18.11.22

La inmigración como problema, solución y tragedia

Dicen que ya estamos a puntito de los 8.000 millones de humanos. Y dicen que la población del África subsahariana se va a duplicar un abrir y cerrar de ojos, y que algo habrá que hacer.

Y las almas bellas, muy preocupadas, supongo, por cómo se va a poner el tráfico en Lagos, ya se han puesto manos a la obra redistribuyendo inmigrantes por todos los rincones del Occidente civilizado. Es la solución, anuncian. Para ellos, los subsaharianos, y para nosotros y nuestros problemas, que es nuestra bajísima natalidad (ahora sí). Alguien tendrá que pagar las pensiones a las mujeres liberadas, claro. 

Pero la inmigración no es solución ni problema. Es una tragedia.

Es una tragedia porque en la inmigración, y particularmente en la inmigración masiva (que se anuncia ahora como se anunciaba antes el fin de los tiempos; redención para unos, eterna condena para los otros), están en lucha dos bienes incompatibles e inseparables.

Por un lado, la supervivencia misma de la civilización occidental, a la que los progres, si lo prefieren, pueden llamar derechos de las mujeres y estado del bienestar.

Por el otro, la vida y el bienestar, la libertad y la prosperidad, de millones de emigrantes presentes y futuros.

Y la tragedia, además, es que uno no puede simplemente elegir un bando y quedarse tan ancho. No puede optar sin más por defender nuestras sociedades, porque el futuro de la civilización occidental dependerá cada vez más de la libertad y la prosperidad de sus afueras.

Y no sólo por eso de que tengan que venir a pagarnos las pensiones, por cierto. Sino porque uno no puede, como pretende a ratos la derechona valiente, ser un caballero de la fe cristiana y batirse en defensa de los valores de Occidente si lo único que puede ofrecer al subsahariano errante es la crueldad del mar, la valla, la mafia y la policía "marroquí". 

Y tampoco puede, como pretendería el progresismo cándido, salvar el Estado del bienestar y los derechos de las mujeres y LGTBI, y todo lo que de bueno tengan o vayan a tener nuestras sociedades, sin preocuparse del efecto que esos millones de jóvenes solteros llegados de países menos progresistas, con culturas incluso más heteropatriarcales que la nuestra, vayan a tener en nuestras sociedades y sus valores progresistas.

No podemos ser buenos progres y preocuparnos de verdad por el futuro de los inmigrantes si no nos preocupamos, de verdad, en serio, de cómo seguir siendo efectivamente una sociedad mejor a la que merezca la pena emigrar. 

De ahí también la inmoralidad de la politología socialdemócrata cuando afirma que necesitamos a los inmigrantes para que nos paguen las pensiones y el Estado del bienestar. Lo mínimo sería no tratar a los inmigrantes como simple fuerza de trabajo y lo decente, imagino, sería aceptar que si vienen también ellos tendrán que poder elegir qué hacer con sus impuestos y con su Gobierno.

A ver si al final va a resultar que estos jóvenes tan dispuestos a trabajar y a fundar las start-ups del futuro nos salen todos tan liberales como su colega Elon Musk y nos quedamos sin pensiones, sanidad, leyes feministas o ninguna de estas maravillas tan nuestras. 

Es además de una peligrosa ingenuidad creer que en una sociedad como la nuestra, con un paro juvenil con el nuestro, y con el miedo creciente a la tecnificación del mercado laboral, se asuma que venir aquí con ganas de trabajar es suficiente para poder prosperar y para salvarnos el sistema.

Una peligrosa ingenuidad, digo, como lo es siempre la ingeniería social. Especialmente cuando se concibe a escala planetaria, sin dejar siquiera la posibilidad de mantener el mínimo grupo de control que cualquier experimento (incluso en ciencias sociales) exige para ser presentable.

Es posible, por mucho que se nieguen a contemplarlo, que la inmigración masiva por si sola no solucione ni los problemas de Occidente, ni los de los inmigrantes y sus sociedades.

Es posible, de hecho, que acoger a los jóvenes subsaharianos con más ganas de trabajar y ponerlos a pagarnos las pensiones tras la barra de algún chiringuito de playa sea malo para ellos, para sus sociedades, que pierden a sus mejores activos, y para nosotros. 

Es muy posible, en fin, que todo esto sea una tragedia.


