entre las fuerzas de progreso y el fascismo.  

De ahí que hasta Bildu tenga ahora más sentido de Estado que nadie. Porque en manos de esta gente, que ha educado su sentido de la realidad política viendo House of Cards (la americana), ya todo es posible menos la grandeza. 

Un escándalo de las dimensiones que está tomando o están pretendiendo que tome no servirá para grandes actos patrióticos de aquellos que ocurren entre bambalinas y salvan a un Estado y que sólo muchos años después recupera un historiador para salvar el honor de un Presidente poco reconocido. Cabía la posibilidad de una depuración silenciosa del deep state español (si es que existe algo digno de tal nombre, que al final parece que sólo los indepes reconocen ya la grandeza del Estado español), pero ya es tarde.

Esto no dará para ninguna heroicidad ni ninguna revolución. Ni siquiera para una triste película. Porque todo eso exige de una épica, de una grandeza, a la que nuestros dirigentes ni siquiera se atreven a aspirar.

Cabe suponer, en fin, que donde no hay espacio para la grandeza tendrá que haberlo para las elecciones. 

28.4.22

El futuro de Europa será catalán o será talibán

Cataluña es un ejemplo para Europa. Pero no exactamente el que pretendería el constitucionalismo y mucho menos todavía el que pretenden los independentistas.

Cataluña es ejemplo de hasta qué punto y tiempo es posible mantener una sociedad próspera, más o menos libre y más o menos funcional, instalada en la política ficción. Instalada en aquel abismo que se abre entre nuestros actos y sus indeseables y previsibles consecuencias.

Véase el ya famoso alcalde de Caldes, el que entró en su propia finca hacha en mano para echar a los okupas. 

Los partidos de la oposición, y cabe suponer que los okupas, piden ahora su dimisión. Y debería dársela. No por entrar con un hacha, porque en su propia casa cada uno entra como quiere, sino porque su acción es su fracaso político. Porque su heroísmo contradice su política y porque con sus justificaciones demuestra que todo lo que había de digno e incluso de heroico en su conducta es, en realidad, de una tremenda hipocresía.

Ese heroísmo que le aplauden en las redes tantos catalanes, tan necesitados de hombres como el del vídeo, es en realidad su fracaso. Es el fracaso de alguien que se presentó por un partido que lleva años instalado a su propia izquierda, gobernando con ERC, votando con Podemos y la CUP y tonteando con sus discursos y legislando leyes antidesahucios un poco por contentar a la izquierda y un poco por molestar a España.

El vídeo es el fracaso político e ideológico de un hombre y un partido que han gobernado en contra de sus propios intereses y que ahora se ha dado de bruces con la sucia realidad. 

En esta lamentable situación, el alcalde debería dar ejemplo. Y el ejemplo que debería dar es el de un hombre que, asaltado por la realidad, o cambia de ideas, o cambia de partido o empieza a trabajar en serio por cambiar la mismísima realidad. Pero todo el ejemplo que puede dar es el de un hombre y un partido que han aprendido a convivir, de forma aparentemente apacible, con una realidad en la que que no existe o no se contempla relación alguna entre lo que se vota y lo que se sufre. 

Ahí queda su patética carta, en la que se explica por el miedo y no por la valentía, como testimonio de una época y un lugar en el que los políticos sólo piden perdón cuando tienen razón.

Suele confiarse en que al final la realidad nos despierte, a menudo a base de hostias, de nuestras ensoñaciones y agrandamientos. En eso confían estos días muchos pesimistas que creen que Marine Le Pen terminará por gobernar pero que será corregida por el sistema. Y en eso confiaban, de hecho y hasta hace poco, muchos optimistas que creían que bastaba relacionarla con Putin y sacar sus viejas boutades para acabar con su carrera política. Que una cosa era hablar bien de Putin para hacerse la chula y la alternativa a los debiluchos centristas en época de normalidad y otra era hacerlo en plena guerra con Ucrania.

