11.4.25

Si RTVE no quiere israelíes en Eurovisión, ¿por qué no renuncia a participar en el festival?

El comunicado en el que RTVE pide que se "debata" el veto a la participación de Israel en Eurovisión muestra hasta qué punto se ha institucionalizado ya en España un lenguaje que hasta ahora era exclusivo de la izquierda radical.

Es ese lenguaje que permite "plantear cuestiones delicadas" que a los demás normalmente no les interesa plantearse.

Es ese lenguaje que permite poner "incómodos debates" sobre la mesa, como pide el comunicado, aunque en realidad todos sabemos que RTVE no espera ni va a permitir ningún debate digno de este nombre. Debate que, además, sólo podrá cerrarse con una única conclusión por todos conocida de antemano.

Es un lenguaje profundamente cobarde, por cuanto siempre disimula posturas definitivas tras debates ficticios, estériles y manipulados que sólo sirven para fingir que la suya es la única respuesta lógica y la única conclusión aceptable.

Que les permite evitar responsabilizarse de lo que implica defender una postura propia discutida y discutible.

Que les permite incluso evitar la responsabilidad de abrir un debate en el que, además, cada día se hace más difícil diferenciar entre ese antisionismo que consideran tan legítimo y el puro y más racista antisemitismo.

Cuando RTVE llama a "abrir un debate" sobre la participación de Israel en el festival de Eurovisión, lo que está haciendo es buscar aliados para expulsarlos sin tener que asumir los costes de hacerlo. Sin tener que hacer ni el más mínimo sacrificio para hacerse digno de la superioridad moral de la que presumen.

Ni el más mínimo, digo.

Si esto se tratase de una batalla entre colegas, entre la televisión pública española y la televisión pública israelí, el asunto provocaría un pequeño disgusto entre los amantes de lo público, pero sería totalmente irrelevante.

Si el tema fuese realmente Eurovisión, digo.

RTVE podría, simplemente, amenazar con retirarse del certamen y ahorrarse el enésimo bochorno para disgusto, diría yo, de casi nadie.

No voy a abrir ahora el melón de los eurofrikis, pero es evidente que Eurovisión es sólo una excusa para seguir haciendo politiquería barata y de marca blanca a un coste prácticamente nulo. Seguramente siempre ha sido así y ya desde sus orígenes la política pesaba más que los gorgoritos.

Pero digamos que entre la aspiración a unificar Europa a través de las artes y este agitprop socialista de los últimos años y al que nos vemos sometidos dista un mundo.

Podría nuestro Gobierno abrir de verdad y de una vez por todas una crisis diplomática con el estado de Israel, si es que al presidente se le hacen las largas las horas de Falcon y no encuentra ningún otro melón por abrir en política internacional.

La polémica de Eurovisión quizás parezca una cuestión menor ahora que vuelve Sánchez de sus ofrendas florales y sus reverencias frente a antiguos tiranos orientales, y de postularse (y postularnos) como siervos preferentes de la nueva y modernísima tecnotiranía China.

Pero el comunicado de RTVE es un bonito recordatorio de que los socialistas son gente seria y de principios, y que no olvidan quiénes son sus auténticos enemigos.

28.3.25

La regla del 80/20 es cierta: los 'incels' tienen razón y los adolescentes lo saben

La culpa es de los singles y de esa teoría del 80/20 según la cual el 80% de las mujeres sólo se siente atraída por el 20% de los hombres.

Y el gran problema de esta teoría del 80/20 es que es básicamente cierta. Y que encaja con la experiencia de la inmensa mayoría de los niños de trece años, que son naturalmente incels, y la explica a la perfección. Como el protagonista de Adolescencia.

A diferencia, claro está, de tantas otras teorías sobre las relaciones sexoafectivas entre géneros, mucho más bien sonantes, que los adolescentes también conocen, que también reciben machaconamente y que también escuchan con atención variable. Pero que, evidentemente, no se creen. 

