30.4.24

La línea que dibuja Sánchez y que nos separa del fascismo

Si se queda es que no estamos tan mal. La excusa era tan burda, tan ridícula, que todos temíamos que escondiese algo mucho peor.

Algunos especulaban con que Pedro Sánchez no fuese en realidad un cínico y no estuviese simplemente riéndose de nosotros, sino que algo grave le estuviese pasando. Que fuese, por ejemplo y de verdad, un hombre profundamente enamorado, incapaz como un pobre adolescente de afrontar los retos de la presidencia con la serenidad debida.

Otros, un poco más románticos, llegaron a temer la mano negra del mismísimo Benjamin Netanyahu y los menos veíamos el anuncio de la crisis final, del abandono de la caridad europea y de cualquier posibilidad de alcanzar, a nuestra ya indeterminada edad, una cierta estabilidad económica y tranquilidad vital.

Que se quede es un alivio porque quiere decir que no estamos tan mal. Que todavía podemos estar mucho peor.

Sánchez sigue siendo el que era y todo sigue igual, pero un poquito peor. Esta pantomima no ha sido nada más, pero tampoco nada menos, que un punto y aparte en nuestra ya larga decadencia hacia el autoritarismo y la pobreza.

Sánchez afirma que se queda por aclamación popular. Una aclamación popular que incluso antes de que la ratificase Tezanos ya sabíamos que era falsa. Porque siempre lo es. Y que sirve para lo mismo que todo lo demás. Para profundizar en esta deriva autoritaria de quien quiere reducir la democracia a un plebiscito diario sobre su persona y para amedrentar a los jueces, la prensa y la oposición.

Una aclamación popular que en la realidad alternativa a los hechos alternativos consistió en convocar a cuatro militantes delante de Ferraz para salvar la democracia a ritmo de Rigoberta Bandini. Las imágenes de María Jesús Montero y Patxi López, bailando y gritando emocionados, quedan ya para la memoria histórica.

Es cierto, que vistas desde fuera, estas exhibiciones de histeria colectiva son siempre ridículas. Pero el fin justifica cualquier ridículo. Y que sea tan ridículo no lo hace menos peligroso, sino más.

Porque de lo que están haciendo, de lo que les ha hecho Sánchez a los suyos y de lo que estas pobres gentes se han dejado hacer, uno no vuelve como si nada.

Y si la historia y los antiguos tuiteros de Podemos nos enseñado algo es que alguien capaz de hacerse eso a sí mismo, alguien capaz de renunciar al más mínimo pudor y apariencia de dignidad, alguien capaz de convertirse en una parodia de sí mismo, es también capaz de hacerle cualquier cosa a los demás.

Nos lo había enseñado Nietzsche. De la moral de esclavo surge siempre el resentimiento y todas sus terribles consecuencias.

Es una amenaza que estos días se ha hecho presente desde múltiples focos del más patético sectarismo.

Desde el mundo de la cultura, sobre el que no hay sorpresa ni nada que añadir. Todo lo que había que decir ya lo dijo Juan Carlos Ortega en un capítulo de su pódcast para la historia titulado Los premios Velázquez del cine. Y lo único que nos queda es constatar, una vez más, que la realidad siempre supera a la ficción.

Son esos periodistas e intelectuales afines, tan finos analistas del populismo, de la deriva autoritaria y de los peligros de la democracia plebiscitaria cuando el procés y que ahora no ven la viga en el ojo propio porque esta vez sí que va en serio y esta vez sí que se hace desde el poder y con posibilidades de triunfar.

Que estas comparaciones que no hacen ellos le sirvan al menos de recordatorio a la derecha para evitar refugiarse en ese triste y fracasado mantra consolador del independentismo cuando decía y repetía que "Europa no lo permitirá".

Lo que le ha hecho Sánchez a su queridísimo partido, a sus militantes y a las pobres gentes que cargan con el féretro del PSOE, queda ya para la historia del caudillismo español. Lo mató porque era suyo, en una práctica que antes escandalizaba a feministas, pero que ahora ya ni eso.

Lo que se hayan dejado hacer el feminismo y las feministas, usadas aquí como la más lamentable excusa para sus jugadas maestras, es cosa suya. Y lo que hace con Begoña Gómez, aún más. Supongo que a ratos quererse es usarse. Pero lo que nos hace a nosotros en nombre del feminismo y de Begoña sí que merece comentario.

