3.9.25

OnlyFans no es prostitución

El Gobierno anda empeñado en abolir la prostitución y piensa poner el foco en la prostitución online.

Es una manera como otra de desviar el foco, porque cuando la prostitución se traslada a internet no se transforma en prostitución 2.0 o en prostitución de sexta generación, sino que pasa a ser una cosa mucho más limpia, mucho más libre y mucho más segura: el viejo exhibicionismo de siempre en un nuevo formato.

Y pasa a ser, además, porque esto trata de OnlyFans, una opción de vida (por decirlo así) mucho más atractiva que la vieja prostitución.

Al Gobierno le preocupa que tantas chicas jóvenes, pudiendo meterse a cajeras de supermercado, o a servir copas a guiris borrachos, prefieran meterse en OnlyFans.

Ya serán menos, porque siempre se exagera. Pero quizás esto sea ya lo verdaderamente sorprendente en una cultura como la nuestra, tan exhibicionista, y en un país como el nuestro, que con tanta insistencia ha confundido el destape con la libertad.

Una sociedad exhibicionista hasta tal punto que incluso nuestros últimos conservadores se sienten mucho más cómodos criticando el recatado burkini antes que el impúdico nudismo de topless y bikini de tanga.

Y una sociedad contradictoria también, donde es evidente el derecho que tienen las mujeres de elegir el traje de baño que quieran y de ir a la playa como les dé la gana, pero siempre que pueda fingirse que lo hacen libremente.

Que quiere decir aquí "inocentemente", como sin saber muy bien por qué ni para qué.

Cuando la elección evidencia lo que es evidente, cuando el subirlo a internet ya no deja excusas para tratarlas como si no supiesen lo que enseñan, entonces, justo cuando evidencian conciencia y agencia sobre sus actos, es cuando hay que empezar a protegerlas de su libertad.

En las redes mucho más que en la playa, que se ha convertido por comparación con el mundo digital en un ámbito casi privado, donde todo queda entre los vecinos de toalla, bañitos, sudores y arena.

Sorprendente será que tantas estén exhibiendo gratis en nuestras playas y piscinas lo que podrían cobrar a buen precio de colgarlo en internet.

Y sorprendente será que no lo hagan, teniendo en cuenta que el dinero es potencialmente más obsceno que el trabajo (que también es un poco lo que buscamos todos) y el riesgo, cada vez más negligible. Ya no sólo físico, sino incluso reputacional.

Cada vez son más famosas, y favorecidas por el algoritmo de las redes mainstream, las chicas que venden este tipo de contenido en OnlyFans. Y sólo en justa y lógica correspondencia se van viendo casos de arrepentidas invocando el derecho al olvido (esa ley de segunda oportunidad para insolvencias morales) como la ciclista Cecilia Sopeña o de familias como las de la célebre Lily Phillips, rotas por la vergüenza y el estigma.

Nada que ver con la antigua prostitución de saldo y esquina, que es la que justificaba el proteccionismo estatal en nombre de la libertad y la seguridad de las mujeres que se veía (y aquí es cierto en muchos casos) obligadas a ejercerla por algunos proxenetas y por mil y una terribles circunstancias.

Y mucho que ver en cambio con aquellas prostitutas de lujo a las que se acogían los liberales para demostrar que, evidentemente, hay muchas mujeres que ejercen la prostitución en libertad y conciencia eligiendo sus horarios, sus tarifas, sus hoteles y hasta sus clientes.

Si el Gobierno y los abolicionistas insisten en llamarlas prostitutas es precisamente porque creen que para con las prostitutas tienen un deber de amparo. El deber de protegerlas de su libertad.

Es una lógica muy puta ella misma, pero que funda imperios.

Puesto que saben que su principal deber es el de protegernos, no pueden evitar inventar colectivos vulnerables sobre los que cumplir con su generoso paternalismo.

De ahí que insistan en llamar putas a mujeres que nunca se han acostado con nadie por dinero. Y que no tocarían al putero medio ni con un palo. Quien las llama "putas" es porque las quiere calladitas, obedientes y agradecidas.

Y no hablo sólo de clientes y proxenetas.

30.7.25

Noelia Núñez sienta cátedra

Cabe preguntarse y me pregunto qué lleva a un político, en el panorama actual, a presumir de títulos que no tiene. ¿A quién le importan los títulos universitarios en un país en el que Pedro Sánchez es doctor y menudo doctor es? ¿Qué título acredita a alguien -y muy especialmente, no nos engañemos, a alguien de la derecha- como un buen político? 

¿Qué ciencia, qué conocimiento, qué economía, qué derecho... no se ha sometido ya y de la forma más humillante a la ideología más trasnochada?

Y, sin embargo, cabe sospechar y sospecho yo también que nunca como ahora tuvo tanto sentido la "titulitis" de nuestros. Precisamente porque nunca tuvieron menos importancia los títulos. Precisamente porque nadie espera ya que un licenciado, graduado, que un máster o un doctor sea alguien que realmente sabe algo de lo que ha estudiado o ha contribuido de forma relevante a su campo. Nadie espera de un universitario que se haya dedicado a la vida universitaria; a la abnegada búsqueda del conocimiento. 

La Universidad y sus títulos ya no van de eso. Y cuanto menos van de eso, cuanto menos miden los títulos el esfuerzo intelectual, el conocimiento, y no digamos ya, la pasión por el conocimiento, que es lo que justifica la mera existencia de la Universidad, más útiles son para el político. Porque su tarea es toda otra y no tiene nada o casi nada que ver con la búsqueda de la verdad. En el mejor de los casos, se limita a la búsqueda del consenso o de una cierta forma de convivencia más o menos pacífica. Y para ello, normalmente la verdad es más un estorbo que una ayuda. 

Por suerte para el político, el título universitario ya no mide el conocimiento ni la pasión por alcanzarlo, sino que mide cosas de gran utilidad para el mercado laboral, para el mundo de los adultos, que es eso que Pla consideraba una "cosa tan complicada y difícil, imposible de describir, que consiste en ir haciendo".

En eso consiste hoy la Universidad y en eso consiste hoy la vida política; en ir haciendo. En ir a clase y en ir haciendo o al menos entregando trabajitos como los políticos tienen que ir haciendo leyes y decretos y tuits, a poder ser faltones y virales. Y, sobre todo, a no rendirse antes de tiempo porque resulte que ya no te apasione lo que haces o porque te equivocaste de carrera y tú en realidad lo que querías era ser poeta. Todo consiste ya en que ningún escrúpulo sobrevenido te impida el seguir trabajando con la constancia y la dedicación justas para que nadie pueda decir que has fracasado. 

A ninguna empresa, y los partidos son empresas y además de las grandotas, le interesa lo que has estudiado. Le interesa que hayas estudiado algo y que hayas, y aquí el pecado de Núñez, sido capaz de acabar los estudios. Esto, como dice el cínico Caplan, es señal de inteligencia, ética del trabajo y conformidad, que son las características que esperaría un partido político de cualquiera que pretenda ser una de sus jóvenes promesas. 

Noelia Núñez no ha tenido que dimitir ni tendría por no tener títulos. Ni siquiera, claro está, por mentir. Ha dimitido porque ni siquiera puede acreditar (ante los suyos) haber sido capaz de acabar una de esas carreras (o grados) de los que ya nadie debería presumir. 

El PP querrá usar este ejemplo como ejemplo de ejemplaridad. Nada qué hacer. Quizás satisfaga a alguno de sus votantes menos cínicos que crea todavía (y con razón, con razón) que no todos son iguales, pero si la idea es que el PSOE o los suyos recapaciten y dimitan en masa, de sus cargos o de su voto, no hay esperanza alguna. Tampoco habría motivo. No ha tardado en salir Puente a decir que en nada se parece lo suyo, que serán cursillos de verano porque que son reales como la mismísima tesis de su amado líder. Que constan en algún registro, que pueden imprimirse y que, en el colmo de la desfachatez, podrían colgar incluso de su despacho ministerial. Al menos el suyo, porque sobre el de Patxi no ha entrado a dar tantas explicaciones. Pero la diferencia fundamental es que sus títulos ya no acreditan ni ameritan nada. Sus títulos han sido superados con creces por la experiencia. Y que ellos, a diferencia de estas jovencitas sin experiencia en el mundo real, ya no tienen que demostrar nada. Son muchos años antes las cámaras y ante el jefe dejando pruebas constantes de la inteligencia y el servilismo que se requiere para ostentar un cargo como el suyo y para construir una vida, una carrera, una reputación... como las suyas. 

Ellos ya no tienen nada que demostrar. También aquí, como en casi todos los ámbitos de la vida española, son los jóvenes los que tienen que pasar por tres o cuatro universidades y acreditar un doctorado en Harvard antes de poder ponerse a servir (cafés) en un partido, en el gobierno o en algún pritaneo similar.

21.6.25

"Girl maths" o las mates de lo social

Yo sabía de las mates del social, que son las que eligen los que no quieren hacer mates y que envidian o desprecian todos los demás según sus capacidades y según sus necesidades. Porque las del social son más aplicadas, menos exigentes… menos mates, vaya. Y ahora, gracias al algoritmo de Musk y al Servicio Español de Radiodifusión, sé que existen unas mates alternativas a las que llaman (al menos de momento) Girl maths. Son las mates que te dicen que si te encuentras 20€ en el bolsillo de una chaqueta, la cheeseburger de hoy te sale gratis. O que si pagaste ayer una entrada para Bud Bunny, cuando llegue el día de San Benito el concierto te saldrá gratis. Girls math serán, porque cualquier cryptobro, de la misma edad y educado en la misma red social, sabe ya perfectamente que los 300€ de hoy bien podrían ser 310€ o 3.000€ cuando aterrize Benito y que ese, y no otro, es el precio real de la entrada a la que llaman gratis.

Podrían ser estas las famosas mates con perspectiva de género de la que tan necesitados están nuestros estudiantes, machirulizados por las redes. Pero es un cálculo tan ridículo que sólo serviría para evidenciar el machismo implícito en el asunto de considerar que las mujeres necesitan unas mates propias porque las demás son demasiado frías y poco empáticas con sus sueños e ilusiones. Sueños e ilusiones que se resumen, básicamente, en vivir de gratis, al día y sin responsabilidad ninguna para con su futuro.

Lo entendieron casi en la Ser, porque si algo quedó claro es que es machista e injusto llamarlas girl maths cuando esta misma lógica y estas mismas ilusiones son las que guían a tantos hombres y a tantos países a la ruina. Y será cosa del heteropatriarcado que cuando lo hacen ellos no parezca tan estúpido ni tan gracioso. Que cuando Broncano decía que su programa no era caro porque al final los presupuestos de TVE son los que son y ya están cerrados bien podría haber dicho que era gratis. 

Le falta un poquito de deconstrucción, creo yo, para entender que el dinero público (ya) no es de nadie, chiqui.  

O que cuando Bolaños dice que los ciudadanos podemos estar tranquilos, porque mientras en Francia se anuncian recortes de 44.000 millones de euros, aquí “el Estado del bienestar no sólo no se recorta sino que se potencia, se fortalece”. 

