9.2.10

La comunidad contra Fátima

Per qüestions d'espai, l'article del Factual d'ahir es va haber de retallar. El que penjo a continuació és l'original. En essència és igual però hi ha algunes petites diferències.

Fátima Ghaila es musulmana, vive en Cunit, trabaja de mediadora en el Ayuntamiento de la localidad, y durante años ella y su familia han recibido amenazas y coacciones de todo tipo, desde intentos de agresión física hasta llamadas anónimas avisando de que iban a quemar su casa. Según cuenta, sus hijos tenían que desayunar a escondidas en el lavabo durante el Ramadán porque los otros niños musulmanes les criticaban. El imán llegó al extremo de gritarle: “No durarás en Cunit ni un día más, voy a acabar con vosotros y vuestros hijos”. Finalmente, Fátima decidió denunciar las amenazas y el Fiscal pide ahora “cinco años de cárcel para el imán por delitos de amenazas, coacción y calumnias y penas de entre dos y cuatro años para otros tres imputados, todos miembros de la Asociación Islámica de Cunit”.
Pero el verdadero escándalo estalló al saberse que la alcaldesa de la localidad había intervenido para que Fátima retirase la denuncia y, aunque asegura no recordarlo, parece que llegó a evitar la detención del imán. Todo eso lo hizo, dice, para evitar conflictos “entre musulmanes”. No hay motivo para dudar, en eso, de su palabra.
No cabe la menor duda que su actitud está afectada de modo paradigmático por el llamado buenismo que, lejos de como simple azote de progres, debe entenderse aquí como la ilusión de creer que basta con la bondad de nuestras intenciones para asegurar la bondad de nuestras acciones. O, dicho de otro modo, el no darse cuenta que un trágico abismo puede separar la intención de nuestros actos de sus efectos. Siendo así, nuestra crítica no debería limitarse a la condena total y absoluta al proceder de la alcaldesa y a su vergonzosa covardía moral. Hay tres aspectos de su ideología bienpensante que deberíamos tomar en seria consideración.
El primero es que la alcaldesa entienda que evitar un conflicto social es su prioridad. Porque si bien es cierto que esa es una de las tareas del político, y no precisamente de las menores, el problema es que la alcaldesa llegó tarde a la prevención y que, una vez el conficto había estallado, fue incapaz de entender que ya no estaba en sus manos el evitarlo y que su resolución no es política sino judicial. No se puede pretender evitar el conflicto social manteniendo un punto medio entre el agresor y la víctima a no ser que se esté dispuesto al mismo tiempo a terminar de una vez por todas con cualquier indicio de justicia.
El segundo es que el conflicto que se pretendiese evitar fuese un conflicto “entre musulmanes” y que con ello se pretendiese facilitar la integración de la comunidad en el pueblo. Tras semejante pretensión parece esconderse la más peligrosa versión del multiculturalismo, convencido que los sujetos a integrar en nuestra sociedad no son los individuos que a ella llegan sino las comunidades religiosas o étnicas con las que puedan sentirse identificados. En realidad, debe ser una obviedad hasta para todos aquellos que defienden que la integración es exclusivamente política (administrativa), que los recién llegados se integran en una comunidad fundada en la creencia que sus características étnicas o sus creencias religiosas no deben ser políticamente significativas. Así que cuando los musulmanes de los que hablamos son como el imán de Cunit el Ayuntamiento no sólo no debe evitar el conflicto sino que debe buscarlo. Precisamente de ello depende que los demás musulmanes puedan integrarse.
La tercera es que tras el miedo a la reacción del imám y de la comunidad musulmana se esconde el auténtico paternalismo que tan a menudo de forma gratuita se ha asociado con el proceder de Occidente. El paternalismo actual con el que trata Europa a sus inmigrantes ya poco tiene que ver con el que acompañaba a esos occidentales convencidos de ser poseedores de la verdad que, al menos, estaban dispuestos a jugarse la vida hasta en el más pequeño acto de proselitismo que emprendían lejos del hogar. El paternalismo al que nos referimos se deriva en realidad precisamente del relativismo con el que Europa parece convencida de poderse descargar del sentimiento de culpa por barbaridades pasadas. Después del brutal asesinato de Theo Van Gogh a manos de un extremista islámico, Ian Buruma emprendió un viaje a Ámsterdam para tratar de entender cómo podía ser que el fanatismo religioso hubiese crecido de modo tan alarmante en la tolerante Holanda. Buruma tituló el libro de la investigación "Asesinato en Ámsterdam. La muerte de Theo Van Gogh y los límites de la tolerancia". Deberíamos tomar buena nota de lo que en ese libro cuenta un joven holandés nacido de padres marroquíes. Es precisamente la tolerancia con la que los holandeses trataron a sus padres y la condescendencia que inevitablemente la acompaña lo que provoca el rencor que los jóvenes extremistas sienten por ese país en el que han nacido. La tolerancia y el paternalismo con los que habían tratado siempre a sus trabajadores padres, como si fuesen incapaces de entender los más elementales principios éticos y legales de una sociedad a la que siempre habían querido integrarse.

Article publicat a Factual