30.3.23

Clara-mente lo de PonsatĂ­ no es lo que parece

El fugaz paso de Clara PonsatĂ­ por Barcelona, y por comisarĂ­a, sĂ³lo puede interpretarse en clave electoralista. Es un problema de Cataluña y es un problema de los analistas. Pero es tambiĂ©n y sobre todo un problema de PonsatĂ­ y los suyos, que no han sabido construir ningĂºn proyecto polĂ­tico que vaya mĂ¡s allĂ¡ de los partidos independentistas existentes y de su fracaso.  

En clave electoralista se entiende bien el movimiento de PonsatĂ­ como un movimiento de Junts para delimitar la entente de los socialistas con ERC, tanto en Madrid como en Barcelona. Una entente que ha dado buenos frutos para ambos partidos y que ha beneficiado a los polĂ­ticos independentistas, PonsatĂ­ incluida, con los indultos, las modificaciones del CĂ³digo Penal y tambiĂ©n, y ahĂ­ estĂ¡ la clave, con una cierta reconciliaciĂ³n con España y el pactismo. 

Si este anĂ¡lisis no es completo es porque la reconciliaciĂ³n no es exclusiva de ERC. Y porque PonsatĂ­ no es exactamente de Junts. 

Como les gusta repetir a sus portavoces y a ella misma, PonsatĂ­ es independiente, como decĂ­a Jordi Graupera, "no sĂ³lo en tĂ©rminos digamos tĂ©cnicos sino en tĂ©rminos morales, intelectuales y polĂ­ticos".

No sĂ© si tanto. Pero lo que estĂ¡ claro, en todo caso, es que volver a situarse en el foco mediĂ¡tico no es necesariamente un buen movimiento electoralista para Junts. Un partido dividido entre los puros de Laura BorrĂ s, Carles Puigdemont, PonsatĂ­ y compañía, y los rendidos, escarmentados y nostĂ¡lgicos del poder, la centralidad y la tranquilidad de la antigua Convergencia.  

Es la vĂ­a que tan bien representa Xavier Trias fĂ­sica, retĂ³rica y electoralmente, y que se estĂ¡ explorando en Barcelona con resultados muy prometedores. Hasta el punto que algunos del entorno empezaban a echar de menos que Trias tuviese algĂºn guiño para con los independentistas. Veremos si logra seguir ahorrĂ¡ndoselo.  

La escenificaciĂ³n de ayer de PonsatĂ­ es, por lo tanto, la escenificaciĂ³n de una guerra interna en Junts. Y es una escenificaciĂ³n que sĂ³lo podĂ­a protagonizar ella.  

Puigdemont sigue pretendiendo representar la unidad del independentismo y no estarĂ¡ dispuesto a perder el poco crĂ©dito que le quede entrando en batallas entre partidos y mucho menos en batallas internas del suyo.

PonsatĂ­, en cambio, puede presentarse como independiente ante la opiniĂ³n pĂºblica y pretender todavĂ­a hacerlo todo por la independencia de Cataluña.

Este juego, claro, tiene un lĂ­mite. Y es el lĂ­mite que impone necesariamente, guste o no guste, el Estado. Se vio claramente en un momento de la detenciĂ³n, cuando el policĂ­a, el mosso, se identifica ante PonsatĂ­ y ante las cĂ¡maras, y le pide que la acompañe. En ese momento se oye a alguien decir: "No dejaremos que la cojĂ¡is".

No se ve quiĂ©n lo dice, aunque por la voz, el tono y el espĂ­ritu parece Laura BorrĂ s. Es alguien, en todo caso, que habla con ese mismo tono descriptivo y sereno que ella tantas veces ha pretendido hacer pasar por virtud pedagĂ³gica. Aunque, en realidad, no describe nada. Porque cuando lo dice ya la estĂ¡n cogiendo. Gonzalo Boye por la izquierda y el mosso por la derecha, de forma suave, indicĂ¡ndole el camino hacia el coche y lejos de la ilusa mentirosa que no habĂ­a entendido de quĂ© iba esto. 

PonsatĂ­ y Boye la miran y sonrĂ­en y alguien pide calma, porque todos saben que la pobre estĂ¡ fuera de sitio. Fuera de tiempo. Que esto ya no toca. Y que no tocĂ³ nunca, en realidad.  