Pero el 41% de los votantes franceses les han dicho que no se lo creen o que les da igual, y la lección catalana es que en esa indiferencia se puede vivir muy bien y muy cómodamente durante mucho tiempo. Que es fácil vivir sin que la realidad tenga nunca la última palabra porque siempre hay una instancia superior a la que recurrir y a la que responsabilizar de las desgracias que nos ocurren por nuestra mala cabeza. No hacía falta irse a la Francia de Le Pen ni venirse al Caldes del alcalde del hacha. Nos basta ver qué tipo de excusas usó Pedro Sánchez durante la pandemia y qué tipo de excusas usa ahora durante la inflación. 

Por muy aliviados que estén estos días los más europeístas de todos, lo cierto es que esta política ficción es un proyecto tan suyo como el Erasmus. Y que es ese proyecto europeo el que por su propia y doble naturaleza, de proyecto y de europeo, fomenta una irresponsabilidad creciente de los gobiernos locales o nacionales. La lógica europea es que ofrece siempre una salida por arriba y la lógica del proyecto es que nadie sepa exactamente qué se proyecta ni quién lo hace ni hacia donde pero que todo el mundo entienda y asuma que hay una dirección que es única y necesaria y que es, por lo tanto, incuestionable. 

Por eso la lógica catalana es ya la lógica europea. Les va pasando lo mismo a los Estados en Europa que a Cataluña en España. A mayor integración, más incentivos a la irresponsabilidad y más excusas para justificarla. No se trata, por lo tanto, de romper con Europa en el caso de Le Pen o con el PSOE y con España en el caso de los indepes, sino de usarlos como excusa de todos sus males. 

Quizás la alternativa sea peor. Quizás debamos acostumbrarnos a la idea de que el futuro de Europa será catalán o talibán. Y supongo que por eso decía Francesc Pujols que algún día, los catalanes, por el hecho de serlo, iremos por el mundo y lo tendremos todo pagado.

21.4.22

Aragonès congela al independentismo

Pere Aragonès congela sus relaciones con el Gobierno. Es el verbo justo. Romper relaciones sería un jaleo. Podría ser costoso. Habría que hacer cosas, romper pactos, incluso gobiernos, y quizás hasta perder poder. Pero congelar es justo dejar las cosas como están.

Algo más frías, claro. Como distantes. Allí, metidas en el congelador, que no siempre está a mano, con las croquetas de la abuela o el cadáver de Walt Disney. Como si no hubiese pasado el tiempo y con la ilusión de que cuando queramos y nos convenga o apetezca podamos descongelarlas y seguir como si nada.

Pero por ahora las relaciones están congeladas y no pueden avanzar, insistía Aragonès en su lamento. Porque es cierto que para un progresista este parón es fuerte. Porque parar es siempre parar el progreso.

Pero esta es, en realidad, una muy buena noticia para el independentismo, que hace mucho tiempo que no avanza, pero ahora al menos parece que es porque a él no le da la gana.

Y mientras sus relaciones con el Gobierno están congeladas, el independentismo no tiene que asumir los costes de estar ni los de no estar. Ni de romperlo, ni de mantenerlo calentito, con ese caloret faller que le da vidilla y le permite seguir haciendo las cosas chulísimas que ha venido a hacer, pero que no parece que tengan nada que ver con pactar un referéndum de independencia a corto plazo ni nada por el estilo.

Además de darle la indignada distancia con el Gobierno y pasearse por Europa diciendo que España no es una democracia plena y esas cosas, esta es una muy buena noticia para el independentismo porque ahora puede dedicarse a lo que de verdad le gusta: a cargarse de razones.

La gracia del software y de este escándalo es que, eso repiten, no podía usarse para espiar a partidos de la oposición. Y su uso demuestra, por lo tanto, que el Gobierno no trataba al independentismo como una molestia democrática más, sino como una amenaza seria que justificaba el uso de medidas excepcionales.

Es, en definitiva, una prueba más de que el Estado, que ahora es el Gobierno, y que volverá a ser el PP cuando convenga, se tomó al independentismo más en serio de lo que el independentismo se tomaba y se toma a sí mismo.

