28.7.22

A Borràs la querrán muerta, pero cobrando la pensión

Hay defensas que son peores que una condena. Que insistan en que José Antonio Griñán "no se ha quedado nada", por ejemplo, es una falsedad que, aunque a él puede salvarle el honor o el ego, pervierte todo el sistema ideológico y político del PSOE andaluz. Porque el subsidio es compraventa de votos y lealtades. Y de eso, y no sólo de pan, vivieron Manuel Chaves, Griñán y el PSOE, andaluz y no tanto, todos estos años.

Esto de no quedarse nada a excepción del poder y de todo lo demás es en sí mismo una parodia tanto del socialista generoso como del andaluz subsidiado como de la socialdemocracia redistributiva toda ella.

Es lógico que ante la magnitud de la tragedia, ante la profundidad de la corrupción de quienes "no se han quedado nada" y las terribles consecuencias morales, electorales y laborales de tantos, se agarren como un clavo ardiendo a sus mejores intenciones, a lo triste que está y al siempre saludaba.

Y si la corrupción andaluza desmonta y ridiculiza las esencias del socialismo andaluz, la presunta corrupción de Laura Borràs hace lo mismo con las de la política catalana en general y de JuntsxCat en particular. Incluso, digo, en su condición de presunta. 

Porque la política catalana ha quedado reducida a dos cosas y una excusa: la defensa de la lengua y la cultura, y la conservación y reparto de cargos y prebendas excusándose en la independencia y la lucha contra la represión española. Excusa según la cual en Cataluña el poder no se ejerce, sino que sólo se sufre.

El juicio a Borràs, se diría que independientemente de la sentencia, pone en duda todo el montaje porque la corrupción es, en sí misma, power signaling, por decirlo en un palabro técnico. Y porque uno sólo puede fraccionar contratos cuando tiene pasta que repartir y poder para decidir.

Y esto, ahora, es ya motivo de vergüenza para las fuerzas derrotadas y cautivas del independentismo de verdad que sacan toda su legitimidad y todo su descaro retórico de su condición de víctimas represaliadas. 

Que se hiciese en nombre de la cultura catalana, desde la Institució de les Lletres Catalanes, sería el primero de los chistes. Pero no el más malo, porque al fin cada uno se corrompe desde el poder que tiene.

Y porque, en Cataluña, el poder es ya una vergüenza más grande que la corrupción.

Pero a Borràs le encanta el poder. Algunos pensaron que lo suyo era sólo voluntad de cámara, de salir siempre en la foto y ocupando todo el centro. Pero tras esta frívola tendencia a colarse hasta en los selfis de los japoneses se esconde, parece, una voluntad de poder que es cada vez más incómoda para propios y extraños.

Borràs no encuentra defensa ni aliados porque ya tanto sus virtudes como sus defectos desnudan a su partido, a su Gobierno, a su Parlamento y a su cargo.

Tanto su presunta corrupción como su voluntad de poder desnudan a un partido centrado en disimular que no quiere el poder porque no quiere la responsabilidad de tener que estar a la altura de sus vacuas proclamas. Y a un sistema centrado en la gestión, que no necesita de la corrupción porque ya tiene un control casi absoluto de las cuentas, las instituciones, los silencios y los favores.  

"Los que me quieren muerta, me tendrán que matar y ensuciarse las manos", ha declarado Borràs, cesarista. Estas palabras son algo insólito en el oasis catalán postsentencia.

Por eso, a falta de brutos que se atrevan, los partidos se han puesto a hacer lo que tan bien saben, que es negociar que la todavía presidenta del Parlament pueda llegar a cobrar, la pobre, la pensión de jubilación que corresponde a tan honorífico cargo. 

Sería la gran broma final, si tuviera gracia. Y si todo este paripé pudiese tener fin.

21.7.22

La tragedia de Anna Gabriel

Vuelve Anna Gabriel, a quien algunos siguen considerando la más radical de las líderes del procés. Con buena parte de razón. Pero la radicalidad de Gabriel, como la radicalidad de la CUP, sólo sirve para iluminar la realidad. La normalidad.

Al fin, lo extremo es siempre una oportunidad, y a menudo una excusa, para justificar o excusar la normalidad. En Cataluña, claro, donde la culpa del procés no la tienen, pobretes, los jóvenes radicales de Arran, sino los antiguamente encorbatados convergentes, los empresarios del seny y la moderación y el periodismo analítico, serio y reflexivo.