Bolaños y la Ser y todos nosotros sabemos perfectamente que mientras gobiernen ellos (los socialistas, quiero decir) no habrá recortes. Porque eso no va con ellos, que son más de aumentar el gasto y la lógica de la sociedad de la dependencia. Que los recortes se los tendrá que comer el siguiente y cuando no quede más remedio. Y que si el siguiente resultase ser del mismo partido, seguro que el tiempo lo pondrá en su sitio. Como ha hecho con Zapatero, cuyos recortes sabemos ahora que en realidad fueron de Rajoy, que los hizo por vicio como los volverá a hacer la derecha cuando tome de nuevo el poder. 

Esto no son girl maths porque sería machista. Pero son unas mates así como de lo social, donde el cálculo es ideológico y lo ideológico es, simplemente, una expresión nuestros sueños e ilusiones.

16.6.25

Todo está perdonado

Lo peor de que Pedro Sánchez pida perdón es que habrá quien se lo conceda. Incluso sin saberlo.

Como hacía Risto Mejide, por poner un ejemplo y sólo uno, pidiéndole que dimitiese porque su obligación era "elegir buenos Secretarios de Organización" y "supervisar para que se comportaran decentemente".

Sánchez sabe mejor que nadie que este argumento, "in vigilando", tiene las patitas muy cortas. Y que es útil, como todo, para arrojarlo contra los demás, pero demasiado débil para convencer a los propios.

Lo fue y lo sigue siendo contra M.Rajoy, más por insistencia y por chiste que por lógica, pero no será suficiente contra Sánchez.

Es un argumento que no convence nunca a nadie porque no es un argumento, sino una simple sombra de sospecha. Muy razonable, diría yo, pero sombra y nada más.

Sánchez pide perdón como lo piden los niños a los que pillas copiando en el examen, como si fuesen las circunstancias, los nervios, la presión de los padres, las prisas por terminar el último examen, lo que no permite estar al loro de lo que un cuerpo siempre un poco extraño hace en su nombre.

El Partido Socialista es un poco así para Sánchez, y todos esos hombrecillos tienen que serle extraños porque al final ninguno es tan guapo ni tan poderoso como él. Hay una distancia y una soledad en la cumbre que dificulta y hasta imposibilita la correcta vigilancia.

Tú puedes vigilar lo que quieras, porque toda la lógica de la relación está montada para que esos movimientos te parezcan extraños, indescifrables incluso, a poco que seas alguien medio normal. Medio decente.

Todo el mundo sabe que para eso están los secretarios de Organización y sus semejantes. Hasta el punto que ya casi diría que la culpabilidad de los demás no sólo protege sino que refuerza la inocencia del presidente. Y si no lo digo yo, es porque ya lo dijo Sánchez y plagiar está muy feo.

Él estaba, como tiene que estar, a otras cosas, a las cosas importantes: al progreso de España. Y lo seguirá estando.

Sánchez no va a dimitir porque no sabría encontrar motivo alguno. No tendría por qué. La cuestión es, por lo tanto, quién le obligaría a hacerlo. Quién podría.

Lo normal es la oposición, pero ya se ha visto que no puede y que prefiere no intentarlo.

Lo propio, lo que correspondería en la partitocracia en la que se supone que vivimos, sería que el propio partido —y más habiendo descubierto ¡ahora! lo de la urna (otra cosa que supo antes la fachosfera, por cierto)— le forzase a dimitir. O que el grupo parlamentario forzase su caída. Algo así.

Pero no hay semejante cosa. La partitocracia siempre fue una exageración y si dejó de serlo es porque Sánchez se cargó, simple y sistemáticamente, una a una, uno a uno, todas las estructuras y todas las figuras y barones antes conocidos como Partido Socialista Obrero Español.

Cuando killer, killer. Cuando víctima, víctima. Es como si tuviese algo personal contra las instituciones que limitan su poder.

Lo habitual sería que lo abandonasen los socios como abandonaron a Rajoy, con mucho menos motivo, por cierto. Pero los socios de Sánchez no pueden abandonarlo porque no pueden, simplemente, entregar el gobierno de España al PP y Vox.

Es un problema que Feijóo no va a poder solucionar por muchas entrevistas que logre dar a La Vanguardia en representación del galeguismo cordial. Con Vox no hay manera y sin él, tampoco.

Porque no quedan muchos en Cataluña (y no digamos en el País Vasco) que sueñen todavía con que una derecha de la buena gobernando en Madrid sirva para volver a encender el ánimo del independentismo.

Lo único que pueden y deberían hacer es sumarse ellos también a los Madinas y demás, tímidos disidentes del sanchismo ahora que empieza a costar más disimular que apartarse, y buscarle un sustituto que salve el orden.

Hay que recuperar al PSOE de verdad, el de los buenos, y arrancarlo de las manos corruptas del sanchismo. Hay que personificar en Sánchez el problema, culpar a su camarilla para salvar los muebles y hasta el mismísimo régimen del 78 de su auténtica amenaza, que son las pulseritas de Vox, el de la foto de Feijóo y el novio de Ayuso.

Yo creo que Rufián tiene aquí una oportunidad de oro para terminar el trabajo que fue a hacer a Madrid y convertirse, esta vez sí, en el auténtico héroe de la retirada. En español del año, incluso.

29.5.25

La caída de Sánchez no puede ser un simple punto y seguido

Alberto Núñez Feijóo ha empezado tarde su comparecencia y lo ha hecho pidiendo permiso para empezar, como si llevase rato esperando a que le dejen hablar.

Conozco el truco y no seré yo quien se cebe con el impuntual.

Pero sirva al menos este retraso, estos quince minutos que se ha tomado para algo, para entender que el gran problema de esta oposición es su incapacidad para seguirle el ritmo a Pedro Sánchez, a sus corruptelas, a sus iniciativas y a sus cortinas de humo, que resulta que son todas una misma cosa.

Como sabe bien Sánchez, la fortuna favorece al hiperactivo, y en estos quince minutos que Feijóo se ha tomado (¿para qué?) Llados te hace unos quinientos burpies y Pedro Sánchez te arregla el Poder Judicial y hasta la libertad de prensa.

Las palabras de Feijóo y el anuncio de la comparecencia para esta misma mañana transmiten una cierta urgencia. Pero llega quince minutos tarde por lo de vísteme despacio que tengo prisa, y nos cita para dentro de diez días para que tengamos tiempo de organizarnos la agenda.

Cierto es que ya ni el AVE es lo que era y que a pesar de los esfuerzos de Óscar Puente, llegar a Madrid quizás se ponga complicado.

Pero si de eso se trata, debería hacer como esos prometidos que te invitan a su boda el 15 de junio de 2028 porque saben perfectamente que es imposible que tengas planes para entonces y que ningún español de bien les diría la verdad: que no quiere ir.

Diez días es demasiado pronto (porque ya habrá quien tenga reserva en el chiringuito) o demasiado tarde (porque en diez días Sánchez y los españolitos de bien somos muy capaces de olvidarnos hasta de quién es el presidente del Gobierno).

Los españoles de bien, y perdonen que lo diga, no somos de fiar. Y si Feijóo hace un llamamiento a los ciudadanos y a los socios de Sánchez, porque él no es Batman y no puede luchar solo contra tanta podredumbre, lo único que consigue es mostrar su debilidad en lo que importa.

¿A cuántos millones necesita movilizar Feijóo para que esta manifestación sea un éxito? ¿A cuántos socios de Sánchez puede lograr convencer para que le traicionen?

A las manifestaciones sólo se va cuando no queda más remedio y a los socios de Sánchez, perdonen de nuevo, no está bien ni es justo llamarlos "españoles de bien". Tampoco ellos abandonarán a Sánchez hasta que no tengan más remedio.

Y si Feijóo quiere su apoyo, tendrá que comprarlo o tendrá que forzarlo, avergonzándolos, como también hizo Sánchez en su día, hasta que se vean incapaces de dar la cara ante sus propios votantes.

Y cara tienen, como decimos en Cataluña, para dar y vender.

Si Al Capone cayó por un par de facturas mal numeradas, también Sánchez puede caer por cualquier cosa y en cualquier momento. Por este escándalo, por el siguiente, por el penúltimo o por algo que todavía no haya empezado a tramar y que estalle en dos o tres legislaturas.

Pero lo que no puede pasar, lo que Feijóo tiene que impedir desde ya mismo, desde hace ya mucho, de hecho, es que la caída de Sánchez suponga un triste punto y seguido en la lenta pero inexorable decadencia de España.

Y eso no se hace gritando contra la corrupción en la calle ni comprando el apoyo de los celíacos a 600 € el voto, sino presentando un programa creíble de profundas reformas y forzando a las mayorías parlamentarias, presentes o futuras, a aceptarlas.

Lo demás son fuegos fatuos que sólo pueden salir mal.

Los ritmos de Feijóo corresponden perfectamente a los ritmos de nuestra crisis, pero debemos empezar a ser conscientes de que se necesita algo más de ímpetu para levantarse que para caer.

11.4.25

Si RTVE no quiere israelíes en Eurovisión, ¿por qué no renuncia a participar en el festival?

El comunicado en el que RTVE pide que se "debata" el veto a la participación de Israel en Eurovisión muestra hasta qué punto se ha institucionalizado ya en España un lenguaje que hasta ahora era exclusivo de la izquierda radical.

Es ese lenguaje que permite "plantear cuestiones delicadas" que a los demás normalmente no les interesa plantearse.

Es ese lenguaje que permite poner "incómodos debates" sobre la mesa, como pide el comunicado, aunque en realidad todos sabemos que RTVE no espera ni va a permitir ningún debate digno de este nombre. Debate que, además, sólo podrá cerrarse con una única conclusión por todos conocida de antemano.

Es un lenguaje profundamente cobarde, por cuanto siempre disimula posturas definitivas tras debates ficticios, estériles y manipulados que sólo sirven para fingir que la suya es la única respuesta lógica y la única conclusión aceptable.

Que les permite evitar responsabilizarse de lo que implica defender una postura propia discutida y discutible.

Que les permite incluso evitar la responsabilidad de abrir un debate en el que, además, cada día se hace más difícil diferenciar entre ese antisionismo que consideran tan legítimo y el puro y más racista antisemitismo.

Cuando RTVE llama a "abrir un debate" sobre la participación de Israel en el festival de Eurovisión, lo que está haciendo es buscar aliados para expulsarlos sin tener que asumir los costes de hacerlo. Sin tener que hacer ni el más mínimo sacrificio para hacerse digno de la superioridad moral de la que presumen.

Ni el más mínimo, digo.

Si esto se tratase de una batalla entre colegas, entre la televisión pública española y la televisión pública israelí, el asunto provocaría un pequeño disgusto entre los amantes de lo público, pero sería totalmente irrelevante.

Si el tema fuese realmente Eurovisión, digo.

RTVE podría, simplemente, amenazar con retirarse del certamen y ahorrarse el enésimo bochorno para disgusto, diría yo, de casi nadie.

No voy a abrir ahora el melón de los eurofrikis, pero es evidente que Eurovisión es sólo una excusa para seguir haciendo politiquería barata y de marca blanca a un coste prácticamente nulo. Seguramente siempre ha sido así y ya desde sus orígenes la política pesaba más que los gorgoritos.