Porque de ahí sale la conclusión sensata y moderada que todo buen demócrata debe aceptar y que se supone que tiene que marcar ahora la línea de lo aceptable y lo fascista e indecente. Es decir, la excusa con la que pretenden hacernos tragar con todo lo demás y lo que venga.

Es trampa y es mentira que Begoña esté fuera de todo debate público. Que la familia no se toque, como si este nuevo pacto democrático fuese en realidad un pacto entre clanes mafiosos. No es sólo que sea hipócrita por todo lo que han dicho y seguirán diciendo de la familia de Feijóo, Ayuso y cuantos sea necesario desacreditar.

Es que una cosa sería que Begoña robase cremas en el súper o tuviese un problema de adicción al gelocatil. Exigir esa ejemplaridad a la mujer del césar no es cosa nuestra, sino del césar. Es cesarismo, no democracia.

Pero cuando la mujer del césar trafica con influencias no lo hace nunca por cuenta propia. No es, ni puede ser, un vicio privado que haya que respetar en nombre de la higiene democrática y el respeto a la vida personal de los políticos y demás blablás.

¿Con qué influencias podría traficar su mujer si no con las del césar?

Las únicas influencias que se le conocen, y con las que podría traficar, son precisamente las que derivan de su condición de esposa de un presidente enamorado. Sólo con la influencia de Pedro Sánchez y de los suyos podría traficar Begoña.

Y esas hay que fiscalizarlas. Y mucho.

Sánchez se queda y dibuja sobre el fango la línea que no hemos de cruzar. Esa línea que separa a su esposa (y a él y a todos los suyos) de todo tipo de escrutinio público es una amenaza que hay que tomarse muy en serio.

Es una amenaza contra los jueces, que quedan ya señalados y desprestigiados hagan lo que hagan, por serviles o por fascistas, y es una amenaza contra los medios, especialmente los afines. Y es una amenaza, en definitiva, contra la democracia.

Ya veremos qué agenda legislativa pondrán a la altura de tan alta causa. Pero de momento debería bastarnos para tirarnos de los pelos escuchar a Yolanda Díaz, la antifascista, decir que nuestra vida ya es muy complicada y que ella trabaja incansablemente porque no tengamos, encima, que preocuparnos de la política.

18.4.24

Bloqueadores de la razón moderna

Reino Unido ha tomado la sensata decisión de vetar los bloqueadores de la pubertad y de dejar, por tanto, de prescribirlos como "tratamiento de rutina" para preadolescentes que quieren cambiar de sexo.

Es un motivo de celebración comprensible entre todos aquellos que llevan años alarmados y alarmándonos por los terribles efectos que estos tratamientos y su frívola administración tendrían en miles de niños, destinados a una vida de arrepentimiento y disfuncionalidades de esas que ahora llaman sexoafectivas.

Pero celebrarlo como el triunfo de la ciencia es, como mínimo, un overstatement. El informe de la doctora Hilary Cass para el NHS no es ningún novedoso descubrimiento científico, sino simplemente un reconocimiento del desconocimiento sobre el tema y los efectos a largo plazo de los bloqueadores y una llamada a la prudencia.

Y somos tan ignorantes sobre la cuestión y tan necesitados de prudencia hoy como cuando se aprobaron estos tratamientos.

Todo lo que parece haber descubierto la ciencia en este tiempo es que, oh sorpresa, los bloqueadores de la pubertad funcionan y que, aquí el escándalo, se estaban usando sin un conocimiento suficiente y adecuado sobre sus efectos a largo plazo.

Pero que funcionen demasiado mal o demasiado bien, como sucede, porque se administran demasiado a menudo, es algo que la ciencia, la pobre, no puede juzgar solita. Es algo que tendría que juzgar la moral pública, y que, en tiempos como los que corren, parece que sólo pueden juzgar las modas ideológicas pasajeras.

Modas como las que llevaron a la prescripción entusiasmada de los bloqueadores "en defensa de los derechos LGTBI". Y modas que llevan ahora, con la misma evidencia científica, pero con algo menos de entusiasmo y un poco más cansados de tanta absurda y agresiva propaganda ideológica, a prohibirlos.

La prudencia vuelve ahora para vengarse de todos aquellos que pretendieron sustituirla por la ciencia. Y para recordarnos que el hombre moderno no cree en realidad en la ciencia porque en la ciencia propiamente no puede creerse.