10.11.22

El cuento del trumpismo y la silla vacía

Algo entendió Clint Eastwood cuando, hace ya muchos años, subió al estrado en plena convención republicana y se puso a discutir con una silla vacía. A la silla la llamaba Obama y a Mitt Romney, futuro presidente. Pero su intuición se hizo cierta años después, cuando en esa silla no se sienta Joe Biden y la oposición no la lidera Donald Trump.

Hace años que los republicanos hablan con una silla vacía. Porque a los demócratas, para mantenerse en el poder y para salvar el sistema, les ha bastado presentar a Biden, a quien ahora y muy compasivamente empezamos a ver un poco desorientado. Y a Kamala Harris, a quien hace días que vemos más bien poco.

Trump ha sido, sin sorpresa ni paradoja, el mejor aliado de las aspiraciones demócratas. Simplemente porque hace años que los demócratas no tienen mayor argumento ni proyecto que la defensa de la democracia frente a los riesgos del fascismo y el populismo que representaría.

A pesar de la inflación, a pesar de Rusia, a pesar de Biden… a los demócratas les ha bastado una silla vacía para resistir en el poder. Y les seguirá bastando mientras puedan presentar las elecciones de forma creíble como una lucha entre democracia y fascismo. Mientras la amenaza parezca real, el viento soplará a su favor.

Pero estas elecciones demuestran que el éxito de esta vieja estrategia tiene los días contados. Porque la derrota de Trump hace la amenaza mucho menos creíble.

Y parajoda es que la derrota de Trump pueda suponer la victoria del trumpismo. La alternativa a Trump es el trumpista Ron de Santis, y no el retorno de los “republicanos McCain”, como les llama Kari Lake, la trumpista derrotada en Arizona, recordando el histórico momento en el que Trump rompió con el decoro y con el partido despreciando a John McCain por haberse dejado pillar.

Trump tenía razón. Los republicanos también prefieren a los ganadores y él ya hace tiempo que es un perdedor.

De ahí que tantos, republicanos y anti, celebren ahora la derrota presente y futura de Trump frente a de Santis. Que hasta hace pocas horas era un trumpista más y ahora es un trumpista menos.

Se demuestra así que el trumpismo sin Trump es posible y exitoso. Y se demuestra también la auténtica dimensión del cambio que supuso Trump en el Partido Republicano. Y, por ende, en la reconfiguración ideológica del bipartidismo americano.

Porque ahora el Partido Republicano ya no es sólo el partido de los McCain sino también el partido de J.D. Vance, el hillbilly más famoso de América y senador electo de Ohio. Y es también, sin sorpresa ni paradoja, el partido de cada día más liberales asaltados por la realidad de un partido demócrata en manos de zombis y tiktokers con ínfulas empeñados en representar la peor versión de sí mismos en todas y cada una de las batallas culturales que promueven.

El Partido Demócrata aguanta, dicen. Pero la derrota de Trump ha centrado y empoderado a Ron de Santis. Ha institucionalizado el trumpismo, que es lo que Trump nunca logró. Su auténtica victoria, que no podrá ser sino póstuma. Y para ganar las próximas elecciones, a los demócratas ya no les bastará con presentar una silla vacía.

5.11.22

Ave, Elon

Tampoco es que hasta ahora Twitter fuese público, por mucho que tantos se empeñen en creerlo. Pero quizás lo parecía. Porque se supone que era gratis. Y, sobre todo, por esa promesa de servicio público, de ágora digital global y blablabá que se traduce en una de esas colaboraciones público-privadas que tanto gustan al socialdemócrata cabal cuando tiene poder y que tanto le escandalizan cuando el poder lo tienen los demás.

Por eso Twitter (y Facebook) eran herramientas de libertad cuando nos trajeron las primaveras árabes y a Obama, y empezaron a ser una seria amenaza a la democracia cuando ganó Donald Trump y compró Elon Musk.

Por eso se lamentan ahora tantos de los que creían (con toda la razón del mundo además) que Twitter era y tenía que ser una plataforma al servicio de la democracia, que tan a menudo se confunde con los intereses ideológicos y electorales del Partido Demócrata estadounidense.

Periodistas y políticos que presumen ahora de no querer pagar ocho euros para tener un tic azulito al lado de su nombre. Porque creen que Twitter les debe algo, cuando son ellos quienes han basado toda una carrera, una ideología y una vida entera, en muchos casos, en el zasca y la butade de 140 caracteres. Vayan libres y en paz a su Canadá del metaverso y sea de ellos y de su memoria lo que el pueblo soberano considere.

