29.3.10

Del Papa a Tiger, con Villa Certosa en el recuerdo

Lo dijo el otro día en su carta pastoral el Papa Benedicto XVI; los curas culpables de abusos sexuales contra menores deberán responder “ante Dios omnipotente y ante los tribunales”. Está claro que esa doble responsabilidad, ante Dios y los tribunales, sólo afecta a los curas y otras gentes de fe. Pero que no son sólo ellos los que deben responder ante alguien más que el juez es algo que nos recuerda el reciente escándalo, de muy distinta naturaleza y mucha menor importancia, que ha provocado la salida a la luz pública de la vida sexual de Tiger Woods, ese golfo golfista.

Como suele suceder cuando de la sociedad americana se habla, no tardaron en llegar las acusaciones de doble moral. Injustas acusaciones. Se trata en realidad de conservar todavía un lugar para la moral, de conservar para ella un espacio de juicio y sanción. Ese puritanismo que tan exageradamente se adjudica a la sociedad americana es quizás todavía el más luminoso resquicio de la tensión entre ley y moralidad. Y si el liberalismo es superior no sólo a los totalitarismos que hemos conocido, sino también a los más benévolos que podamos imaginar, no es porque resuelva mejor que ellos esta tensión sino precisamente porque permite que esta tensión, fundamental en la tradición política y cultural de Occidente, se mantenga como tal. Y así se mantiene, como bien dice el tópico, al precio de no legislar contra todo lo que se condena, pero también, como el tópico olvida, por seguir juzgando moralmente sobre lo que no está prohibido.

En el recuerdo queda el caso de Berlusconi y sus fiestas en Villa Certosa, y no por el debate sobre los siempre polémicos límites de la privacidad, sino por el tema que nos ocupa, que es también su tema de fondo. El problema era precisamente que toda esa retórica, toda esa justificación falaz y todas esas apelaciones a la libertad de información y al interés público sólo se volvían necesarias por la cobarde negativa a juzgar moralmente, de forma clara, sincera y rotunda, que el primer ministro, por respeto a su cargo y su estado civil, pudiera celebrar fiestas sexuales. Independientemente de si en ellas se cometían, además, actos ilegales como la prostitución o el consumo de sustancias prohibidas. Sólo si reconocemos no sólo la legitimidad sino la convenciencia del juicio moral podremos seguir permitiéndonos el lujo retórico de tener unos parlamentos vacíos de moral.

Artículo publicado en Factual.es

To teach Dictators a lesson



22.3.10

Pederastia y celibato

El País, y muchos con él, opina que “la carta pastoral del Papa sobre la pederastia en la iglesia llega tarde y se queda corta”. Que se queda corta lo cree, paradójicamente, porque está convencido de que la solución al problema no pasa simplemente por la intervención de la justicia civil, sino que exige intervención de la justicia eclesiástica, de la que esperaría que “aboliera el absurdo celibato sacerdotal”. 

Pero si nos tomamos en serio el problema, la vinculación entre el celibato y el delito no puede quedar en una simple insinuación. Hay que analizar muy seriamente si hay más pederastia entre los curas que entre los civiles. O si también los civiles que, castos por obligación y no por vocación, se ven llamados al mismo delito carnal. En realidad, y según decía Arcadi Espada, parece que “la pederastia se da con la misma intensidad (leve intensidad, valga la precisión) en otros ámbitos sociales”. Pero mientras sólo lo parezca, hay que trabajar con dos hipótesis contrarias.

La primera es clara: que haya una relación entre celibato y pederastia. Y la conclusión, del mismo Espada, es entonces justa: “Si la violencia del celibato engendra la violencia pederasta, la Iglesia afronta una grave elección moral. De la que también podemos pedirle cuentas los infieles. Porque suyas son sus castidades, pero de todos sus víctimas”.

La segunda hipótesis es justo la contraria: que no haya relación entre celibato y pederastia. Por lo tanto, la conveniencia de acabar con el celibato no podría sustentarse, al menos, sobre la pretensión de terminar con la pederastia.

Porque lo que ni siquiera como hipótesis puede contemplarse es que, sin darse relación entre el celibato y la pederastia, se clame contra la segunda para acabar con el primero. Eso es lo que hace El País, y lo que desde sus páginas hacía pocos días atrás el teólogo Hans Küng. Y si debemos preocuparnos de estos argumentos no es porque sean inconsistentes, sino porque con acrítica aceptación amenazan con volver inconsistente a la realidad misma.