No sólo porque la ciencia sea una investigación racional y todos esos blablablás, sino porque, como evidencian casos como este, el problema de la ciencia como sustituta de la fe y de la prudencia es que no puede realmente orientarnos respecto a las cuestiones fundamentales sobre la buena vida.

La ciencia puede decir, lógicamente, que si quieres tener una vida sexual más o menos funcional deberías evitar los bloqueadores de pubertad, del mismo modo que la ciencia puede decirte que si quieres tener un hígado sano debes abstenerte de desayunar con vodka o que si no quieres estar gordo como un ceporro no deberías sobrevivir con una dieta de donetes y pizzas congeladas.

Eso son cosas que la ciencia puede decir con seguridad suficiente y aunque joda.

Pero la ciencia no puede decir nunca por qué deberíamos querer tener una vida sexual medianamente funcional o por qué deberíamos querer estar buenorros o incluso vivos. No fue la ciencia quien recomendó el uso rutinario de los bloqueadores de la pubertad. Fueron unos científicos y unos políticos encegados por sus buenas intenciones y su mala ideología.

Y no es tampoco la ciencia quien rectifica ahora sus errores. Porque la ciencia es una buena sirvienta, pero una mala maestra.

De ahí la terrible sensación de que, en los asuntos fundamentales, tanto el legislador como su pobre súbdito van dando tumbos, prostituyendo a la ciencia en nombre de la última urgencia mediática o de la última ocurrencia ideológica.

Y de ahí también que incluso un ateo militante como Dawkins se declare "cristiano cultural" para combatir el relativismo cultural y participando de esa ilusa esperanza moderna de que los valores cristianos puedan sobrevivir sin la fe que los alimenta y los dota de sentido. 

Así, ni se cree en la ciencia, ni se cree en serio en la necesidad de la prudencia, ni se cree, ni en broma, en la libertad de las niñas de doce años que quieren ser niños.

No les dejaríamos fumarse un puro ni tomarse una Coca-Cola antes de ir a la cama, pero les dejamos arruinarse la vida porque para las cosas importantes no se nos ocurre qué principio sólido podríamos invocar.

El único valor que se pretende común, el único que justifica la imposición y el sacrificio, es la salud, reducida ya a la mínima expresión de evitarse el sufrimiento. Pero este valor es para el moderno como la cerveza para Homer Simpson: el origen y la solución de todos los problemas.

Es lo que explica que todavía haya padres capaces de obligar a sus hijos a comer verdura, estudiar matemáticas o a hacer algo de deporte. Pero es también lo que explica que haya padres y médicos y psicólogos autorizando y administrando bloqueadores de la pubertad para proteger la salud mental de un pobre adolescente asqueado con su cuerpo. 

El problema de no saber en qué se cree, de no poder creer firmemente en nada, es que uno es capaz de creer en cualquier cosa, pero sólo cuando toca.


6.4.24

El respeto empieza por uno mismo, ministro Puente

A Óscar Puente no le gusta que le llamen feo, pero lo cierto es que entre todos los insultos seleccionados hay muy pocos que se refieran a su físico. Es normal, porque diría que tiene defectos mucho peores y mucho más evidentes. Y el mayor de todos es que por muchos insultos y descalificaciones que reciba, por mucho que se le falte al respeto, nunca nadie se lo faltará tanto como se lo ha faltado él mismo. 

Él fue quien aceptó dar el salto a la política nacional por la puerta del servicio y gracias a sus defectos mucho más que a sus virtudes, cuando su vulgaridad general y su escasa relevancia política hasta aquél momento tenían que servir para humillar al entonces candidato a la Presidencia del Gobierno Alberto Nuñez Feijóo. Fue una de esas jugadas maestras de Sánchez que tanto gustan a los spin-doctors progresistas, en la que se negaba a darle la réplica al aspirante Feijóo para quitarle importancia al ganador de las elecciones y a los pactos que se estaban construyendo en su contra. 

Puente fue el hombre que eligió Sánchez para demostrarnos cuán bajo había que caer para ponerse a la altura de Feijóo. Y nadie duda que cumplió a la perfección con su cometido.