Porque estas confusiones partidistas e interesadas han llevado a la plataforma a imponer, de forma sistemática, pero arbitraria, una interpretación mucho más restrictiva que la ley sobre cómo debería ser la conversación pública global.

Cuando se habla del enorme poder que tienen estas multinacionales de la información y similares habría que recordar que lo peor de este poder es la arbitrariedad y el anonimato con el que se ejerce. Hasta el punto extremo de que la mayoría de los mortales hayamos tenido que esperar a que Musk la echase para conocer a la responsable del Nomos de la red. De la ley fundamental que ordenaba de forma demencial, y muy probablemente ilegal, los códigos de buena conducta que permitían al ayatolá llamar al exterminio de los judíos, pero no a Jordan Peterson recordarnos algunas cosas básicas de la biología humana cuando todavía no le interesaba al PSOE.

Ahora tendremos a Musk. Y así podremos al menos acordarnos de él y de sus progenitores cuando la cosa decaiga. Y es una suerte y un consuelo, además, que en este ambiente y en este mundo tan orientado hacia el capitalismo de Estado, de empresas zombis y conciencias que tal bailan, con unas élites políticas, económicas y mediáticas preocupadísimas por la educación moral e ideológica de la ciudadanía, haya todavía espacio para que algunos hijos de papá jueguen al libertarianismo en lugar de gastárselo todo en lanzallamas y shitcoins.

No deberíamos preocuparnos tanto por Musk, por su posible éxito ni por su probable fracaso. Deberíamos en realidad celebrar las dos posibilidades, porque son el corolario de nuestra libertad.

Si fracasa, pues bien. Aunque sólo fuese porque todos necesitamos un poco de desenganche. Si en lugar de la plataforma libérrima que promete, Musk acaba creando una red segregada por clases, con unos ricos ordenaditos y pagando por el tic azulito, y unos pobres sumidos en el caos y dejados a merced de trols y anuncios y otros males, pues otros vendrán que lo harán mejor.

Porque, por mucho que fracase, Musk no puede cargarse la democracia ni puede cargarse un ágora pública global que, simplemente, ni existe ni puede existir. Tanto por razones técnicas como, sobre todo, por razón de nuestra naturaleza, que hace que cuando hablamos todos a la vez no se entienda nada. Todo lo que puede cargarse Musk es una red social. Una de las ya muchas que ha habido y que nadie recuerda, y de las que todavía están por venir.

Su fracaso sería, en todo caso, una peculiar forma de redistribución de la riqueza que debería servir al menos para secarle las lágrimas a todas las Ocasios que estos días guardan luto.

Y si tiene éxito, Twitter será lo que los progres creen que era. Y, por lo que parece, no hay sitio más bello ni más feliz en el mundo. Así que todos contentos.

27.10.22

En Truss descansen

Descansan en Truss la izquierda y el europeísmo, convencidos los unos de que el culpable de los males de la premier caída es de las bajadas de impuestos y convencidos los otros de que es del brexit. Convencidos, en fin, de que los mercados, los británicos y la mismísima realidad al completo no tendrán piedad ninguna de sus adversarios ideológicos: populistas, nacionalistas y, en general, enemigos de la democracia liberal. 

Y recitan al unísono que esto en Europa no pasaría. Y tienen razón.

Pero cuando dicen que en Europa esto no pasaría están diciendo que aquí los premier no caen tan fácil ni por menudencias tales como un desajuste presupuestario. Que aquí, simplemente, los gobiernos, y bien que lo sabemos, pueden endeudarse y podrían, si quisieran y les conviniese, endeudarse más todavía sin recortar el gasto porque aquí ya intervendría, antes o después el BCE o esa entelequia llamada Europa para decidir si es mejor que nos suba el pan, la hipoteca o las dos cosas a la vez.

Lo que están diciendo, orgullosísimos de nuestra estabilidad, es que aquí los premier tienen mucho más margen para la irresponsabilidad. Y que cuando no lo tienen es porque no le conviene a "Europa". Es decir, a otros países o a otros dirigentes, no porque no convenga a sus bien llamados súbditos.

Como si no fuese ese, precisamente, el mejor argumento en favor del brexit.

