27.7.23

A llorar a Waterloo

Veo a Ayuso muy convencida y a Sánchez muy tranquilo, pero no estoy seguro de que los socialistas tengan realmente cerrado un pacto con Puigdemont. Y más bien parece que la tranquilidad de Sánchez por tener que pactar con el partido de la "extrema derecha nacionalista catalana" demuestra que todo esto sirve como insulto, pero que no se lo cree casi nadie.

Que no se lo creen, evidentemente, los socialistas. Y no se lo creen sus socios, por mucho que lo repitan siempre que encuentran la ocasión. No se lo cree, evidentemente, el propio Puigdemont, ni su partido o su movimiento o lo que sea, que no paran de reivindicarse como partido de izquierdas.

"Extrema derecha nacionalista" es una manera de mantener vivos los complejos convergentes por haber pactado con el PP. Y es paradójico, o no tanto, que sólo la derecha centrista y moderada madrileña haya asumido como cierto el insulto. Son los únicos que insisten estos días, para fingir sorpresa ante lo obvio, en decir que Sánchez va a pactar con la "extrema derecha nacionalista". Parece que llamarle nacionalista ya no es insulto suficiente.

Pero esta "extrema derecha nacionalista" tiene un programa social y económico más progre que la derecha moderadísima y socialdemócrata de Feijóo, y no digamos ya que la de Ayuso. "Extrema derecha nacionalista" es sólo la forma de mostrar sus complejos como derecha y sus miedos como centralista, y de disimular o excusar su soledad ideológica.

Y la realidad es que en este país, ya ni siquiera el PNV, el partido jeltzale, el de "Dios y leyes viejas", se atreve a declararse de derechas. O sea, que ni siquiera el PNV se atreve a sentarse a negociar nada importante con el PP mientras ¿exista? Vox.

Es decir, que "el PP no suma sin Vox ni puede sumar con Vox mientras Vox exista".

Eso explica la tranquilidad de Sánchez. Pero sólo en parte.

Sánchez sabe que Puigdemont no tiene ningún incentivo ideológico para facilitar un gobierno del PP y de Vox. Y que sus complejos ideológicos son, precisamente, lo que lo hace susceptible al chantaje moral de ser culpable del ascenso de la derecha extremizada (o como le llamen ahora) al poder.

La tranquilidad de Sánchez es una pose que costaría entender en un contexto normal. En un contexto normal, el PSOE hace dos días que le robó la alcaldía de Barcelona al candidato de Junts, Xavier Trias.

En un contexto normal, la alcaldía sería ahora moneda de cambio, quizás insuficiente, pero necesaria, para garantizarse el apoyo a la investidura. Pero tanto Trias como Collboni, el alcalde socialista, han dicho que la alcaldía no será moneda de cambio. Podría ser que para venderse incluso más barato, o podría ser que este no fuese un contexto normal.

Que los términos de partida de Junts sean otros, y que sean la amnistía y el referéndum, es algo más que una postura maximalista para empezar la negociación. Porque no son términos que acepten mucha rebaja. Una amnistía rebajada es lo que ya tienen la mayoría de los líderes del procés y lo que tendría o tendrá Puigdemont cuando toque, y gobierne quien gobierne.

El referéndum rebajado sería una consulta no vinculante, y eso podría ser demasiado incluso para Sánchez, que quizás prefiera ir a una repetición electoral con la dignidad reforzada por haberle puesto límite a la extrema derecha nacionalista.

Lo que Puigdemont pide, Sánchez no puede dárselo. Y lo que Sánchez puede darle es lo que a Puigdemont menos le conviene. Que es lo que han conseguido Rufián y los suyos y que es lo que están pagando ya en las urnas, elección tras elección. Lo que ERC ha conseguido de Sánchez ha sido muy bueno para los líderes independentistas, pero no para los votantes independentistas, ni para los catalanes en general.