Pero la teoría del 80/20, siendo básicamente cierta, es sólo una parte de la verdad.

Y la otra parte no se la explicará, porque no puede, ninguna de sus escandalizadas profesoras, naturalmente feministas y naturalmente progresistas. Ni se la explicará tampoco ninguno de sus profesores, porque casi no tienen ninguno y porque los que tienen son naturalmente feministas y naturalmente progresistas.

Y parece ser que tampoco se la explicarán esos gurús que dice que corren por internet corrompiendo a nuestros jóvenes con sus dolorosas verdades.

La verdad la podrían aprender solitos y a gran coste. Pero no está mal que alguien se la recuerde de vez en cuando para hacer algo más llevadero el disgusto de ser adolescente.

Consiste, simplemente, en aceptar que el hombre se hace. Que su hombría y su atractivo no son evidentes. Que no basta con esa pelusilla en el labio superior.

Es algo que ya intuyen. Por eso a esas edades empiezan a hacer chistes de marranadas que a menudo ni siquiera entienden y por eso pasan de llamar tontas a las chicas, para explicar por qué no quieren jugar con ellas a saltar la comba, a llamarlas putas porque ahora ellas, de un día para otro, prefieren a los más mayores y malotes.

No puede sorprendernos tanto, porque los pobres niños incels no son los únicos que desprecian lo que querrían tener y no pueden. 

Se entiende todo a la perfección, pero no se acepta con igual facilidad.

Y hay que aceptarlo.

Hay que aceptar, básicamente, que no sirve de nada culpar a la realidad y que es mucho más útil e interesante tratar de entenderla.

Pero esto es algo que tampoco les explicará toda esta generación de escandalizados profesionales, precisamente, del arte de negar la realidad. Incluso en este tema y en esta estadística, donde tantas feministas han salido corriendo a decir que es mentira y que es indignante y que además es culpa de los hombres.

Que si los niños no follan es porque no son lo suficientemente feministas y que hay que deconstruirse un poco más para gustar.

En realidad, un poco menos. 

Porque son teorías absurdas que no puede creerse un niño de trece años que sepa quién le gusta a la guapa de la clase y con quién se ha dado el primer morreo. 

Pero hay que reconocer que cuando las feministas y sus aliados salen a negar la evidencia y exigen que nos "trabajemos" dicen bien, aunque sea por error.

Porque lo que puede llegar a hacer atractivo al 80% de los hombres requiere de mucho trabajo. El estatus, el dinero y que ellas cumplan los treinta son cosas que ayudan mucho, pero que requieren de tiempo y de esfuerzo.

Es, de nuevo, algo que saben perfectamente los adolescentes, obsesionados como nunca en hacer burpies y press-banca y en invertir en cripto.

Y es algo que, lógicamente, tiene muy preocupadas a las feministas, empeñadas en descubrir lo tóxico en cualquier expresión de masculinidad. 

Y también por otra cosa, que es mucho peor y mucho más triste. Porque el problema de la teoría del 80/20 es que es infalible en el tipo de relaciones que prima y promueve nuestra sociedad, e incluso nuestro feminismo, en nombre de la libertad, la experimentación y la liberación sexual de las mujeres.

Es lo que explica que apps como Tinder funcionen perfectamente para el 20% de los hombres (con buen trabajo, buenas espaldas y buena altura, por encima del 1,80 m) y es una pérdida de tiempo, paciencia y autoestima para el 80% restante.

En este tipo tan particular de relación, la regla del 80/20 es infalible y tiene efectos terribles para casi todos.

Para ellos, porque en realidad las únicas que pueden comportarse como auténticos hombres son ellas. El mercado sexual está a sus pies y son ellas (y ese supuesto 20%, que hoy ya será menos) las únicas que pueden ligar cada día con uno distinto y sin compromiso si así lo desean.