Ese discurso es, en realidad, una muestra del paternalismo con el que se trata a las gentes de fe. Ahí tenemos a habermasianos y rawlsianos, discutiendo sobre el encaje idóneo del discurso religioso, recomendando a los creyentes que hagan un esfuerzo de traducción y, ése es su mayor pecado, hasta ofreciéndose a ayudarlos en el difícil proceso. Y lo recomiendan por su bien, aunque no lo crean así, porque mientras nunca estos tolerantes se plantean que la plaza pública democrática deba hacer oídos sordos al discurso religioso, les preocupa muchísimo que la retrógrada iglesia no sepa como tratar con ella. Y en otro foro muy distinto tenemos a las mujeres protegidas musulmanas, protegidas con el burka de miradas y actos impúdicos de sus incorregibles machos.

Y si me preocupa el paternalismo para con la iglesia no es, precisamente, porque tenga ningún interés especial en asegurar el éxito público de su discurso. Es simplemente porque estoy convencido de que tratar a alguien como a un niño es el mejor modo de conseguir que se comporte como un niño.

Artículo publicado en Factual

19.3.10


Si alguien esconde una cosa detrás de un matorral, después la busca de nuevo exactamente allí y, además, la encuentra, en esa búsqueda y en ese descubrimiento no hay, pues, mucho que alabar.

Nietzsche. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral

15.3.10

(Sólo) las democracias se equivocan

La ONU reaccionó a la última guerra de Gaza como suele: acusando de crímenes de guerra a las dos partes en conflicto pero insistiendo en que Israel es más culpable que Hamás. Es indignante pero normal, y también yo, aunque por motivos distintos a los suyos, espero mucho más de Israel que de Hamás. Me alegra saber que el Presidente israelí, Simón Peres, parece estar de acuerdo conmigo también en esto.
Entrevistado en El País, y respondiendo sobre la cuestión, Peres lo expresaba en estos términos:
“Nosotros investigamos nuestros propios errores, y lo hacemos con consecuencias. Para investigar no necesito a una tercera parte. Pienso que si tuviéramos que permitir la participación de Gaddafi y la de Ahmadineyad, ¿de qué estamos hablando? Porque Naciones Unidas no es un tribunal, es un Parlamento en el que Israel no tiene ni la más mínima posibilidad de obtener una resolución justa. Nunca la ha tenido.”
Israel se basta, y no es el único. En Estados Unidos siguen investigando qué hacer con las más polémicas herencias del presidente George W. Bush: con Guantánamo, con los polémicos interrogatorios y hasta con esa dichosa Patriot Act, la otrora vergonzosa afrenta a la democracia ahora asumida y ampliada por los demócratas. En Inglaterra siguen con la comisión de investigación de Irak, ante la que han comparecido el anterior primer ministro, Tony Blair, y el actual, Gordon Brown, entonces ministro de Hacienda. Quizás para no ser menos, también Francia ha aceptado el juicio de la historia y ha prometido indemnizar a los afectados por sus pruebas nucleares en los años 60.
Para investigarse, las democracias no necesitan a ninguna tercera parte. Nos hemos acostumbrado a oír que la democracia es sólo el menos malo de los sistemas políticos y ya no pensamos en lo que eso implica. Hay que volver a ello para entender el papel que el tópico nos reserva a nosotros, demócratas militantes. Debemos estar preparados para defender causas imperfectas y para hacerlo, no a pesar de sus imperfecciones sino precisamente por ellas. Y eso es especialmente relevante en tiempos de crisis y gürtels, en tiempos donde el más cobarde propone renovar el sistema entero y cualquier político se atreve con la lírica para prometer llevarnos a un sitio nuevo, del que nada nos dicen salvo que es mejor que éste. Hoy, como siempre, es momento de apostar decididamente por causas imperfectas. Porque, como decía Alain Finkielkraut, “la conciencia de la imperfección preservará nuestra fidelidad a la causa de todo fanatismo”.