Que lo que ahora toca es denunciar la rendiciĂ³n de ERC y de tantos otros y escenificar la represiĂ³n del Estado, presente allĂ­, en la pantalla, en la figura de un Ăºnico policĂ­a ante lo que parecen ser centenares de cĂ¡maras. Por eso en vez de resistirse van avanzando poco a poco, como un futbolista cuando lo cambian en el minuto 91 para perder tiempo, y parando para las fotos, mostrando la credencial de eurodiputada a las cĂ¡maras y alargando una discusiĂ³n con el mosso que no lleva a nada porque no puede llevar a nada, pero que sirve, segĂºn dicen, para seguir cargĂ¡ndose de razones ante la opiniĂ³n pĂºblica europea y, sobre todo, catalana.  

El mundo sigue mirando y el procĂ©s no ha muerto. Pero, a pesar de todo, el poder de representar a los autĂ©nticos beligerantes en contra del Estado es bastante limitado cuando todo lo que hace el Estado ante las cĂ¡maras es pedir que lo acompañen, levantar acta y dejar que PonsatĂ­ vuelva al penoso exilio con una cita para ir a declarar bajo el brazo. No hay en la detenciĂ³n de PonsatĂ­ ningĂºn exceso y es hasta dudoso que sea una detenciĂ³n propiamente dicha y no una comparecencia voluntaria y pactada.

Explicaba Jordi Graupera, en funciones de chĂ³fer y portavoz de PonsatĂ­, que habĂ­an intentado entrar por el paso fronterizo que cruzaron Companys y su gobierno hacia el exilio. Pero estaba cerrado.  

La lucha independentista ha sido burocratizada y el fugaz espectĂ¡culo de PonsatĂ­ ha representado un triunfo del Estado, del gobierno de SĂ¡nchez y de sus socios independentistas escarmentados. PonsatĂ­ va a tener que hacer mucho mĂ¡s para recuperar la Ă©pica y escapar de la tentaciĂ³n de la nostalgia por lo que podrĂ­a haber sido y no fue.

27.3.23

Arde ParĂ­s y ellos, tocando la lira

En una nueva muestra de solidaridad intergeneracional, los jĂ³venes franceses queman el paĂ­s en defensa de sus mayores. Porque, aunque parezca mentira, las revoluciones las hacen los jĂ³venes y no los yayoflautas. A los viejos, a ellos sĂ­, les basta con el poder de su voto para defender sus intereses. Los yayoflautas eran los nietos. 

Porque para los jĂ³venes franceses, en cambio, jugar a la revoluciĂ³n es un ritual de paso parecido al de las puertas de largo en los coles bien. O los comas etĂ­licos en los campus estadounidenses. Y tan poderoso es su atractivo que incluso en las banlieues sirven como primera forma de integraciĂ³n en la quema mĂ¡s o menos ritualizada de coches y mobiliario urbano.

Nihilistas, se les llama en esas ocasiones y en esos barrios, donde no aparecen esos partidos de la oposiciĂ³n interesados en justificarlas y alentarlas, porque no sabrĂ­an cĂ³mo aprovecharlas para alcanzar el poder.

Protestas, en todo caso, autodestructivas. Porque, esta vez sĂ­, tanto si los pilla la poli como si no, serĂ¡n ellos quienes acaben pagando el precio de la destrucciĂ³n. Porque incluso si triunfasen en sus quemas y Macron se echase para atrĂ¡s, serĂ­an ellos quienes pagarĂ­an esas pensiones dignas y generosĂ­simas que parecen merecer sus mayores. Y las pagarĂ­an con mĂ¡s impuestos, peores sueldos, mĂ¡s precariedad, menos ahorro… Es decir, con menos libertad.

Se pretenden anĂ¡rquicas, anarquistas, incluso. Pero estas protestas contra el gobierno son siempre protestas en favor del Estado. Y la buena noticia es que quizĂ¡s no triunfen, porque no se le encuentra a Macron el cĂ¡lculo electoralista que pueda hacerle rectificar.

Macron no tiene partido al que proteger ni someterse ni reelecciĂ³n a la que presentarse. Y quizĂ¡s sea por eso, y un poco tambiĂ©n por ego, que el complejo monĂ¡rquico le alcanza ya hasta para las virtudes. Y de ahĂ­ que pueda preocuparse mĂ¡s del futuro del Estado, e incluso del paĂ­s, que del de su carrera polĂ­tica. Y emprender reformas costosas y resistir a protestas sabiendo que ahora ya el Ăºnico juicio que de verdad importa es el de la historia. 