Y para ellas porque, como muy bien dicen las feministas, entre ese 20% de machos que tienen a su disposición la práctica totalidad de las usuarias no se encuentran los hombres comprometidos y deconstruídos que a ellas les gustaría que les gustasen.

Oh, sorpresa. 

Si el 80/20 les pesa tanto a los adolescentes, a las feministas, a las profes y a los padres implicados es, simplemente porque estas son el tipo de relaciones que esperamos de nuestros jóvenes.

Y porque cada vez hay menos adultos que en la escuela, en los medios, en la política (ni siquiera en la familia, tan a menudo separada), le presente a ese 80%, tanto en el discurso como en el ejemplo, modelos de éxito a los que sea razonable aspirar.

El problema, básicamente, es que el tipo de relación que se promueve es el tipo de relación donde la ley del 80/20 impera y castiga más.

Normal que les joda.

14.3.25

Lo que nunca perdonarán a Ayuso

Ayuso no tiene defensa posible. Porque la cifra y la crítica del documental 7291 no se refieren a los muertos por su presunta "mala gestión", sino a los terribles efectos de su perversa ideología.

Que se use a los muertos y el dolor de sus familias para la propaganda ideológica sería escandaloso si hoy fuese martes y esto, Dinamarca.

Pero a estas alturas y por estas latitudes, ya solo podrán escandalizarse los más viejos del lugar o quienes cobran por fingirlo ante las cámaras. Benditos sean.

Los informados, los serios, somos ya demasiado cínicos para pretender que entrar a discutir aquí las cifras de fallecidos en las residencias madrileñas o compararlas con las de otras comunidades tiene el más mínimo sentido.

Está, simplemente, fuera de lugar. Porque nunca fue de esto.

Si lo fuera, si el tema fueran las cifras, el rendimiento de cuentas y la mejora de los protocolos y condiciones por lo que pueda venir, el Gobierno (ejemplar, sin duda, tanto en la prevención post-8M de la crisis como en la gestión y en la salida "en V" y "mucho mejores") se guardaría muy mucho de volver sobre sus pasos como hace el criminal en las malas películas.

De ahí la deshonestidad fundamental de este documental y de esta campaña, que pasa de la crítica ideológica a la cifra de muertos, pero nunca de la cifra de muertos a la crítica ideológica.

Es la lógica deductiva que explica perfectamente por qué Ayuso es presuntamente responsable de cada uno de los 7.291 muertos en las residencias madrileñas y Pedro Sánchez el responsable último, y diríase que único, de todas las vidas salvadas. De esas 450.000 que dijo él mismo y que asumo aproximadas, porque es evidente que aquí una vida más o menos no importa tanto como en las residencias de Ayuso. 

Por si acaso me incluyen en la cifra de vidas salvadas, conste aquí mi más sincero agradecimiento.

Lo que pasó en las residencias, incluso en algunas (pocas, poquísimas, cabe suponer) de fuera de la Comunidad de Madrid, es realmente de lo más espantoso de la pandemia.

Porque es donde al desamparo habitual de los mayores se suma de la forma más cruel posible todas y cada una de las más duras decisiones que hay que tomar en estos casos. El famoso triaje, que ahora volvemos a descubrir con el mismo espanto que la primera vez, porque el común de los mortales prefiere vivir sin recordar su existencia y su necesidad.

Pero que es imperativo, y categórico, en situación de saturación hospitalaria.

Y que sí, castiga más a los más vulnerables porque ese es su terrible sentido.

Y por eso es tan bajo usarlo como arma política. Y por eso es tan eficaz.

Se trata de proteger a los ciudadanos de las verdades más incómodas porque estas conllevan las más duras responsabilidades.

Por eso, si en algo supuestamente positivo destacó la España confinada de Sánchez fue en la vacunación. Es decir, en la obediencia.

Y por eso cabría criticar y lamentarse porque se trate a los ciudadanos como a niños si no fuese porque a los niños hay rollos que, simplemente, no se les pegan.

