9.10.19

Hechos y derechos

“Sólo las dictaduras encarcelan a líderes políticos pacíficos”. Eso decía al menos y al mundo una pancarta que colgaron los sospechosos habituales la otra noche, noche de Champions, en el Camp Nou. A Manuel Valls le parece mentira y le parece además que la libertad de expresión no ampara la mentira. Y a mí, para variar, me parece todo muy confuso.

Me parece, para empezar, que la libertad de expresión ampara la mentira bastante a menudo. O que ampara al menos la publicación de falsedades cuando no se puede demostrar que sean deliberadas. Y me parece que a pesar de todo está bien que así sea y que en estas cuestiones rija el principio de in dubio, pro libertate.

Pero me parece, sobre todo, que la pancarta que nos ocupa no es una falsedad sino una opinión. Una opinión equivocada, peligrosa incluso, pero opinión. Es evidente que podría leerse como una falsedad de hecho en un sentido muy claro: también las democracias encarcelan a líderes políticos pacíficos. Por ladrones, por ejemplo. O por presuntos sediciosos. Pero lo que dice la pancarta, aunque no lo diga así por razones elementales de espacio y de estilo, es que a esas democracias no se las puede considerar tales. Que a esas democracias habría que considerarlas, de hecho, dictaduras. Esto no es un hecho sino una opinión, basada en el hecho de que la democracia es siempre una realidad imperfecta o un proyecto inacabado y que por eso cualquier quincemesino que salga a decir que le llaman democracia pero no lo es tendrá siempre algo de razón, por muy equivocado que esté. Lo que pide la pancarta, diría que sin saberlo e incluso sin quererlo, es la total inmunidad para cualquiera que pueda ser considerado un líder político. Incluso, habría que recordar a sus redactores, si el líder en cuestión fuese miembro de la oposición constitucionalista.

Será entonces una opinión absurda en su planteamiento y peligrosa en sus consecuencias, pero opinión al fin y al cabo. Y más allá de la cuestión de si cabe exhibir estas opiniones en un campo de fútbol y de quién tiene o debería tener potestad para decidir sobre el particular, el debate fundamental en nuestras sociedades libres y democráticas sigue siendo la importancia de diferenciar entre hechos y opiniones. Del s.XX y sus totalitarismos creímos aprender que la capacidad de diferenciar entre verdad y mentira y hechos y opiniones es fundamental para salvaguardar la libertad. Porque allí donde estas distinciones son ya irrelevantes se impone el relativismo de Estado, es decir, la tiranía totalitaria. Pero no quiere decir únicamente que debamos proteger a los hechos de la tiranía de la opinión, sino que también debemos proteger a la opinión frente a aquella tiranía de los hechos que consiste en tomar por hechos incontestables cosas que son, podrían o deberían ser objeto de discusión.

El ámbito de la libre discusión democrática es necesariamente el ámbito de la opinión, aunque sólo fuese porque sobre el hecho hay mucho que conocer pero poco que discutir. Del olvido de esta diferencia es de donde sale también el peligro de tanto censor disfrazado de denunciante de bulos y fake news, que no deja de encontrarlos porque no deja de confundir hechos y opiniones para condenar las opiniones ajenas sin proteger con eso ninguna verdad ni ninguna libertad. La discusión sobre qué es y qué debería ser la democracia es connatural a la propia democracia. Y por absurda que sea o que parezca a veces la discusión, es evidente que no podemos darla por terminada sin terminar al mismo tiempo con la democracia tal como la conocemos.

2.10.19

Buenérrimos

A Jürgen Klopp le dieron el trofeo al mejor entrenador de la temporada pasada y lo agradeció con un discurso muy celebrado por lo socialmente comprometido. Pocas semanas antes, Eric Cantona, en una ocasión similar, hizo un discurso bastante incomprensible pero en el que parece ser que advertía sobre la catástrofe venidera y mostraba también su compromiso social. El mundo del fútbol parece saber lo que se espera de él y responde en consecuencia. Esperamos que sean ricos, que tengan éxito y que sean padres ejemplares para sus hijos y para toda la sociedad. Por eso, en estos casos, discursos como los de Cantona siempre tienen más gracia. Por lo confuso del mensaje y por lo auténtico del personaje. Auténtico llamamos a aquello que le hace ponerse unos espaguetis por sombrero para burlarse de Neymar, de sus peinados y de sus florituras, y auténtico era también aquello que le hacía saltar lleno de ira contra el público rival y pelearse con las abuelas del equipo contrario como hacía cuando era todavía una leyenda en construcción. Hay algo complejo en estas gentes que se pierde, como en todos, cuando les pedimos que sean perfectos. Es normal y casi necesario que el discurso le salga confuso a un tipo como él y mucho más claro a un tipo como Klopp.

