30.6.22

Contra la división, contra la Constitución

Cuando en un debate como este unos lamentan la prohibición y otros la división, ya se sabe quién ganará. Los tiempos van a favor del aborto y de su legalización, y la sentencia que anula Roe vs. Wade es sólo una de las muchas piedras en el camino del llamado progreso.

Lo que sí parece poner en juego, ya no la sentencia, sino estos mismos tiempos, es el futuro del régimen constitucional. Y no sólo en Estados Unidos, sino en Occidente entero.

Lo que está en cuestión es el propio sentido y función de la Constitución, donde las viejas leyes y morales ponen límite y trabas a los nuevos principios y eventuales mayorías y apetencias. Y que se parece mucho más a lo que entienden estos jueces tan parodiados, originalistas y contextualistas (como si formasen parte de una oscura secta), que a todos aquellos que leen la sentencia no por su adecuación a la Constitución o por su rigor justificativo, sino por su conveniencia histórica o política.

Al fin, por aquello de la separación de poderes, la función de los jueces, y de estos en particular, no es hacer leyes sino hacerlas cumplir. Y Roe vs. Wade era una lectura forzada de la Constitución que se había excedido en las funciones del Supremo, quitando el poder de legislar a los legisladores, a los Estados. Que en una república federal, que no es una nación de naciones pero casi, es garantía de pluralidad y de libertad.

Incluso, como dicen, de la libertad de votar con los pies, que ya es decir.

Que estos días se hable más de acabar con el Supremo que de enmendar la Constitución da buena cuenta de que el problema está en el bando progresista, que mira ahora el futuro con recelo y que ha dejado de soñar con la desaparición de los conservadores, superados por la historia, y con la llegada, finalmente, del reino de la libertad.

En este debate, los progresistas ven bien que tan difícil es consensuar una ley sobre el aborto con los republicanos como hacerlo entre ellos. Que tampoco ellos tienen una moral propia y que el famoso consenso, que siempre busca quien confía en ser consensuador y no consensuado, es casi imposible de lograr siquiera entre los demócratas que creen que debería poder abortarse hasta la última contradicción y quienes defienden una ley de plazos mucho más parecida a la nuestra.

Porque parece que a una y a otra ley no las separen unas semanas de embarazo, sino una civilización.

El consenso necesario, el consenso que ya ni se busca entre unos y otros, entre quienes rozan el infanticidio y quienes coquetean con la prohibición, es un consenso que no se construye con lemas como el de "mi cuerpo es mío" o "mi cuerpo, mi decisión". Un lema y un principio liberal-cristiano en sus fundamentos y, por lo tanto, insostenible en la nueva democracia posliberal y poscristiana.

Y por eso su cuerpo es sólo suyo en el caso del aborto, pero no en el embarazo subrogado o en la prostitución. Porque ese cuerpo que ya no es de Dios deberá ser ahora del Estado. 

Es sabido que la diferencia fundamental entre tener una sociedad plural y una sociedad dividida es en qué lado te encuentres del poder. Pero es bueno recordar que, en todo caso, en una democracia liberal, con sus poderes tan repartidos, tan divididos, es posible estar en el poder y en la oposición al mismo tiempo. Incluso sin ser de Podemos. Y que una nación dividida contra sí misma no puede permanecer.

23.6.22

Plus Oltra

Se va Mónica Oltra con la cabeza muy alta y los dientes apretados. Apretados porque esto, dice, y como ya casi todo, es un triunfo de la extrema derecha. Y con la cabeza bien alta, porque no mintió.

Al menos en esto tiene razón. Oltra ha dimitido cuando dijo que lo haría en su célebre discurso, tan recordado pero tan poco comprendido, contra Francisco Camps:

"Desde la política y desde la moralidad", empezaba Oltra, haciendo suya la clásica separación maquiavélica que tan buenos ratos le está dando a la nueva política. "El día que me vea imputada, vilipendiada, con todas las mentiras, siendo la risa de toda España y apareciendo más en los humoristas que en las noticias, ese día me iré a casa".

Ese día y no antes, cabe aclarar. Porque la imputación, que se presumía condición necesaria y suficiente en gentes como Ada Colau y que lo fue de hecho en otros menos presumidos, como Jordi Cañas, no era para Oltra condición suficiente y quién sabe si necesaria.

Y no ha sido hasta "verse convertida en la risa de toda España" (o casi) y "apareciendo más en los humoristas (sic) que en las noticias", hasta verse convertida en meme por sus bailecitos del sábado, que se ha visto obligada a irse a casa.

