30.3.23

Clara-mente lo de Ponsatí no es lo que parece

El fugaz paso de Clara Ponsatí por Barcelona, y por comisaría, sólo puede interpretarse en clave electoralista. Es un problema de Cataluña y es un problema de los analistas. Pero es también y sobre todo un problema de Ponsatí y los suyos, que no han sabido construir ningún proyecto político que vaya más allá de los partidos independentistas existentes y de su fracaso.  

En clave electoralista se entiende bien el movimiento de Ponsatí como un movimiento de Junts para delimitar la entente de los socialistas con ERC, tanto en Madrid como en Barcelona. Una entente que ha dado buenos frutos para ambos partidos y que ha beneficiado a los políticos independentistas, Ponsatí incluida, con los indultos, las modificaciones del Código Penal y también, y ahí está la clave, con una cierta reconciliación con España y el pactismo. 

Si este análisis no es completo es porque la reconciliación no es exclusiva de ERC. Y porque Ponsatí no es exactamente de Junts. 

Como les gusta repetir a sus portavoces y a ella misma, Ponsatí es independiente, como decía Jordi Graupera, "no sólo en términos digamos técnicos sino en términos morales, intelectuales y políticos".

No sé si tanto. Pero lo que está claro, en todo caso, es que volver a situarse en el foco mediático no es necesariamente un buen movimiento electoralista para Junts. Un partido dividido entre los puros de Laura Borràs, Carles Puigdemont, Ponsatí y compañía, y los rendidos, escarmentados y nostálgicos del poder, la centralidad y la tranquilidad de la antigua Convergencia.  

Es la vía que tan bien representa Xavier Trias física, retórica y electoralmente, y que se está explorando en Barcelona con resultados muy prometedores. Hasta el punto que algunos del entorno empezaban a echar de menos que Trias tuviese algún guiño para con los independentistas. Veremos si logra seguir ahorrándoselo.  

La escenificación de ayer de Ponsatí es, por lo tanto, la escenificación de una guerra interna en Junts. Y es una escenificación que sólo podía protagonizar ella.  

Puigdemont sigue pretendiendo representar la unidad del independentismo y no estará dispuesto a perder el poco crédito que le quede entrando en batallas entre partidos y mucho menos en batallas internas del suyo.

Ponsatí, en cambio, puede presentarse como independiente ante la opinión pública y pretender todavía hacerlo todo por la independencia de Cataluña.

Este juego, claro, tiene un límite. Y es el límite que impone necesariamente, guste o no guste, el Estado. Se vio claramente en un momento de la detención, cuando el policía, el mosso, se identifica ante Ponsatí y ante las cámaras, y le pide que la acompañe. En ese momento se oye a alguien decir: "No dejaremos que la cojáis".

No se ve quién lo dice, aunque por la voz, el tono y el espíritu parece Laura Borràs. Es alguien, en todo caso, que habla con ese mismo tono descriptivo y sereno que ella tantas veces ha pretendido hacer pasar por virtud pedagógica. Aunque, en realidad, no describe nada. Porque cuando lo dice ya la están cogiendo. Gonzalo Boye por la izquierda y el mosso por la derecha, de forma suave, indicándole el camino hacia el coche y lejos de la ilusa mentirosa que no había entendido de qué iba esto. 

Ponsatí y Boye la miran y sonríen y alguien pide calma, porque todos saben que la pobre está fuera de sitio. Fuera de tiempo. Que esto ya no toca. Y que no tocó nunca, en realidad.  

Que lo que ahora toca es denunciar la rendición de ERC y de tantos otros y escenificar la represión del Estado, presente allí, en la pantalla, en la figura de un único policía ante lo que parecen ser centenares de cámaras. Por eso en vez de resistirse van avanzando poco a poco, como un futbolista cuando lo cambian en el minuto 91 para perder tiempo, y parando para las fotos, mostrando la credencial de eurodiputada a las cámaras y alargando una discusión con el mosso que no lleva a nada porque no puede llevar a nada, pero que sirve, según dicen, para seguir cargándose de razones ante la opinión pública europea y, sobre todo, catalana.  