Las prebendas han sido, básicamente, los indultos, que benefician sólo a los políticos, y la reforma del Código Penal, que también les beneficia a ellos. El pactismo, la moderación de ERC, el abrazo del oso sanchista, es justo lo que Puigdemont ha intentado evitar hasta ahora, por radicalismo tanto como por pragmatismo, y parece ser que las últimas elecciones le han ido dando la razón.

ERC ha pagado su moderación y sensatez mucho más que Puigdemont su encastillamiento en Waterloo. Y si había una alternativa pactista en Junts, el PP y el PSOE se encargaron de dinamitarla en Barcelona. Fue una advertencia y es muy probable que Waterloo tomase buena nota de ella.

A Puigdemont y los suyos no les conviene electoralmente ni les compensa personalmente convertir a Junts en otra ERC. Ni se lo perdonarían sus electores ni se lo perdonarían esos miles de independentistas que han optado por la abstención y a quienes no parece darles ningún miedo un gobierno PP-Vox y mucho menos unas nuevas elecciones.

Puigdemont debe de saber mejor que nadie que a estas alturas para el independentista auténtico no hay mayor sueño que el de una España ingobernable.

21.7.23

Feijóo mintió, ¡qué alivio!

Feijóo mintió, para alivio y sosiego de los deontólogos del periodismo y la democracia.

Se ha celebrado como un triunfo de la democracia, casi como un nuevo pacto con Bildu, que Feijóo mintiese y, sobre todo, que rectificase. Porque es sabido que nuestra derecha sólo es plenamente democrática y homologable a las derechas modernas de las democracias más avanzadas de Europa cuando pierde. O cuando parece, al menos, que no gana. 

Y ha sido una gran noticia para el periodismo e incluso para el articulismo, porque gracias a Intxaurrondo pero, sobre todo, gracias a Feijóo, ahora, en estos últimos días de campaña, ya son posibles y democráticas las entrevistas incisivas y las sesudas reflexiones sobre el peligro de la mentira para la calidad de nuestra democracia.

Se comprende el alivio de tantos, porque escribir sobre política española estos últimos años sin haber podido escribir sobre la mentira y lo que supone tiene que haber sido un auténtico suplicio. Y si bien es cierto que esto llega ya justo para salvar esta legislatura, seguro que en la que viene y gracias a este ejemplo para la posteridad, el periodismo patrio dará un salto de calidad que nos homologará, también en esto, con las democracias más avanzadas. 

Siendo todo esto muy bueno para todos, cómo no iba a serlo para el PP. Habiéndole dado la oportunidad, casi la orden, de rectificar, a Feijóo le han dado también la oportunidad, incluso la excusa, de recordar a quien quiera escucharle que su mentira es la excepción y no la norma. Que si miente, rectifica, porque él miente por error y no por sistema. 

A eso contribuyó, muy a su pesar, la periodista Intxaurrondo al limitar su celebrada actuación a repetir "esto no es cierto" y "mis datos son fiables" mientras fruncía el ceño y ponía cara de mala leche. Porque eso de que "usted miente" es lo mismo que dicen todos todo el rato y que, beneficiando a los cínicos, pocas veces perjudica a los políticos. 

Lo que perjudica de verdad es lo que tenía que venir después, que es el periodismo ¡de datos! y las consiguientes explicaciones. Lo que faltaba aquí era que nos presentasen los datos, que llenasen de contenido esa acusación tan a menudo vacía de mentir. Que nos explicasen a nosotros, que no tenemos ni datos ni calidad democrática ni ceños fruncidos ni ná, qué es lo que hizo el PP en esas ocasiones y que obligasen al candidato a justificar su posición. 

Esta información y esta pregunta obligarían a Feijóo a dejar claro por qué miente de esta forma y sobre este tema en apariencia tan técnico como la actualización de las pensiones al IPC. Pero esa es una explicación que en este país no quieren oír ni los más incisivos de nuestros periodistas. Porque aquí la mentira fundamental, la que no es error y que no puede, por lo tanto, disculparse, es la ilusión de que nuestras pensiones las pagarán nuestros hijos y las suyas los suyos, como hemos pagado nosotros las de nuestros padres y ellos las de los suyos.