PodrĂ¡ equivocarse, claro. Pero parece evidente que la de las pensiones es una de esas reformas polĂ©micas pero incorregibles. Que nadie se atreve a hacer por miedo a perder el poder pero que muy pocos se atreverĂ­an a deshacer cuando lo alcanzasen. Para entenderlo, basta con ver cĂ³mo (no) se han hecho en esta España de eternos aspirantes en la que nos encontramos.

Los franceses se han convertido ya estos dĂ­as en las redes sociales en un meme. Esos parisinos en sus parisinas terrazas, tomando sus parisinos apĂ©ritives al calorcito del fuego revolucionario, son ya mĂ¡s meme que el del perro que mientras todo arde a su alrededor sorbe cafĂ© y se repite "estoy bien". 

Quien no se consuela es porque no quiere. Y a los jĂ³venes yayoflautas siempre les quedarĂ¡ el consuelo de vivir como fracasados un poco mejor de lo que vivirĂ­an muertos de Ă©xito. Y de que conservarĂ¡n todos y cada uno de los motivos para seguir jugando a quemar ParĂ­s. Como nos recordaba Leo Strauss, a nuestros nerones sĂ³lo les excusan dos cosas: que no saben que tocan la lira. Y que no saben que Roma arde.


23.3.23

Muera la vieja política, viva la política de los niños

Si algo ha conseguido esta mociĂ³n de censura es reconciliar a cierta derecha consigo misma en la reivindicaciĂ³n, siempre un tanto vacĂ­a, de una polĂ­tica adulta.

Ha habido elogios francamente excesivos, pero comprensibles para quienes estĂ¡n acostumbrados a tratar con infantes. Para ellos, para nosotros, la proximidad del viejo es a menudo tranquilizadora. Por su experiencia, por su serenidad, por la distancia que el tiempo le da sobre las cosas y que en ocasiones resulta de un cinismo reconfortante en un mundo y en un ambiente tan cargado de moralismo. Y, en los peores dĂ­as, incluso por su proximidad con la muerte, que relativiza cualquier mal. 

A Tamames han llegado compararlo con un senador romano, que era el elogio previsto, aunque siempre un tanto extraño y que sĂ³lo justifica la vana y mĂ¡s o menos disimulada esperanza de verle protagonizar unos Idus de Marzo. 

No ha sido para tanto. Y parece que todo lo que puede llegar a lograr es el mantener este espĂ­ritu de distanciamiento que supone Vox que deberĂ­a caracterizar a toda autĂ©ntica oposiciĂ³n.

Pero esta polĂ­tica adulta solo puede reivindicarse cuando la oposiciĂ³n hace de oposiciĂ³n. Cuando se muestra unida contra el gobierno y ni siquiera puede hacerlo alrededor de un candidato que ya es mĂ¡s viejo que adulto. 

Y esa es la primera advertencia, que ya nos hizo en su dĂ­a Jacques Brel: es muy posible hacerse viejo sin hacerse adulto. La segunda, nuestro gran problema, es que hay mucha gente a quien crecer simplemente no le gusta. 

Hay gente y hay polĂ­ticos autĂ©nticamente reacios a la vida adulta. Le pasa a Gabriel RufiĂ¡n, que sinceramente no entiende esa madurez, por otro lado tan tĂ³pica, que lleva del comunismo a la derecha. Y le pasa a quien pasa por ser la gran ganadora de la mociĂ³n; esa PocoyĂ³ a la que llaman Yolanda DĂ­az y a quien, finalmente, parece que entre todos han conseguido imponer como lĂ­der de la izquierda a la izquierda de la izquierda que representa el PSOE. 

Como dijimos, lo que esta mociĂ³n representa es un conflicto generacional. Un conflicto que se ve en la batalla de las pensiones y en la madurez de nuestros representantes. En el fondo (freudiano de Sigmund, por lo de matar al padre que nos hizo la TransiciĂ³n) y en la forma, (freudiana de Lucian, por lo de la decadencia de la carne, que merece si no respeto, si al menos un poco de compasiĂ³n).

Y un conflicto que marca la diferencia de esta España perifĂ©rica y subsidiaria de todo lo serio, incluso de Europa, con la vecina Francia de Macron. De un Macron a quien tanto llaman adulto y racional y centrista y demĂ¡s, y que a pesar de los pesares ha incendiado el paĂ­s para hacer un poco lo que tocaba hacer con las pensiones.