Lo que de verdad no pasa en Europa es el correctivo, y en esta vida imperfecta que llevamos seres tan imperfectos como nosotros los europeos de bien, la falta de correctivos sólo presagia crisis más duras, más largas y más duraderas. En una palabra, peores.

Lo sabemos bien en España, además, donde todavía no hemos salido de la crisis del 2008 y ya estamos metidos hasta la cintura en otra que algunos presagian incluso peor. 

En Truss y en su fracaso descansan todas nuestras superioridades, nuestros principios y también un poquito, por qué no decirlo, nuestros miedos y complejos. El brexit es, efectivamente, necesariamente, la mayor amenaza que ha sufrido la Unión Europea. Porque podría funcionar. A pesar de las copichuelas de Boris y las frivolidades de Truss y los trajes de 5.000 euros de Rishi Sunak (ese charnego agradecido que debería horrorizar a los xenófobos brexiters y que, sin embargo…).

Podría funcionar. Y si funcionase, nuestras crisis, nuestras inflaciones, nuestras inseguridades, miedos, extremismos y debilidades… serían culpa nuestra. Y no de Putin o del destino o de los enemigos de la democracia liberal, sino nuestra. De los buenos. De los jardineros kantianos como Borrell.

También nosotros tenemos un peligroso ejemplo democrático a las puertas. Y quizá por eso hay que llamar ahora tiranía de los mercados al correctivo, libérrimo, de quienes no quisieron regalarle su dinero a un gobierno irresponsable.

Y democracia orgánica a una democracia parlamentaria donde, ¡oh gensanta!, son los parlamentarios quienes eligen al primer ministro y donde, además, lo hacen, ¡sancrispín!, teniendo muy en cuenta lo que interesa, conviene y preocupa a sus electores.

No porque los parlamentarios británicos sean mejores personas que los nuestros, supongo. Sino porque ellos tendrán que responder ante sus votantes y no, como sucede en nuestras democracias continentales, mucho más estables y asentadas, donde sólo tienen que responder ante su jefe y, si se tercia y les apetece, ante su conciencia. 

En Reino Unido han sido los brexiters y los mercados, la nación y el comercio, quienes, como en los viejos tiempos, han depuesto pacíficamente al mal gobernante. Y hasta hace poco, esto era bueno. Muy bueno, incluso.

Al correctivo de los mercados se le solía llamar libre comercio; al de los diputados, parlamentarismo; y al de los ciudadanos, democracia. Y a todo eso junto, y hasta hace muy poco, se le llamaba democracia liberal. Y bien estaba. Y se murió.

En Truss descanse.


21.10.22

Mi mundo por un Van Gogh

Como parece que un tiktok tampoco vale más de mil palabras, han tenido que salir las activistas del tomate y el Van Gogh a explicarse. Y lo han hecho según lo previsto, que es lo peor que podría decirse de un revolucionario.

Dicen, como todos, que ellas sólo querían poner el tema sobre la mesa, como si no fuese este ya casi el único tema que hay sobre la mesa. Como si no fuese este, en realidad, la mesa misma sobre la que se van poniendo, asentando y legitimando todas las demás preocupaciones humanas.

Pero de todo lo que han dicho y hecho, lo peor es que juran que ellas nunca jamás de los jamases hubiesen dañado un Van Gogh. Y parecen sinceras. Aunque sólo sea porque parecen estudiantes de bellas artes. 

Ellas no dañarían nunca un Van Gogh para salvar el planeta porque en su tierna cabecita woke todas las causas nobles trabajan siempre juntas y ningún sacrificio sería realmente necesario. Nada bello debería perecer en esta lucha final por salvar el planeta porque para salvar el planeta bastaría con que los malos dejasen de hacer cosas feas. 

Es sorprendente y decepcionante, tanto por revolucionarios como por jóvenes, que si tienen que hacer la revolución tendrán que hacerla, precisamente, contra los viejos burgueses, gordos contemplativos y despreocupados, que valoran más el Van Gogh que el planeta.

La revolución pacífica, simbólica, performativa y tiktoker solo puede triunfar si logra reeducar a quienes tienen los principios, por así decirlo, invertidos y que por ello sólo pueden merecer o nuestra compasión o nuestro desprecio.

Pero lo que les pasa es que en realidad tienen el mismo discurso que sus profes, que sus padres y que sus élites mediáticas, culturales y económicas. Y lo único que les queda suyo, propio, de jóvenes, son los tintes y las prisas. Que son lo peor, porque las prisas son, como sabemos los viejos, malas consejeras.