El mundo sigue mirando y el procés no ha muerto. Pero, a pesar de todo, el poder de representar a los auténticos beligerantes en contra del Estado es bastante limitado cuando todo lo que hace el Estado ante las cámaras es pedir que lo acompañen, levantar acta y dejar que Ponsatí vuelva al penoso exilio con una cita para ir a declarar bajo el brazo. No hay en la detención de Ponsatí ningún exceso y es hasta dudoso que sea una detención propiamente dicha y no una comparecencia voluntaria y pactada.

Explicaba Jordi Graupera, en funciones de chófer y portavoz de Ponsatí, que habían intentado entrar por el paso fronterizo que cruzaron Companys y su gobierno hacia el exilio. Pero estaba cerrado.  

La lucha independentista ha sido burocratizada y el fugaz espectáculo de Ponsatí ha representado un triunfo del Estado, del gobierno de Sánchez y de sus socios independentistas escarmentados. Ponsatí va a tener que hacer mucho más para recuperar la épica y escapar de la tentación de la nostalgia por lo que podría haber sido y no fue.

27.3.23

Arde París y ellos, tocando la lira

En una nueva muestra de solidaridad intergeneracional, los jóvenes franceses queman el país en defensa de sus mayores. Porque, aunque parezca mentira, las revoluciones las hacen los jóvenes y no los yayoflautas. A los viejos, a ellos sí, les basta con el poder de su voto para defender sus intereses. Los yayoflautas eran los nietos. 

Porque para los jóvenes franceses, en cambio, jugar a la revolución es un ritual de paso parecido al de las puertas de largo en los coles bien. O los comas etílicos en los campus estadounidenses. Y tan poderoso es su atractivo que incluso en las banlieues sirven como primera forma de integración en la quema más o menos ritualizada de coches y mobiliario urbano.

Nihilistas, se les llama en esas ocasiones y en esos barrios, donde no aparecen esos partidos de la oposición interesados en justificarlas y alentarlas, porque no sabrían cómo aprovecharlas para alcanzar el poder.

Protestas, en todo caso, autodestructivas. Porque, esta vez sí, tanto si los pilla la poli como si no, serán ellos quienes acaben pagando el precio de la destrucción. Porque incluso si triunfasen en sus quemas y Macron se echase para atrás, serían ellos quienes pagarían esas pensiones dignas y generosísimas que parecen merecer sus mayores. Y las pagarían con más impuestos, peores sueldos, más precariedad, menos ahorro… Es decir, con menos libertad.

Se pretenden anárquicas, anarquistas, incluso. Pero estas protestas contra el gobierno son siempre protestas en favor del Estado. Y la buena noticia es que quizás no triunfen, porque no se le encuentra a Macron el cálculo electoralista que pueda hacerle rectificar.

Macron no tiene partido al que proteger ni someterse ni reelección a la que presentarse. Y quizás sea por eso, y un poco también por ego, que el complejo monárquico le alcanza ya hasta para las virtudes. Y de ahí que pueda preocuparse más del futuro del Estado, e incluso del país, que del de su carrera política. Y emprender reformas costosas y resistir a protestas sabiendo que ahora ya el único juicio que de verdad importa es el de la historia. 

Podrá equivocarse, claro. Pero parece evidente que la de las pensiones es una de esas reformas polémicas pero incorregibles. Que nadie se atreve a hacer por miedo a perder el poder pero que muy pocos se atreverían a deshacer cuando lo alcanzasen. Para entenderlo, basta con ver cómo (no) se han hecho en esta España de eternos aspirantes en la que nos encontramos.

Los franceses se han convertido ya estos días en las redes sociales en un meme. Esos parisinos en sus parisinas terrazas, tomando sus parisinos apéritives al calorcito del fuego revolucionario, son ya más meme que el del perro que mientras todo arde a su alrededor sorbe café y se repite "estoy bien". 

Quien no se consuela es porque no quiere. Y a los jóvenes yayoflautas siempre les quedará el consuelo de vivir como fracasados un poco mejor de lo que vivirían muertos de éxito. Y de que conservarán todos y cada uno de los motivos para seguir jugando a quemar París. Como nos recordaba Leo Strauss, a nuestros nerones sólo les excusan dos cosas: que no saben que tocan la lira. Y que no saben que Roma arde.