La creencia de que aquí no hay nada que ver, ni nada que repreguntar, cuando el sistema de pensiones ya no es que sea insostenible a la larga, sino que ya está lastrando nuestra economía y perjudicando la calidad de nuestra política. Y que en esta nuestra democracia homologada u homologable este debería ser un debate fundamental y no sólo una acusación partidista. 

Es normal por lo tanto el jolgorio socialdemócrata y es normal por lo tanto el susto pepero. Porque en este clima y en estos temas, que te pillen mintiendo es mucho mejor a que te obliguen a decir la verdad

14.7.23

Que te vote Indiana Jones

"Indiana Jones y el progresismo español sólo pueden imaginar argumentos con nazis". Tiene razón Claudio Ortega, como siempre.

Lo de Indiana Jones y nuestros progres es el mismo uso y abuso de la historia. Y tienen los mismos problemas.

En Indiana Jones, por ejemplo, tampoco los nazis hacen nunca, o casi nunca, cosas de nazis. Hay mucha bandera y mucho uniforme, pero en esta última han tenido que disparar a una negra para recordarnos que eran nazis y no simples arqueólogos un poco frikis, un poco excéntricos, porque el arqueólogo excéntrico es el nuestro y ellos son unos ladrones de tumbas y unos chiflados. 

Para Indiana Jones, la aventura es algo involuntario, una sucesión de casualidades e infortunios, porque la historia está cerrada y debería estar en un museo. Indiana Jones no busca la aventura, se la encuentra a su pesar. Porque su aspiración es, en el fondo, y esto parecen entenderlo muy bien sus últimas alumnas, que la historia sea aburrida. Dejarse de aventuras y volver a casa a cenar con su mujer, echar de menos a su hijo y quejarse de sus vecinos.

Pero lo que caracteriza a los nazis, en la película y en el argumentario progresista, es su empeño en mantener abierta la historia. En creer que esto no se ha acabado y que no basta con decir que algo es como muy de antes para que quede simplemente superado y pierda todo su poder. Creer que la historia puede reabrirse. Que quedan cosas gordas por hacer y resolver. Esto es lo que los convierte en malos.

Este es el principal argumento contra el independentismo y contra Vox. Contra todos aquellos que creen que el tiempo no les da ni les ha dado necesariamente la razón y que tienen todavía, si no el derecho, al menos la posibilidad, de soñar un futuro distinto, mejor.

Contra estas pretensiones ¡revisionistas!, nuestro tiempo y nuestra industria cultural nos ofrecen la nostalgia estéril de volver a luchar contra los nazis. De volver a divertirnos con las aventuras de un héroe arqueólogo. Qué extraños tiempos en los que el arqueólogo pasa por héroe. Donde la preservación del pasado, tan intacta como sea posible, pasa por ser la más urgente tarea para salvar el futuro.

Esa es la lucha contra los fanáticos que creen cosas raras. Fake news, incluso. Una lucha también aquí en nombre de la ciencia. Porque Indiana Jones cree en la ciencia como nuestro pandémico gobierno: contra toda evidencia. Y sólo para evitar que los demás hagan lo que quieran.

Y por eso es curioso, pero no tan sorprendente, que cada vez que se plantea la dicotomía entre el fanatismo y la ciencia se acabe descubriendo que el fanático irracional tenía al menos algo de razón incluso, o sobre todo, en las cosas más locas que sostenía. En los poderes sobrenaturales de las piedras y cosas así, en las que ya cree cualquier hija de vecino, y muy especialmente en la capacidad de alterar el curso del tiempo, es decir, de la historia. 