Ellas quieren luchar contra el clima y contra la pobreza energética y lo quieren hacer al mismo tiempo y quieren que ese tiempo sea ahora mismo. 

Pero las prisas que impone el catastrofismo climático son simplemente huidas hacia adelante para no tener que perder el tiempo discutiendo, calibrando, calculando y valorando pros y contras, costes y beneficios. Cosas de burgueses, vaya.

Y lo que las apresuradas no quieren ver es que esta revolución se está haciendo, a lo largo y ancho del mundo concienciado, contra los lentos. Contra los que no pueden pasar de la gasolina al diésel, del diésel al híbrido, del híbrido al eléctrico y del eléctrico al burro de carga al creciente ritmo que marcan los consensos científicos. Ni pueden cambiar de medio de transporte y de modo de vida al ritmo al que se suceden las ordenanzas municipales del medioambiente. Esas buenas gentes que, como ellas dicen, tendrán que elegir entre "comer o calentarse". 

Lo que no saben, lo que no entienden, lo que quieren dejar atrás a toda prisa, es la trágica conciencia de que estas prisas son una condena para todos los que a lo largo y ancho de la pachamama no pueden seguir el ritmo de sus pijadas.

13.10.22

Monedero, la Greta lista que no quiso crecer

Hay mucho ruso en Rusia y mucho listo en Twitter.

Lo inteligente es diferenciar y juzgar, pero el listo es quien todo lo mezcla y confunde para ahorrarse al mismo tiempo el trabajo y el compromiso con una causa imperfecta, que no esté a la altura de su bondad. Es el caso de Juan Carlos Monedero comparando a Vladímir Putin y Volodímir Zelenski, e implorando cordura y la paz universal.

Es un tuit que parece una parodia. Pero sirve, al menos, para dejar claro que mucho más digna que esta equidistancia crítica, tan cínica y cobardica, es la defensa de Putin y la exigencia de que se abandone a los ucranianos a su propia suerte. Aunque sea en nombre del gas, de la realpolitik o del futuro de la cristiandad. Pero que sea por algo al menos. Algo que podamos criticar u odiar, incluso, y que no se limite a medrar entre la mentira, el bullshit y la barbaridad despreciable.

Algo por lo que estemos dispuestos a investigar posibles ejecuciones y denunciar las mentiras de los nuestros. Pero que no nos obligue, por vergüenza torera, a recordar que ni siquiera en una guerra es lo mismo volar un puente que bombardear civiles.

El problema, claro, es que a Monedero le basta y le sobra con pasar por listo. Tanto por ser de izquierdas de las verdaderas, como por ser intelectual, como por ser tuitero.

Por todas estas cosas y muchas más, Monedero es una conciencia pura, que vuela libre, como decía su amiguito de partido. Y que por eso puede vivir y vive de denunciar y lamentar los problemas, pero no de solucionarlos. Le basta con alimentar la esperanza de que una revolución futura, una autoridad más alta o un deus ex machina se ponga, ahora sí y en serio, a arreglarnos este desaguisado.

"¿Es que nadie va a parar a estos putos locos?", se preguntaba. Como esa pobre señora de Los Simpson que siempre se pregunta, escandalizada por la indiferencia ajena, si es que nadie va a pensar en los niños. Todos, señora. Todos pensamos en los niños todo el rato.

Pero algunos sospechamos que quizás con eso no baste. Que quizás pensar en ellos no solucione ningún problema y que sea necesario hacer algo más, un poco más complicado, incierto y me temo que molesto, para asegurar su supervivencia y su bienestar.

Y con los niños pequeños y con las almas puras en general pasa esto. Que es insoportable, que hay que aplaudirlos y felicitarlos tanto cuando se equivocan, por sus buenas intenciones, y también después, cuando se contradicen y aciertan, por haber aprendido.

El otro día salía Greta Thunberg, algo crecidita ya, dudando y admitiendo que es very difficult todo esto. Pero que, quizás, si las nucleares ya están abiertas y funcionando, es mejor para lo del clima la nuclear que el carbón.

Greta se está haciendo mayor y empieza a intuir las complejidades del mundo. Si no vigila, pronto tendrá que empezar a buscarse un trabajo. Debería aprender de Monedero, que es como una vieja Greta que, por los motivos que sea, que parecen muy buenos y lucrativos, nunca quiso crecer. Más listo que el hambre.

