26.10.23

Envidia de pena o el complejo de Milei

Así cayó el muro de Berlín y así cayeron las acciones de Aena, con una comunista traspapelada anunciando por error el fin de una era. Y si la primera vez sirvió para certificar la tragedia, la segunda, ya se ve, sólo podía servir para anunciar la farsa. La farsa que se consuma cada vez que se anuncia un cambio histórico en nuestro país y la farsa que es nuestra particular perestroika. 

Una perestroika que tomará las múltiples formas que tome, con o sin cambio constitucional y con o sin cambio de "modelo productivo", pero que lo hará en la mismísima dirección de siempre. Hacia poniente. 

Si con Fukuyama podíamos ver en la llegada de los televisores y los McDonald's a Rusia el símbolo de la victoria occidental, nosotros podemos ver en la proliferación de empanaderías argentinas el de nuestra más profunda derrota.

Vivimos una argentinización en ciernes que sólo limita, o al menos disimula, el hecho de que seamos todavía súbditos de la Unión Europea y de sus políticas monetarias. 

La huelga de maquinistas provoca restricciones masivas en el tráfico ferroviario en Alemania

De ahí que, puestos a elegir entre el gentil despotismo bruselense y el peronismo de la izquierda quincemesina, los españoles hayan preferido quedarse con lo mejor de los dos mundos y estén ya esperando entusiasmados la próxima aprobación de la Ley de Cuidados, "en coherencia con la Estrategia Europea de Cuidados".

Y aplaudiendo, mientras tanto, la promesa de ver reducida su jornada laboral sin ver afectado su sueldo ni su productividad. No hace falta decir que con una inflación como la que venimos sufriendo, trabajar menos horas y cobrar lo mismo es perfectamente posible y nos dejará mucho más tiempo libre para gozar de nuestro progresivo empobrecimiento.

Y es, de hecho, incluso conveniente. Porque cuando logremos empobrecernos lo suficiente, podremos tener a dos trabajadores para hacer lo que en otros países o en otros tiempos haría uno solo, mejorando así, y mucho, las lamentables cifras de paro. 

La inflación, es sabido, es la mejor aliada de la argentinización.

Y el sueño húmedo aquí es ir construyendo una nación de ratas peleando por un churro con música de Linkin Park de fondo. Donde los churros, la música y la consecuente mala leche se financian con fondos europeos y se parten y reparten desde el Ministerio de Cuidados de la muy honorable señora Pam.

Porque cuanto más pobres, más necesarios son los cuidados.

Es la misma lógica que en la política de alquiler, donde no se reduce el precio, pero sí la oferta, y donde la poca oferta y los pocos recursos que quedan van quedando en manos del Gobierno. Parque público de alquiler y ayudas concedidas con criterios lo más opacos y arbitrarios posibles en función de los sucesivos intereses electorales. 

Un sistema de reparto de cuidados, que es necesariamente un sistema clientelar, donde el ciudadano depende cada vez más del Estado y de la generosidad de sus gobernantes, incluso para tener un techo bajo el que dormir y la pastillita para conciliar el sueño.

Viendo la magnitud de los problemas que tenemos, el nerviosismo de nuestros políticos con el ascenso de Milei allende los mares sería un tanto sorprendente, pero es tan sintomático como lo de las empanadas. Hay por aquí una cierta "envidia de pena" que ha llevado a tantos líderes izquierdistas a cruzar el charco para aprender de los ministros del 139% de inflación. Y una cierta envidia de Milei por la claridad del diagnóstico y la radicalidad de su oposición, mientras aquí vemos la decadencia sin saber ni poder combatirla. 

Por eso Sánchez aprovechó para acusar a Ayuso de apoyar al candidato "ultraderechista" y por eso aprovechó Ayuso para insistir en que espera un cambio en Argentina. Pero sin citar a Milei, porque ni Ayuso se atreve todavía a tanto.

Pueden estar tranquilos. Todavía es pronto para un Milei, y no será Ayuso. Falta todavía mucha pobreza y mucha red clientelar por construir. Pero todo llegará.

24.10.23

Contra Israel se manifiestan mejor

Cuando uno va a estas manis contra el genocidio que no es, que no será y que no hubiese sido, debería cuidarse muy mucho de no acabar dando su apoyo a los auténticos genocidas. Debería, por lo tanto, asegurarse de que la mani es realmente a favor del pueblo palestino y dejar muy, muy claro que no hay que confundirlo nunca, ni por un momento, con sus carceleros: los terroristas de Hamás. 

Para evitar estas confusiones, debería por ejemplo presentarse con una pancarta que denunciase las atrocidades de Hamás, aunque lo hiciese con el lenguaje más tibio que cualquier persona civilizada pueda emplear contra estas gentes. Un triste Hamás No bastaría.

