4.7.07

They, the people

El hecho de que algunos intelectuales tengan generalmente trato con intelectuales no debría inducirlos a tener a sus congéneres por más vulgares que el resto de la humanidad. Porque es el caso que, por lo común, se sientan unos con otros en la situación más vergonzosa e indigna, la situación de los postulantes en competencia, volviéndose mutuamente, casi por obligación, sus partes más abominables. El resto de las personas, especialmente las sencillas, cuyas perfecciones tiende tanto a realzar el intelectual, encuentran a éste por lo común en el papel del que desea vender algo a alguien sin el temor de que el cliente pueda invadir su coto. El mecánico de automóviles o la chica del bar quedan fácilmente libres de la acusación de desvergüenza: de todos modos, a ellos el ser cordiales les viene impuesto desde arriba. Y a la inversa: cuando los analfabetos acuden a los intelectuales para que les resuelvan sus papeletas, suelen tener de ellos impresiones aceptablemente buenas. Mas tan pronto como la gente sencilla tiene que luchar por su parte en el producto social, aventaja en envidia y rencor a todo lo que puede observarse entre literatos y maestros de capilla. La glorificación de los espléndidos underdogs redunda en la del espléndido sistema que los convierte en tales. Los justificados sentimientos de culpa de los que están exceptuados del trabajo físico no deberían convertirse en excusa para los "idiotas de la vida campesina". Los intelectuales que escriben exclusivamente sobre intelectuales, convirtiendo su pésimo nombre en el nombre de la autenticidad, no hacen sino reforzar la mentira. Gran parte del anti-intelectualismo y del irracionalismo dominantes hasta Huxley proviene de que los que escriben acusan al mecanismo de la competencia sin calar en él, con lo que sucumben al mismo. En las más propias de sus ramas han bloqueado la conciencia del tat twam asi. Por eso corren luego a los templos hindúes.
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Th. W. Adorno. Minima Moralia