Artículo publicado en Factual

9.3.10

Presunción de libertad en el espacio público (respuesta a Albert Esplugas III)

Antes de dar por finalizada la discusión con Albert Esplugas, que me ha parecido muy interesante, quiero hacer todavía una aclaración a su última réplica

Dice Albert que nuestras posturas son filosóficamente opuestas porqué yo consideraría que "el espacio público obliga a identificarse" y él cree que "la persona no pierde derechos (en particular el derecho a la privacidad, a no revelar su rostro o su identidad, y a vestir como guste) por encontrarse en la calle". No creo que haya aquí una oposición real o significativa, puesto que tampoco yo creo que la gente pierda derechos por encontrarse en la calle. Lo que sucede en realidad es que creo que es precisamente el derecho el que determina la frontera entre el espacio público y el espacio privado y que por eso no entiendo qué sentido podría tener el decir que uno pierde derechos (que supuestamente tendría en casa) por encontrarse en la calle. El derecho a la privacidad es, está claro, el ejemplo paradigmático de lo que vengo a decir.

En el fondo hay otro punto que nos separa y que apunta Albert en ésta última réplica. Él recela profundamente del Estado. En un Estado democrático-liberal, mi recelo hacia los hombres es mucho mayor que mi recelo hacia el Estado. Eso es lo que me lleva a estar, a veces, a favor de su intervención o supervisión.

PS. Encantado de haber discutido estas cuestiones contigo, Albert. 

Un abrazo

Para seguir la discusión:






8.3.10

Fascismo en la Universidad

Se ha dicho que Rosa Díez fue boicoteada y agredida en la Universidad Autónoma de Barcelona, y que sus agresores fueron nacionalistas. No hay duda de que la de nacionalistas es una definición ajustada, pero a pesar de ello es totalmente insuficiente si lo que pretendemos es entender lo que está sucediendo en nuestras universidades. Si pretendemos entender que el mismo día, los mismos vándalos, le echasen un bote de pintura por la cabeza al nacionalista Cardús, o que el también nacionalista Ibarretxe fuese boicoteado hace poco en la misma universidad. Incluso si lo que queremos entender es lo del dedo de Aznar en Oviedo o lo de Carrillo en Madrid. Con esto nos pasa lo mismo que cuando descubrimos a un etarra gritándole “¡goras!” a La Roja, que lo del nacionalismo se nos queda tan cortito que hasta da risa.

Y tampoco se trata aquí de añadir calificativos para completar el cuadro de lo que tenemos entre manos. Porque son también niños de papá, claro. Y desagradecidos, claro. Porque entre el Estado y sus padres les pagan los estudios y salen rebeldes, contra los padres y el Estado. Como aquella hija de un destacado político catalán que, cuando las protestas contra la Guerra de Irak, salía de casa por la noche, duchadita, cenadita y estudiadita (muy bien estudiadita, por cierto), para irse de acampada a la plaza Francesc Macià, en plena Diagonal de Barcelona, a gritar y cacerolear contra el facha de su padre y el capitalismo opresor. También podemos sumar a la descripción el comunismo o el anarquismo o los dos a la vez, que también son sus causas, o el altermundismo y el ecologismo y muchas causas más, pero lo que de verdad les pone de todos estos ismos y lo que les define es lo que de destructor del orden establecido pueden encontrar en todos ellos.

Por eso algunos han dado en llamarles nihilistas, como llamaron a aquellos jóvenes que quemaban coches en las banlieues parisinas sin motivo aparente. Pero es que ni eso han llegado a ser, y son tan pésimos nihilistas como en su mayoría son pésimos estudiantes, comunistas y nacionalistas. Limitándose a la negación de lo presente, sin proponer nada en positivo para subvertirlo, lo que son en realidad es lo que Nietzsche señalaba como nihilistas incompletos. Son fascistas. Y puesto que ni los más mayores del lugar recordarán una época sin fascistas en nuestras universidades, lo que más debería sorprendernos e indignarnos no es aquí ni la presencia ni los berridos de esta triste minoría, sino la ausencia y el silencio de la mayoría de estudiantes y profesores. Aún más, lo que debería indignarnos es que nuestras universidades, nuestros rectores y decanos hayan hecho suyo el lema de sus enemigos y hayan convertido la universidad en un espacio libre de policía.