Baste decir que con esta misma polémica que ahora presentan como casus belli, el anterior presidente del Parlament, Roger Torrent, había presentado una novelita de ciencia ficción hará uno o dos Sant Jordis. Titulada, justamente, Pegasus. Y sobra añadir que, en su tuit de denuncia, Oriol Junqueras presumía de ser víctima del mayor caso de espionaje del mundo.

Han vuelto a hacer historia. Y el mundo, de nuevo, los mira. Con la novedad, además, de que esta vez parece que tienen razón. Y que tendrán que dársela los tertulianos y se la darán, porque aquí y de momento lamentarse por los excesos anónimos sale gratis. Porque nadie saldrá a rebatirlos y porque nadie saldrá a defenderse, ofendido, porque no se puede acusar a nadie en particular.

Es la burocratización de las cloacas del Estado, que garantiza la sana indignación de los últimos liberales y la irresponsabilidad de los anónimos infractores. Si el software lo ha comprado España, es que lo hemos comprado todos. Es decir, que no lo ha comprado nadie.

El independentismo andaba necesitado de noticias como esta. Que les permitan acusar a la podredumbre de todo un régimen sin tener que asumir la responsabilidad de acusar a nadie que pueda defenderse ni tomar ninguna decisión difícil o costosa.

Que le permita guardar, así, una justa e indignada distancia con el Gobierno, que en realidad es una distancia con el Estado español, y que más pronto que tarde volverá a ser una distancia con el PP y la derecha española. Y que justificará, en último término, fingir que se creen las explicaciones que les vaya a dar Pedro Sánchez y seguir implicándose cada día más en la profunda y siempre urgentísima reforma de la democracia española, al lado del PSOE y de lo que quede a su izquierda.

Darán más vuelta, pero volverán a lo mismo. Porque no pueden ir a ninguna otra parte. Porque no pueden ser cómplices de la caída de este Gobierno. O, mejor dicho, no pueden ser cómplices de la llegada de un gobierno del PP y de Vox.

No por principios tan pulcramente democráticos como los de Eduardo Madina, claro. Sino, simplemente, porque han aprendido las lecciones del procés. Han perdido la vieja ilusión de que la derecha es una fábrica de independentistas y que contra el PP se secesiona mejor.

Con su débil, triste y cobarde soledad, y con su desesperada dependencia de Sánchez, el independentismo nos da la medida justa de lo mal que tienen que ir las cosas en este país para que puedan empezar a ir mejor.

17.4.22

Llamar genocida a Putin equivale a un compromiso

Se va extendiendo el convencimiento de que Vladímir Putin, muy a su pesar, ha venido a salvar la democracia y la libertad después de unos años de dudas y escepticismo. Para que sea cierto, el primer paso debería ser devolverle a las palabras su sentido. Y, en consecuencia, su valor.

Nada de eso depende de él, sino de nuestra respuesta. Sólo un cínico podría pensar que Putin llamaba nazis a los ucranianos y a su presidente para recordarnos, con esa fina ironía que gastan los mejores pedagogos, que está muy fea esta costumbre que tenemos de la reductio at hitlerum. Para recordarnos que deberíamos dejar de acusarnos de nazis, de lazis, del retorno del fascismo, la derecha extrema o de la extrema derecha, de parecernos muy mucho a Joseph Goebbels o de ser la reencarnación del mismísimo führer.

Que no hay que banalizar estas cosas, vamos.

Pero por mucho que ahora nos creamos más demócratas que hace un par de meses, por aquello de no querer parecernos a Putin, no veo yo que Occidente y las democracias estén por la labor de frenar la devaluación de las palabras y, por lo tanto, de la democracia. Llevamos ya dos meses gritándole a Putin "¡y tú más!", y ahora hasta el presidente Joe Biden se ha atrevido a llamarle ni más ni menos que genocida.