Porque ahora sabemos que volver al pasado es tan fácil como meter una papeleta de Vox en la urna y que todo progresista entienda mejor que nosotros que todos los hombres son iguales, pero que los hombres son distintos a las mujeres, y los blancos distintos a las otras razas, por ser peores.

Es una lección peligrosísima, claro. Y es normal que la tendencia de nuestro progresismo sea la de volverse conservadores. Arqueólogos. Es por eso un argumento muy recurrente contra nuestros propios y supuestos nazis el hacer ver que no tienen razón donde la tienen y el insistir en que en todo caso ya no hay nada que hacer.

Se ve bien en la polémica con la alcaldesa de Ripoll, doblemente nazi por ser independentista y de derechas. Y se ve bien en su obsesión contra el islamismo radical, que es parodiable porque parece ya como pasado de moda.

Pero cómo gestionarlo en Ripoll, que es de dónde salieron los yihadistas radicales que atentaron en las Ramblas. Para combatir sus falsas soluciones se niega y se condena su preocupación. Y se le dice al mismo tiempo y en todo caso que ella no tiene competencias para hacer lo que debería hacerse. Que ya no tiene tiempo y que ya no tiene poder y que debería resignarse y quejarse menos.

Que las cosas hay que dejarlas como están, en fin, que es lo mismo que se dice cuando se habla de replantear el aborto, la ley trans, o la eutanasia, y que es lo mismo que se decía hasta que Sánchez decretó lo contrario con respecto a la ley del 'sí es sí'. Argumento extrañamente progresista según el cual todo lo hecho, hecho está y más vale dejarlo en paz si no queremos ser acusados de nazis.

Pero ahí está la tentación y bien la conocen Indiana y nuestros progres. La tentación de "hacer historia", que es mucho más fuerte y mucho más difícil de comprender en estos tiempos que la tentación de la fama y el dinero. Es la tentación que sienten quienes tanto miedo fingen al retorno del franquismo o de los años 30.

Y es la tentación que sienten incluso esos amigos de los que hablaba Pedro Sánchez, que se sienten tan ofendidos por algunas de las cosas que se han dicho en su gobierno en nombre del feminismo. Es la tentación de creer que los más jóvenes y modernos no siempre tienen razón. Es decir, la tentación de creer que el futuro no será necesariamente mejor simplemente porque el pasado era peor. Es una tentación peligrosísima para el progresista y está bien y es simpático que sea una chica joven quien despierte a nuestro héroe del ensueño reaccionario.

Indiana y nuestros progres se han hecho conservadores. Y ya hasta ellos saben que lo más revolucionario es "parar la historia cuando el progreso nos devora".

6.7.23

20.000 € para abrirte un OnlyFans

Prometió Feijóo que los derechos LGTBI no se tocan. Y salió un cómico a advertir que estarán muy atentos de que cumpla. Lo que es cómico es ver cómo fiscalizan al Gobierno hipotético viendo lo que hacen con el Gobierno existente, que es el que les da de comer.

Y es cómico que se centren en esto, porque toda la lógica del sistema es la corrección hacia el centro. Nadie hace más de lo que promete. Y mucho menos un político centrista y moderado como Feijóo.

Siempre se incumple por defecto. Y eso es algo tan sabido, tan asumido, que explica por sí solo por qué la estrategia del miedo ya no funciona ni entre el votante independentista.

Vigilar que Feijóo no prohíba el matrimonio homosexual sería como vigilar muy mucho, con fact-checking y entrecejo de politólogo, que Yolanda Díaz no acabe regalando a los jóvenes 40.000 euros o un millón donde sólo prometió 20.000. Y de ahí que la pregunta sea siempre, entre los escépticos tanto como entre sus entusiastas, por qué no promete más, si más dinero es siempre mejor que menos.

