16.9.13

En defensa de les anomalies històriques

Diu el conseller Mascarell, historiador, que Espanya és una anomalia, històrica. I té tota la raó del món, tret que el que vulgui dir és que aquesta anomalia és precisament el seu problema, "el problema d'Espanya". Perquè, malgrat les seves particulars rareses, que haberlas haylas, el que és problemàtic d'Espanya és precisament el que li queda de normal.
Perquè els vicis espanyols no tenen res d'original ni estrany. No crec que hi hagi res més normal que el caïnisme, el sectarisme, la demagògia, l'histerisme (públic i publicat), la corrupció, la corruptela, la precarietat econòmica, el malbaratament públic, les dificultats privades, la confusió del públic i el privat, el menyspreu del que és comú, la constant apologia del que és particular, la fragilitat de la justícia, de les institucions i de l'Estat de dret, ni un interminable etcètera de maldats que ens allunyen de la ideal democràcia en la qual se suposa que tots voldríem viure. Fins i tot l'autoritarisme, la desorientació i la jerarquització que denuncia el conseller serien la regla històrica i no pas la seva excepció.
Tot això, és clar, serveix només per constatar el que és obvi: que hi ha excepcionalitats molt dignes de ser defensades. I fins i tot podria dir-se que només les excepcionalitats històriques són dignes de ser defensades. Fins i tot algunes excepcionalitats espanyoles. I fins i tot la d'una Catalunya independent, liberal, democràtica, pròspera, rica i plena. Que el que seria difícil i impresentable és la defensa de la bàrbara normalitat històrica. I que confondre el que és excepcional (encara que sembli insuficient) amb el que és normal (encara que sembli superat) no només és causa del menyspreu a l'Estat espanyol i a les seves institucions democràtiques sinó de l'exagerada confiança en la senzillesa i la bondat de la seva dissolució; en les virtuts de la independència. És el que porta a creure que si no es fa res malament tot anirà bé quan el més normal és que tot vagi malament tret que es faci extraordinàriament bé.

En defensa de las anomalías históricas

Dice el consejero Mascarell, historiador, que España es una anomalía, histórica. Y tiene toda la razón del mundo, a no ser que lo que quiera decir es que esa anomalía es precisamente su problema, "el problema de España". Porque, a pesar de sus particulares rarezas, que haberlas haylas, lo problemático que hay en España es precisamente lo normal que queda en ella.
Porque nada tienen de original ni anómalo los vicios españoles. No creo que haya nada más normal que el cainismo, el sectarismo, la demagogia, el histerismo (público y publicado), la corrupción, la corruptela, la precariedad económica, el despilfarro público, los apuros privados, la confusión de lo uno con lo otro, el menosprecio de lo común, la constante apología de lo particular, la fragilidad de la justicia, de las instituciones y del Estado de derecho ni un interminable etcétera de maldades que nos alejan de la ideal democracia en la que se supone que todos querríamos vivir. Incluso el autoritarismo, la desorientación y la jerarquización que denuncia el consejero serían la regla histórica y no su excepción.
Todo esto, claro está, sirve sólo para constatar lo obvio: que hay excepcionalidades muy dignas de ser defendidas. Y hasta podría decirse que sólo las excepcionalidades históricas son dignas de ser defendidas. Incluso algunas excepcionalidades españolas. Y hasta la de una Cataluña independiente, liberal, democrática, próspera, rica y plena.
Que lo difícil e impresentable sería la defensa de la bárbara normalidad histórica. Y que confundir lo que es excepcional (aunque parezca insuficiente) con lo que es normal (aunque parezca superado) no sólo es causa del menosprecio al Estado español y a sus instituciones democráticas sino de la exagerada confianza en la sencillez y la bondad de su disolución, en las virtudes de la independencia. Es lo que lleva a creer que si no se hace nada mal todo irá bien, cuando lo normal es que todo vaya mal a no ser que se haga extraordinariamente bien.