Pero digamos que entre la aspiración a unificar Europa a través de las artes y este agitprop socialista de los últimos años y al que nos vemos sometidos dista un mundo.

Podría nuestro Gobierno abrir de verdad y de una vez por todas una crisis diplomática con el estado de Israel, si es que al presidente se le hacen las largas las horas de Falcon y no encuentra ningún otro melón por abrir en política internacional.

La polémica de Eurovisión quizás parezca una cuestión menor ahora que vuelve Sánchez de sus ofrendas florales y sus reverencias frente a antiguos tiranos orientales, y de postularse (y postularnos) como siervos preferentes de la nueva y modernísima tecnotiranía China.

Pero el comunicado de RTVE es un bonito recordatorio de que los socialistas son gente seria y de principios, y que no olvidan quiénes son sus auténticos enemigos.

28.3.25

La regla del 80/20 es cierta: los 'incels' tienen razón y los adolescentes lo saben

La culpa es de los singles y de esa teoría del 80/20 según la cual el 80% de las mujeres sólo se siente atraída por el 20% de los hombres.

Y el gran problema de esta teoría del 80/20 es que es básicamente cierta. Y que encaja con la experiencia de la inmensa mayoría de los niños de trece años, que son naturalmente incels, y la explica a la perfección. Como el protagonista de Adolescencia.

A diferencia, claro está, de tantas otras teorías sobre las relaciones sexoafectivas entre géneros, mucho más bien sonantes, que los adolescentes también conocen, que también reciben machaconamente y que también escuchan con atención variable. Pero que, evidentemente, no se creen. 

Pero la teoría del 80/20, siendo básicamente cierta, es sólo una parte de la verdad.

Y la otra parte no se la explicará, porque no puede, ninguna de sus escandalizadas profesoras, naturalmente feministas y naturalmente progresistas. Ni se la explicará tampoco ninguno de sus profesores, porque casi no tienen ninguno y porque los que tienen son naturalmente feministas y naturalmente progresistas.

Y parece ser que tampoco se la explicarán esos gurús que dice que corren por internet corrompiendo a nuestros jóvenes con sus dolorosas verdades.

La verdad la podrían aprender solitos y a gran coste. Pero no está mal que alguien se la recuerde de vez en cuando para hacer algo más llevadero el disgusto de ser adolescente.

Consiste, simplemente, en aceptar que el hombre se hace. Que su hombría y su atractivo no son evidentes. Que no basta con esa pelusilla en el labio superior.

Es algo que ya intuyen. Por eso a esas edades empiezan a hacer chistes de marranadas que a menudo ni siquiera entienden y por eso pasan de llamar tontas a las chicas, para explicar por qué no quieren jugar con ellas a saltar la comba, a llamarlas putas porque ahora ellas, de un día para otro, prefieren a los más mayores y malotes.

No puede sorprendernos tanto, porque los pobres niños incels no son los únicos que desprecian lo que querrían tener y no pueden. 

Se entiende todo a la perfección, pero no se acepta con igual facilidad.

Y hay que aceptarlo.

Hay que aceptar, básicamente, que no sirve de nada culpar a la realidad y que es mucho más útil e interesante tratar de entenderla.

Pero esto es algo que tampoco les explicará toda esta generación de escandalizados profesionales, precisamente, del arte de negar la realidad. Incluso en este tema y en esta estadística, donde tantas feministas han salido corriendo a decir que es mentira y que es indignante y que además es culpa de los hombres.

Que si los niños no follan es porque no son lo suficientemente feministas y que hay que deconstruirse un poco más para gustar.

En realidad, un poco menos. 

Porque son teorías absurdas que no puede creerse un niño de trece años que sepa quién le gusta a la guapa de la clase y con quién se ha dado el primer morreo. 

Pero hay que reconocer que cuando las feministas y sus aliados salen a negar la evidencia y exigen que nos "trabajemos" dicen bien, aunque sea por error.

Porque lo que puede llegar a hacer atractivo al 80% de los hombres requiere de mucho trabajo. El estatus, el dinero y que ellas cumplan los treinta son cosas que ayudan mucho, pero que requieren de tiempo y de esfuerzo.

Es, de nuevo, algo que saben perfectamente los adolescentes, obsesionados como nunca en hacer burpies y press-banca y en invertir en cripto.

Y es algo que, lógicamente, tiene muy preocupadas a las feministas, empeñadas en descubrir lo tóxico en cualquier expresión de masculinidad. 

Y también por otra cosa, que es mucho peor y mucho más triste. Porque el problema de la teoría del 80/20 es que es infalible en el tipo de relaciones que prima y promueve nuestra sociedad, e incluso nuestro feminismo, en nombre de la libertad, la experimentación y la liberación sexual de las mujeres.

Es lo que explica que apps como Tinder funcionen perfectamente para el 20% de los hombres (con buen trabajo, buenas espaldas y buena altura, por encima del 1,80 m) y es una pérdida de tiempo, paciencia y autoestima para el 80% restante.

En este tipo tan particular de relación, la regla del 80/20 es infalible y tiene efectos terribles para casi todos.

Para ellos, porque en realidad las únicas que pueden comportarse como auténticos hombres son ellas. El mercado sexual está a sus pies y son ellas (y ese supuesto 20%, que hoy ya será menos) las únicas que pueden ligar cada día con uno distinto y sin compromiso si así lo desean.

Y para ellas porque, como muy bien dicen las feministas, entre ese 20% de machos que tienen a su disposición la práctica totalidad de las usuarias no se encuentran los hombres comprometidos y deconstruídos que a ellas les gustaría que les gustasen.

Oh, sorpresa. 

Si el 80/20 les pesa tanto a los adolescentes, a las feministas, a las profes y a los padres implicados es, simplemente porque estas son el tipo de relaciones que esperamos de nuestros jóvenes.

Y porque cada vez hay menos adultos que en la escuela, en los medios, en la política (ni siquiera en la familia, tan a menudo separada), le presente a ese 80%, tanto en el discurso como en el ejemplo, modelos de éxito a los que sea razonable aspirar.

El problema, básicamente, es que el tipo de relación que se promueve es el tipo de relación donde la ley del 80/20 impera y castiga más.

Normal que les joda.

14.3.25

Lo que nunca perdonarán a Ayuso

Ayuso no tiene defensa posible. Porque la cifra y la crítica del documental 7291 no se refieren a los muertos por su presunta "mala gestión", sino a los terribles efectos de su perversa ideología.

Que se use a los muertos y el dolor de sus familias para la propaganda ideológica sería escandaloso si hoy fuese martes y esto, Dinamarca.

Pero a estas alturas y por estas latitudes, ya solo podrán escandalizarse los más viejos del lugar o quienes cobran por fingirlo ante las cámaras. Benditos sean.

Los informados, los serios, somos ya demasiado cínicos para pretender que entrar a discutir aquí las cifras de fallecidos en las residencias madrileñas o compararlas con las de otras comunidades tiene el más mínimo sentido.

Está, simplemente, fuera de lugar. Porque nunca fue de esto.

Si lo fuera, si el tema fueran las cifras, el rendimiento de cuentas y la mejora de los protocolos y condiciones por lo que pueda venir, el Gobierno (ejemplar, sin duda, tanto en la prevención post-8M de la crisis como en la gestión y en la salida "en V" y "mucho mejores") se guardaría muy mucho de volver sobre sus pasos como hace el criminal en las malas películas.

De ahí la deshonestidad fundamental de este documental y de esta campaña, que pasa de la crítica ideológica a la cifra de muertos, pero nunca de la cifra de muertos a la crítica ideológica.

Es la lógica deductiva que explica perfectamente por qué Ayuso es presuntamente responsable de cada uno de los 7.291 muertos en las residencias madrileñas y Pedro Sánchez el responsable último, y diríase que único, de todas las vidas salvadas. De esas 450.000 que dijo él mismo y que asumo aproximadas, porque es evidente que aquí una vida más o menos no importa tanto como en las residencias de Ayuso. 

Por si acaso me incluyen en la cifra de vidas salvadas, conste aquí mi más sincero agradecimiento.

Lo que pasó en las residencias, incluso en algunas (pocas, poquísimas, cabe suponer) de fuera de la Comunidad de Madrid, es realmente de lo más espantoso de la pandemia.

Porque es donde al desamparo habitual de los mayores se suma de la forma más cruel posible todas y cada una de las más duras decisiones que hay que tomar en estos casos. El famoso triaje, que ahora volvemos a descubrir con el mismo espanto que la primera vez, porque el común de los mortales prefiere vivir sin recordar su existencia y su necesidad.

Pero que es imperativo, y categórico, en situación de saturación hospitalaria.

Y que sí, castiga más a los más vulnerables porque ese es su terrible sentido.

Y por eso es tan bajo usarlo como arma política. Y por eso es tan eficaz.

Se trata de proteger a los ciudadanos de las verdades más incómodas porque estas conllevan las más duras responsabilidades.

Por eso, si en algo supuestamente positivo destacó la España confinada de Sánchez fue en la vacunación. Es decir, en la obediencia.

Y por eso cabría criticar y lamentarse porque se trate a los ciudadanos como a niños si no fuese porque a los niños hay rollos que, simplemente, no se les pegan.

A los niños se les distrae con cosas buenas y divertidas y, a veces, incluso se les deja en paz.

Con nosotros, en cambio, no se ahorran ni un día de agitación y propaganda.

Hasta el punto que, todavía en plena pandemia, pero ya en tono de advertencia, El Periódico hizo historia del periodismo al llevar en portada el titular El colapso que no fue. La gestión es impecable, tenemos la mejor sanidad del mundo, nos decía, y no valdrán excusas.

No habrá perdón para la oposición. Para los agoreros. Para los críticos y negacionistas. Para los que no salen al balcón a aplaudir a los sanitarios. Es decir, a la sanidad pública. Es decir, al Estado del bienestar, a la socialdemocracia, al PSOE… a Pedro Sánchez.

El problema no son los muertos. Los muertos se los podrían perdonar a Ayuso, como parece que se los han perdonado a todos y cada uno de los otros presidentes autonómicos. Si Ayuso fuese como todos los demás, claro.

Lo que no podrán perdonarle nunca es que fuese por libre. Que cerrase antes las residencias y abriese antes los bares. Y que lo hiciese en clara y explícita discrepancia con el Gobierno central en un momento en el que cualquier crítica era criminalizada y en que tocaba fingir la unidad del mundo occidental al dictado de la ciencia y la razón para evitar, precisamente, que distintas políticas pudiesen evidenciar distintos resultados y responsabilidades.

Lo que no podrán perdonarle nunca es, en realidad, que fuese la única oposición real al Gobierno socialista. Y que siga siéndolo.

Por eso, Ayuso no tiene defensa posible. Su única salida es el éxito. Porque, por muy compungidos que estén todos con estos siete mil y pico (mientras ignoran a todos y cada uno de los demás muertos), lo que más les pesa no son los errores que pudiera haber cometido Ayuso ni sus terribles consecuencias.

Lo que más les pesa, lo que les resulta simplemente insoportable hasta imaginar, no son sus fracasos. Es su éxito.