23.3.23

Muera la vieja política, viva la política de los niños

Si algo ha conseguido esta moción de censura es reconciliar a cierta derecha consigo misma en la reivindicación, siempre un tanto vacía, de una política adulta.

Ha habido elogios francamente excesivos, pero comprensibles para quienes están acostumbrados a tratar con infantes. Para ellos, para nosotros, la proximidad del viejo es a menudo tranquilizadora. Por su experiencia, por su serenidad, por la distancia que el tiempo le da sobre las cosas y que en ocasiones resulta de un cinismo reconfortante en un mundo y en un ambiente tan cargado de moralismo. Y, en los peores días, incluso por su proximidad con la muerte, que relativiza cualquier mal. 

A Tamames han llegado compararlo con un senador romano, que era el elogio previsto, aunque siempre un tanto extraño y que sólo justifica la vana y más o menos disimulada esperanza de verle protagonizar unos Idus de Marzo. 

No ha sido para tanto. Y parece que todo lo que puede llegar a lograr es el mantener este espíritu de distanciamiento que supone Vox que debería caracterizar a toda auténtica oposición.

Pero esta política adulta solo puede reivindicarse cuando la oposición hace de oposición. Cuando se muestra unida contra el gobierno y ni siquiera puede hacerlo alrededor de un candidato que ya es más viejo que adulto. 

Y esa es la primera advertencia, que ya nos hizo en su día Jacques Brel: es muy posible hacerse viejo sin hacerse adulto. La segunda, nuestro gran problema, es que hay mucha gente a quien crecer simplemente no le gusta. 

Hay gente y hay políticos auténticamente reacios a la vida adulta. Le pasa a Gabriel Rufián, que sinceramente no entiende esa madurez, por otro lado tan tópica, que lleva del comunismo a la derecha. Y le pasa a quien pasa por ser la gran ganadora de la moción; esa Pocoyó a la que llaman Yolanda Díaz y a quien, finalmente, parece que entre todos han conseguido imponer como líder de la izquierda a la izquierda de la izquierda que representa el PSOE. 

Como dijimos, lo que esta moción representa es un conflicto generacional. Un conflicto que se ve en la batalla de las pensiones y en la madurez de nuestros representantes. En el fondo (freudiano de Sigmund, por lo de matar al padre que nos hizo la Transición) y en la forma, (freudiana de Lucian, por lo de la decadencia de la carne, que merece si no respeto, si al menos un poco de compasión).

Y un conflicto que marca la diferencia de esta España periférica y subsidiaria de todo lo serio, incluso de Europa, con la vecina Francia de Macron. De un Macron a quien tanto llaman adulto y racional y centrista y demás, y que a pesar de los pesares ha incendiado el país para hacer un poco lo que tocaba hacer con las pensiones.

Mientras, aquí se mantiene la paz social, que es la máxima aspiración de los izquierdistas cursis cuando gobiernan, a cambio de hacer justo lo contrario de lo que toca y de hacerlo encima por la puerta de atrás, recurriendo de nuevo a un decreto ley para ahorrarse los engorrosos problemas que conlleva la discusión democrática y que tanto preocupan a nuestros vecinos del norte. 

Tamames le habrá servido a parte de la derecha opositora para reivindicar la política adulta. El problema, me temo, es que en la izquierda, en la calle, y en la propia oposición hay mucha gente que la rechaza y con buenos motivos. 

Si no ha servido para traer la política adulta, esta moción sí que puede haber servido para enterrar definitivamente la vieja política. Y así muere, como bien sabían los célebres senadores. Entre los moderados e incómodos aplausos de la oposición. Y la condescendiente indiferencia del poder.

16.3.23

La culpa no es del porno, es de Rousseau

El caso de la agresión sexual de Badalona nos ha recordado que hay mucha gente empeñada en encontrar la solución antes que el problema. Es el tipo de gente que busca siempre la razón oculta, la causa más profunda y misteriosa, del comportamiento ajeno. Y que, al hacerlo, sólo logra encontrar el más superficial de sus propios prejuicios.

Así supimos enseguida que el aumento de las agresiones sexuales grupales entre adolescentes se debe al creciente consumo de pornografía entre los más jóvenes.