Porque la verdad de la promesa se muestra siempre en su límite, en aquello que ni un político en campaña se atreve a prometer. Por eso salió Yolanda muy seria a decir que eso sería un poquitito de PIB y que se pagaría como se pagan siempre estas cosas. Un poco de su bolsillo, señora, y otro poco del mío. Porque el nivel es tan lamentable que ya basta con saberse un par de cifras para parecer bueno, posible y hasta razonable.

Y de ahí que sea ridículo, pero francamente interesante, ver a los suyos salir a explicar lo bien que van 20.000 €. Respiren, señores, que si hubiese que explicarlo no lo hubiese prometido. Que parece que no la conozcan. Y que nos tengan a todos por tontos.

Ya sabemos lo bien que van 20.000 €. Yo hasta tengo un Excel que me lo explica a diario. Y una fe ciega en el interés compuesto. Pero esos 20.000 € van muy bien, como todo, cuando sabes qué hacer con ellos. Es decir, cuando sabes qué hacer con tu vida. Que suele coincidir, además y por desgracia, con el momento justo en el que esos 20.000 € los has logrado ahorrar tú, por tu cuenta y esfuerzo. Y no a los 18, cuando sólo te han sido prometidos.

20.000 € pueden ser todo el Fuck you money que necesites para poder mandar a tu jefe a eso mismo y dedicarte a lo tuyo. 20.000 € a la edad correcta y en el momento justo pueden ser una magnífica herencia. Incluso la mejor de las herencias, la que te da la libertad justa para hacer lo que debes hacer con tu vida. Pero esos no son los 20.000 que promete Yolanda Díaz.

Yolanda promete, como prometen siempre los políticos, una ayuda finalista. Yolanda no quiere que te los gastes en chuches. Yolanda quiere que te los gastes en formarte o en emprender. Es decir, lo que quiere Yolanda es que esos 20.000 sirvan para financiar a notarios y Universidades, del mismo modo que las ayudas al coche eléctrico no sirven para abaratar el coche, sino para financiar a las automovilísticas.

Y es gracioso, casi cómico, que en esta su enésima promesa de Navidad para que los niños sean buenos (al menos un día al año, que esta vez cae en 23-J), lo que propone Yolanda sea exactamente lo que proponía la derecha neoliberal en la penúltima crisis, cuando se hablaba del paro juvenil como un problema. Como si tuviese solución. Que se formen y que emprendan, decían entonces.

Como ellos entonces, Yolanda está mandando a los jóvenes a pagar másters universitarios rezando para que la acumulación de títulos disimule la falta de formación. O a emprender, como si en cada uno de nosotros se escondiese un Mark Zuckerberg un poco corto de cash.

Mejor sería que los mandase directamente a hornear pasteles y a venderlos por Instagram. Aunque de todos es sabido que OnlyFans funciona mejor.

30.6.23

Gays sí, longanizas no

Apesar de lo evidente de su error, Pedro Sánchez dijo que no echó a Irene Montero del Gobierno tras el fiasco de la ley del 'sí es sí' para no poner en riesgo las conquistas sociales de su gobierno. Eso dijo. Y si de verdad existe una izquierda a su izquierda, debería empezar a preguntarle de qué conquistas está hablando. Ya no podrá ser por la ley del 'sí es sí', que se cargó él mismo. 

Pero conquistas tendrá que haber, y seguro que son muchas y seguras, porque la Semana del Orgullo se ha convertido en una fiesta en la que ya se cuela todo el mundo. Hasta la alcaldesa de Ripoll, que tanto molesta a casi todo el mundo por facha y por independentista, y que ha colgado la bandera LGTBI en la fachada del Ayuntamiento, aunque me parece a mí que para desmentir que sea la Vox catalana y un poquito también para molestar a musulmanes y denunciar la hipocresía de los cuperos, que no saldrán ahora a pedir respeto por sus creencias como hicieron con la polémica de la longaniza.

Gays sí, pero longaniza no: doble rasero.