Mientras, aquĂ­ se mantiene la paz social, que es la mĂ¡xima aspiraciĂ³n de los izquierdistas cursis cuando gobiernan, a cambio de hacer justo lo contrario de lo que toca y de hacerlo encima por la puerta de atrĂ¡s, recurriendo de nuevo a un decreto ley para ahorrarse los engorrosos problemas que conlleva la discusiĂ³n democrĂ¡tica y que tanto preocupan a nuestros vecinos del norte. 

Tamames le habrĂ¡ servido a parte de la derecha opositora para reivindicar la polĂ­tica adulta. El problema, me temo, es que en la izquierda, en la calle, y en la propia oposiciĂ³n hay mucha gente que la rechaza y con buenos motivos. 

Si no ha servido para traer la polĂ­tica adulta, esta mociĂ³n sĂ­ que puede haber servido para enterrar definitivamente la vieja polĂ­tica. Y asĂ­ muere, como bien sabĂ­an los cĂ©lebres senadores. Entre los moderados e incĂ³modos aplausos de la oposiciĂ³n. Y la condescendiente indiferencia del poder.

16.3.23

La culpa no es del porno, es de Rousseau

El caso de la agresiĂ³n sexual de Badalona nos ha recordado que hay mucha gente empeñada en encontrar la soluciĂ³n antes que el problema. Es el tipo de gente que busca siempre la razĂ³n oculta, la causa mĂ¡s profunda y misteriosa, del comportamiento ajeno. Y que, al hacerlo, sĂ³lo logra encontrar el mĂ¡s superficial de sus propios prejuicios.

AsĂ­ supimos enseguida que el aumento de las agresiones sexuales grupales entre adolescentes se debe al creciente consumo de pornografĂ­a entre los mĂ¡s jĂ³venes.

Y lo supimos mucho antes de saber si las agresiones sexuales habĂ­an aumentado o si esos jĂ³venes en particular eran consumidores habituales o esporĂ¡dicos de pornografĂ­a, ni de quĂ© tipo, ni si suelen en otras parcelas de su vida confundir tan rĂ¡pido y tan mal la realidad y la ficciĂ³n. 

Tampoco sabemos si a ese hermano que amenaza de muerte a los chivatos le pasa lo mismo, por ejemplo, con los videojuegos (¿es que ya nadie piensa en los videojuegos violentos?) o con las pelis o series o incluso con los libros de mafiosos.

Tampoco sabemos quĂ© tendrĂ¡ la pornografĂ­a que produzca ese efecto imitativo tan espontĂ¡neo, tan irreflexivo, que no parece que produzcan otras ficciones y que no han producido, por ejemplo, los discursos biempensantes de la sociedad y de los profesores, ni el ejemplo de los mĂ¡s modositos y estudiantes de sus compañeros de clase o de su propia familia. 

Y no lo sabemos porque hay cosas que no sirven como soluciĂ³n y que por eso tampoco sirven como problema.

No puede ser problema que el mal exista, como creĂ­an los antiguos, y no puede ser problema que algunos jĂ³venes tengan impulsos violentos y sexuales que no saben o no pueden controlar, como creĂ­an los psicĂ³logos. Y tampoco puede ser problema y tampoco sirve, por lo tanto, saber nada de la raza o la cultura de los agresores y de sus familias.

Y de allĂ­ el empeño polĂ­tico y mediĂ¡tico en mantenernos en la ignorancia sobre el contexto racial, social y cultural de los agresores y de sus familiares. Un empeño que serĂ­a noble y que serĂ­a justo si no fuese una simple excusa para proponer e imponer falsas e inĂºtiles soluciones. 

Uno podrĂ­a aceptar, por ejemplo, que no se informe de la raza o de la cultura de los agresores si todo el discurso sobre el caso se limitase a recordar que, sea cual sea su raza y sea cual sea su cultura, al agresor sexual hay que apartarlo de la sociedad para evitar que reincida y hay que castigarlo para dar ejemplo.