Y lo supimos mucho antes de saber si las agresiones sexuales habían aumentado o si esos jóvenes en particular eran consumidores habituales o esporádicos de pornografía, ni de qué tipo, ni si suelen en otras parcelas de su vida confundir tan rápido y tan mal la realidad y la ficción. 

Tampoco sabemos si a ese hermano que amenaza de muerte a los chivatos le pasa lo mismo, por ejemplo, con los videojuegos (¿es que ya nadie piensa en los videojuegos violentos?) o con las pelis o series o incluso con los libros de mafiosos.

Tampoco sabemos qué tendrá la pornografía que produzca ese efecto imitativo tan espontáneo, tan irreflexivo, que no parece que produzcan otras ficciones y que no han producido, por ejemplo, los discursos biempensantes de la sociedad y de los profesores, ni el ejemplo de los más modositos y estudiantes de sus compañeros de clase o de su propia familia. 

Y no lo sabemos porque hay cosas que no sirven como solución y que por eso tampoco sirven como problema.

No puede ser problema que el mal exista, como creían los antiguos, y no puede ser problema que algunos jóvenes tengan impulsos violentos y sexuales que no saben o no pueden controlar, como creían los psicólogos. Y tampoco puede ser problema y tampoco sirve, por lo tanto, saber nada de la raza o la cultura de los agresores y de sus familias.

Y de allí el empeño político y mediático en mantenernos en la ignorancia sobre el contexto racial, social y cultural de los agresores y de sus familiares. Un empeño que sería noble y que sería justo si no fuese una simple excusa para proponer e imponer falsas e inútiles soluciones. 

Uno podría aceptar, por ejemplo, que no se informe de la raza o de la cultura de los agresores si todo el discurso sobre el caso se limitase a recordar que, sea cual sea su raza y sea cual sea su cultura, al agresor sexual hay que apartarlo de la sociedad para evitar que reincida y hay que castigarlo para dar ejemplo.

Pero es inaceptable, en cambio, insistir en que hablar de la raza o la cultura es racismo o xenofobia mientras se insiste en culpar al hombre blanco y a la cultura cisheteropatriarcal y se defiende la necesidad, e incluso la urgencia, de emprender una profunda reforma de transvaloración de todos los valores de nuestra civilización, desde el parvulario hasta la cúpula directiva de bancos y multinacionales, para diseñar una nueva masculinidad en el laboratorio de algún think tank afín al gobierno.

Hay que sospechar siempre de la ignorancia impuesta y deliberada, y no es tampoco extraño que en este caso, como en el caso de los atentados de las Ramblas, por ejemplo, las primeras reacciones oficiales y oficialistas fuesen para excusar a los jóvenes de sus actos. Unos actos que en otro entorno, en otro contexto, en otra ciudad quizás, serían simplemente un crimen inexcusable.

Porque al miedo a parecer racistas se le suma aquí, cuando los agresores son, antes que nada, adolescentes, casi niños, el profundo prejuicio rousseauniano de que los niños nacen como pura inocencia y que es la sociedad de los adultos la que los pervierte.

De ahí que debamos exculpar a los jóvenes de sus crímenes y repartir las culpas entre todos los demás hombres de la sociedad. Y de ahí también las mil revoluciones pedagógicas consistentes en ir apartando al maestro, su autoridad y su intervención de la inocente y feliz vida de nuestros jovenzuelos.

Es un prejuicio evidentemente estúpido y peligroso que si se mantiene contra toda evidencia no es, como demuestran los hechos, porque permita proteger mejor la inocencia de los niños, sino porque permite culpar y controlar mejor a los adultos.

9.3.23

La división del Gobierno salva el feminismo

La división del Gobierno es lo que salvará el feminismo. Porque, como se demuestra cada 8M, la unidad de toda la sociedad en torno al feminismo es la peor amenaza a su causa y a sus reivindicaciones.

La división del Gobierno permite al feminismo seguir jugando a ser mayoría para ostentar el poder y minoría para dirigir la rebelión. Ser Gobierno y oposición, ser mujer y ser minoría.