Y estas son dos cosas de enorme gravedad. La acusación, claro, y que la haga el presidente de los Estados Unidos. Porque por mucho que intenten negarlo sus asesores, esta acusación tiene serias e inevitables consecuencias.

Por eso hay que ser muy precavido al jugar con estas palabrotas. Porque no es lo mismo decir que Putin es un asesino que decir que es un criminal de guerra o un genocida. Con un asesino se puede pactar, negociar, hacer la paz y hasta las paces. Pero con un genocida, no.

La acusación de genocida no es como cualquiera de esas otras que se lanzan a lo loco en una tertulia o en un Parlamento. La palabra genocidio no es un insulto ni un diagnóstico, sino una promesa.

No es ni puede ser la descripción ni la explicación técnica y fría de un politólogo o un historiador con prisas, sino el más serio y grave compromiso del líder del mundo libre. La promesa de hacer todo lo posible e incluso lo imposible (si es que lo imposible es posible) para parar el genocidio y para llevar a su responsable ante un tribunal, sea humano o divino. Y es, además, una de esas rarísimas promesas que un político no puede hacer ni incumplir impunemente.

En realidad, la acusación de Biden no es ni más ni menos que la promesa de una tragedia. Porque, por un lado, cumplirla es entre imposible y peligrosísimo. Y, por el otro, el precio de incumplirla es enorme.

No se puede tratar a Putin de genocida y dejarlo campar a sus anchas. Y no creo que sea sensato promover el cambio de régimen en Rusia sin estar ya avanzando hacia Moscú antes de que nos pille el invierno. No sé si Biden cuenta o puede contar con el apoyo de algunos oligarcas tiranicidas o con un golpe de Estado en Rusia, porque qué sabré yo.

Pero sí sé que no se puede acusar a Putin de genocida sin liderar al mismo tiempo una escalada bélica sin precedentes por aquello de que en esta Tercera Guerra Mundial ya todos, los buenos y también los malos, tenemos armas nucleares.

Y si no está Biden ni estamos nosotros dispuestos a luchar y morir (pero esta vez de verdad, no como en el Metropolitano), en una guerra contra el mal, entonces la acusación es, en sí misma, una irresponsable muestra de debilidad. Otra más. Tras la debilidad que mostró Barack Obama en Siria, dibujando sobre el mapa sucesivas líneas rojas que la sangre fue cubriendo una tras otra, o la más reciente que mostró el propio Biden huyendo de Afganistán como lo hizo.

Calculaban entonces que este era un ridículo puntual que pronto se olvidaría y que no tendría mayores consecuencias, pero aquí estamos.

Por si lo habíamos olvidado, estos días han venido nada menos que Will Smith y los amigos del Xokas a recordarnos que un hombre débil es más peligroso, para sí mismo y para los suyos, que un macho ibérico. Y en política internacional, nos lo están recordando Putin y Biden cada uno por su lado, la debilidad de los buenos es incluso más peligrosa que las armas nucleares en manos de los malos.

14.4.22

¿Cuál es ese 'consenso democrático' del que habla Eduardo Madina?

Se preguntaba el otro día un periodista que por qué le habían dedicado tantos artículos a Éric Zemmour, con lo mal que le ha ido, y tan pocos a Jean-Luc Mélenchon, a quien le ha ido mucho menos mal.

Quizás sea, simplemente, porque la función del periodista no es la misma que la del publicista o la del pitoniso, y que el fenómeno Zemmour parecía entonces mucho más interesante que el de Mélenchon. Quizás sea por la novedad de Zemmour, por el miedo que da la derecha o por la suma de las dos cosas y del insaciable afán de click del periodismo contemporáneo. Será, en definitiva, porque el miedo vende y porque la derecha da más susto que la izquierda.

Ese es el consenso democrático del que hablaba Eduardo Madina.

Ese equilibrio de sustos y silencios por el que se interrogaba el periodismo, tarde como siempre, con el pescado ya vendido, y que determina que en el consenso democrático de Francia, por ejemplo, cabe perfectamente Mélenchon, pas de panique, pero no caben ni Zemmour, ni Marine Le Pen, ni esa pobre y ordenada derechosa que anda ahora pidiendo limosna para pagarse la campaña. 