23.2.25

Ione dilo como es. Podemos no apartó a Monedero. Podemos lo dejó volar

Podemos no apartó a Monedero. Podemos aceptó su renuncia. Y no es lo mismo sino lo contrario, porque con ello aceptaron y legitimaron también sus falsas razones, encubriendo la verdad y convirtiéndose así en sus cómplices.

La portavoz Ione Belarra, concretamente, que tantas lecciones de feminismo y ejemplaridad sigue dando a estas horas, la ratificó con un sentido agradecimiento: “Muchas gracias por tu incansable trabajo en Podemos pero, sobre todo, por haberte desvivido siempre por su magnífica militancia. Lo fácil, con todos los ataques que has recibido, era haber abandonado. Seguimos peleando juntos”. Y ratifica este sentido homenaje al presunto agresor con un corazoncito morado, el símbolo que aúna lo mejorcito de la izquierda con lo mejor de la lucha feminista. 

En su carta de renuncia, Monedero también había hecho referencia a estos ataques. Ahora sabemos que incluían serias acusaciones de agresión sexual. Y que no venían ni de políticos corruptos, ni de policías ni periodistas ni empresarios corruptos sino de compañeras militantes de su propia organización. Lo que no sabemos es por qué en aquél momento Ione Belarra no parecía considerarlas tan creíbles ni tan graves como dice considerarlas ahora. Es imposible y no debe pensarse porque hermana ellos sí te creen y las denuncias falsas siguen sin existir, pero no es así como una líder feminista aparta a un pregunto agresor y eso, por connivencia o cobardía, le hace un flaquísimo favor a las mujeres que pretende representar y proteger. 

Las bellas palabras y los corazoncitos morados de entonces no pueden justificarse, de ningún modo, por la intención de proteger a las víctimas. A las que merecen protección, claro, que son las que callan, y no las que estos días denuncian públicamente su condición. Hay que celebrar, eso sí, que la voluntad de mantenerse en el anonimato de las víctimas seleccionadas por la portavoz haya coincidido hasta este insólito punto con los intereses del partido y del agresor. Pero debemos reconocer que, incluso en estas felices circunstancias, una cosa es preservar el anonimato de las víctimas para protegerlas y otra muy distinta y hasta contraria es preservar el anonimato del agresor y la naturaleza de su delito, como hicieron ellos. Eso sólo sirve para garantizar su impunidad y dejar inadvertidas e indefensas a sus futuras víctimas potenciales. Como en el caso Errejón, el feminismo más militante, ejemplar y pedagógico que ha conocido la humanidad no ha dado ni para un triste "amiga, date cuenta". Ha servido, eso sí, para usar el silencio y el anonimato, muy comprensibles, de algunas víctimas lavar la imagen del agresor y del partido. No sé si eso cuenta como culpar a la víctima (que habla) o como revictimizarla (cuando calla) pero es, sin ninguna duda, un nuevo hito del feminismo patrio.  

Podemos no apartó a Monedero. Podemos aceptó su renuncia y con ello legitimó y aplaudió su exhibición de superioridad moral sobre la prensa, la policía, el empresariado, la política y el país entero sabiendo que sobre él pesaban graves acusaciones de agresión sexual. Monedero, se decía, es un intelectual que debe volar libre para servirnos de inspiración y referencia a los demás, porque la vida política de este país (y no así en Venezuela, por ejemplo) es demasiado sucia para un hombre tan puro como él. Es algo que ha dicho él mismo estos días y es algo que sabemos y entendimos desde su primera gran renuncia (sin que conste por aquél entonces denuncia alguna), cuando su amigo Pablo le dedicó unas sentidísimas palabras e incluso alguna que otra lagrimilla de cocodrilo deconstruido. 

Consideraron, por algún motivo, que lo ejemplar de lo que tanto presumen ahora, que consistía en apartar de verdad y públicamente a uno de los propios por una conducta como esta y tan contraria a los principios del partido, los perjudicaría electoralmente. Eso es lo que piensan sobre sus propios votantes. El sectarismo que les suponen. Y este es el sectarismo que practican en justa correspondencia, perdonando a los propios lo que para los demás mercería pena de cárcel y telediario. Una pena esta, la del antiguo teledriario, que, por cierto, y viendo como en esta era de las redes sociales es ya a todas luces inevitable, quizás deba ser considerada en una gran cantidad de casos como una condena más que suficiente.

Con el tiempo, y a medida que la decadencia del partido se ha ido haciendo más evidente, tanto la crítica como las últimas defensas de Podemos parecen ir convergiendo en el punto ciego de aceptar que, en el fondo, han acabado siendo un partido como los demás. Que este partido que debía ser mejor, que prometía ser mejor y que tanto presume de serlo, ha caído en los mismos vicios que tanto criticaban. Ahora que Monedero ha caído, todo el mundo recuerda el vídeo en el que el profesor Bastos le advertía sobre la ley de hierro de la oligarquía.

Como si lo que está pasando fuese una especie de fatalidad sistémica de la que no podían escapar (como el pobre Errejón del neoliberalismo) y no unos vicios y unas responsabilidades muy personales de Monedero y sus acólitos. Creo que es de justicia reconocer que esto no es así y que Echenique tiene toda la razón el mundo cuando estos días nos recuerda, insistentemente, que Podemos no es, a pesar de los muchísimos pesares, un partido como los demás. Porque con su forma de tratar estos asuntos ha quedado muy claro que Podemos ha sido, y sigue siendo, mucho peor.

3.11.24

Lo peor de Errejón sigue siendo su ideología

Como suele pasarles, tenían más razón cuando callaban.

Cuando ahora reconocen que algo falló, algún protocolo quizás; cuando se pliegan ante quienes critican que no levantasen antes la voz; cuando reconocen (sin hacerlo) la terrible hipocresía de estar todo el día con la matraca de la violencia sexual y callar ahora; ¿qué están diciendo en realidad?

¿Qué se supone que deberían haber dicho? 

¿Que un compañero suyo es un poco neoliberal en la cama, un poco falto de responsabilidad afectiva y un poco dado a perder la calma con la cocaína?

A falta de unas denuncias un poco más sustantivas que las que hemos ido leyendo, lo que se les pide es un exceso de exhibicionismo incluso para ellos, que ya desde sus inicios convirtieron la política en una exhibición obscena de sentimentalismo, con sus amores y desamores y sus amistades y sus enfados.

El problema no es que no hablasen. Es que tampoco podían callar. Si no iban a ser capaces de la heroicidad de defender la presunción de inocencia de Errejón, y de ningún partido podríamos esperarlo menos, lo que tenían que haber hecho y no hicieron era apartarlo discretamente y a tiempo.

Porque los hechos que se le imputan no constituyen de momento ningún delito, pero sí una enmienda a la ejemplaridad de las buenas costumbres del hombre de izquierdas, deconstruido, y, sobre todo, al discurso feminista que fundamenta, legitima y excusa a todo ese espacio ideológico.

Si se les han excusado las más variopintas y bananeras de las barbaridades ha sido precisamente en nombre del feminismo y de las políticas del cuidado y la salud mental. En eso se tenían por serios y centristas, cuando no centrales.

Y en esto demuestran hasta qué punto importan realmente el feminismo y los cuidados y la salud mental cuando no son sólo una excusa para atacar a los machirulos de la oposición o prometer generosos presupuestos para comprarle a cada españolito de bien una felicidad. O dos. 

Y ya no es que no se atreviesen a denunciar a Errejón. Es que ni siquiera se han atrevido a cuidarlo. Y con sus hipócritas culpas y disculpas le administran ahora, al pobre enfermo de neoliberalismo, ese jarabe democrático que tanto les gusta y que es más destructivo que la cocaína.

Ese feminismo tan serio y trabajado no les llegó ni para un triste "amiga date cuenta".

Y esas políticas curanderas que debían devolvernos la cordura no han dado ni para fingir que se toman en serio la salud mental de sus propios compañeros. 

Buena señal del pecado y de su penitencia es que hayan prometido someterse a un curso de feminismos de esos que normalmente reservan a los machirulos ajenos.

No les queda más remedio que purgar sus errores ideológicos con más ideología. Porque son ellos quienes, como todo aspirante a revolucionario, han convertido el vicio en delito y la mala resaca, el arrepentimiento tardío y la vergüenza por una o dos noches de excesos en la prueba definitiva del delito.

También ellos deberían ser condenados al linchamiento público y la muerte civil, poniendo así en evidencia, y hasta que se demuestre lo contrario, que lo peor de Errejón sigue siendo su ideología.

21.10.24

¿Votar a Trump para salvar la democracia?

Esto que hace el Gobierno de manifestarse contra sí mismo es cada vez más habitual pero no por ello menos inquietante.

Porque demuestra que su prioridad no es que sus políticas funcionen, y darse tiempo y darse argumentos para que puedan hacerlo.

Su prioridad es que se le juzgue por el simple hecho de "implementar medidas", de "hacer algo para..." y, en el mejor de los casos, por sus bonitas promesas y su buena voluntad.

Es la perfecta aspiración autocrática, en la que se entendería sin rechistar que todo su poder será siempre insuficiente y que, por lo tanto, toda responsabilidad que le pidamos será excesiva.

Es una aspiración muy comprensible y habitual en el poderoso, pero que en Estados Unidos parece ir tomando una forma ya madura y bien desarrollada. En la figura de Joe Biden, que formalmente sigue siendo el presidente, aunque nadie sepa desde cuándo no ejerce.

Y especialmente con Kamala Harris, sucesora en el formalismo y la irresponsabilidad.

Una Kamala que, como el mismísimo Sánchez, se negaba a responder como vicepresidenta lo que había dicho como aspirante. "¡Era un debate!", decía riendo. Eran otras circunstancias, era otra Kamala.

La reñida carrera a la Casa Blanca: Trump y Harris, empatados en 7 estados clave a 2 semanas de las elecciones

Porque también ella cambia de opinión según cambian las circunstancias (que no los hechos). También allí los listos presumen de soplar de favor del viento. Porque también allí lo importante es que sus valores siguen siendo los mismos.

Qué valores sean esos es algo que parece que no suelen preguntarle a Kamala y que tampoco sabría explicar. Porque, ¿qué valor tendría un valor que a nada compromete? Un valor que no compromete a nada es un valor que nada vale y que todo lo justifica.

Por eso Kamala, como Sánchez, puede hacer cualquier cosa y su contraria sin inmutarse ni sorprender a nadie. Puede poner aranceles a los coches chinos o quitarlos, puede abrir fronteras y cerrarlas, puede apoyar a Israel, a Palestina, a Ucrania, o a la paz mundial.

Como puede solucionar el problema de la vivienda topando los precios, construyendo más, o haciéndolo todo al mismo tiempo.

Lo único que no pueden hacer es explicar por qué.

Lo que nunca podrían hacer es dar cuenta de sus decisiones y responder por los efectos de sus políticas. Porque esas decisiones ya no son propiamente suyas, sino de entes que ni ellos ni nosotros nos atreveríamos a nombrar. A veces se habla del deep state, conspiranoicos.

O de los países de nuestro entorno, sanchistas.