Cómo luchar contra estos fascistas, contra estos incompletos, fue la pregunta central del siglo XX y, si debemos hacer caso de Nietzsche, será probablemente la del XXI. Llevamos un siglo intentando responderla y algo deberíamos haber avanzado ya. Que quizás no sólo con ellas debe combatirse el fascismo, pero si al menos con ellas; con las armas y la ley.

Artículo publicado en Factual

Who are you?

Les potències emergents i el nou ordre mundial

En una entrevista al diari britànic The Independent, Gore Vidal va fer unes polèmiques declaracions on pronosticava, aparentment amb gran satisfacció, la desaparició dels Estats Units en benefici de la Xina, que es convertiria en la única super-potència mundial. “L'experiment americà ha estat un fracàs”, i “aviat els Estats Units ocuparan el lloc que els correspon entre Brasil i Argentina”, va dir. Roger Cohen, columnista del New York Times, va respondre a aquestes declaracions en un article en el qual, després de declarar-se convençut que Vidal havia perdut el senderi, es dedicava a imaginar com seria el món de l'any 2040, sota l'hegemonia xinesa.

A l'article, Cohen imaginava que la Presidenta demòcrata dels Estats Units, Mary Martínez, havia ordenat la retirada de les tropes americanes de la base japonesa d'Okinawa l'any 2032, i com Japó, sense la protecció dels EUA, hauria obtingut armament nuclear. Sense el paper estabilitzador dels EUA a la regió, les tensions entre les dues potències nuclears haurien crescut fins a nivells semblants als de la Segona Guerra Mundial. Cohen imagina també que els Estats Units s'haurien retirat del paral·lel 38, i que les armes nuclears de Korea del Nord, representarien aleshores una seriosa amenaça per a Xina i a la seva veïna del sud. Però els problemes d'aquest hipotètic 2040 no acaben a Àsia. A l'Àfrica, nous grups terroristes segresten i amenacen d'assassinar dos ciutadans xinesos, si la única potència hegemònica no deixa d'explotar les seves riqueses i anuncia la retirada del continent. Mentrestant, a l'Orient Mitjà, l'enèsim alto al foc entre israelians i palestins podria estar a punt de trencar-se i tant la Xina com el consell de Seguretat de l'ONU (on ja no hi ha els Estats Units, que haurien marxat cansats de tanta discussió estèril amb països que ja no necessiten els seus consells ni el seu suport) serien totalment incapaços de posar fre a aquest preocupant augment de les tensions al món. 

L'article de Cohen és de política-ficció, però a ningú pot semblar impossible que el futur ens porti a una situació semblant a la descrita. De fet, que un escenari com aquest es presenti com a possible és, segurament, la prova més evident que alguna cosa de certa hi ha en els grandiloqüents discursos sobre la fi del domini americà i l'emergència de nous actors en l'escena internacional com la Xina, l'Índia, el Brasil... Si Cohen, i nosaltres amb ell, pot dir que Gore Vidal no gira gaire rodó no és perquè aquest sigui un escenari inimaginable sinó perquè és un escenari indesitjable. Perquè si, com va dir el founding father Thomas Paine, “la causa d'Amèrica és, en gran manera, la causa de tota la humanitat”, el fracàs de l'experiment americà seria també el fracàs d'estendre la llibertat a tots els racons del planeta. També és cert que podria no ser-ho, que podria ser que Europa fes honor a la seva millor versió i es convertís en l'altaveu dels drets humans al món, però res fa pensar que avanci per aquest camí ni que tingui cap interès en fer-ho. I també podria ser que davant la inoperància europea fossin les noves potències emergents les que agafessin el relleu i es convertissin en guerrers contra la pobresa, la injustícia i la tirania, però les seves actuacions recents, des de les absències a Haití fins als silencis col·laboracionistes a Cuba, demostren que tampoc elles tenen cap interès en fer seu el projecte civilitzador dels Estats Units d'Amèrica. El que és realment preocupant del possible final de l'hegemonia americana és que aquest final fos també el de la lluita de la humanitat en defensa dels més nobles dels seus ideals. 

Article publicat a l'Espai Hayek de la FCO

5.3.10

Ni por su libertad ni por su bien (respuesta a Albert Esplugas II)

Esplugas responde a mi réplica apuntando dos interesantes cuestiones que vale la pena discutir.