Si Óscar Puente es insultado es, pues, porque ser insultado es su trabajo. Y lo sabe. Prueba de ello es que no siendo el primer político que recibe insultos y no siendo el primero que pone a sus asesores a listar insultos, medios y periodistas, Óscar Puente es muy probablemente el primer ministro que presume de ello en público confundiendo el respecto hacia su persona con el respeto a la democracia. A estas alturas ya es casi imposible saber si esta terrible y totalitaria confusión es sincera o impostada, pero lo que sigue siendo impresionante es la desfachatez con la que se enorgullece en público de lo que tantísimos otros no habrían confesado ni en privado.  

Puente sabe que se ganó el puesto con una humillación pública y que si lo mantiene es precisamente por su capacidad de humillarse públicamente, de convertirse por una semana y las que hagan falta en la enésima cortina de humo con la que este gobierno juega a ver quién se ahoga primero. No es el primero que se encuentra en esta situación, y lo normal sería que acabase como tantos de sus semejantes, volviéndose contra el líder que se lo vendió todo al módico precio de renunciar al más mínimo sentido del ridículo. Como han acabado, por ejemplo, tantos dizque periodistas, con el antaño adorado Pablo Iglesias o con el hasta hace nada temido Cebrián, ahora que el rey ha caído y es otro quién les paga el sueldo y les hace sentir algo menos solos y algo más importantes. La moral de esclavo lleva indefectiblemente al resentimiento, así que lo normal sería que Puente acabase un poco como Ábalos pero en serio, recuperando el orgullo y la dignidad aunque sea demasiado tarde, cuando lo abandonen a él o cuando caiga el sanchismo y empiece a ser aceptable e incluso necesaria la autocrítica. Pero no creo que haya para tanto.

El problema que tiene Puente es que el respeto es un poco como la clemencia, que cuando se pide ya es demasiado tarde. Si tanto le preocupa la salud de la democracia, lo que podría y debería hacer, y lo antes posible, además, es empezar a respetarse un poquito más a sí mismo.

30.3.24

Puigdemont tiene un problema

La pregunta fundamental no es quién gobernará Cataluña, sino qué hará Puigdemont. Si volverá o no, y para qué. 

Puigdemont ha dicho que volverá si gana. Pero nadie ve a Puigdemont volviendo para hacer el triste papel de Trias o Feijóo. Puigdemont no volverá para verse ganador en la oposición. Ni volverá para retirarse pacíficamente en Amer y dedicarse a la literatura, como Torra, ni volverá para curtirse en la oposición, como Feijóo, o como el joven aspirante a una larga carrera política que nunca ha sido.

Puigdemont entró en la política catalana con una única misión y con una única promesa, la de culminar el proceso de independencia. Y sólo esta promesa justifica, ante los suyos, su mera existencia política. Pero esta promesa es ahora mismo increíble a corto plazo e independiente de él en el largo.

A todo lo que puede aspirar Puigdemont es a dilatar su propia desaparición. 

Porque si Puigdemont no viene a hacer oposición, tampoco parece que venga a formar gobierno. Las posibilidades de una victoria tal que obligase a PSC y ERC a entregarle el poder son remotas. Y pasan, en realidad, porque su vuelta y todo su previsto efecto movilizador se produzcan antes y no después de las elecciones. 

Puigdemont no vendría, por lo tanto, ni para gobernar ni para opositar, sino para garantizar el bloqueo. Un bloqueo que, además, es doble. Por un lado, el de su propio espacio político. Por el otro, el de la política catalana en general.

Por un lado, el poder movilizador de Puigdemont y de su victimismo ya sólo sirve entre los (muy) suyos o muy indepes, que cada elección están más tentados a pasarse a la abstención. Entre ellos, el liderazgo de Puigdemont, incuestionable en un partido que no es tal, es cada vez menos convincente.

Y ahora tienen dos nuevas opciones electorales (Aliança Catalana y Alhora) netamente independentistas, pero con algo más de consistencia ideológica que Junts y con aspiraciones, y alguna opción, de entrar en el Parlament.

Por otro lado, Puigdemont aspira al bloqueo de la política catalana en general. Se trata de hacer en Cataluña lo que en gran parte ya han hecho los suyos en Madrid: dificultar en la medida de lo posible y hasta el punto del bloqueo la natural y pacífica entente entre ERC y el PSOE.

Y de imponer, de nuevo, la convicción de que en Cataluña gobernar es imposible y que estamos condenados a elegir entre la ficción de la ruptura y la ficción de la reconciliación. 