Pero es inaceptable, en cambio, insistir en que hablar de la raza o la cultura es racismo o xenofobia mientras se insiste en culpar al hombre blanco y a la cultura cisheteropatriarcal y se defiende la necesidad, e incluso la urgencia, de emprender una profunda reforma de transvaloraciĂ³n de todos los valores de nuestra civilizaciĂ³n, desde el parvulario hasta la cĂºpula directiva de bancos y multinacionales, para diseñar una nueva masculinidad en el laboratorio de algĂºn think tank afĂ­n al gobierno.

Hay que sospechar siempre de la ignorancia impuesta y deliberada, y no es tampoco extraño que en este caso, como en el caso de los atentados de las Ramblas, por ejemplo, las primeras reacciones oficiales y oficialistas fuesen para excusar a los jĂ³venes de sus actos. Unos actos que en otro entorno, en otro contexto, en otra ciudad quizĂ¡s, serĂ­an simplemente un crimen inexcusable.

Porque al miedo a parecer racistas se le suma aquí, cuando los agresores son, antes que nada, adolescentes, casi niños, el profundo prejuicio rousseauniano de que los niños nacen como pura inocencia y que es la sociedad de los adultos la que los pervierte.

De ahĂ­ que debamos exculpar a los jĂ³venes de sus crĂ­menes y repartir las culpas entre todos los demĂ¡s hombres de la sociedad. Y de ahĂ­ tambiĂ©n las mil revoluciones pedagĂ³gicas consistentes en ir apartando al maestro, su autoridad y su intervenciĂ³n de la inocente y feliz vida de nuestros jovenzuelos.

Es un prejuicio evidentemente estĂºpido y peligroso que si se mantiene contra toda evidencia no es, como demuestran los hechos, porque permita proteger mejor la inocencia de los niños, sino porque permite culpar y controlar mejor a los adultos.

9.3.23

La divisiĂ³n del Gobierno salva el feminismo

La divisiĂ³n del Gobierno es lo que salvarĂ¡ el feminismo. Porque, como se demuestra cada 8M, la unidad de toda la sociedad en torno al feminismo es la peor amenaza a su causa y a sus reivindicaciones.

La divisiĂ³n del Gobierno permite al feminismo seguir jugando a ser mayorĂ­a para ostentar el poder y minorĂ­a para dirigir la rebeliĂ³n. Ser Gobierno y oposiciĂ³n, ser mujer y ser minorĂ­a.

Es lo que permite tambiĂ©n mandar correos institucionales en nombre de la causa y asĂ­ como muy reivindicativos, como el que he recibido hoy mismo, en el que no se nos explicaba de forma muy pedagĂ³gica que feminismo es “lo que quiere la sociedad”. Dejando de lado cualquier explicaciĂ³n sobre en quĂ© consiste el feminismo, cualquier consideraciĂ³n sobre la libertad y la pluralidad ideolĂ³gica de la sociedad, y hasta la simple y lĂ³gica constataciĂ³n de que si el feminismo fuese, realmente, lo que quiere la sociedad, no serĂ­an entonces necesarios estos correos tan reivindicativos y pedagĂ³gicos.

El autĂ©ntico problema del feminismo es que cualquier intento de resolver estas contradicciones y tantas otras lo matarĂ­a de Ă©xito. Si es que el feminismo es todavĂ­a algo mĂ¡s de un zombi devorador de cerebros.  

Y por eso estĂ¡, Ă©l tambiĂ©n, condenado a cabalgar contradicciones.  

Y por eso esta, Ă©l tambiĂ©n, condenado a dar muchas y muchas explicaciones. Condenado a explicarnos lo preocupante que es que tantas mujeres prefieran todavĂ­a la penetraciĂ³n varonil al satisfyer, y a explicarnos acto seguido lo urgente que es romper el tabĂº del sexo en esos dĂ­as de la menstruaciĂ³n.  

ParecerĂ­a que a nuestro feminismo el sexo sĂ³lo le parece bien si es sucio. Un poco como a Woody Allen y un poco como a quien haya pintado hoy (de todos los dĂ­as) ese graffiti que decĂ­a que “sex work is work”. Para cabalgar sus contradicciones, y salvar la unidad del feminismo (ahora abolicionista de la prostituciĂ³n), habrĂ¡ que suponer que era para recordarnos que siendo Work, no podĂ­a ser Sex. Y que el sex work ya solo puede ser violencia e IRPF. Es decir, lo puto peor.  