La primera de ellas tiene que ver con algo ya comentado en la primera respuesta, sobre la necesidad o no del contar con el consentimiento de las víctimas para tipificar algo como delictivo. Albert habla de crímenes sin víctima, y no estoy seguro de que con eso entienda a lo que yo me refería. En el artículo de Factual dije:
(...) no deberíamos creer que necesitamos el acuerdo de las musulmanas para prohibirlo. En parte porque no deberíamos esperar el acuerdo de las víctimas para legislar sobre los delitos que denunciamos (...)
Y en respuesta a Albert aclaré que lo que aquí quería decir es que
no debemos esperar el acuerdo de ninguna mujer que sea obligada a llevar burka para legislar contra el burka. Igual que tampoco necesitamos el acuerdo de alguien que haya sido atracado por la calle para legislar sobre los atracos a mano armada, para entendernos.
No le gustó la comparación y plantea una que quizás sea mejor. Dice que "una analogía más precisa sería que el Estado prohibiera que una persona le dé una limosna a un mendigo en la calle pese al consentimiento de ambos". Me parece que es un símil mejor pero lo ridículo que parece el ejemplo puede llevar a equívocos. Un símil parecido y que parece un poco menos ridículo sería el de la prohibición del tráfico de drogas. En el momento de legislar sobre el tráfico o el comercio de drogas (que vendría a ser lo mismo sin la carga negativa que el término tráfico pueda llevar implítico), el legislador no necesita contar con el acuerdo de ningún posible afectado por esta práctica para legislar en su contra. Dirá Albert, o podría decir, que precisamente por ello no debería prohibirse el tráfico de drogas y que, por la misma razón, no debería prohibirse el burka. Esta respuesta es interesante, pero supongo que no es el momento de entrar a discutirla porque este no era el principal argumento que yo aportaba para defender la prohibición del burka, sino una afirmación auxiliar para defender que no necesitamos el acuerdo de las mujeres que lo llevan para prohibirlo. Lo usé, precisamente, para evitar caer en el paternalismo para con ellas.
La segunda cuestión es una discusión sobre la naturaleza del espacio público. Creo entender que el problema es de discrepancias "filosóficas", que yo defino el espacio público como espacio de aparición y que Albert no comparte esa mirada. En consecuencia, dice sorprenderse porque no sabía que el liberalismo exigía atentar contra la privacidad de la persona y que la obligación de mostrar la cara en todo momento (en la calle y en la cafetería) es necesaria para hacer que la gente responda por su conducta en público (imagino que se refiere a una cuestión de seguridad). Pero eso no es lo que yo dije. Evidentemente, no dije que el liberalismo exija atentar contra la privacidad de la persona. Pero no es sólo que no lo dijese sino que, más importante aún, eso no se sigue de lo que realmente dije. Precisamente porque la privacidad es lo propio del espacio privado y la publicidad lo propio del espacio público y porque precisamente en esa diferencia de espacios se funda, no sólo mi discurso, sino gran parte de la tradición política occidental. También por eso creo que no es necesario especificar qué mal causan las mujeres que llevan el burka para argumentar en favor de su prohibición. La cuestión es que la presencia del burka en el espacio público atenta (y lo digo en el sentido más suave que pueda darse al término) contra la naturaleza de ese mismo espacio. Mientras consideremos que esa naturaleza y su diferenciación con la del espacio privado es fundamental (o, de hecho, aunque la consideremos simplemente relevante) para la política, y mientras creamos que debemos proteger la vida política, entonces me parece de justicia que legislemos en su defensa.

Tampoco es exactamente que la necesidad de responder por la propia conducta sea una cuestión de seguridad. No sólo porque no he defendido la prohibición del burka por una cuestión de seguridad. Tampoco es exacto porque cuando digo que uno debe responder por su conducta en público me refiero más bien a que en el espacio público uno debe dar cuenta de si mismo. Uno de cuenta de si mismo hasta con sus silencios, pero sólo da cuenta de si mismo cuando es posible que los demás lo diferencien de cualquier otro.

Un último apunte, ya para terminar. Albert supone que, si yo viviese en el Reino Unido, respaldaría la introducción del DNI. No estoy seguro de eso, porque imagino que debe haber muchas cuestiones a debate que desconozco, pero es cierto que no hay nada que, por principio, me lleve a estar en contra del DNI.

