27.11.19

Renuncias

Rufián dice que él no renuncia a Machado. Da un poco de vergüenza preguntar y hasta preguntarse qué querrá decir, porque en realidad el problema del “bullshit” es que no significa nada pero se entiende muy bien. Lo único que queda es la esperanza de que explicarlo suponga desmontarlo.

Rufián no renuncia a Machado. Bien está. Pero, ¿cómo podría? ¿a qué podría renunciar Rufián? ¿Podría acaso devolver sus huesos? ¿Tirar sus libros? ¿Podría de verdad renunciar a leerlo? ¿A citarlo incluso? ¿A usar su nombre cada vez que le parece que le conviene jurar amor eterno a la siempre otra de las dos españas? Porque lo que está claro es que Rufián no renuncia a servirse de su nombre cuando considere que eso le hará quedar bien con los unos y mal con los otros, que es ya a lo único a lo que parece aspirar.

Rufián ya sólo habla para quedar bien con los socialistas y, sobre todo, para molestar a los pocos autoproclamados nacionalistas catalanes (a los que invoca siempre que puede e incluso cuando no y “con todo el respeto al espacio convergente”) para situar a su partido en el centro del republicanismo razonable, dialogante, abierto, moderno, integrador y todos esas cosas de izquierdas, que es el espacio desde el que ya se cuecen las alianzas del postprocés.

Rufián ya sólo habla para que salga alguien a centrarlo de un soplido. Y no sé por qué será que cada vez que él y su partido intentan presumir de su no nacionalismo les sale algo como muy patrimonial y como que muy parecido a lo que en otros sería un nacionalismo, por supuesto muy banal, pero por supuesto muy español. Le pasa ahora a Rufián, que no renuncia a Machado para apropiarse de él como un nacionalista cualquiera. Y le pasó a ERC hará nada, un par o tres de meses o un par o tres de legislaturas, cuando le tocó presidir la comisión encargada de la Marca España y se explicó llamando a “dejar de lado los distintos nacionalismos” (para defender mejor España).

Y esto es exactamente lo mismo que hacen ahora sus líderes, sus militantes y sus tertulianos para facilitar la investidura de Sánchez en nombre de la gobernabilidad de España. Lo hacen, los muy sediciosos, con un lenguaje retorcido y torticero y con una consulta en la que piden votar un "sí" que es que "no" "si no" es que... Una consulta, en fin, en la que se exige a los militantes el permiso para hacer lo que les convenga en cada momento. Y que sólo se admite y que sólo puede ganarse a la búlgara porque los participantes saben que, en realidad, ERC es el único partido catalán que piensa en el mañana y que cree, con razón, que en la renuncia tiene mucho que ganar.

19.11.19

El gai nihilisme

«Is it just me or is it getting crazier out there?»

The Joker

Vam sortir del cine amb la sensació de continuar a la ciutat de Gotham. Aquelles nits encara cremava l’Eixample i, tant a Barcelona com a Gotham, es respirava una certa alegria en la destrucció; un gai nihilisme. De fet, no crec que es pugui entendre l’èxit de la pel·lícula sense la lectura política que destaca la proximitat entre el món que s’hi descriu i el nostre i que condueix a gent com Žižek a considerar-la un «diagnòstic dels mals del nostre temps». Žižek creu que les nostres vides ja són com les vides dels habitants de Gotham; vides de terror en un món violent i en destrucció. El Joker sorgeix perquè la sanitat no funciona, perquè la gent està cada cop més sola, la societat és més violenta i hostil, augmenta la pobresa, el capitalisme està en fase terminal… I tot això ens demostra que el que necessitem no és continuar apedaçant el sistema, amb una sanitat pública millor o amb una cultura més tolerant i acollidora, sinó una autèntica revolució.

12.11.19

Matar a una universidad

Por suerte y por desgracia, este tipo de protestas universitarias no son nuevas. Hace años protestaban igual contra el plan Bologna y después por el 15M y siempre con la privatización de la universidad como excusa. Se diría, en fin, que son los mismos revolucionarios con (no tan) distintas pancartas. Lo novedoso en Cataluña es la dimisión del poder; de los dirigentes y de la “intelligentsia” de la derecha nacionalista, presuntamente liberal. Antes un Convergente de bien tenía que estar en contra de la violencia en los campus y a favor del derecho de los estudiantes a ir a clase. Pero ya no. Ahora una candidata Borrás tiene que confundir el derecho a huelga con el derecho a okupar la Universidad y a impedir a los estudiantes ejercer sus derechos y a los profesores sus deberes. Porque lo de antes era en su contra y lo de ahora es a favor de su procés y en defensa de sus presos. No es que hayan perdido la autoridad moral para llamar al orden, es que ya no saben a qué orden llamar. No tienen alternativa a la protesta. Y sus discípulos tampoco.

