11.1.10

Escaneando nuestras libertades

En respuesta a los fallos de seguridad que permitieron a un terrorista subir cargado de explosivos a un avión con destino a Detroit, se discute estos días la conveniencia de incorporar escáneres corporales en los aeropuertos. Ante semejante perspectiva han levantado sus voces los defensores de la libertad, dispuestos a asumir los costes que su libertad tenga para nuestra seguridad. Yo estoy de acuerdo con nuestro editoralista: la defensa a ultranza de la privacidad es en días así un capricho. Y hasta estaría dispuesto a primar la seguridad sobre la privacidad, sobre todo mientras no sea obligatorio viajar en avión y uno pueda quedarse tranquilamente vestidito en su casa sin que ningún indeseado venga a espiarle las partes nobles. Y lo estaría porque soy de esos que, como decía el director Espada, suelen “elegir la vida cuando se trata de la propia y la libertad cuando es la de los otros”.
Pero es que ni siquiera hay que elegir. Podemos tranquilamente seguir creyendo que algo muy nuestro tenemos que esconder o tapar, porque el debate sobre ese capricho que es la intimidad, ha encontrado ya una respuesta que demuestra que el problema no era de grandes y metafísicos principios sino meramente técnico. La confusión entre los problemas técnicos y los problemas de principio se dió también no hace mucho con las fotos de Berlusconi y del pequeño de Topolanek, cuando los que ahora se tiran de los pelos ante la posibilidad de salir desnudos un segundito, en una pantallita de aeropuerto, ante los ojos cansados de un funcionario de aduanas, defendían entonces que la privacidad de uno empieza donde termina el zoom del otro. En aquel entonces se equivocaron al creer que la cuestión era técnica y hoy se equivocan al creer que es de principio. Porque para satisfacción de nosotros los tímidos, existen ya dos soluciones a nuestro problema con los escáneres. Una es la anunciada por la señora Guusje Ter Horst, ministra de Interior holandesa. Dado que lo que nos preocupa es que alguien nos vea desnudos, la alternativa es que sea un programa informático y no un humano quien nos escanee. La segunda solución es que lo que vea el controlador sea la silueta de un muñequito como el del dibujo:
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Pero más allá de la anecdótica defensa de la privacidad de nuestras verguenzas, el debate entre libertad y seguridad merece una consideración alternativa. Porque solemos debatir pensando en 1984 o Vendetta y creyendo que lo que nos diferencia de esos escenarios (que siempre se anuncian mas cercanos de lo que parecen) es la cantidad de libertades de las que gozamos. La diferencia es, en realidad, puramente cualitativa. Para entenderlo basta imaginar un buen tirano, una versión simpática del rey-filósofo platónico, que reconociese a los homosexuales el derecho al matrimonio y a todos los viciosos el derecho a consumir marihuana. Por mucho que ese noble hombre concediese a sus súbditos mayor cantidad de caprichos de los que podemos gozar nosotros, tristes ciudadanos de un Estado de Derecho, seguiría sin ser esa sociedad el legado de Occidente que dicen defender nuestros liberales. Eso es algo que deberían tener muy en cuenta los que se creen los más dignos defensores de la libertad, antes de que empiecen ellos también a reivindicar el valor de la heroica muerte, porque no es en la cantidad de cosas que podemos hacer donde esa libertad política se pone en juego, sino en la manera no arbitraria de decidir qué cosas podemos o no podemos hacer. Precisamente por eso nuestra seguridad es hoy nuestra libertad.

Artículo publicado en Factual
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