Si se considera que esta pancarta no es necesaria o no es conveniente, desvía la atención o pone a sus porteadores en peligro, debe concluirse que la manifestación no es a favor de Palestina, sino de Hamás. 

No deberían ir, por lo tanto. Y, sin embargo, van.

Van por la absurda convicción, fundamental en la izquierda interseccionalista, de que todas las causas nobles son compatibles, aunque la derecha sea incapaz de entender cómo pueden serlo, por ejemplo, la causa queer con la causa de Hamás, que al menos no es TERF, porque para ser TERF hay que ser feminista.

Van por la irresponsabilidad típica de quien vive de negligir las consecuencias negativas que sus actos puedan tener y de magnificar hasta el nivel "veterano del Mayo Francés" cualquier pequeña influencia positiva que pudiesen tener, por remotísima que sea.  

Van por haber estado allí, por ese absurdo narcisismo del adolescente revolucionario, que parece que no curan ni la edad, ni los viajes, ni las poltronas a cargo del erario público, de querer participar de la historia ofreciendo siempre el mejor perfil.

Es además un narcisismo inherente a toda manifestación, basada en la ególatra convicción de que el mundo necesita escuchar nuestra voz.

Eso es algo que puede hacerse contra Israel, que ya vemos que es capaz de cualquier cosa. Incluso de escuchar sus esperanzados grititos y de no cometer el genocidio que no quería cometer. Pero es algo que todos sabemos que no se puede hacer contra Hamás. Porque Hamás no escucha y no atiende. No, al menos, a las razones habituales del pacifismo progre.

Manifestarse contra Hamás, que es la primera reacción que deberían haber tenido todas estas bellas almas, es inútil. Y hay quien ha venido a la política, e incluso al mundo, a ser útil. Y quizás por eso le exigen, y le exigimos de hecho todos, mucho más al gobierno israelí que a los terroristas de Hamás.

Quizás sea esa la forma más aceptable de racismo, por cuanto aceptamos que los de Hamás no son capaces de nada más, mientras que Israel es, y por lo tanto debe ser, capaz de convertir la santidad en un deber patriótico. Y la más útil, además, por cuanto permite usar a los palestinos y a su causa nacional para avanzar en la propia agenda.

El colmo sería esta crisis de gobierno (también futuro, también hipotético, como el genocidio) que está intentando Podemos para recuperar su momentum y, cabe suponer, algo de su poder.

Y por eso van contra Israel aunque tengan que ir con Hamás. Porque Israel es un país capaz de cualquier cosa. Incluso de escucharles a ellos. Israel es capaz, incluso, de no cometer el genocidio que no quería cometer y de darles una excusa perfecta para presumir, ante el espejo, el psicólogo, los nietos o los gatos que vendrán, de que ellos fueron capaces de parar un genocidio.

11.10.23

Nunca Hamás: lo que los israelíes saben que nosotros ignoramos

Israel tendrá paz cuando Palestina tenga esperanza. Es una frase que ha circulado estos días con gran éxito de crítica y público pero que es sólo media verdad.  

Su éxito consiste en que la llamada a la esperanza no se dirige a los palestinos sino a nosotros, las bellas conciencias occidentales, necesitados para seguir funcionando de la esperanza en que el progreso es posible. Incluso en Oriente Medio; incluso en tierra santa. Y que para lograrlo bastaría con que Israel deje de robarle los sueños a los niños palestinos.  

Pero es una media verdad porque habíamos quedado que los autores de estos atentados y los enemigos de Israel no son los palestinos sino Hamás, que no es lo mismo y que está muy feo confundirlos. Si es así, lo que se quiere decir es que en Israel no habrá paz hasta que los terroristas de Hamás tengan esperanza. ¿Y no es precisamente la esperanza de Hamás la culpable de esta y de tantas otras barbaridades y guerras?

¿No es todo esto culpa de la esperanza de Hamás y de sus aliados en poder algún día acabar con Israel? ¿No lo es la esperanza de sus aliados en que los palestinos desesperados seguirán teniendo hijos a quienes poder usar de carne de cañón cuando convenga a sus intereses? La esperanza de que esto no se acabará y de que para siempre tendrán una arma para destruir cualquier posibilidad de paz, democracia y prosperidad en la región que ponga en riesgo su poder. 

¿No es en el fondo la esperanza la auténtica culpable de la guerra? 

Es algo que no explora la izquierda, que tantos culpables ha tenido que buscar estos días, hasta en los más recónditos apuntes de historia del bachillerato. Porque no puede. Porque sea quien sea el culpable que encuentren saben que no podría ser nunca Hamás. Pero explica mucho. Explica, por ejemplo, por qué cuanto más bestias son los asesinos más desesperados y, por lo tanto, más inocentes parecen a sus ojos. La desesperación explica la asimetría moral con la que tratan al machista del bar de la esquina y al luchador revolucionario que viola, mata y exhibe públicamente y no necesariamente en este orden a una joven israelí secuestrada. 

