25.1.10

El gran olvidado

“Sólo sepultados el Roto nos dibuja”, dijo rA
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Allí estaba el Roto, sumándose al tópico de convertir Haití en el gran olvidado, olvidando a su turno que Haití era, ya antes de la tragedia, el país del mundo con más ONG per cápita. Allí, exigiendo a los demás, a ese nosotros que llamamos Occidente, una memoria que no consta que él hubiese tenido nunca. Parece una injusticia pedirle a Occidente que se acuerde de todo y que todo lo tenga presente en todo momento. Parece injusto que se le pida a Occidente que responda de todos los males que acechan a la humanidad y hasta que evite las catástrofes antes de que ocurran. Pero es que ese es el pedirse de Occidente, ese deber de memoria es lo que se exige Occidente a si mismo desde sus orígenes, desde Tucídides y Heródoto. Y en eso precisamente se encuentra la grandeza de Occidente, que lo que convierte en “la cultura integral, en la única cultura abierta a todas las demás culturas“. También en Haití ha sido Occidente quién más se ha acordado y más se ha implicado cuanto más Occidente era. Se comentaba el otro día en el Café de Ocata.
Un informe de la ONU (…) informa que los gobiernos de la UE han aportado 119.895.596 dólares, o sea 0,27 dólares por habitante para la ayuda inmediata a Haití, mientras que Estados Unidos han aportado 163.905.019 dólares, o sea 0,54 dólares per cápita, sin incluir los gastos del despliegue militar.
“Arabia Saudí, una de las naciones más ricas del mundo, una carta de condolencia”.
Ese deber de memoria que tanto nos exigimos es, en realidad, un deber de acción. Esa es la tarea que nos legó la modernidad al secularizar la promesa cristiana: la de construir el paraíso aquí abajo. Tarea que hará suya Marx en sus Tesis sobre Feuerbach con la célebre afirmación de que “los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Pero ese reto es mucho más problemático de lo que ingenuamente siguen pretendiendo sus seguidores. Y no sólo porque el afán de transformación haya tenido nefastas consecuencias para el afán de comprensión. Ni siquiera el que, como dijo Nietzsche, “todo aquél que ha construido alguna vez un cielo nuevo ha encontrado el poder para ello solamente en su propio infierno”. La realidad al que nos dirige ese imperativo es el de creer que se puede. El de creer, en definitiva, que está en manos del hombre la posibilidad de erradicar el mal sobre la tierra. Y esa, y no otra, es la mayor de las prepotencias de un Occidente que, en todo lo demás, arrastra un sentimiento de culpa exagerado y mucho más peligroso para él y el resto del mundo de lo que se permite imaginar.
Por eso tantos pretenden hoy explicar el terrorismo islámico como si de la revuelta de los hambrientos se tratase. Porque eso nos dejaría todavía la posibilidad de hacer ese algo que estamos convencidos que debemos hacer porque podemos hacerlo. Por eso mandamos estos días sms con la palabra “ayuda”, por eso exigimos que se condone la deuda externa a Haití y a todos los demás grandes olvidados que ahora intuimos que deben existir y por eso hasta pedimos que los Príncipes den la herencia del millonario menorquín a las víctimas. Eso, aunque sea evidente que con la ayuda de los Príncipes y con nuestros sms no se soluciona nada, entre otras cosas porque en estos momentos el problema de Haití no parece ser la falta de fondos. Y eso por muchos economistas que nos digan que de nada sirve condonar una deuda que todo el mundo sabe que nunca se va a pagar.
Ahora hasta parece indigno pretender enseñar algo y los más posmodernos de entre los filósofos, como Vattimo, llegan al extremo de exigir que se les diga desde el comienzo de todo libro en qué quiere el autor que se transformen las cosas. Pero antes, cuando esos historiadores de los que hablábamos pretendían todavía poder enseñar algo fundamental a las generaciones venideras, sus compatriotas pretendían aprender algo sobre la naturaleza de las cosas hasta cuando iban al teatro. Allí aprendieron, por ejemplo, que no hay solución buena al drama de Edipo por mucho que nos esforcemos en hacer el bien. Se si potesse prevedere tutto il male che può nascere dal bene che crediamo di fare!, se lamentaba un padre en busca de autor. Aprendían de la historia, antes de pretenderse capaces de cambiarla, que el mal existe y que está aquí para quedarse.

Artículo publicado en Factual
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1 comentari:

claudio ha dit...

Vengo de Factual turulato.

Leo Anselmi [portavoz de una plataforma antitaurina o algo así], ha abogado “por que las leyes se promulguen a partir del conocimiento científico, por que sea la ciencia la que diga cómo debemos conducirnos”.