Porque Klopp es el malo que gusta ahora en el mundo del fútbol. Es un poco aquello que antes se llamaba un metrosexual, con esas gafas tan modernas y esa barba canosa tan bien recortada y que parece ser que gusta tanto entre las mujeres y algunos hombres, de Liverpool y más allá, porque es la perfecta sofisticación, que disimula pero no esconde, de la virilidad que se espera de un buen deportista. Tanto cuidado en las formas, palabras y procederes pueden disimular, pero no esconder, la verdad que se esconde en sus silencios. Porque la verdad de Klopp y diría que de todos los deportistas, lo que los lleva a estos actos en calidad de premiados, es justo lo que allí tiene que callar. En el caso de Klopp, esta verdad se llama Pep Guardiola. Klopp pudo agradecer y agradeció, con humildad y aparente sinceridad, a su colega Pochettino esa final de Champions a la que debe el premio. Pero no pudo agradecer a Guardiola esos partidos de Premier que le robaron el título. Por aquello de que es más fácil ser generoso en la victoria que en la derrota. Pero, sobre todo, porque la rivalidad con Guardiola trasciende el juego y tiene algo de inefable, de indómito. Es una rivalidad que como tantas, como todas las grandes, surge de la casualidad en el repartimiento de camisetas y no de ningún principio moral del que pueda darse cuenta en una gala como estas. Es la rivalidad auténtica, gratuita, a la que deben sus éxitos. Que no se puede explicar porque no se puede entender. Porque sale del mismo carácter, de la misma pulsión que les lleva al éxito. Es la verdad que hay que esconder para parecer moral. Por eso, cuando les pedimos que sean perfectos les pedimos que nos engañen. Y bien estará, mientras nosotros sigamos dispuestos a dejarnos engañar y ellos sigan dispuestos a las maldades y las hipocresías que sean necesarias para seguir ganando.

20.9.19

In porno veritas

La discusión sobre el topless en las piscinas públicas en seguida dio paso a la prescripción del topless entre niñas preadolescentes. Se trataba, según leí, de evitar que el bikini de dos piezas erotizase el pecho femenino. Cabe preguntarse por qué.

La preocupación no venía de la mirada que ese pequeño e inútil sujetador pudiese suscitar en el bañista sino de la actitud que fomenta en las niñas. Se trataba, se trata, de educarlas para que conciban sus pechos en plena igualdad con los pechos masculinos. Sin carga erótica suplementaria. Es el mismo principio que alienta la campaña "free the nipple" contra la censura y por la libre exhibición del pecho femenino en las redes sociales. También esta campaña insiste en la comparación con el pecho masculino, demostrando hasta qué punto buena parte del feminismo ha hecho suya la convicción, asumamos que católica, de que lo erótico debe mantenerse oculto. Se permite e incluso se reivindica la libre exhibición del pecho femenino, pero a condición de deserotizarlo. Es una concepción equivocada tanto de lo erótico como de lo libre.

De entrada, porque los pechos no pueden (des)erotitzarse a conveniencia de la última moda ideológica. Los pechos son eróticos por naturaleza. Han evolucionado para ser más grandes que los de nuestros lejanos parientes, precisamente para ser más atractivos para los hombres. Para ser indicadores de madurez sexual. Cuando se da, claro. Cuando todo lo que se da es una niña que insiste en llevar el sujetador del bikini, lo único que señalan es una niña que quiere parecer mayor. Cuando lo que se da es una madre empeñada en politizar el asunto, lo único que tenemos es una madre que quiere que las niñas sigan siendo niñas, quién sabe hasta cuándo.

Después, porque se percibe lo erótico como algo que esclaviza a la mujer y la convierte en objeto sexual al servicio del hombre. Esta es una visión muy pobre tanto de la naturaleza de eros como del hombre y que en pocos asuntos se hace tan manifiesta como en la discusión sobre la pornografía. Lo hemos vuelto a ver en reacción a una entrevista en la BBC a Mia Khalifa, ex-actriz porno americano-libanesa, retirada y arrepentida, que se hizo famosa por rodar unas escenas con velo.