Gabriel nunca pretendió ser como ellos. Y tampoco lo fue en el momento decisivo, cuando tantos fueron a la cárcel y otros tantos al exilio de Bruselas. Ella no podía ir a la cárcel, porque no le correspondía, y no podía ir a Bruselas, porque sería ya el colmo del cupero el convertirse en profesional de la política institucional justo en el exilio.

Para hacerlo épico, que es de lo que se trataría, Gabriel podría haber ido a Venezuela o a Cuba. Pero ella se fue a Suiza, el centro excéntrico de Europa, supongo que por aquello de que al enemigo sólo se le derrota desde dentro y los suizos estaban muy necesitados de un poquito de activismo sindical.

Gabriel no es como aquellos cobardes que huían de la cárcel. Huir de la cárcel es lo normal. Es lo comprensible. Y es lo que hace que, en realidad, el sistema funcione. El miedo a la cárcel es el último de los poderes del Estado y un enorme peligro.

Y la que podría ser, o haber sido, una de las más peligrosas consecuencias del procés es que hubiese, realmente, una generación de políticos y de activistas que hubiesen perdido el miedo a la cárcel. Que la convirtiesen incluso, como dicen y como pretenden sin mucho éxito, en ritual de paso. En martirio necesario. En credencial, incluso, como en otros movimientos “de liberación nacional” que ahora, perdidamente impúdicos, reivindican como afines.

Gabriel tenía que ser de estas últimas. Porque Gabriel era una valiente, sacrificada por su país y por su causa, que huía sin miedo y sin necesidad, solamente para dejar claro que en esta España tan normal, tan democrática y europea, alguien como ella simplemente no podía seguir viviendo.

Se fue para poner en evidencia al aparato represor del Estado español. Para avergonzarlo ante el mundo libre y también, diría yo, aunque no me consta que lo dijese ella, ante todos aquellos rendidos y colaboracionistas que están ahora viviendo, la mar de bien y la mar de cómodos, de la política autonómica y del pasteleo de dineros y cargos con el Gobierno español.

Y ahora vuelve, dicen, gracias a oscuras negociaciones y pasteleos de esos mismos rendidos y colaboracionistas. Negociaciones de las que ni siquiera el periodismo procesista conoce los detalles. Pero que, insinúa, le garantizan la libertad y le prometen el indulto.

La CUP celebra esta vuelta como una victoria de la resistencia. Otra más. Pero su insistencia en que ahora vuelve porque por fin se ha aclarado que su acusación no implica privación de libertad da la medida exacta de la situación del independentismo. Del más radical y del menos.

Todo lo que hizo dependía, precisamente, de que su acusación no implicase cárcel y de que su exilio fuese voluntario, heroico, activista, resistencialista y antisistema, y no cobardica e institucional, con sede oficial y demás lujos, como el de sus antiguos compañeros de lucha.

Todo se basaba en que, siendo ella la más radical de todos, no podía ser menos que los demás. Gabriel, simplemente, no podía presentarse ante sus compañeros de batalla como una mujer liberada previo pago de una multa que se supone que nadie de su condición, digamos que alternativa, debería poder (ni aceptar) pagar.

Y ahora que vuelve la más radical de las líderes del procés, los periódicos procesistas le guardan una esquinita en la home para recordar a sus lectores que su vuelta es una buena noticia y que la unidad antirrepresiva implica dar apoyo a todos los represaliados.

Sin peros y sin preguntas. Por si hacía falta aclararlo.

14.7.22

Y Rufián tuvo razón...

Gabriel Rufián tocó hueso y es natural que a Pedro Sánchez le doliese. Sus tres balas cuestionan de raíz el giro a la izquierda con el que pretendía y consiguió acallar a podemitas y yolandistas, y que hoy tanto celebran los afines.  

Y ponen además sobre la mesa la naturaleza, terrible, caída, del proyecto que este Gobierno, y esta inercia de años que llevamos, tienen para España. Es algo parecido al viejo tópico del país de camareros (ahora con contrato fijo discontinuo) para satisfacer las necesidades veraniegas y jubiletas de los ricos del norte. Pero no sólo. 