De modo que ya no se tratarĂ­a de redefinir el trabajo y las relaciones laborales, sino el sexo. Para convertirlo tambiĂ©n a Ă©l en algo que el Gobierno mĂ¡s feminista de la historia pueda legislar, controlar, enseñar a las nuevas generaciones y demĂ¡s. Algo que dĂ© trabajo a las ministras, y no las prostitutas.  

Porque ese es ahora el autĂ©ntico espĂ­ritu del 8M, que se suponĂ­a el DĂ­a de la Mujer Trabajadora pero que a medida que se institucionalizaba ha pasado a ser el dĂ­a de todas las mujeres y cada dĂ­a el de mĂ¡s gente. Cabalgando contradicciones, decĂ­amos, el feminismo de izquierdas ha abierto la fiesta a todo el mundo hasta el punto de convertir una reivindicaciĂ³n de los trabajadores en un mero escaparate de “purple washing” para el Gobierno y la patronal.   

El Gobierno estarĂ¡ dividido, pero ha conseguido que los trabajadores y los empresarios, los okupas del barrio y los lĂ­deres de todas las multinacionales habidas y por haber anden juntos y a la una en la celebraciĂ³n del feminismo.   

Si el feminismo lo incluye todo es porque el poder pretende fagocitarlo todo, y por eso ya no queda ninguna causa noble que no pueda defenderse en su nombre. Desde el control de los precios del alquiler, el nacionalismo (catalĂ¡n, por supuesto), la polĂ­tica energĂ©tica… hasta el animalismo y el veganismo.   

Por eso hasta el PACMA ha podido sumarse a la fiesta reivindicando “un feminismo antiespecista, de todas y para todas, sin distinciones”, que incluya hasta a las vacas. “¡Ni oprimidas ni opresoras!”, han tuiteado.   

Es algo que ya intuyĂ³ con su habitual acierto Manolo Kabezabolo cuando nos advertĂ­a del caos que supondrĂ­a reconocer el derecho al aborto de las gallinas, vacas, ovejas y cerdos. Y que supondrĂ­a una nueva contradicciĂ³n a cabalgar si no fuese que el feminismo tambiĂ©n nos va haciendo vegano, para mejor proteger los derechos feministas de los animales.   

Al final serĂ¡ verdad que la unidad del feminismo estĂ¡ suponiendo el borrado de las mujeres, porque ahora feminista es que se hable cada vez menos de ellas mientras constantemente se usa su nombre como reclamo en la defensa de las causas mĂ¡s diversas.  

SerĂ­a una extraña forma de morir de Ă©xito. Y hacen bien los partidos del Gobierno en pelearse fuerte y manifestarse juntos pero no revueltos. Porque de su capacidad para llamarse feministas y defender cada uno cosas distintas depende en realidad del futuro del feminismo.  

Y, quizĂ¡s, tambiĂ©n un poco de nuestra libertad.


8.3.23

Capitalismo de amiguitas

Es propaganda, pero no sĂ³lo. Es por el 8-M, pero no sĂ³lo.

El anuncio de la ley de paridad se explica por el interĂ©s electoral (y cuĂ¡nto y quĂ© malo dice esto de España), pero tambiĂ©n por las convicciones mĂ¡s profundas de este Gobierno. Porque el feminismo es el mĂ­nimo comĂºn mĂºltiplo de la coaliciĂ³n que sostiene este Gobierno y el mĂ¡ximo comĂºn divisor de la sociedad española.

Por eso el feminismo se ha convertido en la polĂ­tica Ăºnica, en la excusa Ăºnica, y en el Ăºnico punto de la agenda legislativa. Todos los mensajes del Gobierno tendrĂ¡n que ser feministas y todos los recursos del Estado, tanto los palos del CĂ³digo Penal como las zanahorias de las ayudas pĂºblicas, movilizados en favor de la causa.

Por eso Pam es cada dĂ­a mĂ¡s cĂ©lebre y por eso hasta las iniciativas que pretende tomar SĂ¡nchez en nombre de la parte socialista del Gobierno van quedando eclipsadas por el feminismo autĂ©ntico de Pam y sus delirios. Porque si todos apuntan en la misma direcciĂ³n, todo cae hacia el mismo lado, que es el que se encarga del asunto.

"OjalĂ¡ poder hacer que todas las mujeres de este paĂ­s sientan placer". "Hay que garantizar que nosotras podemos tener placer", decĂ­a Pam. Y es una suerte que conjugue mal, porque gracias a eso el mensaje sĂ³lo es totalitario hasta el ridĂ­culo pero no mĂ¡s allĂ¡.

