21.6.10

Reduciendo al absurdo

El gobierno no debería mezclar el tema del burka con ninguna ley que pueda recibir el nombre de ley de libertad religiosa. No debería mezclarlo porque haciéndolo da a entender que va a limitar la libertad religiosa en defensa de algo superior a ella. Y es difícil saber exactamente qué puede ser ese algo en un estado de derecho, democrático y liberal, que no sólo garantiza esa libertad sino que encuentra en esa garantía su propio origen y fundamento. Así, es normal que en dicha ley encuentren una buena excusa para ofenderse los ‘populares’, que se diría que tienen muchos menos reparos en prohibir símbolos de religiones foráneas que de las religiones “de casa”. Y normal es también que se ofendan los musulmanes, que encuentran en el debate buenas razones para creer que la única libertad religiosa que va a verse limitada va a ser la suya. Y aunque pudiese ser sólo una sensación, un gobierno no debe olvidar nunca que en política las sensaciones son importantes.
Lo que debe hacer el gobierno no es prohibir algunas prácticas religiosas sino lo que puede hacerse en nombre de la religión. Tomada como principio, esta afirmación podría ser muy problemática cuando nos encontráramos con religiones que promoviesen prácticas incompatibles con nuestra vida civil pero que fuesen condición sine qua non para sus fieles. En cualquier caso, éste no es el problema del burka. El burka es, por así decirlo, accesorio a la religión musulmana, y un accesorio de origen y función propiamente políticas. Por eso me parece que ningún gobierno debería dudar sobre su legitimidad para legislar sobre su uso (aunque pudiera tener muchas dudas sobre si debe prohibirlo o no, que es otra cuestión), ni debería mezclar el asunto del burka con el de la libertad religiosa. Eso es, por así decirlo, lanzar el mensaje equivocado. Con los efectos indeseados e indeseables que este mensaje pueda tener en el trato con el islamismo radical.
A pesar de eso, la forma que está tomando la protesta de los islamistas supuestamente fundamentalistas es una gran muestra de integración. Según éste reportaje de El País, los salafistas querrían romper con Occidente, pero no han encontrado mejor manera de defenderse que servirse de las armas que el enemigo pone a su disposición: el amparo de la ley y el discurso de la libertad. Y viendo algunos de los argumentos que utilizan para defender el derecho de sus mujeres a llevar el burka casi me atrevería a afirmar que nuestros salafistas no son más que liberales reducidos al absurdo. Que actúan y hablan como occidentales, aunque no por ello dejen de ser una amenaza para Occidente. Sus argumentos son una reductio ad absurdum de nuestros propios tópicos ideológicos. Sobre los comunes discursos del supuesto derecho de las mujeres a vestirse como quieran, que se basan en la creencia de que toda apetencia corresponde un derecho (el derecho de comer helado de coco, por ejemplo), y que la libertad individual es el fin último al que tiende toda sociedad que merezca la pena ser defendida. Contra lo que tiende a considerarse, el problema de las reducciones al absurdo no lo tienen los reductores sino los argumentos. Éste es un buen caso para entender a qué debería referirse quien repite incansable que con los asuntos islámicos hay que alejarse de tópicos.

Artículo publicado en Filosofías, blog de Factual.es

2 comentaris:

claudio ha dit...

Por si no se ha enterado.

http://www.theonion.com/video/soccer-officially-announces-it-is-gay,17603/

"el Primo" ha dit...

La qüestió no és com li diguin a llei, sinó com s'ho faran per què només afecti a una religió i no a l'altra, sense que quedi en evidència la discriminació flagrant.