Y si lo de dimitir por imputación es ya una mala idea, dimitir por chiste es peor. La primera es una promesa populista, cesarista (por lo del césar tanto como por lo de su mujer), y que deja a los cargos electos en manos del primer juez un poco pasado de celo o demasiado politizado. Pero al menos existen ese juez y esos procedimientos. Al menos la imputación ha pasado ya un filtro y un cierto escrutinio público.

Lo que Oltra prometió y lo que Oltra ha cumplido es mucho peor. Porque los deja en manos de los humoristas, de los bufones, del primer gracioso de Twitter. Y la gracia de la gracia es que no tenga más filtro que el del chistoso ni más criterio que el de provocar la risa.

Es la pura arbitrariedad, que hace que si el humorista es bueno acabemos riéndonos hasta de lo que tengamos por más sagrado, y que arrastra con ella cualquier principio sólido o justo que en otro contexto, en el contexto de la política o el de la opinión pública, por ejemplo, deberíamos defender y defendemos a capa y espada.

Por eso estos días hemos visto a tantos de sus colegas y a tantos periolistos arrastrarse con ella por el fango, condenados a tratar de salvar su honor cuando les hubiese basta con defender sus derechos.

Alguien decía que quien no cree en Dios está condenado a creer en cualquier cosa. Pero aquí más bien parece que quien no cree en la presunción de inocencia está condenado a no creer en nada. A convertirse en un cínico capaz de reducir a chiste hasta sus principios supuestamente más fundamentales, como la violencia sexual en este caso, y cualquier causa noble, a una mera lucha sectaria por el poder.

Si creyesen en la presunción de inocencia se ahorrarían estas cosas y estos ridículos. Pero si creyesen en la presunción de inocencia no podrían presumir de ejemplaridad prometiendo que ellos sí que dimitirán cuando los imputen, ni mojar pan en cada sentencia judicial, les guste o no. Porque ellos y el discurso antisistema de la persecución ganan incluso cuando pierden. Por aquello de que si ganan, se hace justicia. Y si pierden, se demuestra la injusticia fundamental del sistema.

Renunciar a eso sería renunciar a mucho. Demasiado. Y es normal que Oltra se haya conformado con renunciar a la lucha por la justicia social, y la democracia, y todas las cosas buenas, y dejarla en manos de tuiteros, bufones y periodistas afines. Aunque entiendo que ella no vea la gravedad. Ni la diferencia.


16.6.22

¿Liberando a las prostitutas?

Lo de prohibir el porno y la prostitución no puede ser por puritanismo. Será feminismo, entonces, basado en la idea de que los hombres son bestias descontroladas y que ninguna mujer en su sano juicio se acostaría con ellos sin estar muy segura de que el amor o la ley pondrán freno a sus peores instintos.

Y para lograrlo, habrá que hacer lo que se pueda.

Es como con la pandemia. La lógica de la política gubernamental no es utilitarista, sino moralista. No se busca que funcionen las medidas, sino que no se les pueda criticar por no haber hecho "todo" lo que esté en sus manos para salvarnos.

Lo que llamamos puritanismo, y que debe de ser propio de dos o tres abuelas en toda España, es o será una triste derivada. Una consecuencia indeseada de quienes todavía ahora no pretenden nada más que culminar la liberación sexual de la mujer. Será una consecuencia indeseada. Pero será excusable, como siempre, por sus buenas intenciones. Y una excusa enormemente eficaz para empecinarse en el error.

Los efectos de estas prohibiciones, se insiste estos días, son desconocidos. Como si eso fuese algo bueno. Como si gobernasen por curiosidad y a ver qué pasa. 

Pues bien. Los efectos inversos, los que derivaron por ejemplo de la legalización de la pornografía, sí son conocidos. En Japón, el imperio de los sin sexo, la violencia sexual disminuyó significativamente, los hombres se refugiaron en el porno y las mujeres, en los bares para acariciar gatos. 

Está por ver qué nuevas cuotas de violencia sexual y aislamiento social nos pueden llegar a ofrecer sociedades que junten tanta virtud como nos prometen, sin putas y sin porno. Aunque sospecho que algo nos muestra ya la historia. 

Y de ahí que su principal argumento no sea consecuencialista. De ahí que no expliquen nunca los efectos reales que esperan conseguir en la sociedad. Y que el argumento sea siempre que las prostitutas no actúan libremente y que no lo hacen porque, puestas a elegir, elegirían otra cosa.