Es lo que permite también mandar correos institucionales en nombre de la causa y así como muy reivindicativos, como el que he recibido hoy mismo, en el que no se nos explicaba de forma muy pedagógica que feminismo es “lo que quiere la sociedad”. Dejando de lado cualquier explicación sobre en qué consiste el feminismo, cualquier consideración sobre la libertad y la pluralidad ideológica de la sociedad, y hasta la simple y lógica constatación de que si el feminismo fuese, realmente, lo que quiere la sociedad, no serían entonces necesarios estos correos tan reivindicativos y pedagógicos.

El auténtico problema del feminismo es que cualquier intento de resolver estas contradicciones y tantas otras lo mataría de éxito. Si es que el feminismo es todavía algo más de un zombi devorador de cerebros.  

Y por eso está, él también, condenado a cabalgar contradicciones.  

Y por eso esta, él también, condenado a dar muchas y muchas explicaciones. Condenado a explicarnos lo preocupante que es que tantas mujeres prefieran todavía la penetración varonil al satisfyer, y a explicarnos acto seguido lo urgente que es romper el tabú del sexo en esos días de la menstruación.  

Parecería que a nuestro feminismo el sexo sólo le parece bien si es sucio. Un poco como a Woody Allen y un poco como a quien haya pintado hoy (de todos los días) ese graffiti que decía que “sex work is work”. Para cabalgar sus contradicciones, y salvar la unidad del feminismo (ahora abolicionista de la prostitución), habrá que suponer que era para recordarnos que siendo Work, no podía ser Sex. Y que el sex work ya solo puede ser violencia e IRPF. Es decir, lo puto peor.  

De modo que ya no se trataría de redefinir el trabajo y las relaciones laborales, sino el sexo. Para convertirlo también a él en algo que el Gobierno más feminista de la historia pueda legislar, controlar, enseñar a las nuevas generaciones y demás. Algo que dé trabajo a las ministras, y no las prostitutas.  

Porque ese es ahora el auténtico espíritu del 8M, que se suponía el Día de la Mujer Trabajadora pero que a medida que se institucionalizaba ha pasado a ser el día de todas las mujeres y cada día el de más gente. Cabalgando contradicciones, decíamos, el feminismo de izquierdas ha abierto la fiesta a todo el mundo hasta el punto de convertir una reivindicación de los trabajadores en un mero escaparate de “purple washing” para el Gobierno y la patronal.   

El Gobierno estará dividido, pero ha conseguido que los trabajadores y los empresarios, los okupas del barrio y los líderes de todas las multinacionales habidas y por haber anden juntos y a la una en la celebración del feminismo.   

Si el feminismo lo incluye todo es porque el poder pretende fagocitarlo todo, y por eso ya no queda ninguna causa noble que no pueda defenderse en su nombre. Desde el control de los precios del alquiler, el nacionalismo (catalán, por supuesto), la política energética… hasta el animalismo y el veganismo.   

Por eso hasta el PACMA ha podido sumarse a la fiesta reivindicando “un feminismo antiespecista, de todas y para todas, sin distinciones”, que incluya hasta a las vacas. “¡Ni oprimidas ni opresoras!”, han tuiteado.   

Es algo que ya intuyó con su habitual acierto Manolo Kabezabolo cuando nos advertía del caos que supondría reconocer el derecho al aborto de las gallinas, vacas, ovejas y cerdos. Y que supondría una nueva contradicción a cabalgar si no fuese que el feminismo también nos va haciendo vegano, para mejor proteger los derechos feministas de los animales.   

Al final será verdad que la unidad del feminismo está suponiendo el borrado de las mujeres, porque ahora feminista es que se hable cada vez menos de ellas mientras constantemente se usa su nombre como reclamo en la defensa de las causas más diversas.  

Sería una extraña forma de morir de éxito. Y hacen bien los partidos del Gobierno en pelearse fuerte y manifestarse juntos pero no revueltos. Porque de su capacidad para llamarse feministas y defender cada uno cosas distintas depende en realidad del futuro del feminismo.  

Y, quizás, también un poco de nuestra libertad.


8.3.23

Capitalismo de amiguitas

Es propaganda, pero no sólo. Es por el 8-M, pero no sólo.

