28.12.09

Buscando a Lorca

 "¿Y si la muerte es muerte,
qué será de los poetas
y de las cosas dormidas
que ya nadie las recuerda?"
.
Federico García Lorca, Canción Otoñal

Escribe Nietzsche en la segunda de sus Reflexiones intempestivas que “necesitamos la historia, pero de otra manera que el refinado paseante por el jardín de la ciencia, por más que éste mire con altanero desdén nuestras necesidades y apremios rudos y simples”. Habla aquí de lo que hemos dado en llamar memoria histórica, y es justo que lo digamos en su honor y en el nuestro. Porque en estas palabras se encuentra tanto el motivo como el peligro de la búsqueda de Lorca. La memoria histórica sirve más a la vida que a la historia, a la vida de los pueblos, para ayudarlo a sobrellevar la dificultad de vivir juntos. En eso se diferencia de la memoria, de la que es metafórica extensión y que no parece servir a nada más que a sus propios caprichos. Y la diferencia también de la historia, que vive con la ilusión de servir únicamente a la verdad. Por eso es preocupante que la consejera Álvarez considere llegado el momento de dejar la historia en manos de los historiadores y que considere que para la memoria histórica el de Lorca es un caso más. Porque siempre la historia debe estar en manos de los historiadores y porque no es tarea del político ponerla o quitarla de esas manos. También porque es precisamente para la memoria histórica que Lorca no es un caso más. La memoria histórica ni es memoria ni es historia, es el uso público que se hace del pasado a través del recuerdo a los más dignos de los que nos han dejado ya. En palabras de Adorno y Horkheimer, su tarea no es la de conservar el pasado sino la de cumplir sus esperanzas. Por eso Lorca juega en ella un papel muy distinto al de sus compañeros de fosa. En tantas otras cosas, en esas que tan poco simbolizan como lo que queda de su cuerpo, Lorca es otro muerto más de la Guerra Civil. Un muerto que sería normal que reclamasen los familiares, en búsqueda de un lugar dónde llorarlo. Pero un muerto que es muy comprensible que no reclamen quienes,  forzados intérpretes de unas últimas voluntades jamás escritas, decidan dejar que

su sangre sobre el campo
sea rosado y dulce limo
donde claven sus azadas
los cansados campesinos

Sobre la búsqueda de Lorca y la memoria histórica escribía Francesc de Carreras un interesante artículo en La Vanguardia. Según él, en este debate se enfrentan dos posiciones: “Por un lado, están quienes opinan que el trauma humano y social originado por la Guerra Civil y la posterior dictadura no acabará hasta que se identifiquen todas las víctimas y se establezca la responsabilidad de los culpables. Los poderes públicos deben ser los principales encargados de asumir esta tarea. Por otro lado, están aquellos otros que sostienen que la ley de amnistía de 1977 y el espíritu de la transición reflejado en la Constitución de 1978 ya supusieron la reconciliación entre los españoles, quedando así cerrado el capítulo de la Guerra Civil y la dictadura franquista. La verdad histórica deben establecerla los historiadores y no los poderes públicos”.
Bien pudiera ser que ésta fuese la situación en nuestro país, que estas posturas dividiesen a nuestros políticos y a nuestra opinión pública. Pero ese sería, como tantos de nuestros males, un mal prescindible y falaz. En realidad, los poderes públicos son los principales encargados de asumir la tarea de la reconciliación al mismo tiempo que la verdad histórica deben establecerla los historiadores y no los poderes públicos. Los platónicos tenemos sobre comunistas y socialdemócratas la enorme ventaja de saber que las cosas funcionan cuando cada cual hace lo mejor que puede lo que mejor sabe hacer. Cuando el historiador busca la verdad,  hasta descubriéndola en las fosas cuando sea necesario. Cuando el político apacigua, responde a los que demandan cuando las demandas son de justicia, y cuando es la familia (¡las familias!) quien debe decidir qué hacer con sus muertos, porque si hacerse cargo de ellos es un deber, bien debe ser también un derecho.
Eso nos enseñó a algunos la tragedia de la griega Antígona. Que si la memoria de algunos muertos a todos pertenece y es asunto político, del cuidado de sus cuerpos debe encargarse la familia y nunca Creonte el Estado, porque es asunto privado. Que su memoria no está en su tumba y que deberíamos ahorrarnos así buscar en Lorca lo que sabemos que sus restos no pueden darnos. Esa mal llamada justicia histórica, por ejemplo, o la reconciliación nacional de las dos Españas, o una imposible reparación a unos sobrinos sin tío y a un país sin paz, desolado por la guerra y la dictadura que la siguió. Porque

Las cosas que se van no vuelven nunca,
todo el mundo lo sabe,
y entre el claro gentío de los vientos
es inútil quejarse.

Artículo publicado en Factual
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