A los niños se les distrae con cosas buenas y divertidas y, a veces, incluso se les deja en paz.

Con nosotros, en cambio, no se ahorran ni un día de agitación y propaganda.

Hasta el punto que, todavía en plena pandemia, pero ya en tono de advertencia, El Periódico hizo historia del periodismo al llevar en portada el titular El colapso que no fue. La gestión es impecable, tenemos la mejor sanidad del mundo, nos decía, y no valdrán excusas.

No habrá perdón para la oposición. Para los agoreros. Para los críticos y negacionistas. Para los que no salen al balcón a aplaudir a los sanitarios. Es decir, a la sanidad pública. Es decir, al Estado del bienestar, a la socialdemocracia, al PSOE… a Pedro Sánchez.

El problema no son los muertos. Los muertos se los podrían perdonar a Ayuso, como parece que se los han perdonado a todos y cada uno de los otros presidentes autonómicos. Si Ayuso fuese como todos los demás, claro.

Lo que no podrán perdonarle nunca es que fuese por libre. Que cerrase antes las residencias y abriese antes los bares. Y que lo hiciese en clara y explícita discrepancia con el Gobierno central en un momento en el que cualquier crítica era criminalizada y en que tocaba fingir la unidad del mundo occidental al dictado de la ciencia y la razón para evitar, precisamente, que distintas políticas pudiesen evidenciar distintos resultados y responsabilidades.

Lo que no podrán perdonarle nunca es, en realidad, que fuese la única oposición real al Gobierno socialista. Y que siga siéndolo.

Por eso, Ayuso no tiene defensa posible. Su única salida es el éxito. Porque, por muy compungidos que estén todos con estos siete mil y pico (mientras ignoran a todos y cada uno de los demás muertos), lo que más les pesa no son los errores que pudiera haber cometido Ayuso ni sus terribles consecuencias.

Lo que más les pesa, lo que les resulta simplemente insoportable hasta imaginar, no son sus fracasos. Es su éxito.

23.2.25

Ione dilo como es. Podemos no apartó a Monedero. Podemos lo dejó volar

Podemos no apartó a Monedero. Podemos aceptó su renuncia. Y no es lo mismo sino lo contrario, porque con ello aceptaron y legitimaron también sus falsas razones, encubriendo la verdad y convirtiéndose así en sus cómplices.

La portavoz Ione Belarra, concretamente, que tantas lecciones de feminismo y ejemplaridad sigue dando a estas horas, la ratificó con un sentido agradecimiento: “Muchas gracias por tu incansable trabajo en Podemos pero, sobre todo, por haberte desvivido siempre por su magnífica militancia. Lo fácil, con todos los ataques que has recibido, era haber abandonado. Seguimos peleando juntos”. Y ratifica este sentido homenaje al presunto agresor con un corazoncito morado, el símbolo que aúna lo mejorcito de la izquierda con lo mejor de la lucha feminista. 

En su carta de renuncia, Monedero también había hecho referencia a estos ataques. Ahora sabemos que incluían serias acusaciones de agresión sexual. Y que no venían ni de políticos corruptos, ni de policías ni periodistas ni empresarios corruptos sino de compañeras militantes de su propia organización. Lo que no sabemos es por qué en aquél momento Ione Belarra no parecía considerarlas tan creíbles ni tan graves como dice considerarlas ahora. Es imposible y no debe pensarse porque hermana ellos sí te creen y las denuncias falsas siguen sin existir, pero no es así como una líder feminista aparta a un pregunto agresor y eso, por connivencia o cobardía, le hace un flaquísimo favor a las mujeres que pretende representar y proteger. 