Artículo publicado en Crónica Global

12.9.13

La fiesta del cabrero

He leído por enésima vez la brava diatriba de Vargas Llosa contra la tribu y el nacionalismo. Siempre me ha parecido un discurso perezoso por no cumplir ni pretender hacerlo con una de las primeras obligaciones de la inteligencia, que es la de diferenciar (la tribu de la masa, o el chamán del presidente, por ejemplo) y afrontar la problemática de la distinción. Pero ésta vez me ha parecido, además, profundamente inmodesto. Porque lo que nos dice es "yo sí soy soberano. Yo sí soy culto. Yo sí me he alejado de la tribu. Yo sí soy civilizado. Yo sí pienso por mi mismo". Profundamente inmodesto, digo, porque todos venimos de la misma infantil ignorancia y todos creemos andar hacia la misma madurez intelectual. Porque en los más felices y menos lúcidos de nuestros días todos nos creemos más listos, más soberanos, más cultos, más civilizados y más, mucho más críticos y libres que la mayoría. Cuando en realidad sólo hacemos lo que podemos y pensamos lo mejor que podemos y la mayoría de las veces simplemente nos limitamos a repetir viejos tópicos de autoridad y las mejores de las veces nos limitamos a rumiarlos. Y profundamente inmodesto, digo, porque esto y nada más es lo que hace el culto Vargas Llosa cuando recurre a la supuesta autoridad de Popper para proclamar hoy el discurso que el cabrero de su tribu repetirá mañana. 

10.9.13

Espiral del silenci? No ens podem queixar

Ja són uns quants els opinadors catalans, centristes, moderats, conciliadors i raonables, que es queixen, en públic i en publicat, de l'espiral de silenci que se suposa que s'ha instal·lat a Catalunya i que entrega a l'independentisme el monopoli de l'opinió pública i, sobretot, de l'opinió publicada. Es queixen de l'espiral del silenci i la seva queixa és suficient per acabar-lo, perquè és ben sabut que el silenci es trenca quan se'n parla. Recorden aquell vell acudit on un pregunta a algun súbdit de la revolució permanent rusa o cubana que com els va i l'altre respon que no es poden queixar. Però em sembla que tot el problema és que voldrien no sentir-se tan sols. I no saben com els entenc.

6.9.13

En defensa del pan y del circo

Comedia latina. Obras completas de Plauto y Terencio
Cátedra, Madrid, 2012

“Soy hombre: nada humano considero que me sea ajeno”, Terencio

“¿Tanto tiempo libre te dejan tus obligaciones como para ocuparte de los asuntos ajenos, que no te atañen en absoluto?”, pregunta Menedemo, El que se atormenta, en la obra de Terencio. Y el cotilla Cremes, en lo que no parece ser más que una excusa con la que dignificar su cotillería, responde para la posteridad que Homo sum; humani nihil a me alienum puto (“Soy hombre: nada humano considero que me sea ajeno”). Esta broma había de convertirse en lema del humanismo occidental, un humanismo contra el que no nos hemos cansado de teorizar pero que reafirmamos cada vez que sufrimos con el prójimo más remoto o volvemos la vista atrás, hacia los clásicos, en busca de guía y inspiración o, como en este caso, de divertimento y distracción.
Pero si a Terencio se lo considera un humanista no es sólo por esta célebre respuesta, sino porque la educación del ciudadano constituye el propósito principal de su obra. En sus comedias se nos propone una reflexión sobre los problemas más básicos del ciudadano, aquellos problemas que surgen de su doble condición de ciudadano e individuo y que se manifiestan cuando entran en juego los conflictos entre la conciencia y la ley, el deseo y el deber, el individuo y la familia y el gobierno y la tradición. En todas estas situaciones se muestra la escisión fundamental del hombre occidental y la pretensión humanista de curarnos a través del diálogo y la reflexión, que aunque no nos permitan resolver los conflictos más importantes, en el mejor de los casos quizás puedan ayudarnos a conllevarlos, alejándonos (y, sobretodo, alejándolos) del radicalismo solipsista. Para que semejante ejercicio educativo fuese posible, Terencio tuvo que convertir en protagonistas de sus obras a aquellos hombres que estuviesen al mismo tiempo condenados a sufrir semejantes problemas y capacitados para sobrellevarlos. Esto es; los ciudadanos libres. 
Se alejaba así de Plauto, su célebre predecesor, cuyas obras estaban protagonizadas por ciudadanos, pero también por esclavos astutos, mujeres gruñonas, meretrices, soldados y proxenetas. Porque el teatro de Plauto no trataba tanto de formar ciudadanos como de divertir romanos. Trataba, en realidad, de cumplir con su parte del pacto social de la época, según el cual los ricos tenían la doble obligación de mantener estable el precio del trigo y de divertir a los pobres. Panem et circenses, dirán con desdén los más de entre los modernos, pero que nada tiene de desdeñable para quienes no cometen la frivolidad de dar por descontados ni el pan ni el circo. Una máxima que cabe leer en el más humanista de los sentidos, ya que nos recuerda que, como los esclavos romanos, también nosotros estamos necesitados del mismo pan y hasta del mismo circo. De circo como el de Plauto y Terencio, del que nada considero que nos sea ajeno.