Así se entiende que unos encierros en contra del encarcelamiento de sus líderes acabasen, con éxito, cuando se les concedió la evaluación única. Los líderes siguen en prisión pero ellos pueden seguir protestando sin arriesgar el curso. Los jóvenes revolucionarios y sus gobernantes defienden ya exactamente lo mismo y tan poco: el derecho a la pataleta indefinida.

Pero peor son siempre esas otras negociaciones simuladas entre los estudiantes que cierran la universidad y los que se quedan fuera. Porque sólo sirven para legitimar la violencia. El estudiante expulsado no es interlocutor sino simple reclamo para los medios que acuden a la llamada de la violencia. La discusión en condiciones de igualdad es imposible porque hay uno que puede silenciar y silencia de hecho al saberse inmune a cualquier argumento que se le puede presentar. Le digan lo que le digan, la barricada seguirá en pie. La decisión ya está tomada y él mismo no podría cambiarla aunque se dejase convencer. Es un mero funcionario de la revolución y se encuentra, como ese Orwell matador de elefantes, con que lo primero que ha destruido al tomar la Universidad es su propia libertad. El diálogo que finge es un intento de olvidar su condición, y por no debemos regalarle una sola palabra.

En estas situaciones, cualquier apariencia de conversación es una perversión del diálogo y, con él, de la propia institución universitaria. Porque la palabra se devalúa al ponerla al servicio de la confrontación y al convertir toda conversación en un debate, con unos ganadores y unos perdedores (que ya están, encima, decididos de antemano). Quien se encierra en la universidad está convencido de que el diálogo es imposible y que toda aparente búsqueda de la verdad es en realidad búsqueda del poder y de la dominación. Que la sociedad es lucha por el poder y las palabras un arma más. Si el revolucionario se cree legitimado para usar la violencia es porque la da por supuesta y porque cree que él sólo la hace explícita, en protesta contra la hipocresía del sistema y en legítima defensa.

Esta es su convicción fundamental, pero no sólo la suya. Si vemos tantas dificultades en combatirla es porque este es un discurso cada vez más generalizado en nuestras democracias en la era a la que venimos llamando de la posverdad. Los estudiantes nos demuestran que en este mundo puede haber debates y puede haber democracia, pero no puede haber diálogo y no puede, por lo tanto, haber Universidad propiamente dicha. Porque la vida universitaria es una vida centrada en la búsqueda y la transmisión de la verdad mediante la palabra, el diálogo, mientras que el debate sólo es la búsqueda del poder mediante la palabra.

La indefensión de la Universidad frente a estos argumentos contra la verdad, en parte por ser tan suyos, se ve reforzada por la convicción, tan democrática, de que la Universidad tiene que ser para todos. Pero lo que demuestran estos días es precisamente que la Universidad sólo es tal cuando es una sociedad cerrada para quienes pretenden dedicar unos cuantos años de su vida a la búsqueda sistemática de la verdad. Los demás tienen sitios mejores y más útiles para perseguir sus fines, pero estos sólo tienen la Universidad. Para seguir siendo digna de su nombre, la Universidad debe ser una institución militante. Que expulse sin complejos a quienes impiden su correcto funcionamiento y defienda su carácter exclusivo y elitista en el más democrático de los sentidos. Sólo así puede cumplir con su función social en una época en la que parece más urgente que nunca. Al fin, incluso el antisistema merece un sistema que funcione y se defienda.

Publicado en Expansión

6.11.19

Noción de naciones

Estaba Jaume Asens en un debate, explicando muy pedagógico que el Estado español está compuesto de distintas naciones y que Cataluña es una de ellas, cuando Arrimadas le preguntó si Andalucía también. Asens concedió y Arrimadas repreguntó: ¿Y Murcia? Murcia no. Yo pensaba que algún murciano se ofendería, pero no dio tiempo. En seguida se dio cuenta Asens de que él no era nadie para hablar en nombre de los murcianos y quiso dejar muy claro que aunque Murcia no sea una nación todavía, puede serlo si así lo desea. No tuvo tiempo ni interés en explicar cómo pero no hacía falta. Porque por mucho que se burlen de ella C’s y el PP, en esto de las identidades la izquierda tiene una posición bastante coherente.

Para la izquierda las identidades se construyen sobre la voluntad y si eso sirve para las identidades de género o de raza, con más razón todavía tiene que servir para las identidades nacionales. En este sentido entiende todo el mundo que una nación es siempre un nacionalismo; un proceso siempre en marcha y por lo tanto sin fin. Lo difícil en estos tiempos es, en realidad, sostener lo contrario. Lo difícil es encontrar pruebas objetivas de la identidad, sostener un esencialismo determinado por Dios, por la naturaleza, por alguno de esos politólogos de moda o por una historia cerrada ya y de una vez por todas. Por eso es normal que nuestros liberales confundan de forma deliberada el Estado con la nación o se nieguen en rotundo a hablar de identidades aún cuando en una elección a ciegas todo el mundo prefiere que en el airbnb de al lado se le instale una familia de suecos antes que una de napolitanos.