Pero que todo sea feminismo quiere decir que nada es cuestionable, so pena de gravĂ­simos insultos y acusaciones. Es una visiĂ³n totalitaria de la polĂ­tica, en la que ellos tienen que solucionar todos los problemas de la sociedad y reeducarnos hasta en la masturbaciĂ³n, y nosotros tenemos que callar para no parecer malas personas indiferentes al dolor (o al placer) ajeno.

Y es de ahĂ­ de donde surge esta convicciĂ³n patrimonialista del Estado que lleva a un gobierno a decir quiĂ©n tiene que sentarse en quĂ© consejos y cĂ³mo deberĂ­a hacerlo (piernas juntas, machirulos; piernas abiertas, mujeres de bien). De ahĂ­ mismo surge la indignaciĂ³n con la que han respondido a la fuga de Ferrovial. Peor que si fuese Puigdemont, porque Ferrovial era suyo.

Porque creen realmente que quien cobra del Estado cobra de ellos, que son los que reparten el asunto, y que por lo tanto a ellos deben obediencia y gratitud. Y por eso se sorprenden y se indignan como muy en serio cuando ven que existe la mera posibilidad de no ceder a sus amenazas cuando existe la posibilidad de no tener que vivir de sus prebendas.

Su reacciĂ³n encaja bien, y no por casualidad, con ese capitalismo zombie, crony o de amiguetes que condena a nuestra economĂ­a. En esta incestuosa relaciĂ³n entre Gobierno y empresas, donde las puertas giran ahora al ritmo al que antes giraban los Rolodex y donde los consejos de administraciĂ³n se van llenando de expolĂ­ticos con buenos contactos, porque los buenos contactos traen buenos contratos.

Podrida ya la relaciĂ³n, para satisfacer sus aspiraciones y su propaganda al Gobierno le bastarĂ­a con colocar Ăºnicamente mujeres en los consejos de administraciĂ³n que controla de forma directa o indirecta. Pero no es suficiente. Nunca nada es suficiente.

Y por eso ha acabando recibiendo hasta Ana Particia BotĂ­n, que es una mujer con poder y que, encima, habĂ­a dado la cara y hasta el banco por la revoluciĂ³n violeta.

Pero, en un regímen como el que sueñan nuestros dirigentes, sumarse a la propaganda gubernamental no es suficiente. Nunca nada es suficiente para quien lleva marcado hasta en el apellido el pecado original de no deberle el cargo al gobierno de turno.

En este regímen, y como muy bien decía Ione Belarra, feminismo no es que Ana Patricia Botín o Marta Ortega (con nombres y apellidos, así hay que señalar a la gente ahora) dirijan grandes empresas. Porque feminismo no es que las mujeres manden. Ni siquiera que manden las mujeres feministas; las suyas.

Feminismo es que manden porque las han puesto ellos. Y que manden, por lo tanto, por delegaciĂ³n. Es decir, que no manden. Que obedezcan y que lo agradezcan, sabiendo que por ellas mismas y en una sociedad tan machista nunca habrĂ­an llegado donde las han enchufado ellos.

Feminismo es dejarles todo el rato muy clarito a las mujeres lo que valen.


2.3.23

Vox se borra de su propia mociĂ³n

Cuanto mĂ¡s lejos del partido, mejor, dicen en Vox. Y es verdad que Tamames, con esto de la "Gran ocasiĂ³n" y de la "NaciĂ³n catalana", mĂ¡s lejos de Vox ya casi no se puede estar.

Porque a Vox lo han convertido en muchas cosas, pero si algo era cuando era algo definido y definible era eso, era la voz alzada del pueblo español contra la falsedad y el trapicheo con los nacionalistas de sus Ă©lites. Algo raro hay en que presenten ahora a alguien de la Ă©lite de las del trapicheo con los nacionalistas y algo raro en que buscasen a una figura de la transiciĂ³n, ellos que eran, en el justo reverso del podemismo, crĂ­ticos a su manera con la transiciĂ³n y el pacto constitucional, tanto en su espĂ­ritu como en su letra.

QuizĂ¡s sea Vox ya se conforma, o se resigne almenos, en ir quedando como el Ăºltimo depĂ³sito de votos descontentos con el sistema. O quizĂ¡s es que ya no aspira a gobernar propiamente y con sus ideas, y quizĂ¡s sea por eso que se ha borrado justo cuando deberĂ­a estar gritando que los focos a mi persona. Pero decir que esta mociĂ³n no va a servir de nada es mucho decir.

