28.5.10

Ghostwriters

Seguramente, Nietzsche sea el gran desvelador de la conspiración. A sus ojos, hasta la verdad misma es un engaño de los cobardes de la tierra, que, lejos de ser honestos investigadores han procedido siempre como quien “esconde una cosa detrás de un matorral, a continuación la busca en ese mismo sitio y, además, la encuentra”.
Así es como funcionan las teorías de la conspiración y así es como funciona también la última película de Polanski, en la que un joven escritor, encargado de redactar las memorias del recién retirado Prime Minister, descubre un gran complot de la CIA que pone en claro los últimos y polémicos sucesos de la política británica. Todo parece encajar en una reveladora escena en la que un honrado ex ministro pregunta al escritor cómo entiende él que ni una sola decisión del Prime haya ido contra los intereses de Estados Unidos, y en la que el silencio parece confirmar el acuerdo; el mismísimo Prime tiene que ser un agente de la CIA.
Es evidente que ésa no es la única explicación posible, y mucho más fácil hubiese sido creer, como Blair, Aznar y hasta yo mismo en mis momentos bajos, que ninguna política en favor de la libertad puede perjudicar a los Estados Unidos. Pero la solución Polanski tiene respecto de la mía la ventaja de confirmar las sospechas de la forma más sencilla y más acorde con los prejuicios de los investigadores. Que al final la explicación no sea exactamente ésa no dice nada en favor de la verdad, ni de la película, pero dice mucho sobre lo que en realidad buscan estas teorías, que es un relato más coherente que la realidad misma. Por eso el problema de las teorías conspirativas no suele ser que fallen en la explicación, sino que lo expliquen todo demasiado bien. Que expliquen, por ejemplo, que para un presidente sea más fácil ir a la guerra que para el resto de los mortales elegir entre los platos de un menú.
Como las que cuentan los niños, también estas historias son mucho más completas cuanto más falsas son. Así sucede desde los Protocolos de los sabios de Sión hasta el 11-S, pasando por el asesinato del bueno de Kennedy y por la llegada del hombre a la luna. Miles de personas han jugado a desmontar la versión oficial escondiendo un par de judíos y algún agente de la CIA tras el matorral, para descubrirlos poco después entre indignadas acusaciones de engaño histórico. Cierto que, como dice Nietzsche, “no hay mucho de qué vanagloriarse en esa búsqueda y ese descubrimiento”, pero es un hallazgo que de tan clarificador resulta muy tranqulizante.
De allí la función terapéutica de las teorías pseudomarxistas sobre el terrorismo islámico, que nos permiten seguir convencidos de ser grandes hombres en el lado correcto de la historia. O de estas explicaciones sobre la crisis, según la cual todo es culpa de cuatro neoliberales y unos cuantos chorizos de Wall Street y que tienen la enorme ventaja de hacernos creer que acabando con ellos acabaremos con el problema. Y hasta de los cuentos sobre el club Bilderberg, según los cuales unos pocos ‘no electos’ gobernarían el mundo desde la sombra y que vienen a confirmar que mucho más inquietante nos resulta el desgobierno que el gobierno de los malos. Seguramente porque, como bien sabía Marx, nunca nadie había salido vencedor de la lucha contra un fantasma.
Pero todo se vuelve un poco más comprensible cuando, si en verdad hay alguno, no son muchos los que, con la que está cayendo, son capaces de envolverse en su manto y marchar serenos bajo la tormenta.

Artículo publicado en el Magazine de Factual.es