España no es sólo un país de sol y playa. Sino que es, también por eso, un país de frontera con el sur que viene y al que alguien tendrá que mantener a su lado, que es el otro lado, de la civilización y el progreso. 

Sánchez gira a la izquierda, pero nadie desde el Gobierno había hablado con tanta convicción de las mafias de inmigrantes y con tanta frialdad de los muertos en la frontera. Sánchez gira a la izquierda, pero también para reencontrarse en el oeste con el amigo americano, al que no hace tanto despreciaba, y al que ahora entrega encantado parte de nuestro Presupuesto y de nuestra política exterior.

O sea, que sí, que gira hacia la izquierda, pero también y al mismo tiempo hacia la derecha más extrema. Con la creciente desesperación de sus socios e indiferencia de sus súbditos, Sánchez se ha ido afianzando en este nuevo centrismo occidental, con una moral y una fiscalidad de izquierdas sustentadas en un autoritarismo dícese que de derechas. El mismo autoritarismo que le permitió encerrar a los ciudadanos y a los diputados en contra de la Constitución y salvarse de la acusación de populista, porque era todo muy serio, muy grave y muy técnico. 

Porque Sánchez es de izquierdas y muy mucho, pero es también un poco de todo. Es, sobre todo, un técnico y un socio fiable de Europa. Un buen súbdito. Un hombre sereno y obediente, que cumple con Europa y que comparte, además y sin matices, la plena confianza en una Unión que es garantía de progreso. De progresismo. Un hombre que actúa sin alarmismos ni catastrofismos.

No hay medida, por ideológica que sea, por radical que sea, que Sánchez no justifique en el fondo por criterios puramente tecnocráticos que, por falsos y falaces que sean, tienen la enorme virtud de deslegitimar el debate y reducir al discrepante a exaltado ignorante. Desde la pandemia hasta la economía pasando por la ley trans y la ley de memoria histórica. Tras cada una de estas medidas hay un experto a sueldo explicando, muy sereno, que no podría ser de otro modo. 

Y es el mismo centrismo que le permite gravar a la banca como Mario Draghi, y no como Boris Johnson, ante la estupefacción de quienes esperaban algo así como un poco de responsabilidad fiscal.

Que su fiscalidad sea de izquierdas e irresponsable es una sorpresa digamos que muy relativa. En este país y desde hace años, decir fiscalidad de izquierdas es redundante. Y supongo que es necesario que lo sepamos nosotros, pero iluso pretender advertir a Sánchez de que los impuestos a la banca y a las eléctricas los pagaremos los clientes, que somos todos y sin remedio.

Lo sabe, claro que lo sabe. Y sabe perfectamente que estos son los impuestos que nos serán más fáciles de tragar precisamente porque se supone que los pagan los ricos y no nosotros. Sánchez sabe perfectamente que la alternativa a estos impuestos tan populares, tan populistas, son otros impuestos mucho más impopulares o son recortes y reformas, totalmente inasumibles hasta que son inevitables. Y que nadie en su sano juicio se presentará a las elecciones prometiendo recortes allí donde los recortes son necesarios. ¿En pensiones? ¿En Sanidad? ¿En Educación?

De ahí las risas de Sánchez por las becas. ¿Se van a quejar ustedes, los de las "becas para ricos"? ¿Se va a quejar de verdad alguien en este país, donde toda la Educación superior está pensada, y cada vez más, como una beca, como un Erasmus, como unos años sabáticos pagados para las clases medias y altas?

Si incluso Isabel Díaz Ayuso quiso justificar esas polémicas becas diciendo que así habría más, cuando la gracia liberal es que haya cada vez menos. Que el Gobierno y el Presupuesto sean cada vez más pequeñitos. No por vicio ideológico, sino por falta de necesitados. 

Pero a ver quién dice esto. 

Es evidente que Sánchez no aspira a sacarnos de esta crisis. Porque Sánchez, como buen izquierdista, resuelve los problemas por elevación. Todo es culpa de alguien más poderoso, más lejano, más de los de arriba. Y el precio de la sandía es culpa de Rusia y las balas de Rufián, de las mafias internacionales. 

Sánchez quiere creer que la crisis es culpa de Vladímir Putin y la salvación es cosa de Europa. Que también de esta saldremos juntos y saldremos más fuertes. Que quiere decir que ya nos sacará alguien y esperemos que más o menos enteros. Y que las reformas (sólo) vendrán cuando y como lo decidan y lo impongan sin discusión y sin remedio los oscuros técnicos europeos.