No va a servir para echar a SĂ¡nchez ni va a servir para presentar en sociedad al lĂ­der del futuro. No va a servir, en fin, para lo que se supone que tienen que servir estas cosas. Pero es que la mociĂ³n de Vox no es ni se pretende una mociĂ³n contra SĂ¡nchez, sino contra el sistema. Es una mociĂ³n contra la deriva, la “slippery slope”, del gobierno pero, sobre todo, de la democracia española que nos dimos entre todos. Es, pues una mociĂ³n anti-sistema y nostĂ¡lgica. Y es curioso que cuando estos dos adjetivos, que tantas veces se le han adjudicado a Vox, toman un sentido pleno, encuentran al fin su significante, Vox se borre como para no molestar. Como si no quisiera entorpecer el encuentro de la democracia española con sus miedos y complejos.

¿QuerĂ­ais partidos nostĂ¡lgicos? Pues aquĂ­ nos tenĂ©is. ¿QuerĂ­ais espĂ­ritu de la transiciĂ³n? Pues aquĂ­ lo tenĂ©is. Reencarnado en carne, como dirĂ­a Mecano. Y si no es para contraponer a SĂ¡nchez con su sucesor, que sea para confrontarlo a Ă©l, a la izquierda, y a España en general con sus fantasmas; con la imagen de lo que podrĂ­a haber sido y no serĂ¡. 

Porque son muy capaces, los españoles de bien, de temer mĂ¡s a Tamames de lo que temem a Otegi. 

Y porque mĂ¡s allĂ¡ de esto, y en la dialĂ©ctica imposible de SĂ¡nchez o Tamames, en este anacronismo, se encuentra en realidad algo de fondo, algo fundamental, del funcionamiento de nuestra democracia. Hay, efectivamente, una tensiĂ³n entre lo joven y lo viejo que la farsa decadente del sistema disimula pero que no logra superar y que el partido, ahora ya sĂ­ que sĂ­ que nostĂ¡lgico y anti-sistema, tiene la obligaciĂ³n de poner sobre la mesa para salvar su mal nombre. 

En esta contraposiciĂ³n entre la efebocracia que tan bien gobierna SĂ¡nchez y la gerontocracia que nunca nos devolverĂ¡ Tamames se demuestra que la española es una democracia escindida generacionalmente y que si el extremismo pretendiese acabar con la paz social sĂ³lo podrĂ­a hacerlo explotando esta fisura del sistema por donde a los jĂ³venes se les da la razĂ³n y a los viejos el parnĂ©. 

La nuestra es una democracia que por hacerse la moderna querrĂ­a acercarse a la juventud pero que por la creciente fuerza de la demografĂ­a tiende y tenderĂ¡ cada vez mĂ¡s a dirigirse hacia la senectud. Discurso de jĂ³venes y polĂ­tica de viejos. Y aquĂ­ estĂ¡ la hipocresĂ­a sistĂ©mica que realmente podrĂ­a hacerlo saltar todo por los aires. Y que Tamames, por su mera presencia, pone en evidencia. 

Aunque ni sea ni tema en su discurso. Porque esta es otra. Incluso quienes mĂ¡s critican y se burlan de Vox esperan en el fondo, quizĂ¡s alguno incluso teme, que Tamames haga un gran discurso que ponga en su sitio a los lĂ­deres actuales; es decir, frente al espejo jibarizante de los grandes hombres de la transiciĂ³n.

Y con ello Vox los arrastra a todos (quieran o no, voten a favor, en contra, rabien, lloren o rĂ­an, se abstengan o se vayan al bar) a la mociĂ³n por la nostalgia. Nostalgia por lo que deberĂ­a haber sido y no estĂ¡ siendo. Por la izquierda posible, por la derecha posible o por la España posible. Y nostalgia, en definitiva, por un paĂ­s donde los ahora viejos eran todavĂ­a jĂ³venes y donde Vox no existĂ­a porque no era necesario. 

Vox es, ahora mĂ¡s que nunca, la caricatura de los miedos españoles. Y si asĂ­, en su presencia espectral, no parece que pueda ganar, tampoco estĂ¡ tan claro que tenga que perder.