Todas las hipérboles y demagogias de la izquierda, y esa terrible confusión entre prostitución y trata, llegan por aquí. El llamarlas esclavas, que venden su cuerpo, que son meros objetos sexuales, incluso simples depósitos de las eyaculaciones masculinas. La deshumanización, en fin, que se sucede necesariamente cada vez que se le niega a alguien la libertad, con todo lo que eso comporta, como motor último de sus actos.

Pero las putas y las actrices porno son mujeres y las mujeres son personas (esa era la convicción radical del feminismo, decían). Y las personas son libres.

Y como libres que son, ya han elegido otra cosa. Ya han elegido entre los cursillos de costura que les ofrecen las instituciones para que puedan ganarse honradamente la vida y la prostitución. Que su decisión nos resulte más o menos chocante, más o menos incomprensible, dice algo de nosotros. Pero no de su libertad.

Las prostitutas y las actrices porno lo saben bien, porque ejercen la libertad con todo su peso y con un poco más de coste, supongo, del que paga la mayoría. Los políticos paternalistas, de esos que creen que en los pueblos mallorquines no han visto nunca una lesbiana, les prometen hambre para hoy y pan para mañana.

¡Y qué pan!

Dicen que ejercen la prostitución porque las pobres no tienen otro remedio. Y en lugar de ofrecerles alternativas, les quitan la única que supuestamente tienen. Es el viejo sueño marxista, donde libres de necesidades económicas, las prostitutas, como todos los demás, puedan dedicarse "hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar al ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos".

Conciben la libertad como indefinición y por eso entienden y protegen mucho más al prepúber que se declara no-binario que a la señora que opta por hacerse prostituta. Con la promesa de un futuro mejor, casi perfecto, en el que ya nadie ejercerá la prostitución porque ya nadie tendrá que quererlo.

Y donde a las que quieran, como decía aquel, se las obligará a ser libres. 

Olvidan, como suelen, que lo bueno es enemigo de lo mejor, y que mientras seguimos esperando el cielito lindo y chulísimo que nos prometen elección tras elección, estas decisiones sólo logran desproteger a clientes y prostitutas, deshumanizándolas, e incentivando la arbitrariedad policial.

8.6.22

Vox (dei) y el paganismo a la andaluza

Sabe a poco la polémica por el obispo de Huelva que en el Rocío pidió a los cristianos que votasen en conciencia y todo el mundo entendió que pedía el voto para Vox. 

Algo normal, y probablemente cierto, cuando lo cristiano era votar por el respeto a la vida humana desde la concepción, la familia como unión estable, el derecho de los padres a educar a sus hijos en sus propias convicciones morales y religiosas, el respeto a la dignidad de la persona o la ayuda a los más débiles de la sociedad.

Y cuando pocos cristianos deben haber tan cucos como aquel que votaba a Podemos porque Jesús expulsó a los mercaderes del templo. 

Que la Iglesia, con lo que ha sido, esté ahora pidiendo el voto para Macarena Olona, que ni es ni será, asumimos, la opción mayoritaria de los andaluces, dice mucho de nuestra época. Y es medio normal que a la politología el discurso de Olona le suene ya a vuelta al Medioevo. 

Y quizás tengan razón y esas sean, en realidad, las dos alternativas que le quedan a nuestra civilización. O la vuelta al Medioevo que ve la politología cada vez que la derecha pronuncia antiguas verdades (y que vieron todavía mejor Michel Houellebecq en Sumisión y el merengue en Saint-Denis). O el eterno progreso, que es un regreso al paganismo y a la adoración de la madre tierra y otros dioses semejantes. 

Porque vivimos quizás de la ilusión de que a la moralina cristiana de olonas y obispos la sustituya un ateísmo de corte humanista y científico y demás. Vanas ilusiones. El ateísmo es un lujo que sólo pueden permitirse algunas almas superiores, decía Friedrich Nietzsche. No las sociedades.

Las sociedades no soportan el vacío y ya vemos que el espacio que deja el discurso medieval lo va llenando con absoluta naturalidad la fe ecologista en la madre naturaleza o la feminista, en las Amber Heard o las María Sevilla de cada momento.

En este panorama, la vuelta al Medioevo es poco más que una ficción consoladora para ateos voluntariosos, porque incluso el mismísimo papa habla ya de la tierra como de "nuestra madre" y los enchufados de Vox pueden hacer y cobrar de noche los cursillos escolares en igualdad de género que condenan de día. 