Puigdemont volvería porque ya no puede permitirse seguir viendo desde Bruselas cómo ERC y el PSOE se reparten el poder en Cataluña y cómo su plataforma se va convirtiendo en un grupúsculo de irreductibles en la oposición.

Pero el problema de Puigdemont no es decidir si volverá, sino disimular que ya ha vuelto. Ha vuelto porque al poner su nombre en la papeleta de Junts en unas elecciones autonómicas está renunciando a su autoproclamada condición de único presidente legítimo.

Hasta ahora, esta condición y la posibilidad de su retorno era la amenaza que pendía sobre la legitimidad del sistema político catalán y todos los equilibrios y negociados que se iban construyendo a sus espaldas. Todos ellos eran traición o eran provisionales, a la espera del restablecimiento del orden legítimo.

Ahora, su vuelta, incluso su mero anuncio, sólo puede servir para certificar que el pacto con el Estado es la única vía posible a la independencia y para legitimar así el cierre del procés y su propia desaparición.

14.3.24

¿Queda realmente alguien en contra del aborto?

Francia ha blindado el derecho al aborto en su Constitución. Y lo ha hecho con una mayoría algo más que reforzada de los votos. Más de 4/5 del Parlamento, en una de esas mayorías que si se diesen en países del Este harían sospechar de la limpieza y el sentido del proceso, pero que aquí sólo dan para lo segundo.

Porque algo hay de paradójico en la necesidad de blindar un derecho al que parece que nadie se opone en realidad. Algo de propagandístico, claro, de triunfo político en el sentido más partidista e innoble de la palabra. 

Se dice que el peligro viene de la extrema derecha, porque ese es el único nombre con el que el progresismo se atreve a manifestar su miedo al futuro. Pero ni siquiera la extrema derecha presenta un frente claro y unido en contra del aborto.

La derecha supuestamente extrema, de hecho, se ha comportado aquí como solía hacerlo hace nada la derechita cobarde: con dudas, divisiones y equilibrios tanto morales como políticos.  

¿Quién queda por lo tanto en contra del aborto? ¿Cuál es esa futura mayoría contra la que hay que blindar este derecho? ¿Quiénes son esos bárbaros, innombrados e innombrables, que esperan a las puertas para asaltar y destruir todos los triunfos del progreso y la libertad?

El único miedo que justificaría el blindaje, y que por supuesto no se atreverían a confesar, es el mismo miedo que ha llevado a borrar la cruz de Les Invalides del cartel oficial de los JJOO de París 24. 

Es el miedo del hipócrita, que lleva a tratar de blindar por la noche lo que descuida durante el día. Y que revela la fe de tanto ateo, convencido de que la ley podrá salvar los principios que él ni siquiera se atreve a pronunciar.

¿Bastará la ley para salvar el aborto? ¿Puede la Constitución blindar realmente algo o sólo sirve para alargar la ficción del progreso, la unidad y el consenso?

¿Cómo se blinda, en realidad, un derecho como este? Y no digamos ya en ciertas banlieues. 

Porque pasa como en aquellos bosques donde cae un árbol sin que nadie lo escuche. ¿Podemos decir que existe realmente el derecho al aborto ahí donde nadie puede querer ejercerlo? ¿Cómo van a mostrarnos estas mujeres que son realmente y constitucionalmente libres, si se niegan a ejercer sus derechos?

¿Qué implica entonces defender el aborto y blindarlo constitucionalmente? Es imposible no hacerlo sin propaganda. Sin defenderlo, por lo tanto, como algo más que un derecho de las mujeres a la libre disposición de su cuerpo.

Hay que defenderlo como algo bueno. Y celebrar con el jolgorio de estos días, por lo tanto, el blindaje de lo que, presuntamente, era un mal menor.

Y es que hay algo en la naturaleza de este derecho, porque no se plantea casi nunca como un derecho absoluto y porque la discusión no suele ser, en Francia como en España, entre partidarios y detractores del aborto, sino entre distintos tipos y grados de abortistas. Es un tipo de debate que casa muy mal con blindajes constitucionales y mayorías reforzadas que sólo incentivan posiciones dogmáticas y radicales. 

Es algo que se ve bien en los referendos ajenos y las mayorías orientales, donde el blindaje de la absoluta mayoría no sirve para salvaguardar libertades básicas, sino opresiones. Y no sólo legales.