Lo que no puede contemplar la buena conciencia occidental es que si todo depende de la esperanza de los palestinos, es decir, de la conveniencia de Hamás y de sus aliados, entonces Israel no vivirá nunca en paz. Nunca Hamás. 

Y es eso lo que de verdad admira hasta el punto de lo insoportable a las buenas conciencias occidentales. El constatar el empeño de una gente, de un pueblo, en vivir en ese polvoriento polvorín aunque les vaya la vida en ello y sin esperanzas de que eso vaya a cambiar pronto.  

El que mata les es mucho más comprensible. Por eso suele entender mejor a los asesinos de ETA que a las empecinadas de sus víctimas y por eso le pide a Ucrania con los más variados eufemismos que se rinda de una vez, que estar todo el día muriendo por unos metros de frontera no es manera. 

El que mata es más comprensible porque con sus actos espera erradicar el mal en el mundo. Para recuperar la historia a contrapelo, para deshacer las injusticias del pasado y dejarnos un futuro mejor. El israelí que se resiste a rendirse es incomprensible porque parece vivir sin esta esperanza. Porque vive cada día aceptando la existencia del mal. Y la condena, bíblica, de tener que convivir con él o perecer en el intento. 

El israelí sabe y acepta lo que tantos de nuestros hipócritas y cobardes analistas de partido no se atreven ni a contemplar. Que en este mundo no habrá paz para los justos. Nunca Hamás.

5.10.23

¡Qué 'geta'!

El Getafe CF puede tener a Bordalás en el banquillo, a Greenwood en la mediapunta y a Damián en el lateral, pero ya no puede tener a Alfonso Pérez en el nombre del estadio. Porque todo tiene un límite.

No vale, por ejemplo, con haber sido, según dicen, una leyenda de la ciudad. Y no vale, de hecho, con ser futbolista, porque ya me dirán ustedes cómo va a transmitir valores como la igualdad gente empeñada en ser mejor que sus rivales.

Para transmitir estos altísimos valores deportivos, de hecho, ser deportista es lo peor. Mucho mejor, y más que suficiente, es en cambio ser concejal del Ayuntamiento de Getafe, donde uno puede, entre desayuno y almuerzo, salvar al futbol, o al menos al Geta, de la terrible crisis de valores en la que está sumido.

En casos tan graves como estos, entrar a valorar las declaraciones es perder el tiempo.

Primero, porque son declaraciones de un futbolista, y a un futbolista no hay que preguntarle, y mucho menos escucharle. Ni siquiera sobre fútbol.

Segundo, porque no hay ya nadie en nuestro país, ni siquiera Rubiales, que pueda hacer una declaración mínimamente polémica que merezca detallados análisis. En nuestro país toda polémica es sólo una oportunidad para que algún concejal o su community manager puedan lucirse un rato exhibiendo el enorme tamaño de su virtud. Y por eso uno puede dar siempre por seguro que el castigo aplicado excede al delito.

No es necesario mayor comentario, porque todo el mundo entiende enseguida que el motivo es el machismo. Y que contra el machismo vale todo. Es ya lo único serio, y todo lo demás es chiste. Como eso de ir a Manchester a ponerle a Guardiola una rojigualda en los morros. O como fingir que estas han sido declaraciones polémicas que obligan a cualquier politicastro de tres al cuatro a intervenir.

Lo único que justifica leer y constatar que lo que dijo Alfonso no es para tanto porque no es para nada, es ver cómo va desplazándose la línea roja de la cancelación en nuestro país.

Lo impresionante de estas "polémicas declaraciones" es justamente lo poco polémicas que fueron en un ambientazo como el que tenemos. Y por eso son especialmente útiles para ver hasta qué ridículo punto están estos justicieros de empeñados en que todo esté siempre al servicio de sus más tristes y miserables politiquerías.

Y para constatar, aunque ya sin el horror que estos debería causarnos, que lo que se pide ahora ya no es que no se cuestionen sus valores, sino que se den muestras públicas, claras y transparentes, de una absoluta adhesión. Porque esto es lo que se le está pidiendo a Alfonso Pérez cuando se le castiga por dar su opinión "en lugar de" hacer lo que toca, que es "ensalzar aspectos tan importantes en el deporte como la superación, el esfuerzo o la igualdad".

Son totalitarios hasta el punto del ridículo. Coronado con un broche final cuando estos progresistas empeñados en parecerlo más que nadie le recuerdan al club que en lugar del nombre de un machista, podrían poner el de alguna multinacional que les dé pasta de verdad, como hacen los clubes serios.

En el fondo, les están haciendo un favor. Y con ellos, a todos los demás.

Hasta yo creo que Getafe, su club, sus aficionados y sus leyendas deportivas merecen un poquito más de respeto. O, al menos, un poquito más de porfavó.