O del sentir de la gente, chamanes. 

Porque hace nada, dos telediarios, solía criticarse a los gobernantes que legislaban al dictado de las encuestas de opinión. Pero al menos ellos podían tomarse en serio aquello de vox populi, vox dei.

Ahora sabemos que todo presidente tiene a su Tezanos y que la debida obediencia a la opinión pública no es más que la obediencia a los dos o tres politólogos con ínfulas de Maquiavelo que el presidente tenga a sueldo. En el mejor de los casos.

En el peor, pues vaya usted a saber. 

La senilidad de Biden (evidente por cierto y desde hace años para cualquier fachosfero) está sirviendo para normalizar esta profunda anomalía democrática. Porque ningún centrista moderado osaría meterse con un pobre viejo enfermo al que no cabría llamar fascista o tirano.

Y, sobre todo, porque ningún centrista moderado entenderá que más peligroso que el poder de un tirano podría ser el vacío que deja en su retirada. Que la peor forma de Gobierno es el perfecto y anónimo dominio de fuerzas desconocidas, supongo yo que parecidas a las que ahora mismo lideran Estados Unidos en sus guerras con Rusia e Irán. 

La ausencia de Biden podría haber sido una curiosidad histórica si hubiese tenido sustituto, que es algo poco habitual, pero perfectamente previsible y previsto en la Constitución americana.

Pero ahora la ausencia de Biden es también la ausencia de Kamala, que es quien debía ocupar pero no ocupó su lugar. Y se extiende como una sombra ya no sólo sobre su campaña, sino sobre su futurible presidencia.

Kamala empezaría como Biden acabó, que es algo que los insultos de Trump de hace algunos días apuntaban para los muy listos, pero no nos explicaban a los demás.

Kamala empezaría como acabó Biden: en manos ajenas y desconocidas, ocupando un cargo vacío en función de ser quien es y, sobre todo, de no ser quien no es. Y con una legitimidad absoluta, por ser literalmente irresponsable, para hacer en cada momento "lo que toque". 

Visto lo visto, es perfectamente normal y comprensible que tantas buenas gentes, a la espera de un poco de tranquilidad, gerencia y unos buenos años de pax tecnocrática, se sientan tentados o incluso deseosos de un escenario postpresidencial como este.

Como perfectamente normal y comprensible es que muchos demócratas rechacen instintivamente este cambio de régimen y se conformen con tener presidente cuatro años más, por malo que sea, para tener al menos a alguien a quien poder culpar hasta del mal tiempo.


7.10.24

Israel nunca fue víctima

Un año después, y según los críticos más razonables, "Israel ha pasado de ser visto como víctima a ser visto como verdugo".

Pero Israel nunca fue víctima. Israel fue verdugo desde el mismo día 7 y el 8 el pescado se envolvía ya con un mundo en vilo a la espera de las represalias de Netanyahu.

Y Macron, moderado, ha querido celebrar el aniversario pidiendo que se deje de suministrar armas a Israel porque la guerra exige una claridad moral que el centrismo europeo no está preparado para ofrecer.

El macronismo quiere situar como suele a los contendientes en dos extremos equidistantes al centro virtuoso que representa. Y certifica así que Judith Butler está muy bien acompañada al considerar que Hamás y Hezbolá forman parte de la izquierda global.

Esta bonita coincidencia muestra a las claras la inclinación de la balanza ideológica occidental. El centro coincide con la izquierda atribulada en el diagnóstico pero no todavía en la cura. Porque el centro prefiere abstenerse y dejar que la historia le haga el trabajo sucio.

Así se ve cómo también aquí, tanto en Gaza como en París, el extremo centrista acaba favoreciendo a la izquierda porque mientras a la extrema derecha se la castiga, a la extrema izquierda siempre se la pretende reeducar y devolver al redil de la cordura y el consenso progresista.

La claridad moral que exige la guerra es de una enorme incomodidad, pero parte de una constatación objetiva y muy simple: Israel son los nuestros. Hay un ellos y hay un nosotros e Israel son los nuestros.

Porque Israel es una democracia, porque su estilo de vida es nuestro estilo de vida y porque sus enemigos son nuestros enemigos. Incluso aunque muy a menudo sea a nuestro pesar.

Y nada de esto implica que no se pueda criticar a Israel en general ni a Netanyahu en particular. Ni quiere decir que lo hagan todo bien ni ninguna de estas cosas que da un poquito de vergüenza tener que escribir entre adultos.

Lo único que quiere decir, y no es poco, es que las críticas a Israel son las críticas a un país amigo que vive tiempos especialmente difíciles y que por eso es una crítica un poco más complicad a incómoda de lo que nos gustaría.

Porque es y tiene que ser una crítica por su bien, por su beneficio, y no por el de sus enemigos. Es la crítica de quien pretendería saber mejor que los propios israelíes qué es lo mejor para su supervivencia a medio y largo plazo.

Una crítica, en fin, en la que fácilmente pareceríamos ese Macron enfundado en camiseta de camuflaje para reunirse con Zelenski, porque es una crítica básicamente militar, que está mucho mejor en manos de los estrategas del mal menor que de los presuntos virtuosos.

Ninguna de todas estas críticas bienpensantes del último año se está haciendo en este sentido. Todas las críticas que Israel recibe, incluso de sus presuntos aliados, como el extremadamente coherente y centrista Macron, se hacen en el sentido de dejarlo más indefenso y más solo frente a sus enemigos existenciales.

Porque todas ellas parten de la simple constatación de que Israel nunca fue víctima, sino que siempre ha sido verdugo.

Y eso lo sabe perfectamente Netanyahu, que entiende perfectamente que Israel está solo, o a una mala noche en Ohio de quedarse completamente solo frente a todos y cada uno de sus enemigos, y ante la indiferencia del resto del mundo civilizado.

Para cualquier gobernante israelí es evidente que no puede confiar la seguridad de su país a las peticiones de alto al fuego de Macron y el centrismo europeo, o a la firmeza y el coraje de Joe Biden o de su posible sucesora Kamala Harris. Habría que ver hasta qué punto esta retórica no explica mucho mejor la situación actual que la supuesta ceguera del presunto fanático Netanyahu.

13.9.24

'Normalizar' Cataluña

Estas cosas no son agradables de ver. Cómo se hacen las salchichas y cómo se hacen las leyes, decía el chiste. Y cómo se hacen las nuevas normalidades, tampoco.

No es agradable, pero alguien tiene que hacerlas. Y también en Cataluña la vuelta a la nueva normalidad es una vuelta a lo mismo, pero un poco peor. 

La nueva normalidad es que el 10 de septiembre, en el Fossar de les Moreres, donde antes se lanzaban puyitas las juventudes convergentes y las republicanas, ahora se las lancen los jóvenes de Arran y los radicales de Sílvia Orriols.

Y que así se vaya considerando. Que los radicales vayan siendo ya únicamente los de Orriols y que Arran, incluso para los no alineados con el socialismo imperante, vuelvan a ser anécdota, a pesar de su impresionante currículum de actos vandálicos orgullosamente reivindicados en nombre de la patria y del socialismo.

A los de Orriols no se les conoce más que el tono, el acento y el aspecto de su portavoz, tan marcados, tan severos, tan como de Cataluña de antes. Como si regresase del futuro para advertirnos de los peligros del Estado español y de la inmigración.

La nueva normalización de Cataluña pasa por las multas y las advertencias parlamentarias a Orriols, porque tanto a los socialistas como a los demás partidos del procés les conviene desviar el foco de sus pactos, engaños y negociados varios.

La Generalitat impuso a Orriols una multa de 10.000 € por afirmar que "la identidad catalana está amenazada" (que es algo que sabe todo el mundo, y que no pocos celebran) o que "en una Cataluña islámica habría violaciones en grupo, mutilaciones genitales y matrimonios forzados".

Algo que, por la parte de las violaciones, se supone que ya sucede. Y que por la parte de las mutilaciones y los matrimonios forzados, asumiendo que ya no se da ni durante las vacaciones en el pueblo de los abuelos, supone en todo caso un temor al que sólo cabe responder con el optimismo progresista de la feliz e inevitable secularización (y tinderización, incluso) de los nuevos catalanes.

Lo que se le ha prohibido a Orriols, y con ella a todos los demás, es el pesimismo. 

Porque la nueva normalidad, también ahora, y siempre con Salvador Illa y Pedro Sánchez al mando, impone el optimismo con toda la fuerza sancionadora del poder político. También de esta "saldremos mejores".

La nueva normalidad en Cataluña es que, como en el resto de España, toda la atención política y mediática se centre en el peligro de la extrema derecha para que el Gobierno haga sus cositas en paz mientras deja pudrirse todo lo demás. 

Así se entiende también lo que hace que Illa quiera volver a ese seguramente mítico catalanismo moderado y cordial, para que algunos le acusen de nacionalista mientras deja que la nación catalana desaparezca en la feliz pluralidad cultural del Estado.

Se ve en los dos grandes temas en los que no trabajar de lleno y con todas las fuerzas en su favor es tanto como actuar en su contra.

Se ve en la financiación singular, presunto pacto fiscal, que consistía en darle a ERC una excusa para votar susto en vez de muerte, que ahora negociarían dos socialistas entre ellos, y que cada uno debería interpretar como quiera, pero siempre a favor del gobierno de Sánchez.

Y está muy bien que la oposición diga que es un pacto fiscal como el cupo vasco, y tan mal calculado como el cupo vasco. Y está muy bien que pasen de negar la existencia del déficit fiscal a afirmar que con semejante cupo los españoles morirían de inanición, porque ante semejante panorama, al PSOE le bastarían las buenas intenciones para mantenerse en el poder en Cataluña y en Madrid.

Y se ve también en la inmersión lingüística, que es el gran tema nacional y que si no se cumplía con Junts, ni se cumplía con ERC, mucho menos se va a cumplir con Illa.

Illa dice que está a favor de la inmersión por no decir que está en contra, porque proponer cualquier alternativa es un jaleo innecesario y de dimensiones colosales que pondría en peligro su poder.

Pero hacer cumplir la inmersión es ya imposible en Cataluña, por el simple hecho de que en las aulas catalanas no quedan suficientes charnegos acomplejados y con ganas de integrarse. Especialmente en la parte que importa para el asunto y a la que, sabiéndolo bien, por aquel entonces llamaron Tabarnia.

Para que se cumpliese la inmersión, y ya no la que temen los tabarnios, sino la del 75% en catalán que se supone legal, la Generalitat debería inundar los colegios de inspectores dispuestos a imponer el catalán a golpe de sanción.

Y ni tiene ganas, ni tiene inspectores, ni los encontraría dispuestos a semejante drama. Pero estar de verdad a favor de la inmersión lingüística es esto, y ni Illa ni nadie en Cataluña está por la labor.

El socialismo sabe que para mantener el sistema, y para mantener el poder, necesita de la inmigración mucho más de lo que necesita una nación catalana rica y plena. Y quien no haga este esfuerzo, de una violencia que aquí sólo se atreverían a ejercer contra la pesimista Orriols, está simplemente dejando el futuro del catalán y de Cataluña en manos del progreso, o sea, de la demografía.