Sabe Sánchez que ser verdaderamente de izquierdas está cada vez más difícil, y es normal que la prensa afín, ese 10% de resistentes a la ola antisanchista y reaccionaria que asola al periodismo patrio, deba conformarse ya con librar pequeñas batallitas y celebrar pequeñas victorias.

Así libraban estos días una épica contienda contra "la lona del odio" de Vox y han podido festejar por todo lo alto y con gran orgullo que la Junta electoral haya obligado a retirarla por incumplir la ley electoral. Y no por odio, como pretenden, porque este sigue siendo un país libre donde es posible, legal y legítimo, criticar a los movimientos comunistas, independentistas y LGTBI. 

Y así se han vuelto ahora contra la atleta Ana Peleteiro, que por aquella extraña ley matemática de la interseccionalidad tenía todos los números para ser de izquierdas de verdad, pero que ha acabado siendo una terf de manual. Muy a su pesar, claro. Porque ella tiene muchos amigos y hasta familiares en el colectivo LGTBI. 

Pero ha cometido el terrible error de señalar hacia el límite de la igualdad de oportunidades, que es la genética, muy generosa con ella, pero no tanto como con los hombres. "Genéticamente superiores a nosotras", ha llegado a decir ¡en pleno siglo XXI!

La izquierda ha tenido que fingir escándalo y alerta antifascista como si se hablase aquí de dignidad y campos de concentración y no de niveles de testosterona, masa ósea y muscular, y velocidad punta. Como si no se hablase, en definitiva, de todo lo que evidentemente justifica que haya categorías masculinas y femeninas en todos los deportes a partir de los doce años. 

Peleteiro se niega a cargarse el deporte femenino, a sacrificar su forma de vida al altar de las buenas intenciones del movimiento. Y lo hace olvidando (¡qué rápido olvidan algunas!) el privilegio que tiene ella de ser morena de piel en un deporte que, según cuentan, no es para blancos. Privilegios para mí y no para ti, le tuitean algunos. ¡Doble rasero! Como si fuese cierto que los atletas de color ganan las carreras por tener mejor genética y los hombres por entrenar más. Como si también la biología nos obligase, como hace la prensa progresista, a elegir entre el racismo o la transfobia.

23.6.23

El PP tenía motivos para dudar en Barcelona

Hay algo que dijo Ada Colau en el pleno de investidura del alcalde de Barcelona que no está recibiendo la atención que merece. No por lo que dice de ella, que ya le gustaría, sino por lo que dice de los demás. 

Mientras explicaba su voto y su apoyo al candidato socialista, Colau reveló que Jaume Collboni le había ofrecido un pacto secreto para entrar en el gobierno municipal una vez superada la votación de investidura. Y que ella, muy digna, había preferido pasar a la oposición. 

No dijo ni cómo, ni cuánto, ni hasta cuándo, y ya nos conocemos. Pero el engaño que denunciaba Colau tenía un sólo destinatario, que era el PP. El PP había condicionado su apoyo a Collboni a la promesa de que Colau quedase fuera del gobierno municipal. Y al hacerlo, el PP había pedido, como un amante desesperado, casi como un incel, que le mintiesen. Y le mintieron.  

Y se lo creyó, porque todo lo que quería el PP era una excusa para creer. Para creer, sobre todo, en sí mismo. En su bondad y en su poder. Por eso pidió más de lo que debía, exigiendo promesas que no podía obligar a cumplir cuando lo prudente a la vez que patriótico hubiese sido dar sus votos gratis y por amor a España. Y por eso es un poco sobreactuado el orgullo que exhibe estos días por haber hecho como hizo cuatro años atrás el francés Manuel Valls.  

Porque lo innegable, en el PP como en Descartes, es la duda. Que dudar, dudó. Que dudó hasta el último momento si votarse a sí mismo y facilitar la alcaldía de Trias o votar a Collboni y entregársela a un socialista. Y que prefería ahorrarse el problema, como nos pasa tan a menudo a todos, de elegir entre susto o muerte. Quizá porque conoce a sus votantes barceloneses, y quizá porque conoce a Trias. Hasta el punto que estos días ha tenido que recordarles a ellos, a nosotros, a sí mismo y yo diría que hasta al propio Trias, que su partido seguía siendo el de Puigdemont.  