El anuncio de la ley de paridad se explica por el interés electoral (y cuánto y qué malo dice esto de España), pero también por las convicciones más profundas de este Gobierno. Porque el feminismo es el mínimo común múltiplo de la coalición que sostiene este Gobierno y el máximo común divisor de la sociedad española.

Por eso el feminismo se ha convertido en la política única, en la excusa única, y en el único punto de la agenda legislativa. Todos los mensajes del Gobierno tendrán que ser feministas y todos los recursos del Estado, tanto los palos del Código Penal como las zanahorias de las ayudas públicas, movilizados en favor de la causa.

Por eso Pam es cada día más célebre y por eso hasta las iniciativas que pretende tomar Sánchez en nombre de la parte socialista del Gobierno van quedando eclipsadas por el feminismo auténtico de Pam y sus delirios. Porque si todos apuntan en la misma dirección, todo cae hacia el mismo lado, que es el que se encarga del asunto.

"Ojalá poder hacer que todas las mujeres de este país sientan placer". "Hay que garantizar que nosotras podemos tener placer", decía Pam. Y es una suerte que conjugue mal, porque gracias a eso el mensaje sólo es totalitario hasta el ridículo pero no más allá.

Pero que todo sea feminismo quiere decir que nada es cuestionable, so pena de gravísimos insultos y acusaciones. Es una visión totalitaria de la política, en la que ellos tienen que solucionar todos los problemas de la sociedad y reeducarnos hasta en la masturbación, y nosotros tenemos que callar para no parecer malas personas indiferentes al dolor (o al placer) ajeno.

Y es de ahí de donde surge esta convicción patrimonialista del Estado que lleva a un gobierno a decir quién tiene que sentarse en qué consejos y cómo debería hacerlo (piernas juntas, machirulos; piernas abiertas, mujeres de bien). De ahí mismo surge la indignación con la que han respondido a la fuga de Ferrovial. Peor que si fuese Puigdemont, porque Ferrovial era suyo.

Porque creen realmente que quien cobra del Estado cobra de ellos, que son los que reparten el asunto, y que por lo tanto a ellos deben obediencia y gratitud. Y por eso se sorprenden y se indignan como muy en serio cuando ven que existe la mera posibilidad de no ceder a sus amenazas cuando existe la posibilidad de no tener que vivir de sus prebendas.

Su reacción encaja bien, y no por casualidad, con ese capitalismo zombie, crony o de amiguetes que condena a nuestra economía. En esta incestuosa relación entre Gobierno y empresas, donde las puertas giran ahora al ritmo al que antes giraban los Rolodex y donde los consejos de administración se van llenando de expolíticos con buenos contactos, porque los buenos contactos traen buenos contratos.

Podrida ya la relación, para satisfacer sus aspiraciones y su propaganda al Gobierno le bastaría con colocar únicamente mujeres en los consejos de administración que controla de forma directa o indirecta. Pero no es suficiente. Nunca nada es suficiente.

Y por eso ha acabando recibiendo hasta Ana Particia Botín, que es una mujer con poder y que, encima, había dado la cara y hasta el banco por la revolución violeta.

Pero, en un regímen como el que sueñan nuestros dirigentes, sumarse a la propaganda gubernamental no es suficiente. Nunca nada es suficiente para quien lleva marcado hasta en el apellido el pecado original de no deberle el cargo al gobierno de turno.

En este regímen, y como muy bien decía Ione Belarra, feminismo no es que Ana Patricia Botín o Marta Ortega (con nombres y apellidos, así hay que señalar a la gente ahora) dirijan grandes empresas. Porque feminismo no es que las mujeres manden. Ni siquiera que manden las mujeres feministas; las suyas.

Feminismo es que manden porque las han puesto ellos. Y que manden, por lo tanto, por delegación. Es decir, que no manden. Que obedezcan y que lo agradezcan, sabiendo que por ellas mismas y en una sociedad tan machista nunca habrían llegado donde las han enchufado ellos.

Feminismo es dejarles todo el rato muy clarito a las mujeres lo que valen.


2.3.23

Vox se borra de su propia moción

Cuanto más lejos del partido, mejor, dicen en Vox. Y es verdad que Tamames, con esto de la "Gran ocasión" y de la "Nación catalana", más lejos de Vox ya casi no se puede estar.

