6.9.13

En defensa del pan y del circo

Comedia latina. Obras completas de Plauto y Terencio
Cátedra, Madrid, 2012

“Soy hombre: nada humano considero que me sea ajeno”, Terencio

“¿Tanto tiempo libre te dejan tus obligaciones como para ocuparte de los asuntos ajenos, que no te atañen en absoluto?”, pregunta Menedemo, El que se atormenta, en la obra de Terencio. Y el cotilla Cremes, en lo que no parece ser más que una excusa con la que dignificar su cotillería, responde para la posteridad que Homo sum; humani nihil a me alienum puto (“Soy hombre: nada humano considero que me sea ajeno”). Esta broma había de convertirse en lema del humanismo occidental, un humanismo contra el que no nos hemos cansado de teorizar pero que reafirmamos cada vez que sufrimos con el prójimo más remoto o volvemos la vista atrás, hacia los clásicos, en busca de guía y inspiración o, como en este caso, de divertimento y distracción.
Pero si a Terencio se lo considera un humanista no es sólo por esta célebre respuesta, sino porque la educación del ciudadano constituye el propósito principal de su obra. En sus comedias se nos propone una reflexión sobre los problemas más básicos del ciudadano, aquellos problemas que surgen de su doble condición de ciudadano e individuo y que se manifiestan cuando entran en juego los conflictos entre la conciencia y la ley, el deseo y el deber, el individuo y la familia y el gobierno y la tradición. En todas estas situaciones se muestra la escisión fundamental del hombre occidental y la pretensión humanista de curarnos a través del diálogo y la reflexión, que aunque no nos permitan resolver los conflictos más importantes, en el mejor de los casos quizás puedan ayudarnos a conllevarlos, alejándonos (y, sobretodo, alejándolos) del radicalismo solipsista. Para que semejante ejercicio educativo fuese posible, Terencio tuvo que convertir en protagonistas de sus obras a aquellos hombres que estuviesen al mismo tiempo condenados a sufrir semejantes problemas y capacitados para sobrellevarlos. Esto es; los ciudadanos libres. 
Se alejaba así de Plauto, su célebre predecesor, cuyas obras estaban protagonizadas por ciudadanos, pero también por esclavos astutos, mujeres gruñonas, meretrices, soldados y proxenetas. Porque el teatro de Plauto no trataba tanto de formar ciudadanos como de divertir romanos. Trataba, en realidad, de cumplir con su parte del pacto social de la época, según el cual los ricos tenían la doble obligación de mantener estable el precio del trigo y de divertir a los pobres. Panem et circenses, dirán con desdén los más de entre los modernos, pero que nada tiene de desdeñable para quienes no cometen la frivolidad de dar por descontados ni el pan ni el circo. Una máxima que cabe leer en el más humanista de los sentidos, ya que nos recuerda que, como los esclavos romanos, también nosotros estamos necesitados del mismo pan y hasta del mismo circo. De circo como el de Plauto y Terencio, del que nada considero que nos sea ajeno.

1 comentari:

claudio ha dit...

¿Esto va por Madrid 2020?