Porque Trias se había esforzado, y con un éxito notable, en presentarse como la versión más antigua, más soft, más light, más viejo-convergente, más alejada del procés y del partido de Puigdemont, que el nacionalismo catalán podía ofrecer. Y la lección que estas elecciones dejan para él y Junts, pero también para ERC y para el independentismo en general, es la misma que recibió Walter White: no más medias tintas. O indepes de verdad, atendiendo a las consecuencias, o penitentes de verdad, aspirando a pactos y aritméticas. Pero las tibiezas retóricas y las exploraciones de terceras vías y las candidaturas moderadas y corrientes internas ya no valen. 

Pero esa lección llegó después, como suelen llegar siempre los principios. Para justificar lo hecho, a menudo ante uno mismo. Porque sus intereses tampoco estaban, ni están, tan claros como pretenden. No hace falta ser Tezanos para sospechar la posibilidad de que PP y Vox no sumen. Y no hay que ser Greta Thunberg para sospechar que si no lo hacen ahora, quizá mañana sea demasiado tarde. Quizá no sea un caso extremo, pero sí es un caso extremeño. El PP, con sus dudas y sus principios tanto como con sus votos, corre el riesgo de convertirse en el pagafantas del PSOE. 

Porque en el PP creen que nadie se preocupa tanto como ellos por España, y quizá tengan razón. Y quizá ese sea su problema. Que sólo ellos y Vox parecen preocuparse por España. Y que si están condenados a entenderse es también porque ya no pueden entenderse con nadie más.  

El PSOE y ERC pueden, en Madrid como en Barcelona, pactar por la izquierda o por la patria, según les convenga. Junts y el PP, en Madrid como en Barcelona, sólo pueden pactar por un lado y con un posible aliado.  

Sería una de esas crueles bromas del destino que la política de bloques nacionales que defiende el PP como uno de sus principios fundamentales le acabase condenando a depender de Vox o a convertirse en otro de los muchos, de los casi todos, partidos muletas del socialismo.  

El éxito de la jugada de Barcelona y la pureza de sus principios patrióticos depende, claramente, de lo que pase el próximo 23 de julio. Porque si no gana el gobierno, la auténtica política de Estado la tendrá que hacer en la oposición. Tendrá que reconstruir alianzas, que es casi como crear partidos con los que poder entenderse. Aceptando tal vez la imposibilidad de que el PP no pueda ser en Cataluña (o en el País Vasco) lo que es en la Galicia de Feijóo. 

Las dudas del PP hacen sospechar que quizá los últimos nostálgicos de esa Convergencia que pudo haber sido sean ellos. De momento, el catalanismo moderado y escarmentado quiere mandar al viejoven Montañola a Madrid. A ver si esta vez sí que pican y podemos volver a creer en los viejos tiempos del peix al cove, cuando los catalanes podían soñar con ser vascos.

16.6.23

La crueldad de Yolanda Díaz cuando finge bondad

El adoleciente obituario de Yolanda Díaz sobre Berlusconi culmina el proceso por el cual el espacio que ella representa, el que ha heredado y que en nuestro país fundó el populismo universitario, ha ido llenando el discurso político de significantes vacíos que despiertan (com)pasiones en lugar de discusiones políticas. 

El mensaje de Yolanda es incomprensible, pero sólo hasta cierto punto. Se entiende que incluso cuando habla de la muerte (ajena, como todas) lo que le importa es hablar de sí misma, de su enorme moral y de sus purísimos sentimientos. Y que es así ante el muerto y el vivo y que a ello dedica todos sus esfuerzos y toda su retórica.