Es decir, está dejando que desaparezca poco a poco, pero en silencio, que algo es algo y es lo normal.

5.9.24

El islam no existe; la islamofobia también

El gobierno laborista británico ha prometido que arrancará la islamofobia de raíz. Y cuando le han preguntado qué es la islamofobia, no ha sabido dar una definición. Ha respondido con un "estamos trabajando en ello" para dar con la definición perfecta que proteja todas las sensibilidades de forma comprehensiva y demás jerigonzas con las que los listos de buenas universidades marcan ahora su virtud.

La falta de definición no es, claro está, un impedimento a la hora de perseguir la islamofobia. También nosotros vamos por la vida sin dejar de buscar algo que no sabríamos explicar.

Pero lo que para nosotros, simples mortales, es un problema, para ellos es la solución.

Hannah Arendt decía que quien va a la raíz de los problemas sólo encuentra sus propios prejuicios. Y es bastante claro qué prejuicios encuentran estos días todos los gobernantes que buscan atajar problemas de raíz. Quien busca las raíces de la islamofobia sólo puede encontrarse con la extrema derecha. Porque ese es el nombre que le da a todas las causas enemigas, y esa es la confusión que alimenta toda su política.  

La evasiva respuesta y la confusa concepción que esta gente pueda tener de la islamofobia muestra que la pretensión del legislador no son ni la claridad, ni la distinción, ni la persecución eficaz del crimen.

Aquí se busca la confusión.

Y en eso, lamento comunicar, el centro centrísimo y la extrema derecha se tocan hasta lo obsceno.

El centro centrísimo pretende combatir la islamofobia de raíz. Pero en las raíces solo hay fango y oscuridad, y allí abajo las cosas se ven siempre mucho más confusas de lo que sería deseable en un asunto tan serio.

La imposibilidad de definir la islamofobia, que no es tal, sino falta de voluntad, deriva de la negación a aceptar la simple existencia de su auténtica raíz, que sería el islam.

Lo que pretende el centro es que el islam sea indiferenciable de lo musulmán. Que el islamista sea indiferenciable del simpático pakistaní que nos vende las coca-colas cuando aprieta el calor y es domingo, y que nos mete disimuladamente un chicle en la bolsa por ser buenos clientes, casi como la abuela nos metía un eurillo en el bolsillo por ser buenos nietos.

Lo que pretende es que temer al radical que envuelve a su mujer en un burkini y la pone a freír al sol, o temer al melenas que cuchillo en mano e invocando a su Dios irrumpe en una fiesta, en Alemania o en Israel, sea algo tan malvado y, sobre todo, tan absurdo, como temer al pobre pakistaní que tan bien nos trata.

Hasta el pobre Vinicius sabe que esto es racismo, y que está muy feo, y que algo habrá que hacer. Lo que quiere el laborioso centrista es que no veamos la diferencia entre una cosa y la otra, que es exactamente lo mismo que pretende la extrema derecha a la que con tanta ineficacia pretenden combatir. La extrema derecha quiere que temas al pakistaní como temerías al islamista que irrumpe en esa X que el facha de Elon Musk ha programado para que votemos a Donald Trump. 

No definen el islam y hacen muy bien, porque lo siguiente sería un marrón y no sería bonito. Habría que combatir la islamofobia, pero como de verdad. Y no es allí donde está el combate.

Combatir la islamofobia sería combatir sus manifestaciones, porque no hay otra.

Combatir la islamofobia sería condenar a quienes agreden a islamistas o musulmanes o cualquiera que vayan considerando susceptible de merecer protección contra la islamofobia.

Pero eso no sería atajar el problema de raíz. Eso sería tratar la islamofobia como si fuese un problema de seguridad ciudadana, como si pudiese de algún modo solucionarse o medirse en estadísticas policiales y demás. 

La confusión de la definición es aquí fundamental para poder atajar el problema de raíz, porque deja un enorme margen, no a la libertad, sino a la represión. Deja un margen enorme para la arbitrariedad en la redacción y en la aplicación de las medidas justicieras convenientes al poder.

Y esta es la nueva función del poder que ostentan ahora los auténticos demócratas. La batalla ideológica que se impone desde el poder y que nada tiene que ver con la seguridad o la prosperidad de los ciudadanos, sino con su virtud.

Es lo mismo que vemos cada día con la violencia de género. Nadie espera que aumenten los casos, sino que aumenten las denuncias. Es decir, las excusas para seguir luchando "en todos los frentes" para "arrancar el problema de raíz". Que bajen los casos sólo querrá decir que no lo estamos haciendo bien, que la gente todavía no denuncia lo suficiente y que todavía es necesaria mucha más propaganda, mucha más pedagogía, para concienciar al pobre ciudadano medio (tonto).

Esa, ya me perdonarán, es una necesidad existencial de los regímenes totalitarios. Se necesita de un enemigo siempre presente pero elusivo, que no pueda simplemente ser detenido y condenado, porque con su detención y condena acabaría la necesidad, es decir, la excusa para el control y la represión que justifican su poder y su persistencia en el tiempo.

Mientras haya islamófobos, mientras haya violencia de género, lo justo y necesario será que gobiernen ellos. 

Por eso hay que ir a las raíces, para no llegar nunca. Por eso hay que hacer algo más que detener a los delincuentes, porque necesitan del criminal. Y por eso lo buscan en sitios donde hasta ahora no había delito, sino, como mucho, pecado. Allí donde surge a relucir lo más profundo de nuestra sucia y pérfida conciencia occidental. Es decir, en las redes sociales. Para quien quiere extirpar males de raíz, no hay espacio para la libertad de expresión.

Así que aunque no exista el islam como todos lo conocemos, existe muy claramente la islamofobia que no saben definir. Y existirán, si es menester alargar el tema, las personas islamizadas por los islamófobos como existen las racializadas por los racistas. Pero los islamistas y su credo son fake news. Deep fakes. Propaganda rusa y trumpista. 

En realidad, claro, lo normal sería que el ciudadano occidental y sus gobernantes fuesen capaces, y defensores, de una cierta claridad intelectual y moral. Que los ciudadanos supiesen todavía diferenciar, que es donde suele esconderse la inteligencia. Que fuesen islamófobos por instinto, por prejuicio pacifista, igualitarista y liberal (los tres "grandes valeurs" de la cultura occidental, si quieren hablar en estos términos).

Y que fuesen, también y al mismo tiempo, muy corteses y amables con su pakistaní de confianza, aunque fuese por una mínima reciprocidad y una básica educación.

Eso es, de hecho, lo normal, sobre todo en el sentido estadístico de la palabra. 

Y eso es lo que deberían entender y reconocer los partidos del centro centrista, combatiendo el islam y protegiendo los derechos del pakistaní. Pero el poder prefiere luchar contra la islamofobia y usar al pakistaní de escudo, porque eso es más fácil y da más votos y menos disgustos.

25.7.24

El PSC ganó demasiado, y Junts se lo quiere hacer pagar

Sánchez consiguió domesticar a Esquerra y así la tiene, dividida y enfrentada y sin saber qué es susto y qué es muerte; si gobernar con Illa, opositar con Junts o presentarse a nuevas elecciones sin líder, sin proyecto y con un partido partido. 

Junts habrá tomado nota, aunque tomar nota no es nunca suficiente. Porque también Junts tiene que elegir entre el riesgo de morir aplastado por el abrazo del oso Sánchez o por la esterilidad de una oposición al sistema y por sistema. Las cosas se viven con tanto tremendismo que parecería que esta legislatura, o las posibles elecciones anticipadas en Cataluña, pudieran ser las últimas de los partidos del procés.

Ante este panorama, la feliz coincidencia de la visita de Sánchez a la Generalitat con las votaciones sobre déficit y extranjería en el Congreso permite entender un poco mejor lo que es realmente España como trama de afectos y lo que significa la solidaridad interterritorial. 

Quedarán patriotas en España que crean realmente en esa solidaridad. Y quedarán buenas gentes, supongo yo que progresistas, que crean en la necesidad de ayudar al inmigrante ilegal desembarque donde desembarque y gobierne quien gobierne. 

Pero la política no suele ir de eso, y tanto el pactismo de Junts como el giro retórico hacia la izquierda que ha hecho durante el procés empieza a encontrar sus límites. En Aliança Catalana, quizás en Vox, pero, sobre todo, en una demografia muy contraria a los intereses del nacionalismo catalán a medio y largo plazo. 

Los gobernantes usan la immigración para cumplir el sueño húmedo de Bertolt Brecht y elegirse un pueblo a medida. Así nos dicen los socialdemócratas que necesitamos unos cuantos millones de inmigrantes más para pagar las pensiones y mantener el sistema, así suele decirse que el Madrid liberal de Ayuso elige sudamericanos acaudalados que compren pisos, monten empresas y consuman, y así Cataluña solía preferir immigrantes más predispuestos a aprender catalán. Pero esta apuesta nacionalista tiene un límite.

Y es normal y necesario que Junts vote en contra de lo que sólo sirve para afianzar la lógica de la solidaridad interterritorial y el poder de Sánchez.

Hasta ahora, Sánchez ha sabido ahondar en las contradicciones de Junts para arrastrarlo al pactismo y conseguir que ahora centren su discurso y sus exigencias en las ejecuciones presupuestarias y cosas así. Junts ya no es un partido que esté por el bloqueo de la política española, por mucho que le guste, a veces, fingirlo. Ya no es un partido enrocado en el resistencialismo al que le da lo mismo que gobierne Vox o Podemos. Y no lo ha sido, de hecho, nunca, porque Junts es un partido que nació desde el poder y para el poder.

Junts es un partido desfigurado ideológicamente pero con una clara voluntad de poder. No es un partido de orden al que pueda llamarse en los momentos críticos y no es, claramente, un partido al que pueda convencerse en nombre del interés general de España. Junts es un agente del caos, pero sólo en la medida en que este caos sirva para hacer avanzar sus intereses electorales.

Y este es justo el escenario en el que nos encontramos. El PSOE puede darle muchas más cosas. Incluso dárselas de verdad, digamos. Pero el PSOE no puede, en estos momentos, darle lo único que le interesa. Porque en las últimas elecciones catalanas, el PSC ganó demasiado. Y ahora no hay ningún pacto posible que entregue el poder en Cataluña a Junts que no sea una humillación para Illa e incluso para Sánchez. Ni nada que pueda ofrecer a Esquerra para salvarla de su crisis existencial. 

Junts se va a aprovechar de esta debilidad todo lo que pueda, porque su única esperanza es la repetición electoral.

21.7.24

Lo del Instituto de las Mujeres no es corrupción, es poscorrupción

Hay una ley de la política moderna que afirma que cualquier causa noble tiende por naturaleza a verse reducida a chiringuito para colocar amigotes, comprar favores y conformar voluntades. Y el feminismo gubernamental no es, precisamente, una excepción.

Así, es muy difícil ver que las políticas de género hayan mejorado en nada, en ningún aspecto objetivo y cuantificable, la vida de las mujeres españolas. Pero es indudable que han servido para mejorar, y mucho, la vida de algunas mujeres españolas.