¿Quizás se trate aquí también de lo mismo? Macron ya propuso blindar el aborto en la Constitución europea antes de recordar que él sólo es presidente de la República. Y lo hizo, claramente, para señalar al gobierno conservador polaco y reforzar sus credenciales como líder progresista. No ha podido sorprender a nadie la gran acogida que su ejemplo ha tenido entre las gentes de Sumar. 

Más que para blindar el derecho de las francesas al aborto, ¿no se trata aquí de blindar el consenso abortista excluyendo la cuestión de lo que se considera centrista y legítimo en el debate público?

No es Macron el único que fingiendo proteger la libertad alimenta el bichito de la polarización por puro y mero interés partidista. Personal, incluso. Bien podría ser este el gran logro histórico del centro liberal que tan bien parece encarnar: ampliar los límites del centro restringiendo los límites de la libertad.

2.3.24

Ábalos ha acabado siendo un sanchista ejemplar

Qué gran líder hubiese sido José Luis Ábalos si todos esos nobles principios democráticos que ahora explica en defensa propia y desde fuera los hubiese defendido desde dentro y para los demás. 

Qué gran intelectual, qué gran filósofo incluso, si todas esas reflexiones que hacia donde Alsina sobre la ambigüedad de la moral y la necesidad de la ley se atreviese a desarrollarlas por escrito en un ensayo que sería historia del socialismo español. 

Ábalos tiene toda la razón del mundo cuando critica que se le eche por responsabilidad política. Porque la responsabilidad política, a diferencia de la responsabilidad penal, es siempre indefinida e interesada.

Nadie sabe ni debe saber en qué consiste. En qué se concreta esa responsabilidad política. Porque nadie sabe ni debe saber cuál sería su límite. Hasta dónde alcanzaría y hasta quién alcanzaría si se convirtiese en un principio articulado y rector de la política socialista.

¿A qué distancia habría que estar del apestado para que no se nos pegue su olor a corruptela? Si dicen que todos estamos a sólo seis grados de separación de Kim Jong-un, ¿a cuántos grados de Koldo está el líder supremo Pedro Sánchez? 

Lo que no alcanza a disimular la apelación a la "responsabilidad política" es que sólo se le exige al presunto inocente que no ha sabido ser irresponsable.

Eso es lo que le pedían a Ábalos. Que no respondiese. Que no se responsabilizase. Que aguantase como un hombre. Como suele hacer Patxi López, por ejemplo, riéndose de los periodistas que hacen preguntas incómodas y largándose en silencio y con la cabeza bien alta.

Y que dimitiese llegado el momento, por el bien del partido y por el suyo propio, como le aconsejaban con tanta desfachatez estos días sus antiguos compañeros.

Pero ni una cosa, ni la otra. Ni ha podido evitar el interrogatorio, ni le ha dado la gana morir como mártir. Por mucho que esa fuese no sólo la esperanza del Gobierno, sino la expectativa de todos aquellos que no veíamos en Ábalos más que un hombre de partido, con todo lo que eso implica.

Lo que implica de peón, como bien se lamentaba Ábalos, que debe su vida al partido y que acabará pagándola. Y lo que implica también respecto a cuestiones fundamentales como la ejemplaridad o la presunción de inocencia.

Porque a los hombres de partido se les presupone una cierta culpabilidad, no siempre penal. Tesoreros, secretarios de organización, tuiteros enfurecidos a sueldo del erario... Son gentes que sólo están allí para que los demás parezcan buenos. Para que, llegado el momento, puedan cargar ellos con culpas que nunca les correspondieron en exclusiva.

Alguien debe ensuciarse las manos para que otros puedan dedicarse a las tareas más nobles del gobierno.

Así que ellos están allí, se supone, para sacrificarse por el partido cuando este lo necesite. 

Pero ¿por qué partido podría sacrificarse Ábalos? El gran logro del sanchismo y, en gran parte, supongo, de su secretario de (des)organización Ábalos, es el de haberse cargado al Partido Socialista.

Y no porque lo digan sus críticos, sino porque ese fue su diagnóstico después de las últimas elecciones gallegas, cuando se declararon convencidos de que el partido no gana ni pierde elecciones, sino que lo hacen los líderes.