7.10.22

Pijo por pijo, prefiero a Risto Mejide

Se subieron el sueldo y enseguida salieron Patxi López y Gabriel Rufián y otros tantos a felicitarse. Que la política sea remunerada, decían, es un triunfo de la clase trabajadora. Es decir, suyo. Como todo lo bueno.

Y tendrán razón. Que sea remunerada está bien. Muy bien, incluso. Por eso que dicen de que así la política no es sólo cosa de señoritos aburridos de contar billetes, beber martinis y llevar a la querida a la ópera. 

Pero es que remunerada ya estaba. Y bastante bien, además. Hasta el punto (y será cosa mía, de tener poco mundo, quizás) que no conozco a nadie que antes de esta subida hubiese tenido que renunciar a su noble vocación política para seguir dando clases de filosofía o sirviendo martinis y cafeses o atendiendo como cajera en un supermercado porque de la política, como de la petanca, no podía vivir.

En sentido inverso, en cambio, sí sé de algunos. 

Y no sólo dignos representantes del pueblo, como diputados y ministros y gentes importantes, sino asesores y demás sacrificados en la sombra. Gentes con trabajos más o menos dignos e intereses y principios más o menos nobles que se ven, los pobres, condenados a seguir propagando y a seguir cobrando por haberse acostumbrado a un sueldo y a un ritmo que nunca volverían a encontrar en el LinkedIn de los mortales.

Una tragedia, sin duda, que no se la desearía a nadie. Una hoguera de las vanidades, la política, pero con una cárcel como de jugador del PSG. 

Es por eso de la brecha entre sueldos públicos y privados, que esta sí que existe y que no deja de crecer. Y que sería un triunfo de la casta política si este artículo de hoy fuese tan populista como sus discursos de ayer.

Que con estos sueldos, y estos cargos, y estas ínfulas de señorito se presenten todavía hoy como clase trabajadora necesitada de una pequeña ayudita para no pasar penurias y no tener que volver a sus antiguos puestos en la mina es un poquito fuerte.

Que lo hagan ahora, con esta inflación, estos tipos, ese pacto de rentas que era urgentísimo, pero no tanto como lo son las urgencias electorales, porque nada lo es nunca, pues es también un poquito una desfachatez.  

Y ante tremenda desfachatez, yo hasta prefiero a Risto Mejide y a otros pijos como él. Que saben, al menos, que los ricos no siempre son los otros. Que se habrán creído, quizás, las cifras de la ministra según las cuales ricos hay dos o tres en España, que todos los demás dependemos de su sacrificio y que por eso, a ellos y sólo a ellos, les suben los impuestos.

Y Risto, que no es tonto, habrá visto que él es rico y que, siendo uno de esos happy few, podía y por tanto debía ayudarnos a todos los demás y se mostraba favorable, encantado incluso, de que le subiesen los impuestos. Eso al menos me parece noble, aunque sea mentira, tontería y una auténtica pijada.

Porque si Risto y los suyos quieren pagar más, lo tienen incluso más fácil que Patxi y Gabi para subirse el sueldo. Les basta con darlo. Con declarar de más y dejarnos el cambio en el platito de Hacienda, que somos todos. O con donarlo a Cáritas o con invertir en algo más que su ego. 

Pero no quieren eso. Quieren que se lo hagan. Porque son pijos hasta para eso. Quieren que el Estado les saque el dinero de la cuenta sin tener que molestarse ni en pensar a qué destinarlo. Ni el gesto de hacer una transferencia quieren a cambio de nuestro aplauso unánime. 

Y la caridad, ristos, no se hace sola. La caridad hay que hacerla.

Subirse el sueldo en nombre de la clase trabajadora y celebrar que te suban los impuestos en Twitter es virtue signaling de pijos. Y cuando pretenden que esto no nos afecte a los demás me recuerdan a aquellos buenazos que estos días, viendo la diferencia entre su sueldo y el de sus amigos de lo público, piden que las empresas privadas suban sueldos. 

O a aquellos adánicos barceloneses que votan a Ada Colau desde el otro lado de la Diagonal y que se burlan del enésimo turista al que le han arrancado un relojazo y que piden no exagerar cuando ven a dos negritos matándose a machetazos por el centro de la ciudad. 

Hay que ser muy pijo para vivir en una sociedad así y creer que a ti todas estas cosas no te van a pasar factura.