20.8.07

Mario y el mago

La gente, ya se sabe, busca la paz y, una vez la ha encontrado, la expulsa, precipitándose sobre ella con ridícula pasión, y hasta llega a imaginarse que no ha desertado aún del lugar donde ha instalado ya su ruidosa feria.
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Lo que nos retiene en las situaciones desagradables -como dijo el poeta- es la pereza.
Para decirlo todo: nos quedamos también porque aquella estancia había cobrado para nosotros el atractivo de lo singular, y porque tal circunstancia posee ya un valor de por sí, independientemente del agrado o desagrado. ¿Hay que plegar las velas y rehuir una experiencia, si ésta no parece destinada a producir tranquilidad y confianza? ¿Hay que "partir" si la vida se muestra algo inquietante, no del todo segura, o un tanto penosa y mortificante? No, mejor es quedarse, hacerle frente y exponerse a todo ello: quizás así aprendamos algo nuevo.
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Existe la libertad, y también existe la voluntad; pero la libertad de querer no existe, porque una voluntad que pretende la libertad absoulta se contradice y cae en el vacío.
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(...) no está uno dispuesto a llamar poveretto a un tipo que sufre por la degradación de terceros.
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- Balla- decía-. ¿Por qué atormentarse así? ¿Llamas libertad a la violencia que te haces? Una ballatina! ¿No sientes que te atrae de todas partes? ¡Qué placer dejar que los miembros hagan su voluntad! Ea, ya estás bailado. ¡Esto ya no es lucha, ya es placer!
Y así era: el cuerpo de su antagonista estaba cada vez más convulso y agitado, levantó los brazos y las rodillas y, de repente, todas sus articulaciones se soltaron, dejó libres los miembros y bailó. Mientras la gente aplaudía, el Cavaliere lo llevó a escena, para incorporarlo a los demás títeres. Pudimos ver entonces el rostro del vencido, expuesto allá arriba al público: "se divertía" con una franca sonrisa, los ojos entrecerrados. Y era una especie de consuelo ver que se hallaba mejor que cuando se mostraba orgulloso...
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Thomas Mann. Mario y el mago