Lo que hace Sánchez cada vez que nos equipara con Europa, y es constante, es recordarnos, sin fatalismo, sin alarmismo, que en este país las decisiones fundamentales sobre la economía española tampoco las tomaría Alberto Núñez Feijóo. Que lo único bueno que pretende tener el PP también lo tiene él, y que, por lo tanto, y al fin y al cabo, tanto monta, monta tanto.

7.7.22

Asaltando el Capitolio

Pensaba que no dejaban entrar comunistas en Estados Unidos y después pensé que no sé si Irene Montero y sus acólitas son o no comunistas. ¿Qué es un comunista, ahora y aquí? En España, en su Gobierno.

Nuestras seudo comparten con los viejos totalitarios una especie de fascinación fetichista por los frutos de la libertad. Los selfies en Times Square, digamos, tienen algo de perversión ideológica, de desviación diría yo, de la vieja ortodoxia según la cual el capital es el mal y esa plaza sería algo así como Mordor. 

A diferencia de otras fotos históricas en la sede del mal, como aquella de Adolf Hitler en la Torre Eiffel, por poner un ejemplo simpático, esta foto no era la celebración de una conquista, sino la conquista de la celebración.

Cuando uno llega a Times Square llega a algo. Algo ha conseguido. Algo ha conquistado, incluso. Es un viaje largo y pesado que la mayoría hacemos contadas veces en la vida o ninguna. y que siempre es especial por lo de las pelis y canciones y demás. Es el Empire State of Mind. La franca, por Sinatra, sensación de que si has llegado hasta allí puedes llegar donde quieras. 

Todo propaganda capitalista, claro, pero que funciona y ya ven cómo. 

Y quizás sea este el gran logro del capitalismo del que tanto se lamentan los supuestos revolucionarios. Esa capacidad para integrar la disidencia, la alternativa real y demás. Que obliga a quien pase por Times Square, aunque sea en misión laboral, aunque sea porque ha ido a salvar a la mujer de las garras de la explotación económica del neoliberalismo global, a comportarse como un turista más. 

Los selfies de nuestras más revolucionarias en Washington y Nueva York recuerda a los selfies que se tomaban los asaltantes del Capitolio al llegar a la Rotonda de las estatuas. Habían ido a derribar el sistema, pero se encontraron con todo dispuesto, con el caminito marcado por esas cuerdas de terciopelo con pies dorados. Todo muy bonito, todo muy pensado, todo muy preparado para convertir al asaltante en visitante y al revolucionario en un simple turista.

Porque, ¿quién querría hacer la revolución pudiendo hacer turismo de calidad, del caro que sale gratis porque pagan otros, por Nueva York?

Pero si la izquierda se presta al juego no es sólo por necesidad. La izquierda que flirtea con el comunismo lo hace encantada, porque está convencida de que Times Square sería lo mismo, pero mejor, si gobernase el sector izquierdista del Partido Demócrata, con Alexandria Ocasio-Cortez o Bernie Sanders o quien sea a la cabeza en lugar de Joe Biden.

La izquierda de verdad sueña con un Times Square sin pobres ni miradas lascivas, y sin contaminación, y con tenderetes de hummus y grillos rebozados y kombuchas de todos los colores en lugar de hot-dogs y coca-colas.

Tiene sueños más bien modestos, digamos, porque la izquierda de verdad cree que el comunismo es como el capitalismo, pero gobernando ellos. Con un mayor control de las cosas, que con un poco más de poder en sus manos y no en las otras, podríamos tener todo lo bueno del capitalismo sin nada de lo malo. 

Por eso no tiene problema con la contaminación del Falcon, que es menor y menos preocupante si se usa para hacer la igualdad de género, que hay que hacerla y no se hace sola, y por eso han ido a las Américas. Y por eso no tiene ningún problema con el gasto público si se gasta bien, porque el dinero público no es de nadie, chiqui. Es decir, es suyo. Que por eso son los legítimos representantes del pueblo.

De ahí que toda la discusión sea si es o no es legítimo, si es moral o es machista, reírse de sus selfies en las redes. Porque para ellas, el comunismo ya no es aquello tan pesado y tan viejuno del control de los medios de producción. Ahora y aquí, el comunismo es el control de la producción de memes.