Las bellas palabras y los corazoncitos morados de entonces no pueden justificarse, de ningún modo, por la intención de proteger a las víctimas. A las que merecen protección, claro, que son las que callan, y no las que estos días denuncian públicamente su condición. Hay que celebrar, eso sí, que la voluntad de mantenerse en el anonimato de las víctimas seleccionadas por la portavoz haya coincidido hasta este insólito punto con los intereses del partido y del agresor. Pero debemos reconocer que, incluso en estas felices circunstancias, una cosa es preservar el anonimato de las víctimas para protegerlas y otra muy distinta y hasta contraria es preservar el anonimato del agresor y la naturaleza de su delito, como hicieron ellos. Eso sólo sirve para garantizar su impunidad y dejar inadvertidas e indefensas a sus futuras víctimas potenciales. Como en el caso Errejón, el feminismo más militante, ejemplar y pedagógico que ha conocido la humanidad no ha dado ni para un triste "amiga, date cuenta". Ha servido, eso sí, para usar el silencio y el anonimato, muy comprensibles, de algunas víctimas lavar la imagen del agresor y del partido. No sé si eso cuenta como culpar a la víctima (que habla) o como revictimizarla (cuando calla) pero es, sin ninguna duda, un nuevo hito del feminismo patrio.  

Podemos no apartó a Monedero. Podemos aceptó su renuncia y con ello legitimó y aplaudió su exhibición de superioridad moral sobre la prensa, la policía, el empresariado, la política y el país entero sabiendo que sobre él pesaban graves acusaciones de agresión sexual. Monedero, se decía, es un intelectual que debe volar libre para servirnos de inspiración y referencia a los demás, porque la vida política de este país (y no así en Venezuela, por ejemplo) es demasiado sucia para un hombre tan puro como él. Es algo que ha dicho él mismo estos días y es algo que sabemos y entendimos desde su primera gran renuncia (sin que conste por aquél entonces denuncia alguna), cuando su amigo Pablo le dedicó unas sentidísimas palabras e incluso alguna que otra lagrimilla de cocodrilo deconstruido. 

Consideraron, por algún motivo, que lo ejemplar de lo que tanto presumen ahora, que consistía en apartar de verdad y públicamente a uno de los propios por una conducta como esta y tan contraria a los principios del partido, los perjudicaría electoralmente. Eso es lo que piensan sobre sus propios votantes. El sectarismo que les suponen. Y este es el sectarismo que practican en justa correspondencia, perdonando a los propios lo que para los demás mercería pena de cárcel y telediario. Una pena esta, la del antiguo teledriario, que, por cierto, y viendo como en esta era de las redes sociales es ya a todas luces inevitable, quizás deba ser considerada en una gran cantidad de casos como una condena más que suficiente.

Con el tiempo, y a medida que la decadencia del partido se ha ido haciendo más evidente, tanto la crítica como las últimas defensas de Podemos parecen ir convergiendo en el punto ciego de aceptar que, en el fondo, han acabado siendo un partido como los demás. Que este partido que debía ser mejor, que prometía ser mejor y que tanto presume de serlo, ha caído en los mismos vicios que tanto criticaban. Ahora que Monedero ha caído, todo el mundo recuerda el vídeo en el que el profesor Bastos le advertía sobre la ley de hierro de la oligarquía.

Como si lo que está pasando fuese una especie de fatalidad sistémica de la que no podían escapar (como el pobre Errejón del neoliberalismo) y no unos vicios y unas responsabilidades muy personales de Monedero y sus acólitos. Creo que es de justicia reconocer que esto no es así y que Echenique tiene toda la razón el mundo cuando estos días nos recuerda, insistentemente, que Podemos no es, a pesar de los muchísimos pesares, un partido como los demás. Porque con su forma de tratar estos asuntos ha quedado muy claro que Podemos ha sido, y sigue siendo, mucho peor.

3.11.24

Lo peor de Errejón sigue siendo su ideología

Como suele pasarles, tenían más razón cuando callaban.

Cuando ahora reconocen que algo falló, algún protocolo quizás; cuando se pliegan ante quienes critican que no levantasen antes la voz; cuando reconocen (sin hacerlo) la terrible hipocresía de estar todo el día con la matraca de la violencia sexual y callar ahora; ¿qué están diciendo en realidad?

