12.11.09

Libertades, las justas

Aunque ilusa, es compartida la creencia en que el Estado puede y debe mantenerse neutral en cuestiones morales. En lógica consecuencia, debates de indudable carácter ético como el que trata sobre la legalización del aborto, se consideran hasta tal punto excepcionales en nuestros parlamentos que sólo una respuesta inusual parece adecuada. Es por eso que ante éste tipo de debates, y sólo ante ellos, se plantea la posibilidad de dar a los diputados libertad de voto: posibilidad que sería ejemplar si la obligación del diputado fuese la de ejercitar la conciencia en lugar de la de ejecutar el voto del partido. Porque esa es la tarea de nuestros diputados y mientras mucho no cambien las cosas es de esperar que, al menos, cumplan con ella.
Esta normalidad democrática puede advertirse en la renuncia de la popular Nebrera, quién junto con el carné de afiliada devolvió también el escaño y hasta el teléfono móvil a sus legítimos propietarios. Cualquier otro proceder hubiese sido considerado, con toda justicia, apropiación indebida, ya que es al partido y no en la señora diputada a quien los ciudadanos han delegado su representación política y a quien, en justa correspondencia por tanta generosidad, podrán exigir las debidas cuentas llegado el momento.
No es poco lo que hay de indigno en obligar a alguien a votar en contra de sus convicciones, pero aunque las discrepancias sean más manifiestas en los asuntos llamados morales, es dudoso que quepa suponer un mayor acuerdo entre compañeros de partido en temas discutidos a diario y en los que nadie espera ni exige hacer públicas las diferencias. Así es comprensible que no sólo en temas de ética sea preferible tratar con una diputada Nebrera que con su partido, pero mientras esto no sea posible y mientras sólo ante Dios y su conciencia deban los diputados rendir cuentas, es irresponsable pedir que ejerzan en libertad. Dar libertad de voto a los diputados es exculpar a nuestros representantes de responder de sus decisiones ante la audiencia, y es hacerlo para instaurar la democracia directa de unos pocos elegidos que a nadie representan y que sólo por inaudita casualidad expresarán el sentir del soberano pueblo. Algo que a todas luces constituye una excepción a la regla democrática.
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