Porque a Vox lo han convertido en muchas cosas, pero si algo era cuando era algo definido y definible era eso, era la voz alzada del pueblo español contra la falsedad y el trapicheo con los nacionalistas de sus élites. Algo raro hay en que presenten ahora a alguien de la élite de las del trapicheo con los nacionalistas y algo raro en que buscasen a una figura de la transición, ellos que eran, en el justo reverso del podemismo, críticos a su manera con la transición y el pacto constitucional, tanto en su espíritu como en su letra.

Quizás sea Vox ya se conforma, o se resigne almenos, en ir quedando como el último depósito de votos descontentos con el sistema. O quizás es que ya no aspira a gobernar propiamente y con sus ideas, y quizás sea por eso que se ha borrado justo cuando debería estar gritando que los focos a mi persona. Pero decir que esta moción no va a servir de nada es mucho decir.

No va a servir para echar a Sánchez ni va a servir para presentar en sociedad al líder del futuro. No va a servir, en fin, para lo que se supone que tienen que servir estas cosas. Pero es que la moción de Vox no es ni se pretende una moción contra Sánchez, sino contra el sistema. Es una moción contra la deriva, la “slippery slope”, del gobierno pero, sobre todo, de la democracia española que nos dimos entre todos. Es, pues una moción anti-sistema y nostálgica. Y es curioso que cuando estos dos adjetivos, que tantas veces se le han adjudicado a Vox, toman un sentido pleno, encuentran al fin su significante, Vox se borre como para no molestar. Como si no quisiera entorpecer el encuentro de la democracia española con sus miedos y complejos.

¿Queríais partidos nostálgicos? Pues aquí nos tenéis. ¿Queríais espíritu de la transición? Pues aquí lo tenéis. Reencarnado en carne, como diría Mecano. Y si no es para contraponer a Sánchez con su sucesor, que sea para confrontarlo a él, a la izquierda, y a España en general con sus fantasmas; con la imagen de lo que podría haber sido y no será. 

Porque son muy capaces, los españoles de bien, de temer más a Tamames de lo que temem a Otegi. 

Y porque más allá de esto, y en la dialéctica imposible de Sánchez o Tamames, en este anacronismo, se encuentra en realidad algo de fondo, algo fundamental, del funcionamiento de nuestra democracia. Hay, efectivamente, una tensión entre lo joven y lo viejo que la farsa decadente del sistema disimula pero que no logra superar y que el partido, ahora ya sí que sí que nostálgico y anti-sistema, tiene la obligación de poner sobre la mesa para salvar su mal nombre. 

En esta contraposición entre la efebocracia que tan bien gobierna Sánchez y la gerontocracia que nunca nos devolverá Tamames se demuestra que la española es una democracia escindida generacionalmente y que si el extremismo pretendiese acabar con la paz social sólo podría hacerlo explotando esta fisura del sistema por donde a los jóvenes se les da la razón y a los viejos el parné. 

La nuestra es una democracia que por hacerse la moderna querría acercarse a la juventud pero que por la creciente fuerza de la demografía tiende y tenderá cada vez más a dirigirse hacia la senectud. Discurso de jóvenes y política de viejos. Y aquí está la hipocresía sistémica que realmente podría hacerlo saltar todo por los aires. Y que Tamames, por su mera presencia, pone en evidencia. 

Aunque ni sea ni tema en su discurso. Porque esta es otra. Incluso quienes más critican y se burlan de Vox esperan en el fondo, quizás alguno incluso teme, que Tamames haga un gran discurso que ponga en su sitio a los líderes actuales; es decir, frente al espejo jibarizante de los grandes hombres de la transición.

Y con ello Vox los arrastra a todos (quieran o no, voten a favor, en contra, rabien, lloren o rían, se abstengan o se vayan al bar) a la moción por la nostalgia. Nostalgia por lo que debería haber sido y no está siendo. Por la izquierda posible, por la derecha posible o por la España posible. Y nostalgia, en definitiva, por un país donde los ahora viejos eran todavía jóvenes y donde Vox no existía porque no era necesario. 

Vox es, ahora más que nunca, la caricatura de los miedos españoles. Y si así, en su presencia espectral, no parece que pueda ganar, tampoco está tan claro que tenga que perder.