3.12.09

Tristes tigresas

Caballero argentino, defensor de las causas perdidas, Enrique Lynch criticaba nada menos que en El País la última ocurrencia del Ministerio de Igualdad. Hay mucho de cómico en unas mujeres que al sentirse acusadas de histéricas responden al grito de nos atacan, pero es en lo trágico donde el artículo, como la vida misma, se muestra acertado y conveniente.
Acertado porque es ciertamente inimaginable una campaña con este hombretón jugando a la igualdad y declarando que de todas las mujeres que haya en su vida ninguna será más que él. Y no lo es por innecesaria, ni siquiera porque la campaña no cumpliría entonces con su principal cometido, el pretendido equilibrio de extremos. Es inimaginable porque al hasta el momento atractivo macho no le sería necesario siquiera torcer el semblante para convertirse en un canalla indigno de trato con tan noble ministerio.
Pero sobretodo conveniente y por algo fundamental: porque no se puede comprender ninguna liberación sin tener presentes sus costes. Y haberlos haylos, como lamentaba Adorno en sus Reflexiones desde la vida dañada.
“Bajo el liberalismo, y casi hasta nuestros días, los hombres casados de la buena sociedad a los que sus esmeradamente educadas y correctas esposas poco podían ofrecerles solían hallar satisfacción con artistas, bohemias, muchachas dulces y cocottes“. Y sigue diciendo; “Hoy, quien se acogiera al asilo de su anarquía correría el peligro de despertarse un día con la obligación de tener que, si no contratarlas como secretarias, por lo menos recomendarlas a algún magnate del cine o algún chupatintas conocidos suyos”.
Se lamentaba Adorno porque veía con envidiable claridad que el cambio no nos había llevado a ganar una esposa sino a perder una amante. Y que no sólo para los hombres hubo pérdidas, sino que también ellas, desengañadas, empiezan a descubrir que no se puede estar dentro y fuera de casa al mismo tiempo. Que es privilegio de muy pocas el ser abuelas en la cocina, damas en sociedad, currantas en la oficina, madres en casa y bohemias en la cama. Y que, por abreviar, casi ninguna queda ya que sepa guisar.
Son suficientes un par de ejemplos para entender que la libertad tiene un precio y que el de las revoluciones suelen pagarlo los que vienen detrás. Basta ver que nuestras feministas reaccionan cual recatadas editorialistas cuando una de sus liberadas compañeras se publicita con demasiada sonrisa y escasa ropa, o cuando, libertina, se atreve a juguetear a la mujer sumisa. Pero, sobre todo, basta lo que leen las hijas de la revolución, sus Gramma, para ver que el mensaje de liberación se ha convertido para ellas en poco más que unos manuales de sexualidad libre para desinhibirse con inhibiciones.
Si para sus felinas madres el feminismo podía ser sin más sinónimo de liberación, para unas jóvenes que de nada se han visto privadas por mujercitas éste se presenta como la construcción de una feminidad muy determinada. Feminismo obliga. Porque como decía saber Foucault, pero como mejor que él saben los cubanos y las gorditas de la clase, toda revolución está llamada a convertirse en una nueva tiranía.

Artículo publicado en Factual
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