24.10.13

Ensayos, de Michel de Montaigne

Michel de Montaigne, Ensayos completos
Ed. Cátedra, Madrid, 2013, 1117 pág., 45 €

“Para juzgar la vida del prójimo, considero siempre cómo ha sido su final; y el principal estudio de la mía es para que este sea bueno, es decir, tranquilo y discreto”

Michel de Montaigne nació, según cuenta, “entre las once y las doce de la mañana, el último día de febrero de mil quinientos treinta y tres”. Hijo del alcalde de Burdeos, recibió el tipo de educación que suele llamarse liberal y humanista. Al poco de nacer lo mandaron a vivir con los campesinos para que conociese la pobreza y hasta que cumplió los ocho años se prohibió el francés en su presencia para que conociese el latín, el griego y con ellos a los clásicos, para poder convertirse en uno de ellos. Estudió leyes para conocer a los hombres en general y con La Boétie en particular descubrió la ley de la amistad, que los unió como suele hacerlo porque uno era uno y el otro era el otro.
Viajó para conocer mundo y volvió para ser alcalde de Burdeos. Desde los 38 años vivió retirado en su castillo, al que debe su nombre y parte de su fama porque, como bien sabía, es de gran importancia “tener un nombre bonito, que se pronuncie y se retenga con facilidad”. En su biblioteca pasaría “la mayor parte de sus días y la mayor parte de las horas del día”, “decidido en la manera de lo posible a no dedicarse a otra cosa que a pasar retirado y en paz lo poco que me queda de vida”. Le parecía que “no podía hacerle mayor favor a su espíritu que dejarlo en plena ociosidad ocuparse de sí mismo”, pero no tardó en darse cuenta de que su espíritu ocioso, “como caballo desbocado”, dábase “cien veces más trabajo por sí mismo del que se tomaba por otros”. Al verlo así, “sin orden ni concierto”, y “para contemplar a gusto su inepcia y rareza”, empezó a ordenar sus trabajos en lo que serían estos célebres Ensayos “con la esperanza de poder avergonzarlo con el tiempo”. Al no tener mucho más de lo que tratar, acertó al tomarse a sí mismo como tema, sabedor que nada conocemos si no nos conocemos antes, y tratando de cumplir con el antiguo precepto de conocerse a sí mismo inauguró el moderno mandato de darse a conocer. Al ocuparse de sí mismo, que es como ocuparse de todo y de nada al mismo tiempo, de nada se ocupó tanto como de la imaginación de la muerte, por no querer ser uno de tantos que “abandonan la vida como si acabaran de entrar en ella”. Y por pensar en algo tan serio como la muerte con serenidad y sin repulsión, logró pensar sobre todo lo demás con idéntica lucidez y seriedad. Según cuentan sus amigos, Montaigne halló una muerte dulce, tranquila y discreta, que hizo justicia a su vida y sus Ensayos que son, como ella misma, un sólo, único y definitivo ensayo.

Crítica publicada en la revista El Ciervo