También hay mujeres más iguales que otras y no son pocas las que en nombre de la igualdad se han distinguido de sus semejantes en proyección pública, poder y dinero. Podría decirse que he visto a las mejores mentes de mi generación podridas por las becas de investigación en estudios de género. Y de la anterior y de la siguiente.

Porque en esta corrupción hay algo más, que es la justificación ideológica, más o menos implícita, de lo conveniente que es que haya quien se lo lleve crudo.

Porque no todo el mundo sirve para estas cosas. Hay que ser muy de una manera, muy suyo, muy de los suyos, y haber estudiado cosas muy concretas y de una forma muy particular para hacer bien lo que aquí de verdad importa. Para estar realmente a la altura de las tareas que aquí se financian tan generosamente.

El nepotismo, la patrimonialización de las instituciones, el clientelismo… todo esto es, evidentemente, muy feo, pero es una corrupción muy común porque proviene de vicios muy naturales que comprende bien cualquier hijo de vecino. Es decir, cualquiera que tenga familiares y amigos. Es la corrupción que amenaza a cualquier humano que logre tocar un poco de poder y de presupuesto público.

La gracia y el peligro de este tipo de corrupción es que es perfectamente lógica y necesaria. Porque hay un tipo determinado de tareas que sólo los propios están capacitados para realizar como es debido.

Uno puede jugar a imaginar a muchos candidatos para el Ministerio de Economía, el de Interior, el de Justicia, el de Cultura… para los clásicos, digamos. Pero ¿cuántos candidatos salen para el de Igualdad?

Ministra de Igualdad podía ser Irene Montero y poca gente más. Las hermanas Serra, quizás, pero poca gente más. Y con todos estos talleres y Puntos Violeta pasa lógicamente lo mismo.

¿Quién podría impartir un buen taller de estos? Hay que ir con mucho cuidado al decidir en manos de quién se dejan estas cosas.

¿Quién podría realmente gestionar como la Igualdad manda uno de estos Puntos Violeta? ¿Quién, sino ellos?

¿De verdad creemos que habría alguien mejor? ¿Más capacitado? ¿Mejor preparado?

Porque lo normal sería no saber ni que existen. Y, de saberlo, lo normal sería estar en contra del despilfarro inútil y no querer tener nada que ver con eso. Puestos a gestionarlos, lo normal sería hacerlo fatal.

Así que lo que aquí tenemos no es ningún tipo de apropiación indebida, sino de la salvaguarda del proyecto frente a los impedimentos de los contrarios y de las inercias "garantistas" del sistema. Es un poco lo mismo que con la famosa ley del sí es sí, ahora que, como decía la ministra única, "ya sabemos que no hay leyes injustas", sino únicamente leyes cuya aplicación no está totalmente en sus manos.

No hay nada malo si está bajo su mando. El problema es que estas cosas caigan en manos equivocadas.

De ahí que estas corrupciones no sean como las demás. La corrupción normal rinde, en el fondo, un cierto homenaje a la ley y a la moral, por cuando necesita de ella para presentarse como su excepción. Y así refuerza su carácter legal, moral, normal e incluso ideal.

La corrupción ideológica a la que nos referimos, la poscorrupción, es indiferente a la distinción entre lo legal y lo ilegal del mismo modo en que la posverdad lo es a la distinción entre verdad y mentira. Por eso, no trabaja nunca, ni por accidente, ni por involuntario y ejemplar martirio, a favor del sistema sino siempre, sistemáticamente, en su contra. Corrompiéndolo y vaciándolo de sentido.

Al fin, si sólo ellos podrían hacer gestionar bien estos asuntos, ¿a qué viene el sistema a obligar a concursos abiertos y semejantes ridiculeces? Es el sistema, y no ellos, el que obliga a presentar competidores simulados a unos concursos y a unos trabajos en los que ni hay ni debería haber competidor cualificado ninguno. Y es el sistema el que impide el "yo me lo guiso yo me lo como" de las mujeres empoderadas que nunca jamás deberían verse obligadas a cocinar leyes y canonjías para que las disfruten otros.

Asó que lo del Instituto de la Mujer no son presuntas corruptelas. Es poscorrupción, y es de justicia.

6.6.24

La enamorada es Begoña Gómez, y el juez lo sabe

Yo no sé si existe esa ley no escrita. Esa extraña convención según la cual los jueces no imputan a políticos en periodo electoral para no interferir en el resultado. Tampoco sé, sinceramente, si es bueno que exista o no lo es. Lo que sé es que Begoña Gómez no se dedica a la política, no forma parte del Gobierno y no debería, por lo tanto, beneficiarse de esa extraña prórroga electoralista. Y que el juez es el único que parece recordarlo. El único que no ha caído en la trampa de Sánchez y que ha decretado este olvido interesado para poder convertir el caso en propaganda electoral.

El juez es el único ingenuo que estos días trata a Begoña Gómez como a una ciudadana cualquiera, con todos sus deberes pero también con todos sus derechos. Porque la lógica de Sánchez, la lógica de convertir a su mujer en el tema central de la campaña electoral, atenta no sólo contra la separación de poderes, sino contra el derecho de su mujer a defenderse con todas las de la ley y ante un tribunal de justicia. Sólo ahí podrá explicarse y podrá defenderse.

Sólo ahí sus palabras serán suyas y sólo ahí sus intereses serán los que cuenten. Aquí fuera, en el mundo del cesarismo y de los juicios mediáticos en el que nos tiene instalados Sánchez, las únicas palabras y los únicos intereses que cuentan son los de su marido.

Porque Sánchez sabe que es consustancial a la lógica de su cesarismo, y a la del caso que nos ocupa, que su nombre y su futuro no puedan desligarse de los de su mujer. Y algo todavía peor y mucho más duro de soportar para un hombre enamorado: que el futuro de su mujer no puede desligarse del suyo propio y del de su Gobierno.

De ahí que el Gobierno le exija al juez un poquito de porfavor que estamos en campaña, como si también el juez estuviese obligado a olvidar que Begoña es una ciudadana con todas las de la ley y no un instrumento del Gobierno o un mero peón al que usar y sacrificar en esta particular lucha que han emprendido Sánchez y los suyos contra la extrema derecha; es decir, contra la separación de poderes.

El Gobierno y Sánchez, el presunto enamorado, pretenden que todo el mundo, incluso el juez, traten a Begoña como a una más de la pandilla.

De ahí que Sánchez, el presunto enamorado, haya arrastrado a su mujer a los mítines para ponerla en primera fila ante la máquina del fango que amenaza con destruirla. Y de ahí que su mujer, presunta enamorada también, se lo haya dejado hacer.

Porque este es el sentido y la terrible consecuencia del viejo dicho cesarista de que la mujer no sólo tiene que ser honrada sino parecerlo. La mujer del César ya no cuenta como individuo, con sus vicios y virtudes y con sus responsabilidades e intereses, porque ya no hay individuos, sólo bandos. Todo es político y todo lo político tiene que ser reducido a lucha partidista para la consecución y acomulación del poder. Porque instalarse en esa lógica y, sobre todo, instalar a los demás en esa lógica, es la única manera de nunca tener que dar explicaciones ni asumir responsabilidades.

Sánchez ha arrastrado a su mujer, y con ella a toda la sociedad española, a las que tanto quiere, a un escenario pantanoso del que es imposible salir limpio porque en él es imposible defenderse. En este escenario en el que la justicia y los jueces ya no tienen, ni siquiera presuntamente, más razón que el tuitero de turno, uno siempre será culpable e inocente según a quién le pregunte, y preservar la honorabilidad es ya una tarea imposible.

La lucha contra la separación de poderes es inevitablemente una lucha por sustituir las responsabilidades individuales por las lealtades personales y grupales. De ahí que Sánchez dedique mucho más espacio en sus cartas a hablar de sus emociones que a negar las acusaciones contra su querida esposa.

El otro día, en esa máquina del fango antiguamente llamada Twitter, alguien de cuyo nombre no logro enterarme le recomendaba a Begoña que no se fíase de un hombre enamorado y en contacto con sus emociones. Porque las únicas emociones con las que estos sensibles aliados están en contacto son las suyas.

Este alguien parecía saber de lo que hablaba. Y el juez también.

26.5.24

Desde el río hasta el mar, dos Estados y un genocidio

Tomada la decisión de reconocer el Estado palestino, ahora toca racionalizarla.

No es necesario entrar ahora en el carácter frívolo y electoralista de la decisión. En todas las decisiones políticas, el momento lo es todo. Y en esta decisión pesan tanto, y para mayor vergüenza, las particulares necesidades, cálculos y equilibrios del presidente Sánchez como la situación en Gaza. 

El proceso de racionalización es aquí, como siempre, un proceso de simplificación y limpieza en el que los extremos desempeñan un papel fundamental.

Yolanda Díaz es imprescindible, no sé si para explicar la decisión tomada, como decía Ayuso, pero sí para venderla ante la opinión pública. Porque su delirante antisemitismo desplaza la centralidad que tanto busca el demócrata, hacia situarla justo donde está Sánchez. Es decir, en el mero reconocimiento del Estado palestino, pero sin genocidio ninguno.

Este reconocimiento, lo dice el mismísimo presidente y con razón, es imprescindible para solucionar el conflicto que nos ocupa. "El reconocimiento de Palestina es un paso necesario para discutir e implementar la solución de los dos Estados".

Y aquí todo el mundo cree que los dos Estados son la única solución posible porque nadie tiene ni la más remota idea de cómo solucionar el conflicto. 

Por eso la solución de los dos Estados es la solución central, centrista, moderada, equidistante y razonable. Porque es, sencillamente, la única solución que hay sobre la mesa de nuestras redacciones. Y la solución de dos Estados pasa, evidentemente, por reconocer que hay dos Estados. 

El enorme y paradójico problema actual, que tanto ha ayudado a esclarecer Yolanda Díaz, es que en este momento es imposible reconocer el Estado palestino sin acabar gritando, aunque sea flojito y con la dulce voz y la pedagogía de una profe de parvulitos, que desde el río hasta el mar, Palestina será libre. 

Porque el Estado palestino, a diferencia de, por ejemplo, el kosovar, es un Estado que tiene muy mal reconocer porque, simplemente, no existe como tal. No existe como unidad legal y administrativa y no existe como manchita de colores en un mapamundi.

Y esto obliga a quien asegure reconocer su existencia y soberanía, porque eso es lo que significa el "reconocimiento de Palestina", a crear él mismo, y aunque sólo sea sobre el papel o el discurso, el Estado palestino. A actuar como un vulgar colonialista de los de antes e imponer unas fronteras a los palestinos. 

Cualquier alternativa a esta imposición, cualquier reconocimiento que no comience y se base en definir las fronteras del que debería ser el Estado palestino, no es el paso previo y necesario a la implementación de los dos Estados, sino todo lo contrario. Es la opción genocida con la que sueña Hamás. La de un Estado palestino, libre y libérrimo, desde el río y hasta el mar.

12.5.24

¿Cuándo se es lo suficientemente maduro para votar?