¿Qué se supone que deberían haber dicho? 

¿Que un compañero suyo es un poco neoliberal en la cama, un poco falto de responsabilidad afectiva y un poco dado a perder la calma con la cocaína?

A falta de unas denuncias un poco más sustantivas que las que hemos ido leyendo, lo que se les pide es un exceso de exhibicionismo incluso para ellos, que ya desde sus inicios convirtieron la política en una exhibición obscena de sentimentalismo, con sus amores y desamores y sus amistades y sus enfados.

El problema no es que no hablasen. Es que tampoco podían callar. Si no iban a ser capaces de la heroicidad de defender la presunción de inocencia de Errejón, y de ningún partido podríamos esperarlo menos, lo que tenían que haber hecho y no hicieron era apartarlo discretamente y a tiempo.

Porque los hechos que se le imputan no constituyen de momento ningún delito, pero sí una enmienda a la ejemplaridad de las buenas costumbres del hombre de izquierdas, deconstruido, y, sobre todo, al discurso feminista que fundamenta, legitima y excusa a todo ese espacio ideológico.

Si se les han excusado las más variopintas y bananeras de las barbaridades ha sido precisamente en nombre del feminismo y de las políticas del cuidado y la salud mental. En eso se tenían por serios y centristas, cuando no centrales.

Y en esto demuestran hasta qué punto importan realmente el feminismo y los cuidados y la salud mental cuando no son sólo una excusa para atacar a los machirulos de la oposición o prometer generosos presupuestos para comprarle a cada españolito de bien una felicidad. O dos. 

Y ya no es que no se atreviesen a denunciar a Errejón. Es que ni siquiera se han atrevido a cuidarlo. Y con sus hipócritas culpas y disculpas le administran ahora, al pobre enfermo de neoliberalismo, ese jarabe democrático que tanto les gusta y que es más destructivo que la cocaína.

Ese feminismo tan serio y trabajado no les llegó ni para un triste "amiga date cuenta".

Y esas políticas curanderas que debían devolvernos la cordura no han dado ni para fingir que se toman en serio la salud mental de sus propios compañeros. 

Buena señal del pecado y de su penitencia es que hayan prometido someterse a un curso de feminismos de esos que normalmente reservan a los machirulos ajenos.

No les queda más remedio que purgar sus errores ideológicos con más ideología. Porque son ellos quienes, como todo aspirante a revolucionario, han convertido el vicio en delito y la mala resaca, el arrepentimiento tardío y la vergüenza por una o dos noches de excesos en la prueba definitiva del delito.

También ellos deberían ser condenados al linchamiento público y la muerte civil, poniendo así en evidencia, y hasta que se demuestre lo contrario, que lo peor de Errejón sigue siendo su ideología.

21.10.24

¿Votar a Trump para salvar la democracia?

Esto que hace el Gobierno de manifestarse contra sí mismo es cada vez más habitual pero no por ello menos inquietante.

Porque demuestra que su prioridad no es que sus políticas funcionen, y darse tiempo y darse argumentos para que puedan hacerlo.

Su prioridad es que se le juzgue por el simple hecho de "implementar medidas", de "hacer algo para..." y, en el mejor de los casos, por sus bonitas promesas y su buena voluntad.

Es la perfecta aspiración autocrática, en la que se entendería sin rechistar que todo su poder será siempre insuficiente y que, por lo tanto, toda responsabilidad que le pidamos será excesiva.

Es una aspiración muy comprensible y habitual en el poderoso, pero que en Estados Unidos parece ir tomando una forma ya madura y bien desarrollada. En la figura de Joe Biden, que formalmente sigue siendo el presidente, aunque nadie sepa desde cuándo no ejerce.

Y especialmente con Kamala Harris, sucesora en el formalismo y la irresponsabilidad.