Deba-t

Ahir a la tarda, els amics de Deba-t ens van convocar al CCCB, on presentaven el llibre Liberalismo vs Socialdemocracia, i el primer número de la seva revista Deba-t.org (pdf), on entrevisten a Josep Piqué.
La presentació va ser un èxit, amb dues intervencions molt interessants de Toni Comín i Monserrat Nebrera (que guanya molt quan no ha de guanyar vots).
Felicitats per la feina ben feta.

4.3.10

Deia ahir Tv3 que "el president (Obama) ha llançat un missatge clar a les dues cambres parlamentàries: que prenguin una decisió abans de 15 dies perquè la llei, que ja ha tingut retallades importants, s'aprovarà amb el seu suport o sense". No només és mentida i Obama no va dir això, sinó que fer-ho, lluny de ser una via per aprovar la reforma sanitaria, seria quelcom de molt semblant a un cop d'Estat.

3.3.10

Prohibir el burka contra su voluntad (resposta a Albert Esplugas)

Albert Esplugas ha escrito en su blog una interesante réplica a mi último artículo en Factual, Burka y tolerancia. En ella me acusa de paternalista. No tiene razón. La acusación se basa en lo que él parece considerar que es mi tesis principal y que resume así: no hay que prohibir el burka porque es una imposición sobre la mujer, hay que prohibirlo aunque la mujer quiera llevarlo. Por su bien. La primera frase es exacta: yo creo que hay que prohibir el burka a pesar de lo que sobre él puedan opinar las mujeres musulmanas. Pero es falso que yo diga o piense que esa prohibición es por su bien. Es falso que yo crea que las mujeres musulmanas que llevan burka porque quieren lo hagan por algun desvio en su voluntad que hay que corregir. Por eso en mi artículo decía que una mujer puede preferir, "de forma muy comprensible, desaparecer del espacio público". Porque entiendo que puedan preferirlo libremente (sin que sea por imposición de su marido, o por miedo a las amenazas de la comunidad islámica, etc.) y que eso puede no hacerles ningún mal. El vínculo lleva a un interesante artículo de Naomi Wolf que argumenta precisamente sobre las bondades del burka para la mujer que lo lleva. No tengo nada que responder a Wolf, simplemente pretendo señalar que determinar el estatus legal del burka no depende de lo que Esplugas llama "las motivaciones y preferencias subjetivas de quienes llevan este atuendo". Que no depende, por lo tanto, de si las mujeres lo llevan contentas sino de el efecto que el burka tiene en la naturaleza del espacio público, que entiendo como espacio de aparición. Por eso digo que el espacio público "es un espacio de aparición por mucho que a veces pueda molestarnos aparecer en él". No defiendo la prohibición del burka por el bien de las mujeres, sino a pesar del bien que llevarlo pueda representar para algunas mujeres.

Dicho ésto, Esplugas lanza dos preguntas que creo que debo responder.

La primera la he contestado ya implícitamente. Pregunta Esplugas: si el consentimiento de las víctimas del crimen es irrelevante, ¿cómo concluye que se trata de un crimen?  Creo entender que lo pregunta porqué, en el artículo, yo afirmaba lo que he explicado antes con estas palabras: "no deberíamos esperar el acuerdo de las víctimas para legislar sobre los delitos que denunciamos". Con eso no digo ni pretendo decir nada sobre si un crímen con consentimiento de la víctima es o no es un crimen. Ni siquiera concluyo que se trate de un crimen. Pero lo que digo es más de lo que ya he dicho antes: que no debemos esperar el acuerdo de ninguna mujer que sea obligada a llevar burka para legislar contra el burka. Igual que tampoco necesitamos el acuerdo de alguien que haya sido atracado por la calle para legislar sobre los atracos a mano armada, para entendernos.