La ministra Sira Rego anda estos días poniendo sobre la mesa, como dicen ahora, el debate sobre el voto a los 16 años. Y es un debate que se presume muy conveniente para la izquierda, porque hace días que vemos a politólogos y periodistas analizando muy serios, y siempre en nombre de la ciencia y la objetividad, la propuesta de Rego y comparándola con "los países de nuestro entorno".

Se empieza a hablar ya de normalizar el voto a los 16, porque aquí las cosas o se normalizan o se armonizan. Y no cabiendo aquí armonización ninguna, porque países de nuestro entorno, democracias consolidadas, que permiten el voto a los 16 todavía hay pocas, se aspira por lo tanto a la normalización. Es decir, a que nos vayamos acostumbrando a pensar en esta posibilidad como en la única opción verdaderamente democrática.

Pero lo fundamental de este derecho es la relación de coherencia que tenga con los otros derechos y con la edad a la que puedan ejercerse libremente. Y es por eso absurdo recordar que la edad de voto es una mera convención. Porque también lo son la edad de fumar, la de jubilación o la del consentimiento sexual. Y todas ellas son absolutamente necesarias, porque se diría que estas cosas no admiten desregularización ni entre los libertarios argentinos.

Y de ahí que lo fundamental sea la armonía. Que todas estas convenciones responden a un criterio más o menos único y más o menos compartido sobre a partir de qué edad exigimos y esperamos alguna cosa de nuestros conciudadanos. Y de nosotros mismos.

La cuestión no es si a los 16 es lo suficientemente maduro para votar. No es que el derecho se reconozca en función de la madurez o la responsabilidad. Es que se reconoce el derecho para poder exigir a partir de entonces responsabilidad y madurez. Uno tiene que tener el derecho de hacer cosas antes de tener la capacidad de hacerlas muy bien. La responsabilidad no es la causa ni es el precio de la libertad, sino el premio.

¿Quién es lo suficientemente maduro para votar? ¿Quién lo es para drogarse con moderación? ¿Y quién para ser padre?

Nadie es nunca lo suficientemente maduro para nada importante. De ahí que la cuestión sea la justa correspondencia entre derechos como el derecho a voto, a beber y fumar, a abortar, a cambiar de sexo, a tener un perro, etcétera.

Hay por ejemplo una relación lógica entre poder votar y poder emanciparse y poder formar una familia. Una relación que aceptan los húngaros, que reconocen el derecho a voto a los menores casados, y que en España, donde el derecho a cambiar de sexo o abortar es anterior al derecho al voto y que pronto podría ser anterior al derecho al cigarrillo, nos parece de chiste.

Pero es una relación que responde a un principio comprensivo y coherente según el cual uno debería tener derecho a decidir sobre la vida de los demás antes de poder hacerlo sobre la propia. Uno no puede decidir quién gobierna a los demás, que es lo que se decide siempre con el voto, antes de ser capaz de gobernarse a sí mismo. Por eso, por mucho que la madurez y la edad sean una convención, sea cuál sea la edad de voto no puede ser nunca inferior a la edad para beber, para conducir y para un largo y problemático etcétera.

Lo que vemos aquí, cuando se separan estas cuestiones que sólo se entienden juntas, es una tendencia de izquierda. Pero no sólo de la izquierda, sino sistémica, a tratar a los jóvenes como adultos, a los que no cabe corregir, censurar y ni siquiera cuestionar en sus decisiones personales más significativas, mientras se trata cada vez más a los adultos como menores necesitados de guía, reeducación, protección y cuidados.

Esto no es una mera incoherencia, sino el fundamento de un nuevo equilibrio, de un nuevo orden. Un orden en el que la edad de voto puede rebajarse mientras la edad de encontrar un trabajo estable, emanciparse, formar una familia o comprarse un piso no para de dilatarse hasta, cada vez más a menudo, no llegar nunca.

La edad de voto y la vida adulta no dejan de alejarse y eso solo puede tener una consecuencia lógica: que el voto sea cada vez infantil, independientemente de leyes y convenciones. Y menos digno, por lo tanto, de ser tratado como algo serio y respetable. Hay que asumir que todo voto es inmaduro e irracional, culpa de TikTok, Putin y demás complots internacionales, y tratarlo como tal.

Esa parece ser la lógica de los tiempos. Y esta escisión es, evidentemente, una amenaza mucho más grave para la democracia liberal que cualquier político de la extrema derecha (y me atrevería a decir incluso que de la extrema izquierda). Esto explica el creciente desprecio por las libertades entre los jóvenes y no tan jóvenes que por todo Occidente van anunciando las encuestas.

Y el surgimiento de una retórica sentimentaloide y tan a menudo libérrima con los jóvenes y paternalista con los adultos, pero siempre con un creciente desprecio a cualquier idea, signo o posibilidad de la responsabilidad individual. Fundamento de un nuevo orden, por lo tanto, cada vez menos libre.

30.4.24

La línea que dibuja Sánchez y que nos separa del fascismo

Si se queda es que no estamos tan mal. La excusa era tan burda, tan ridícula, que todos temíamos que escondiese algo mucho peor.

Algunos especulaban con que Pedro Sánchez no fuese en realidad un cínico y no estuviese simplemente riéndose de nosotros, sino que algo grave le estuviese pasando. Que fuese, por ejemplo y de verdad, un hombre profundamente enamorado, incapaz como un pobre adolescente de afrontar los retos de la presidencia con la serenidad debida.

Otros, un poco más románticos, llegaron a temer la mano negra del mismísimo Benjamin Netanyahu y los menos veíamos el anuncio de la crisis final, del abandono de la caridad europea y de cualquier posibilidad de alcanzar, a nuestra ya indeterminada edad, una cierta estabilidad económica y tranquilidad vital.

Que se quede es un alivio porque quiere decir que no estamos tan mal. Que todavía podemos estar mucho peor.

Sánchez sigue siendo el que era y todo sigue igual, pero un poquito peor. Esta pantomima no ha sido nada más, pero tampoco nada menos, que un punto y aparte en nuestra ya larga decadencia hacia el autoritarismo y la pobreza.

Sánchez afirma que se queda por aclamación popular. Una aclamación popular que incluso antes de que la ratificase Tezanos ya sabíamos que era falsa. Porque siempre lo es. Y que sirve para lo mismo que todo lo demás. Para profundizar en esta deriva autoritaria de quien quiere reducir la democracia a un plebiscito diario sobre su persona y para amedrentar a los jueces, la prensa y la oposición.

Una aclamación popular que en la realidad alternativa a los hechos alternativos consistió en convocar a cuatro militantes delante de Ferraz para salvar la democracia a ritmo de Rigoberta Bandini. Las imágenes de María Jesús Montero y Patxi López, bailando y gritando emocionados, quedan ya para la memoria histórica.

Es cierto, que vistas desde fuera, estas exhibiciones de histeria colectiva son siempre ridículas. Pero el fin justifica cualquier ridículo. Y que sea tan ridículo no lo hace menos peligroso, sino más.

Porque de lo que están haciendo, de lo que les ha hecho Sánchez a los suyos y de lo que estas pobres gentes se han dejado hacer, uno no vuelve como si nada.

Y si la historia y los antiguos tuiteros de Podemos nos enseñado algo es que alguien capaz de hacerse eso a sí mismo, alguien capaz de renunciar al más mínimo pudor y apariencia de dignidad, alguien capaz de convertirse en una parodia de sí mismo, es también capaz de hacerle cualquier cosa a los demás.

Nos lo había enseñado Nietzsche. De la moral de esclavo surge siempre el resentimiento y todas sus terribles consecuencias.

Es una amenaza que estos días se ha hecho presente desde múltiples focos del más patético sectarismo.

Desde el mundo de la cultura, sobre el que no hay sorpresa ni nada que añadir. Todo lo que había que decir ya lo dijo Juan Carlos Ortega en un capítulo de su pódcast para la historia titulado Los premios Velázquez del cine. Y lo único que nos queda es constatar, una vez más, que la realidad siempre supera a la ficción.

Son esos periodistas e intelectuales afines, tan finos analistas del populismo, de la deriva autoritaria y de los peligros de la democracia plebiscitaria cuando el procés y que ahora no ven la viga en el ojo propio porque esta vez sí que va en serio y esta vez sí que se hace desde el poder y con posibilidades de triunfar.

Que estas comparaciones que no hacen ellos le sirvan al menos de recordatorio a la derecha para evitar refugiarse en ese triste y fracasado mantra consolador del independentismo cuando decía y repetía que "Europa no lo permitirá".

Lo que le ha hecho Sánchez a su queridísimo partido, a sus militantes y a las pobres gentes que cargan con el féretro del PSOE, queda ya para la historia del caudillismo español. Lo mató porque era suyo, en una práctica que antes escandalizaba a feministas, pero que ahora ya ni eso.

Lo que se hayan dejado hacer el feminismo y las feministas, usadas aquí como la más lamentable excusa para sus jugadas maestras, es cosa suya. Y lo que hace con Begoña Gómez, aún más. Supongo que a ratos quererse es usarse. Pero lo que nos hace a nosotros en nombre del feminismo y de Begoña sí que merece comentario.

Porque de ahí sale la conclusión sensata y moderada que todo buen demócrata debe aceptar y que se supone que tiene que marcar ahora la línea de lo aceptable y lo fascista e indecente. Es decir, la excusa con la que pretenden hacernos tragar con todo lo demás y lo que venga.

Es trampa y es mentira que Begoña esté fuera de todo debate público. Que la familia no se toque, como si este nuevo pacto democrático fuese en realidad un pacto entre clanes mafiosos. No es sólo que sea hipócrita por todo lo que han dicho y seguirán diciendo de la familia de Feijóo, Ayuso y cuantos sea necesario desacreditar.

Es que una cosa sería que Begoña robase cremas en el súper o tuviese un problema de adicción al gelocatil. Exigir esa ejemplaridad a la mujer del césar no es cosa nuestra, sino del césar. Es cesarismo, no democracia.

Pero cuando la mujer del césar trafica con influencias no lo hace nunca por cuenta propia. No es, ni puede ser, un vicio privado que haya que respetar en nombre de la higiene democrática y el respeto a la vida personal de los políticos y demás blablás.

¿Con qué influencias podría traficar su mujer si no con las del césar?

Las únicas influencias que se le conocen, y con las que podría traficar, son precisamente las que derivan de su condición de esposa de un presidente enamorado. Sólo con la influencia de Pedro Sánchez y de los suyos podría traficar Begoña.

Y esas hay que fiscalizarlas. Y mucho.

Sánchez se queda y dibuja sobre el fango la línea que no hemos de cruzar. Esa línea que separa a su esposa (y a él y a todos los suyos) de todo tipo de escrutinio público es una amenaza que hay que tomarse muy en serio.

Es una amenaza contra los jueces, que quedan ya señalados y desprestigiados hagan lo que hagan, por serviles o por fascistas, y es una amenaza contra los medios, especialmente los afines. Y es una amenaza, en definitiva, contra la democracia.

Ya veremos qué agenda legislativa pondrán a la altura de tan alta causa. Pero de momento debería bastarnos para tirarnos de los pelos escuchar a Yolanda Díaz, la antifascista, decir que nuestra vida ya es muy complicada y que ella trabaja incansablemente porque no tengamos, encima, que preocuparnos de la política.