Una Kamala que, como el mismísimo Sánchez, se negaba a responder como vicepresidenta lo que había dicho como aspirante. "¡Era un debate!", decía riendo. Eran otras circunstancias, era otra Kamala.

La reñida carrera a la Casa Blanca: Trump y Harris, empatados en 7 estados clave a 2 semanas de las elecciones

Porque también ella cambia de opinión según cambian las circunstancias (que no los hechos). También allí los listos presumen de soplar de favor del viento. Porque también allí lo importante es que sus valores siguen siendo los mismos.

Qué valores sean esos es algo que parece que no suelen preguntarle a Kamala y que tampoco sabría explicar. Porque, ¿qué valor tendría un valor que a nada compromete? Un valor que no compromete a nada es un valor que nada vale y que todo lo justifica.

Por eso Kamala, como Sánchez, puede hacer cualquier cosa y su contraria sin inmutarse ni sorprender a nadie. Puede poner aranceles a los coches chinos o quitarlos, puede abrir fronteras y cerrarlas, puede apoyar a Israel, a Palestina, a Ucrania, o a la paz mundial.

Como puede solucionar el problema de la vivienda topando los precios, construyendo más, o haciéndolo todo al mismo tiempo.

Lo único que no pueden hacer es explicar por qué.

Lo que nunca podrían hacer es dar cuenta de sus decisiones y responder por los efectos de sus políticas. Porque esas decisiones ya no son propiamente suyas, sino de entes que ni ellos ni nosotros nos atreveríamos a nombrar. A veces se habla del deep state, conspiranoicos.

O de los países de nuestro entorno, sanchistas.

O del sentir de la gente, chamanes. 

Porque hace nada, dos telediarios, solía criticarse a los gobernantes que legislaban al dictado de las encuestas de opinión. Pero al menos ellos podían tomarse en serio aquello de vox populi, vox dei.

Ahora sabemos que todo presidente tiene a su Tezanos y que la debida obediencia a la opinión pública no es más que la obediencia a los dos o tres politólogos con ínfulas de Maquiavelo que el presidente tenga a sueldo. En el mejor de los casos.

En el peor, pues vaya usted a saber. 

La senilidad de Biden (evidente por cierto y desde hace años para cualquier fachosfero) está sirviendo para normalizar esta profunda anomalía democrática. Porque ningún centrista moderado osaría meterse con un pobre viejo enfermo al que no cabría llamar fascista o tirano.

Y, sobre todo, porque ningún centrista moderado entenderá que más peligroso que el poder de un tirano podría ser el vacío que deja en su retirada. Que la peor forma de Gobierno es el perfecto y anónimo dominio de fuerzas desconocidas, supongo yo que parecidas a las que ahora mismo lideran Estados Unidos en sus guerras con Rusia e Irán. 

La ausencia de Biden podría haber sido una curiosidad histórica si hubiese tenido sustituto, que es algo poco habitual, pero perfectamente previsible y previsto en la Constitución americana.

Pero ahora la ausencia de Biden es también la ausencia de Kamala, que es quien debía ocupar pero no ocupó su lugar. Y se extiende como una sombra ya no sólo sobre su campaña, sino sobre su futurible presidencia.

Kamala empezaría como Biden acabó, que es algo que los insultos de Trump de hace algunos días apuntaban para los muy listos, pero no nos explicaban a los demás.

Kamala empezaría como acabó Biden: en manos ajenas y desconocidas, ocupando un cargo vacío en función de ser quien es y, sobre todo, de no ser quien no es. Y con una legitimidad absoluta, por ser literalmente irresponsable, para hacer en cada momento "lo que toque". 

Visto lo visto, es perfectamente normal y comprensible que tantas buenas gentes, a la espera de un poco de tranquilidad, gerencia y unos buenos años de pax tecnocrática, se sientan tentados o incluso deseosos de un escenario postpresidencial como este.