La entrevista es interesante por su denuncia de la industria y debería servir como advertencia a cualquier joven que, como ella, pretenda “hacer porno como su pequeño y sucio secreto”. Pero todos sabemos que los debates sobre la industria suelen ser excusas para denunciar la pornografía y su naturaleza supuestamente violenta, explotadora y sexista. Por eso, aunque Khalifa asume “al 100%” la responsabilidad de sus errores, sus defensoras hacen con ella como suelen hacer con prostitutas e incluso azafatas: les niegan la libertad en nombre de la liberación. Si no pueden aceptar que estas mujeres sean libres es porque no pueden reconocerse en sus decisiones. Es un razonamiento equivocado pero comprensible, porque aunque la libertad propia parece evidente en la duda y en el arrepentimiento, la de los demás es siempre misteriosa. Uno puede explicar cualquier conducta del prójimo, como mal hacen ellas, como el resultado lógico y necesario de presiones sociales, prejuicios, etc. Y es así, con este paternalismo metafísico, como suelen hablar del porno, del que tienen una visión tan negativa que les resulta inconcebible que nadie en su sano juicio se dedique a él voluntariamente. Es algo que sólo explicarían el trauma o la coacción.

Es una postura tan injusta con el porno como con sus actores. Porque, contra quienes lo denuncian como violenta explotación sexual de la mujer, lo que muestra la mayoría de las escenas no es tanto el poder de la violencia masculina como su límite. Es habitual ver al hombre sobrepasado y a merced de unas pulsiones y de unas mujeres que es incapaz de controlar. E incluso en esas escenas violentas tan denunciadas, lo que empieza como agresión masculina suele terminar en una subversión de la relación de poder y en la restauración de la normalidad de la relación sexual, donde también la mujer satisface sus bajas pasiones y sus oscuras fantasías. El hombre que usa la violencia como último recurso para satisfacer sus impulsos se descubre ante una mujer deseosa y segura de sí misma y en una situación en la que se sigue haciendo lo que a ella le da la gana.

La libertad de las mujeres será invisible, pero su liberación es, de hecho, el argumento (implícito) de casi todas las escenas, donde la protagonista actúa descaradamente en contra de lo esperado, lo prohibido y lo establecido ante la estupefacción de todas y cada una de las figuras que se pretenden de autoridad. Principalmente, claro está, las masculinas. En pocos ámbitos es tan ridículo hablar de sexo débil como en este, donde es precisamente través del sexo que la mujer toma el poder. En esto el porno es subversivo, y precisamente a esta subversión le debe Mia Khalifa su fama. El velo no hacía más que teatralizar la liberación, ¡antipatriarcal!, ante todo aquél que no finja ignorar la relación entre el velo islámico y la conducta sexual que se espera, que se exige, de sus portadoras. Es algo que no ignoraron los islamistas que la amenazaron y que no deberían ignorar las feministas que ahora pretenden defenderla.

Es algo que tampoco debería ocultarse cuando se discuten los efectos, digamos pedagógicos, de la pornografía. El porno no es más que caricatura de la naturaleza un poco grotesca y profundamente tragicómica de la sexualidad humana, y por eso las expectativas y frustraciones que genera sobre la vida sexual son sólo tan graves como las que generan las comedias románticas sobre el amor. Son las inevitables frustraciones de madurar para descubrir que ni el mundo ni las mujeres están obligados a satisfacer nuestros anhelos.

Es una lección desagradable y es normal que no quieran verla. Es la lección que tanto le costó aprender a Khalifa y que consiste en descubrir que la tan ansiada libertad tiene precio y unos efectos a menudo inesperados e indeseables. El intento de deserotizar los pechos no es más que un intento de infantilizar, de negar la naturaleza para olvidar que el verdadero peligro no viene de lo erótico o lo patriarcal sino de la inexorable impotencia de la libertad. Antes se entendía el topless, el free nipple, como un acto de empoderamiento de la mujer, que se exhibe libre y segura de sí misma, conocedora del efecto que provoca en los hombres y del poder que le confiere sobre ellos. Ahora se empeñan en deserotizar, en convertir a mujeres adultas en inocentes niñas que corretean en tetas por la playa, sin entender que eso las deja sin dominio sobre su cuerpo, su libertad y su poder.

11.9.19

Los padres de Greta

Lo más molesto de Greta Thumberg es lo difícil que resulta criticarla. Ante la naturaleza del fenómeno, todas las críticas parecen demasiado simples, cuando no ridículas o hasta crueles. Cómo vas a criticarle un discurso que ni siquiera es suyo. Y después está, claro que está, el tema de su enfermedad. Es joven y está enferma y eso hace siempre incómoda e indecorosa la crítica. Pero en este caso la enfermedad es mucho más que un escudo o una excusa para reclamar impunidad. En este caso, la enfermedad de Greta es el arma que ha encontrado la causa de los apocalípticos climáticos, esos pedofrastas, para hacer avanzar su agenda. Una de sus grandes dificultades era, y sigue siendo, la de hacer que unas sociedades acomodadas como la nuestra lleguen a temer por la fragilidad del planeta. Y su gran logro es que cuando la enferma Greta nos habla de fragilidad, creemos entenderla. Cuando nos habla de miedo, lo vemos en sus ojos. Así lo vemos en uno de sus últimos discursos, en el Foro Económico Mundial, donde nos advierte de que no quiere nuestra esperanza sino nuestro pánico. Greta quiere que sintamos el miedo que siente ella. Aquí Greta parece el malo de Batman o el Podemos de las buenas épocas, y sonaría a amenaza si no supiéramos ya que en esto estamos todos en el mismo barco.

