6.7.10

Presuntos inocentes

He estado leyendo el libro de Lluís Prenafeta, el Malson. En él cuenta los días que se sucedieron a su detención como imputado en el caso "Pretoria" y que pasó en la cárcel. Creo que si algo hay que hacer con la presunción de inocencia es leer este libro como si fuese el relato de un inocente. Y si así lo hacemos enseguida se hace evidente que no podemos conformarnos con hacer sólo esto. Porque parece que todos sabemos que tenemos la obligación de invocar la presunción de inocencia y hasta sabemos exactamente en qué momento tenemos que hacerlo. Y parece entonces que todo el problema reside en que no sabemos qué más hacer con ella. Más bien creo que el problema es que sabemos demasiado bien algunas de las cosas que deben hacerse atendiendo a ella, y que es precisamente por eso por lo que, como aquél famoso escribidor, preferimos no hacerlas. Porque es mucho más senzillo invocarla cuando sabemos que toca hacerlo para exhibir el tamaño de nuestros principios que asumir las obligaciones que el sacrosanto principio impone. Y porque, mucho me temo, eso nos permite seguir viviendo en el convencimiento, totalmente absurdo pero realmente cómodo, de que para vivir en una buena sociedad basta con confiar en la justicia de nuestras leyes y que más allá de ellas no tenemos derecho a molestar a nadie con nuestras exigencias éticas.
En realidad no basta. Y que no baste es una de las tragedias de nuestro tiempo y lo que en este caso justifica la publicación del libro, aún cuando se sigue a la espera del juicio. A los juicios paralelos les siguen inevitablemente veredictos paralelos, que ni tienen por qué coincidir con los del juez ni suelen hacerlo. Y la condena que de ellos deriva puede ser mucho más dura que la del juez, sobre todo cuando este último acaba por dictaminar la inocencia del acusado. Todo presunto inocente que se vea sometido a estos juicios mediáticos está condenado a trabajar en la defensa de su buen nombre. Por eso es de justicia que los acusados se defiendan también frente al auténtico jurado popular ante el que se han visto obligados a comparecer. Y es de justicia que participen en ellos para defender su verdad, que bien podría ser La verdad. Es lo único que les queda a los condenados que no creen en la absolución de la historia o no se conforman con ella. Es lo que les queda a aquellos que tampoco confían en la cada vez más inútil tarea de querellarse contra todo el que ponga en duda su honorabilidad y mientras no nos decidamos a hacer y a exigir que se haga con la presunción de inocencia lo que sabemos que debería hacerse con ella. Lo único que les queda es alzar la voz con la esperanza de que entre tanto ruido alguien sea todavía capaz de escuchar algo.

2 comentaris:

Gregorio Luri ha dit...

Ferran, Ferran.... ¿Qué pasa?

Te invito a una botella de vino en El Masnou cuando quieras. Llámame.

Dessmond ha dit...

El cas Pretòria ha fet aflorar el tros de Belén Esteban que molts porten dins.
El que es diu en aquest llibre és massa gruixut. Massa per què tant de Belen Esteban suelto ho sàpiga digerir.