Pero por mucho que se pretenda sustituir el lenguaje recto por el exhibicionismo sentimental, las palabras siguen teniendo su significado y la gramática sigue imperando como un dios sobre nuestros tuits, de modo que incluso las frases mal construidas y las palabras mal usadas dicen y significan siempre algo. Aunque sea, como en este caso, lo contrario de lo que se pretende.

Esa es la condena de Yolanda y de 'todes' esos reformadores del lenguaje en el sentido de la justicia social. Porque Yolanda quería presumir de distanciamiento ideológico y savoir faire protocolario, pero terminó lamentando la muerte de Berlusconi de la forma más sentida que se haya visto en nuestras latitudes. 

Es como si algo terrible se ocultase siempre tras este lenguaje sentimentaloide con el que habla en nombre de España y de los españoles. De toda esa retórica política de los cuidados, intermitentemente feminista según quien la pronuncie, con la que ha evolucionado la pedantería del núcleo irradiador. Tras esos discursos tan cariñosetes van desfilando los cadáveres de Silvio, Irene, Pablo... y los que vendrán.  

Este lenguaje, supuestamente psicológico, pretendidamente terapéutico, pensado para cuidar de los españoles como se cuida a los jubilados americanos en su retiro en Florida, es un discurso eminentemente político, creado por políticos y pensado para la política, y que sólo en ella muestra su auténtica grandeza y sentido. Por eso es tan ridículo y preocupante ver cómo los adolescentes hablan de relaciones tóxicas y cuidados y demás. Porque sólo pueden usarlo para disimular su desconocimiento sobre las relaciones humanas y para justificar esa crueldad tan propia de la edad. Y del poder. 

Sólo en política se ve claramente el chantaje y la dominación que hay tras esas lágrimas o la crueldad que se esconde en ese "cuídate" con el que desde la pandemia los jefes firman los correos y que sólo puede leerse como una amenaza. Ese "cuídate" con el que Pablo Iglesias se ve obligado ahora, debemos creer que por primera vez, a hablar muy compungido de lo que sufren su mujer y sus hijos por toda esa violencia política que no es más que el penúltimo capítulo de la pornografía sentimental en la que se ha basado su proyecto político, su partido y su carrera desde el primer día. 

Parecería que los viejos partidos, con sus viejos principios y sus viejas retóricas y sus viejas hipocresías, tenían también sus viejos códigos de deshonor para acabar con la carrera de sus rivales. Sabían mandarlos a Europa como quien les daba un ascenso o devolverlos a la vida familiar que nunca habían tenido si la derrota era ya tan humillante que incluso Bruselas parecía demasiado castigo.

Aquí los mandan a volar libres como el Orinoco triste o les hacen ghosting en prime time y delante de toda España porque, como tiraba la Mala Rodríguez por aquí, al final la mayoría de relaciones ya no merecen ni el mal rato de decir "adiós, no eres tú, soy yo". 

Y no digamos ya discursos como el de Villacís, que siempre llegan tarde y para consuelo de cínicos, que ven confirmado así que son todos iguales, que todo es un teatrillo, y del bueno, y que es de tontos tomarse sus broncas demasiado en serio. 

En realidad, aquí, como en Podemos y en Sumar, el amor entre políticos debería servir para recordarnos que el mal rollo, el insulto y la descalificación son la norma y deben de seguir siéndolo. Es la lección de Berlusconi, supongo. Y de todos los que han venido después. Que esta entente y esta farsa es inmoral. Que lo es si es mentira y lo es si es verdad, porque las diferencias importan y tienen que importar a no ser que queramos, como nos pide Sánchez, conformarnos con ser buenos lacayos de nuestros soberanos. 

El adiós de Silvio, de Irene, de Begoña, de tantos y tantas compañeros y compañeras, debería servirnos al menos para no aceptar lecciones morales ni de los más elegantes de los perdedores. Es razonable sospechar que los más buenos quizás sean los peores.