Y a pesar de todo, esta unidad tiene algo triste. Greta insiste en presentar su causa como un conflicto generacional. Ella y su generación han venido como es natural a rebelarse y a cambiar el mundo, pero ya les va costando encontrar viejos que quieran preservarlo. Ya no encuentran más oposición que la de su lógica y natural impotencia. El tapón o el conflicto generacional debían o deberían servir al menos para excusar o disimular lo excesivo de las pretensiones revolucionarias, porque entre la inamovible naturaleza de las cosas y las ansias de cambio se entrometía una generación que sí podía ser criticada, combatida e incluso vencida. No parece que sea nuestro caso. Más bien parece que nuestros mayores son demasiado conscientes y se sienten demasiado culpables de sus defectos e impotencias como para defender sus logros frente a la crítica. La crítica de Greta y sus thumbergs es la misma exactamente que se hacen los mayores a sí mismos pero con algo menos de complejos y un algo más de superioridad moral. Es la crítica que los mayores quieren oír, que invitan y aplauden. Y estando ellos tan acomplejados han dejado a nuestros jóvenes sin nadie contra quién rebelarse. A veces parece que si quieren de verdad cambiar el mundo, salvarlo de sus mayores, deberían empezar a defender causas como la proliferación de las nucleares, la fabricación masiva de carne sintética o la investigación con transgénicos. Por mucho que le pese a Greta, eso incluso podría darles un poco de esperanza.

5.9.19

7.8.19

Woody Allen y los 250 normales

Dice Otegi que hay 250 presos y que habrá, por lo tanto, 250 homenajes. Lo dice para que dejemos de sorprendernos y escandalizarnos y empecemos, como exigía también otro bildu, a desdramatizar y normalizar el asunto. Porque aquí ya sólo se trata de seguir avanzando en la normalización.
Pero a mi 250 homenajes me parecen muchos y me temo que, queriendo banalizar el terrorismo, acaben sin quererlo banalizando a sus terroristas.Hay algo aquí que no han resuelto y deberían, porque la presunta necesidad histórica y la lucha colectiva en la que amparan el terror se lleva muy mal con el heroísmo individual de esos tantos que ahora pretenden celebrar. El País Vasco corre el riesgo de convertirse en el país con más héroes por metro cuadrado y así va a ser imposible identificarlos y reconocerlos y tratarlos como merecen. Con tanto héroe les va a resultar imposible lograr parecer un país normal.
Este empecinamiento en la retórica de la normalización es sólo una forma de dejar claro que su concepto de normalidad se define y se limita por la sumisión a lo que ahora llamarían su relato. Lo normal será lo que ellos digan y lo normal será, por lo tanto, su dominio totalitario. Esta reciente y recurrente insistencia explica y da sentido a su negativa a estrechar la mano de Woody Allen. Woody Allen no es bienvenido a un país empeñado en la plena normalización porque es alguien que no se cansa de mostrar y recordar hasta qué punto es lo normal imposible. Hasta qué punto es irresoluble el problema humano y por lo tanto político y hasta qué punto son por lo tanto ridículas tanto las pretensiones del terrorista libertador como las del autodenominado hombre de paz empecinado en guiarnos ahora hacia la plena reconciliación.
Cuando le preguntaron sobre el boicot de Bildu, Woody Allen respondió que no pensaba “en movimientos políticos, sociales. No estoy equipado mentalmente para tener una visión profunda de esos conflictos. Yo trato de relaciones humanas, de la gente, de la comedia”. Woody Allen no se mete en política porque esos son asuntos muy profundos y él trata de asuntos superficiales. Pero Allen sabe tan bien como Strauss o Arendt que la verdad de los asuntos políticos, incluso de los más bestias, está en la superficie. Que no hay profundidad que la mirada superficial de su comedia sobre las relaciones humanas no pueda captar.
Por eso tenía que ser Woody Allen quien viniese a mostrarnos lo ridículo de esos que ahora pretenden pasar por normales y normalizadores blanqueando el terrorismo en nombre del feminismo y la protección de la infancia. Lo cómico, cabría incluso decir, de una desorientación moral de nuestra época, que es trágica y de la que estos presuntos dignos y normales serían sólo algunos de sus más patéticos representantes.

6.8.19