La segunda pregunta de Esplugas es que, si yo no quiero que empeore la situación de las mujeres, ¿no debería permitir que elijan libremente? En el artículo digo que "los únicos argumentos potentes contra la prohibición del burka deberían ser capaces de demostrar que, en caso de prohibir el burka, nada podríamos hacer para evitar que empeorase la situación de las mujeres". Quizá este punto no quede suficientemente claro, pero a las mujeres a las que me refería son precisamente esas que no pueden elegir libremente porque se las obliga a llevar el burka. Sobre las demás, las que puedan elegir llevarlo, ya he dicho antes que el hecho de que lo lleven de forma voluntaria no me parece argumento suficiente para que llevarlo sea legal. Se trata, por lo tanto, de evitar que esas que se ven obligadas a llevar el burka para salir a la calle, no se vean obligadas a permanecer en casa por no poder salir a la calle con el burka puesto. Digo que éste sería un buen argumento para oponerse a la prohibición del burka si no pudiésemos hacer nada más para evitar su "encarcelamiento".

Para terminar, Esplugas se sorprende de que yo diga que el liberalismo obliga y de que hable de no sabe qué obligaciones de mostrar el rostro en el espacio público. Evidentemente, la obligación de mostrar el rostro es sólo una obligación derivada de las obligaciones de identificarse en el espacio público y de responder de la propia conducta. Dice que el liberalismo sólo obliga a respetar la libertad, pero ese lema me parece vacío a no ser que incluyamos en él el de la cuestiones tales como la responsabilidad pública sobre la propia conducta. Eso tiene mucho que ver con el espacio público de aparición, con dar la cara y, por derivación lógica, con llevar el rostro descubierto. Eso también funciona así en los países nórdicos, claro, y aunque lógicamente el frío es un buen motivo para no llevar el rostro descubierto en plena tormenta de nieve, no lo es para negarse a descubrirse ante la autoridad o cuando, por poner un ejemplo menos extremo, se sientan en un bar calentito a tomarse un té con limón.

1.3.10

Burka y tolerancia

Hay buenas razones para prohibir el burka que muy poco tienen que ver con lo que pueda significar ser francés y mucho con lo que significa ser occidental. Estas razones derivan de entender el espacio público como un espacio de aparición (en términos de Hannah Arendt) y el rostro de quien allí se nos aparece como su primera y más auténtica identidad (en términos de Lévinas, como recordaba Robert Redeker). A la luz de estas consideraciones, el burka no se nos puede presentar como simple ropaje, sino como freno a la aparición de las mujeres que lo llevan, negándoles el derecho (¡y el deber!) de aparecer en la esfera pública de una democracia liberal.

El burka plantea un conflicto con la idea misma de política, y con el papel que en ella ha dado a las mujeres la tradición occidental, y por ello no deberíamos creer que necesitamos el acuerdo de las musulmanas para prohibirlo. En parte porque no deberíamos esperar el acuerdo de las víctimas para legislar sobre los delitos que denunciamos, y en parte porque no siempre una mujer con burka es una víctima de su integrista marido. Aun cuando una mujer prefiera, de forma muy comprensible, desaparecer del espacio público, no hay nada que justifique la concesión de semejante privilegio. En otras palabras: el espacio público es un espacio de aparición por mucho que a veces pueda molestarnos aparecer en él.

La posibilidad de que las mujeres lleven el burka de forma libre y voluntaria, como prueba de su fe o por simple preferencia estética, es precisamente la que convierte en significativa la apelación a la tolerancia para oponerse a su posible prohibición. Nadie que merezca la menor atención se muestra, en cambio, partidario de tolerar la tiranía conyugal, por respetuoso que sea con las tradiciones culturales ajenas. Pero el argumento de tolerancia debe tener en cuenta que ésta nunca fue un fin en sí misma, sino que, particularmente en un Estado liberal, que salvaguarda las libertades básicas de sus ciudadanos, la tolerancia debe entenderse como un consejo de prudencia al legislador ante los posibles efectos perjudiciales que podría tener el prohibir lo que se rechaza. A veces, como mal menor, hay que aceptar convivir con lo que creemos positivamente que debemos condenar. Por eso los únicos argumentos potentes contra la prohibición del burka deberían ser capaces de demostrar que, en caso de prohibir el burka, nada podríamos hacer para evitar que empeorase la situación de las mujeres o para frenar una escalada de violencia de la comunidad islámica con visos de guerra civil.

Éste no parece ser el caso. El caso parece ser más bien el de una sociedad que va tomando conciencia de que el liberalismo obliga y que debe aceptar las obligaciones que impone la libertad mientras no esté dispuesta a abrazar un sistema político alternativo.

Artículo publicado en Factual