Así que menos partido, menos barones, menos PSOE en definitiva para poder actuar con mayor libertad y a mejor conveniencia. Para que nadie limite el nombre de una estructura, unas siglas, una historia o unos principios a aquello que puede hacerse para lograr el poder y asentarse en él.

Como muy bien ha hecho Ábalos, líder inesperado de un partido inexistente.

15.2.24

Los hijos (presuntamente trans) de los otros

El Gobierno catalán ha prometido a sus niños que a partir de los doce años podrán cambiarse de sexo sin que nadie se chive a los papis. Lo ha hecho, cabe suponer, sabiendo que los niños no votan y que ningún padre en su sano juicio le daría a la Generalitat semejante poder sobre sus hijos. Y esta es la cuestión principal.

Que nunca son sus hijos. Que estas barbaridades sólo se proponen, aceptan y ejecutan para los hijos de los demás.

Para muchos, porque simplemente no tienen hijos propios. Para otros, porque los tienen ya creciditos e instalados muy probablemente en una cisheteronormatividad más o menos clara y confortable.

Para los menos, porque los hijos son todavía demasiado pequeñitos para imaginar que puedan llegar a descubrir algún día y más pronto que tarde lo tontos que somos y lo poco que los entendemos y buscar refugio, llegado el momento de las dudas más graves, en el primero que se lo prometa.

Y plenamente conscientes, todos ellos, de que estas leyes sólo se hacen para molestar al padre facha, y convencidos (por una fe excesiva y muy poco liberal en el Estado, la educación, la ciencia y en sí mismos, en sus hijos y en su familia) de que una ley pensada contra los fachas no podría nunca usarse en contra de los suyos.

Es una lógica que crece al mismo ritmo que el estado pedagógico, ese que está más empeñado en (re)educar a sus ciudadanos que en solucionar sus problemas.

Es la lógica que se esconde tras el tonito de profa de guarde de Yolanda Díaz, que sólo toleran quienes creen que es para que la entiendan bien los otros, más justitos, o tras el manido recurso a subir los impuestos de los ricos, que sólo se celebran en la convicción de que nunca los pagaremos nosotros.

Es la misma lógica tras las campañas de educación sexual como en la última Marató de TV3, que enseñan y conciencian a los demás sobre cochinadas y riesgos que nosotros, evidentemente, ya conocíamos.

O tras las campañas contra la violencia de género, que deberían servir para avergonzar a machirulos que tampoco somos nunca nosotros, y que sólo sirven, en realidad, para hacernos sentir mejores que la media y del lado de los civilizados. De los pedagogos. Es decir, del lado del Gobierno.

Así se garantiza el Gobierno el silencio aquiescente de los biempensantes, que es lo que más se busca. Cualquier duda o discrepancia nos pondría en una situación tal que mejor ni pensarlo, y el silencio con el que nos dejamos sermonear siempre permite, llegado el momento, distanciarse, con toda la pompa que sea necesaria, de lo que nunca tuvimos necesidad de apoyar explícitamente. 

La absurda convicción de que estas delirantes propuestas sólo podrían destrozar la vida y la familia de los otros, de los malos, de los fachas y ni siquiera de sus hijos, en los que no pensamos más que como víctimas a salvar, es lo que garantiza la aceptación silenciosa de la total ausencia de crítica. O de fiscalización, como dicen ahora los peseteros. 

Esos padres fachas son el chivo expiatorio alrededor del cual se construyen los consensos biempensantes de nuestra era. Que sean tres o que sean cuatro o que no sea ninguno da absolutamente lo mismo. Basta que ellos y sus pobres hijos trans reprimidos existan como mera posibilidad para ver reforzada la confianza que tenemos en nuestra propia paternidad, en nuestros hijos y su normalidad estadística, y en nuestras instituciones y sus siempre buenísimas intenciones. 

Esta (pen)última barbaridad tiene, además, una enorme ventaja sobre otras tantas de estas propuestas socialdemócratas que acaban perjudicando a quienes prometen proteger. Diga lo que diga el New York Times, niños que a los doce años se declaren trans hay, estadísticamente, muy pocos. Y que se arrepientan más tarde, todavía menos.

Así que aquí no hay riesgo de que estas vidas arruinadas se vuelvan en contra del Gobierno. Cuando pase la moda, ya nadie se acordará de ellos ni de sus verdugos. Ellos y su sufrimiento son, por lo tanto, negligible.

Y los tránsfobos seguiremos siendo los otros.