21.12.09

La letra, con sangre entra

El Parlamento catalán ha admitido a debate la Iniciativa Legislativa Popular que pretende prohibir los toros y ya empiezo a temer que todo en mi vida sea un mero pasar, sin gravedad, sin Bulli ni Monumental, sin Adrià ni José Tomás, los únicos genios por los que pondría a prueba bolsillo, estómago y hombría sin mayor motivo que el de ponerlos a prueba.
Entre los partidarios de la prohibición se encuentran los que lo hacen en nombre de los derechos de los animales. Frente a ellos es justo decir como lo hacía Girauta el pasado viernes en la Cope  que “no hay en propiedad derechos de los animales, que no están reconocidos por ninguno de los organismos internacionales que se ocupan de los sagrados listados de los derechos y libertades, y que otra cosa es la noble movilización, muy humana, para evitar el sufrimiento gratuito de cualquier criatura”. Pero siendo justo no es aún suficiente, porque no parece descabellado pensar que el día en que los derechos de los animales sean reconocidos por dichos organismos esté al caer. Caprichos del destino, esta misma semana el liberador animal Peter Singer escribía un artículo dónde, considerando que el ritmo al que avanza la robótica hace cercano el día en que los robots puedan sufrir, deberíamos ir pensando en dotarlos, también a ellos, de derechos. Suele justificarse esta expansión de los derechos (que del hombre pasó a la mujer y de la mujer al esclavo o a la inversa, y después a los animales y pronto a los robots) como respuesta a su capacidad de sufrimiento. Pero nunca se argumentó en favor de los derechos de las mujeres por su capacidad de sufrimiento sino por su capaciad de formar parte de la esfera pública, donde lo que se pone en juego es precisamente la humanidad y donde el derecho sirve para explicitar la igualdad. Es un absurdo hablar de derechos de quien no puede formar parte de la comunidad política.
Pero el tema que preocupa a los más de entre los abolicionistas es el de la sensibilidad humanista, el progresar de la civilización. Yo estoy de acuerdo con ellos, pero me parece que la civilización se da justamente en el retirarse, en la suavidad del diálogo entre el arte y la naturaleza que imita el ladearse del buen torero. Como escribe Peter Sloterdijk en sus Normas para el parque humano,
eso que los romanos llamaron humanitas sería impensable sin la exigencia de abstenerse de consumir la cultura de masas en los teatros de la brutalidad. Si alguna vez hasta el propio humanista se pierde por error entre la multitud vociferante, ello sólo sirve para constatar que también él es un ser humano y, en consecuencia, puede verse infectado también por el embrutecimiento. Retorna el humanista entonces del teatro a casa, avergonzado por su involuntaria participación en las contagiosas sensaciones, y casi está tentado de reconocer que nada humano le es ajeno.
Lo humanizador no es el estar privado sino el privarse. No es el desconocer sino el abstenerse. Y para eso debe haber de qué.

Artículo publicado en Factual
.

2 comentaris:

Quim ha dit...

Ferran, ja sé que va amb retard però tinc el deure moral de felicitar-te per l'artícle "donar la cara". I això que no m'agrada fer comentaris d'articles amb els quals estic d'acord. una abraçada

Ferran Caballero ha dit...

Moltes gràcies, Quim.

Abraçades,