Es un consenso democrático en el que, en España, caben perfectamente Podemos y EH Bildu pero donde no caben, por supuesto, ni Vox ni, parece ser, el PP. Es el consenso que exige que usemos muy fuerte nuestro sentido crítico para llegar, cada uno por su lado de la acera, al mismo y socialdemocrático punto. 

Claro que se puede ser de derechas, siempre que se hable, como exigía Jordi Évole, de PA-TRI-AR-CA-DO. Por supuesto que se puede ser del PP, concede Madina, siempre que se distinga muy claramente entre violencia intrafamiliar y violencia machista. Y que se crea o se finja creer que la violencia machista es la que se ejerce contra todas las mujeres por el simple hecho de ser mujeres, o que se ejerce sólo contra algunas por no querer quedarse en la cocina, o por dos o tres contradicciones más que ahora no recuerdo.

Y hay que diferenciar también y muy a las claras entre violencia simbólica, psicológica y material. Y que hay que darle valor a esa violencia, que es algo que tampoco sé lo que quiere decir, pero que seguro que también es importantísimo e incuestionable. 

No hace falta entrar ahora a discutir sobre la conveniencia o la necesidad de diferenciar entre violencia machista o intrafamiliar. Ni siquiera hace falta ponerse a imaginar qué lugar ocupaban el PSOE y España misma en este consenso democrático hace, pongamos, diez años, cuando perder el tiempo en estos tecnicismos moralistas hubiese merecido una sonora risotada de muchos de los demócratas que ahora los perpetran con tanta seriedad.

Sabemos perfectamente que "consenso democrático" es lo que dicten el PSOE y sus voceros en cada momento, así que tampoco tendría sentido recordar aquí los consensos que han roto ellos en nombre del progreso, de la justicia social o incluso de la nada, en medio de ese atronador silencio impuesto por la voluntad y conveniencia del presidente Pedro Sánchez, y que van desde EH Bildu hasta el Sáhara pasando por la presunción de independencia de la justicia.

Tampoco hace falta recordar lo que hacían y decían estos pobres insomnes por culpa de la extrema derecha cuando aparecieron los populistas quincemesinos con sus laclaus y sus mouffes bajo el brazo. Lo interesantes y sugerentes y lo inteligentes y necesarios que les parecían entonces los debates cuestionándolo todo, la democracia liberal y el régimen del 78 y la OTAN y las drogas y la propiedad privada de los medios de comunicación y etcétera que esos jóvenes académicos engagés ponían sobre la mesa.

Y cómo tuvo que llegar Vox para que se les congelase el rictus e incluso las ideas y el gusto por la pluralidad democrática y por la vivacidad del debate público a estos sesudos politólogos. 

Ahora mandan ellos y ahora toca consenso democrático. Y aquí, como en Francia, como en tantas otras de estas presuntamente moribundas democracias que tanto nos preocupan, la pregunta urgente es a cuánta gente, a qué porcentaje del electorado puede dejarse fuera del consenso democrático sin que deje de ser consenso o deje de ser democrático.

¿Podría ser que en Francia sólo el 23% del electorado esté dentro del consenso democrático? ¿Podría ser que en España no llegase ya al 50%? ¿Y qué habría que hacer entonces? ¿Llorar más fuerte? ¿Poner cara todavía más seria y más deeply concerned? 

Romper algunos consensos, incluso consensos muy democráticos, es exactamente el papel que las democracias liberales reservan a los partidos y tertulianos de la oposición. Porque en una democracia el consenso no es nunca un fin en sí mismo. El consenso es, en el mejor de los casos, un premio a la libre discusión.

Y, en el peor, como el de Madina, es sólo la excusa para intentar acabar con el disenso. Para tratar de cerrar, siempre en falso, la discusión libre y auténticamente democrática.