Es algo que no puede suceder al revés. Y a ningún progresista se le escaparía, por ejemplo, llamarle persona al feto o poner en duda la ley del divorcio. Porque la historia y el presupuesto avanzan, implacables, en una única y misma dirección. Y los cristianos progresistas que haya en el Congreso, andaluz o el que sea, pueden votar y declamar en favor de la eutanasia y llegar a misa de 8:00 sin prisa y sin escándalo porque, en el fondo, nadie creerá que crea. Nadie creerá, ¿cómo podríamos?, que las convicciones religiosas del progresista pudiesen afectar a su agenda legislativa. 

Todo lo que podemos esperar y todo lo que a veces nos es dado son extrañas contradicciones o discusiones sobre qué es lo que nos manda el feminismo (cómo proteger mejor a las mujeres o si hay que proteger a una mujer o a otra) o sobre qué sacrificio es exactamente el que la tierra exige en cada momento. Pero estas contradicciones y discusiones son de lo más lógicas en unas creencias que no están buscando la verdad, sino el poder.

Porque eso es lo propio del paganismo, antiguo o moderno: que la moral la dicte el poder. Y no al revés, como pretendía, ya se ve que en vano, ese pobre obispo de Huelva. 

Y en eso estamos.

3.6.22

Inmersión en la hipocresía catalana

Cataluña sólo puede gobernarse desde los tribunales o desde la hipocresía. Es algo que se ve en el debate sobre la inmersión y es algo que han entendido, finalmente, hasta los líderes independentistas. Por eso están tramando un intento de retorno al pujolismo, irremediablemente condenado al fracaso.

Cuando lo del Estatut, se le oyó a Jordi Pujol decir que había sido un error, un tiro en el pie, intentar blindar legalmente la inmersión lingüística, porque lo que está en papel puede ser empapelado. 

Lo sabe el Govern, que alguna lección inconfesable ha aprendido del procés, y que ni puede blindar legalmente la inmersión ni puede saltarse a la torera la sentencia del 25%. Por eso, lo que ha hecho en la práctica es pasar la patata caliente a los centros, a sus directores y profesores, y a los tribunales, tratando de dilatar, como suelen, el proceso (en este caso judicial). Tratando de dejar cualquier ley, decreto, resolución o declaración en papel mojado.

Así también las polémicas votaciones sobre la cuestión de estos días, que son dos y que no son iguales, y en las que los socialistas pueden votar a favor y en contra de la inmersión, de la ley y de la desobediencia, y todo al mismo tiempo.

Porque lo que dicen pretender, que es la defensa de la inmersión y del consenso social, ya no es posible. En realidad, el consenso al que querrían volver siempre ha sido un consenso un poco como de chiste ruso, donde unos hacían ver que les parecía bien la inmersión y los otros hacían ver que se cumplía. Unos en nombre del progreso social y los otros de la cohesión.

Lo que se ha roto ahora no es el consenso, sino las ganas de disimular. Pero mientras unos pueden exigir claridad a la ley, los otros no pueden admitir que la inmersión no se cumple porque ni podrían imponerla ni sabrían cambiar de discurso.

Y de ahí también la tan criticada y fundamental hipocresía de los políticos que, cuando se trata de elegir colegio para sus hijos, digamos finamente que no cumplen con lo que predican. De esos defensores de la inmersión que llevan a sus hijos a colegios bi, tri o cuatrilingües. 

Pero también de esos dirigentes llamados constitucionalistas que llevan a sus hijos a colegios catalanistas, de los que adoctrinan y tal. Ni estos eligen el colegio por la inmersión catalanista ni aquellos por saltársela. Los eligen porque tienen dinero y porque la gente con dinero que se preocupa de la educación de sus hijos no los lleva a la escuela pública.

Demostrando así, por cierto, que cuando hay libertad de elección, allí donde la hay realmente, lo que prima no es la inmersión, sino la calidad de la enseñanza. Que pudiendo elegir, muy pocos prefieren educar a sus hijos en su lengua materna y entre pobres e inmigrantes, pudiendo educarlos con la clase media o alta de los catalanets.

En la hipocresía de los dirigentes hay un reconocimiento implícito que el populismo podría señalar con razón. Es el reconocimiento de que lo que está mal en nuestra educación no es tanto la lengua vehicular o de uso o de patio, sino la calidad de la enseñanza pública. 

Que de una buena escuela, con o sin inmersión, se sale dominando tantas lenguas como se ofrezcan y de una mala, ni la materna.

Que es ahí donde se da la (in)justa correspondencia entre lengua materna y fracaso escolar: en la clase social. Y es desde ahí desde donde hay que preguntar a nuestros políticos por qué no quieren para sus hijos esa educación tan chupiguay que tratan de imponer a los demás.