Como perfectamente normal y comprensible es que muchos demócratas rechacen instintivamente este cambio de régimen y se conformen con tener presidente cuatro años más, por malo que sea, para tener al menos a alguien a quien poder culpar hasta del mal tiempo.


7.10.24

Israel nunca fue víctima

Un año después, y según los críticos más razonables, "Israel ha pasado de ser visto como víctima a ser visto como verdugo".

Pero Israel nunca fue víctima. Israel fue verdugo desde el mismo día 7 y el 8 el pescado se envolvía ya con un mundo en vilo a la espera de las represalias de Netanyahu.

Y Macron, moderado, ha querido celebrar el aniversario pidiendo que se deje de suministrar armas a Israel porque la guerra exige una claridad moral que el centrismo europeo no está preparado para ofrecer.

El macronismo quiere situar como suele a los contendientes en dos extremos equidistantes al centro virtuoso que representa. Y certifica así que Judith Butler está muy bien acompañada al considerar que Hamás y Hezbolá forman parte de la izquierda global.

Esta bonita coincidencia muestra a las claras la inclinación de la balanza ideológica occidental. El centro coincide con la izquierda atribulada en el diagnóstico pero no todavía en la cura. Porque el centro prefiere abstenerse y dejar que la historia le haga el trabajo sucio.

Así se ve cómo también aquí, tanto en Gaza como en París, el extremo centrista acaba favoreciendo a la izquierda porque mientras a la extrema derecha se la castiga, a la extrema izquierda siempre se la pretende reeducar y devolver al redil de la cordura y el consenso progresista.

La claridad moral que exige la guerra es de una enorme incomodidad, pero parte de una constatación objetiva y muy simple: Israel son los nuestros. Hay un ellos y hay un nosotros e Israel son los nuestros.

Porque Israel es una democracia, porque su estilo de vida es nuestro estilo de vida y porque sus enemigos son nuestros enemigos. Incluso aunque muy a menudo sea a nuestro pesar.

Y nada de esto implica que no se pueda criticar a Israel en general ni a Netanyahu en particular. Ni quiere decir que lo hagan todo bien ni ninguna de estas cosas que da un poquito de vergüenza tener que escribir entre adultos.

Lo único que quiere decir, y no es poco, es que las críticas a Israel son las críticas a un país amigo que vive tiempos especialmente difíciles y que por eso es una crítica un poco más complicad a incómoda de lo que nos gustaría.

Porque es y tiene que ser una crítica por su bien, por su beneficio, y no por el de sus enemigos. Es la crítica de quien pretendería saber mejor que los propios israelíes qué es lo mejor para su supervivencia a medio y largo plazo.

Una crítica, en fin, en la que fácilmente pareceríamos ese Macron enfundado en camiseta de camuflaje para reunirse con Zelenski, porque es una crítica básicamente militar, que está mucho mejor en manos de los estrategas del mal menor que de los presuntos virtuosos.

Ninguna de todas estas críticas bienpensantes del último año se está haciendo en este sentido. Todas las críticas que Israel recibe, incluso de sus presuntos aliados, como el extremadamente coherente y centrista Macron, se hacen en el sentido de dejarlo más indefenso y más solo frente a sus enemigos existenciales.

Porque todas ellas parten de la simple constatación de que Israel nunca fue víctima, sino que siempre ha sido verdugo.

Y eso lo sabe perfectamente Netanyahu, que entiende perfectamente que Israel está solo, o a una mala noche en Ohio de quedarse completamente solo frente a todos y cada uno de sus enemigos, y ante la indiferencia del resto del mundo civilizado.

Para cualquier gobernante israelí es evidente que no puede confiar la seguridad de su país a las peticiones de alto al fuego de Macron y el centrismo europeo, o a la firmeza y el coraje de Joe Biden o de su posible sucesora Kamala Harris. Habría que ver hasta qué punto esta retórica no explica mucho mejor la situación actual que la supuesta ceguera del presunto fanático Netanyahu.